La Obra: Memorias divinas y humanas de una chica en el Opus Dei Peroratio
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Peroratio

Peroratio

[Marina arranca con su alegato. Habla con convicción, buscando la compasión de la audiencia. Intenta no dar la perorata, como le han advertido tantas veces. Sus últimas palabras en este largo monólogo toman la forma de un ruego desesperado, de una oración íntima pronunciada en voz alta].

La escena en la que aterricé describía un milagro: Jesús se topa con una pobre viuda, que está llorando porque acaba de fallecer su hijo.

La pompa fúnebre recorre las calles y la mujer, desconsolada, no entiende por qué Jehová le envía tanto sufrimiento a ella, que es una fiel devota.

Ante la tristeza de la viuda, Jesucristo se enternece.

Demuestra su poder y resucita al hijo de la pobre mujer frente a la mirada de los presentes.

En aquel segundo, contemplando el misterio de la misericordia divina, pensé: «Menos mal que esta señora se encontró con Jesús.

Si llega a toparse con una numeraria, está jodida».

Cuando ven el dolor ajeno, algunas personas se conmueven y hacen lo que está en su mano para cambiar la situación.

Otras dicen «te encomiendo», que es la manera opusina de decir «rezo por ti, estás fatal, deja de incordiar».

La participación en ese canal de YouTube me dio la oportunidad única de charlar con miembros actuales de la organización que no se atrevían a expresar sus críticas en público o que incluso recibieron amonestaciones por parte de sus superiores las pocas veces que se atrevieron a hacerlo.

Escuchando sus voces, me convencí de que lo que yo había contado en La Obra interpretada por mi amiga Maitane no era una ficción, ni una exageración, ni un sueño.

Cada uno rehace su vida y la reinterpreta como quiere, pero hay un sustrato común en todo lo que vivimos. El tabú y el miedo siguen presentes.

El Opus Dei, a raíz de la denuncia en Argentina, abrió un buzón de correo electrónico bajo el nombre de «Oficina de Escucha» para recopilar las denuncias y lo que denominan «malas experiencias» de exmiembros, pero no reconocen ningún abuso.

Quise solicitar que revisaran mi vida laboral, ya que el tiempo que pasé en el Centro de Estudio y Trabajo no constaba en mi historial, y nunca firmé un contrato ni vi una nómina, siendo menor.

Después de que la antigua directora del CET nos enviara mensajes y llamadas no autorizadas tanto a mí como a mi madre —al margen de la comunicación con la Oficina de Escucha—, una representante de la institución me informó de que aquel asunto no les concernía.

Me derivaron a la directora actual de la residencia, con quien hice una videollamada.

Ella me aseguró que, aunque yo hubiera vivido en aquel alojamiento, jamás había trabajado en la residencia.

Negó que hubiera relación laboral y desvinculaba al CET del Opus Dei.

En su versión, lo único que yo había hecho, cuando picaba cebollas para la cena de los numerarios, cuando pasaba el aspirador por sus habitaciones y cuando ahuecaba los cojines del salón en silencio para que los chicos no me oyeran respirar, era colaborar en tareas del hogar como cualquier grupo de amigas que viven juntas y se reparten los quehaceres.

La directora, por supuesto, había recibido asesoramiento legal y me reenvió varios correos de sus abogados.

En 2025, tuve la oportunidad de participar en El Minuto Heroico , una serie documental que describe las técnicas de abuso psicológico y económico institucionalizadas en la organización, apoyándose en sus documentos internos, con entrevistas a expertos en grupos coercitivos y haciéndose eco de las investigaciones periodísticas que en los últimos años han sacado a la luz las prácticas abusivas de la organización.

Además, junto a otras doce mujeres conté mi experiencia durante los diez años que estuve vinculada al grupo.

Cuando se estrenó el documental, igual que mis compañeras, recibí cientos de mensajes de personas alrededor del mundo mostrando su apoyo y asegurando que habían vivido lo mismo.

Los mensajes y las llamadas siguen llegando hoy, en un goteo incesante.

Además del apoyo de muchos exmiembros, algunos miembros actuales y simpatizantes del Opus Dei y de personas anónimas sin vínculo con el grupo, hubo otras reacciones.

La Universidad de Navarra difundió un comunicado interno entre sus empleados.

En él, señalan a una «antigua alumna» (espóiler: yo) que apunta a los vínculos entre la Universidad y la Obra.

No me contradicen, no niegan mis acusaciones, solo me señalan.

Solicité de nuevo una investigación en 2025 a la misma Oficina de Escucha, que, después del lanzamiento del documental, llevó a cabo un ligero rebranding para denominarse «Oficina de Reparación», manteniendo, sin embargo, la misma dirección de email, aunque asegurando a la vez que trabajaba de manera independiente.

No consiguieron explicarme en qué consistía esa independencia, ya que los datos compartidos con ellos iban directamente a la oficina del Opus Dei en Roma.

El abogado Benigno Blanco, miembro reconocido de la organización, elaboró dos informes en los que afirmó actuar con imparcialidad, insistiendo en lo mismo: no hubo relación laboral con el CET porque no había contrato, y no había contrato porque yo era colaboradora o voluntaria.

No trabajaba a cambio de un pago en especie, sino que el CET me permitía residir allí de manera gratuita mientras yo, movida por mi altruismo, pudiera ser que colaborara con algunas tareas domésticas.

Mi relato, concluía el abogado, no era creíble y no había indicios para investigar si había más menores de edad trabajando en el Centro de Estudio y Trabajo.

El abogado no consideró necesario reunirse conmigo ni hacerme preguntas, pero sí se reunió con la antigua directora del CET.

Alrededor de esa misma época, me despedí de aquel sacerdote que denomino irónicamente «exorcista» y que, desde la penumbra del confesionario, se negó a darme la absolución.

Él nunca dejó la organización, pero se marchó de este mundo con su paraguas, como Mary Poppins, hacia las nubes, y deseé que pudiera descansar en paz.

No olvidaré que este sacerdote fue el único miembro del Opus Dei que en mis diez años de pertenencia se atrevió a decirme que algo no iba bien y puso mi bienestar por encima de los intereses del grupo y de los suyos propios.

Con el paso de los años, ambos logramos romper con las máscaras y los roles impuestos y desterramos el angustioso y protocolario «don» al que obliga la organización en la relación entre laicos y sacerdotes.

Hablé con él de tú a tú, de igual a igual.

Recuperamos nuestro cerebro y nuestro corazón. Pude despedirme con un abrazo.

Igual que Dorothy hizo con el espantapájaros, los exmiembros, los psicólogos, algunos familiares, parejas y amigos me han ayudado a ir descubriendo —capa tras capa— la verdadera cara del Mago de Oz que había dirigido mi vida desde la infancia.

A ellos les doy las gracias. No estaría aquí si no fuera por tantas personas y conversaciones que me han acompañado.

Soy consciente de que la historia podría haber tomado otro rumbo.

Quizá hoy no estaría viva y, desde luego, no hubiera sido capaz de dejar la organización ni identificar la manipulación que perdura incluso tras la salida, a través de los mecanismos de comunicación de la Obra, sus abogados y la intervención de la institución en las familias y las relaciones personales.

El supuesto sabio de Oz no era más que otro farsante, un ilusionista tramposo que usaba el miedo, la sugestión y la buena imagen pública para convencer al mundo entero de que, en realidad, tenía un poder sobrenatural.

El cerebro, la valentía y el amor siempre estuvieron ahí, dentro de nosotros.

Bastaba con tomar las riendas y ser protagonistas de nuestra propia obra.

Pero esto es lo que suelen decir los libros y las películas, ¿verdad? Vivir es otra cosa. Vivir es actuar.

[No se cierra el telón. La Obra sigue].