La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 58 Harry’s Bar
98%

Capítulo 58 Harry’s Bar

Las negociaciones con Antonio Calvesi transcurrieron en su mayor parte con la cordialidad propia de dos compañeros de oficio, pero hubo un punto en el que Gabriel se negó a ceder.

No llevaría a cabo la restauración en el laboratorio de conservación de los Museos Vaticanos, sino en su estudio de Venecia.

La posibilidad de que hubiera otro robo no le preocupaba.

Tras ayudar a las autoridades italianas a asestar un golpe demoledor a la Camorra, ahora disponía de escolta permanente, al igual que su esposa y sus hijos. El cuadro no iría a ninguna parte.

La entrega tuvo lugar en la pista del aeropuerto Marco Polo el primer lunes de febrero.

Donatella Ricci ya había reparado el panel de nogal y un destacado investigador italiano especializado en esclarecer la procedencia de obras de arte había iniciado discretas pesquisas sobre el turbio pasado del cuadro.

Calvesi ansiaba desvelar la obra a tiempo para la temporada turística de verano.

Gabriel, que estaba a punto de embarcarse en la restauración más importante de su carrera, no le prometió nada.

Lo primero era determinar si el retrato era realmente una obra original de Leonardo da Vinci.

Gabriel no podía hacer esa atribución por sí solo.

Otros más expertos que él tendrían que examinar la pintura y emitir un veredicto, y una sola opinión en contra podía abocar al fracaso todo el proyecto.

La cuestión era cuándo mostrar el cuadro y en qué estado.

En aras de la transparencia, Gabriel decidió permitir que los mejores leonardistas del mundo vieran el cuadro tal y como estaba, con todos sus desperfectos a la vista.

De momento, se hallaba tal y como lo había encontrado Gabriel: restaurado con prisas pero con eficacia.

Le llevó casi una semana eliminar el barniz y los retoques y dejar al descubierto la pintura original.

Hizo varias fotografías del panel y se las envió a Antonio Calvesi al Vaticano por correo electrónico cifrado. Esa noche, Chiara examinó el cuadro.

—¿Estás seguro de que quieres que lo vean así?

—Segurísimo.

—Está muy dañado.

—¿Y qué esperabas? Tiene más de quinientos años y estos dos últimos siglos ha estado tapado por otro cuadro.

—Puede ser arriesgado.

—Quizá, pero quiero que los mayores expertos en Leonardo examinen la pincelada original con sus propios ojos, sin retoques ni barniz.

Fue Chiara, en su calidad de directora de la empresa de restauración más importante de Venecia, quien hizo las llamadas y envió las invitaciones.

Diez días después, los expertos en Leonardo más respetados del mundo se reunieron en el estudio de Gabriel.

Estaban Santelli, de Milán; Barnes, de Nueva York; Rolland, del Louvre; Kendall, de Oxford, y, de la Universidad de Leipzig, el poderoso profesor Maximillian Zeller, que en cierta ocasión había escrito que no quedaba ninguna obra original de Leonardo por descubrir.

Faltaba, claro está, Montefiore, de los Uffizi.

Gabriel omitió cualquier referencia al leonardista fallecido durante su presentación.

Tampoco identificó a la restauradora británica en prácticas que había encontrado el cuadro oculto bajo una Virgen con el Niño atribuida a un imitador de Rafael del siglo XVIII .

Los cinco expertos examinaron las imágenes infrarrojas y las radiografías y a continuación se turnaron ante el cuadro.

Uno por uno, emitieron su veredicto. No hubo opiniones discrepantes ni ambigüedades.

Gabriel llamó a Antonio Calvesi al Vaticano y le dio la noticia. Tenían un Leonardo.

Había agentes de los Carabinieri vestidos de paisano en las calles adyacentes al palazzo y una lancha patrullera amarrada en el muelle.

De mala gana, Gabriel volvió a llevar su pistola Beretta incluso cuando estaba delante del caballete.

Por las tardes, los niños hacían los deberes en su estudio: Raphael, sentado en un taburete junto a la mesa de trabajo; Irene, tumbada en el suelo, a los pies de su padre.

Los escoltas acompañaban a Chiara en sus idas y venidas entre el piso y la oficina de la Compañía de Restauración Tiepolo en San Marco.

Gabriel volvió a adoptar los hábitos de trabajo de Leonardo.

No los del Leonardo procrastinador que no soportaba ni ver un pincel, sino los del Leonardo que empezaba a trabajar cada día antes de que saliera el sol y se retiraba cuando se ponía.

Los miércoles por la tarde se tomaba un descanso para reunirse con sus catorce aspirantes a pintores y los jueves procuraba acompañar a Raphael a la universidad, a su clase semanal con su tutor.

Cenaban en casa casi todas las noches, pero una o dos veces a la semana salían a cenar, acompañados por sus guardaespaldas, a uno de sus restaurantes favoritos.

Después paraban en Venchi, en Rialto, a tomar un helado.

Irene siempre insistía en comprar galletas de mantequilla para comérselas por el camino de vuelta a casa.

El dispositivo de seguridad asignado a la familia Allon se reforzó a principios de marzo, después de que los Carabinieri detuvieran a don Lorenzo di Falco, jefe del clan más poderoso de la Camorra.

La policía francesa hizo una redada de camorristi en Lyon y Marsella, y las autoridades españolas detuvieron a un miembro destacado del clan Di Falco en Barcelona.

El SBL PrivatBank, abandonado por inversores y depositantes respetuosos con la legalidad, cerró sus puertas, lo que provocó una onda expansiva que se dejó sentir en los mercados financieros de todo el mundo.

Martin Landesmann compró la elegante sede del banco en la Piazza della Riforma a precio de ganga.

Una semana después, desembarazó a la Santa Sede del edificio de New Bond Street.

Las pérdidas de Vaticano S. L. respecto a la inversión original ascendieron a la friolera de trescientos millones de euros.

Menos repercusión tuvo, aparentemente, la noticia que publicó The Telegraph de Londres acerca de una demanda presentada por la exmujer de Alexander Prokhorov en la que esta acusaba al oligarca ruso de utilizar obras de arte para ocultar bienes gananciales.

Como parte de la demanda, la litigante y sus abogados británicos exigían un inventario completo de la colección de arte del multimillonario, una colección que ahora incluía un Leonardo que no era tal.

Gabriel llegó a la inquietante conclusión de que no tenía más remedio que hacer desaparecer el cuadro.

—¿Cómo? —preguntó Chiara con recelo una noche mientras preparaba la cena.

—Otra incautación extrajudicial.

—¿Quieres decir que vas a robarlo?

—No, yo no puedo. Tengo que terminar el Leonardo auténtico .

Ingrid, en cambio, estaba encerrada en su casita de campo del mar del Norte, aburrida como una ostra. Aceptó el encargo al instante, pero dejó claro que iba a necesitar un compañero.

—¿Se te ocurre alguien? —preguntó Gabriel.

—¿Qué tal tu amigo de Marsella?

Su amigo era un ladrón profesional llamado René Monjean. Era buena idea. Monjean conocía el terreno y sabía manejarse si las cosas se torcían.

—No lo hará gratis —señaló Gabriel.

—No —respondió Ingrid—. Necesitaremos dinero.

—¿Cuánto?

—Medio millón, como mínimo. Un millón, por si acaso.

Gabriel colgó y llamó a Martin Landesmann a Ginebra.

—Ni hablar —declaró el financiero suizo.

—Gracias, Martin. Ya te lo compensaré de alguna manera.

* * *

El general Ferrari se dejó caer por Venecia la semana siguiente.

Mientras tomaban unos bellinis en el Harry’s Bar, informó a Gabriel sobre la intensificación de la guerra contra la Camorra.

Más de trescientos integrantes del clan Di Falco estaban detenidos y miles de millones en efectivo y otros activos habían sido incautados o congelados.

La venta de cocaína en las calles de Europa había caído en picado.

Como consecuencia de ello, su precio se había disparado.

—Todo por culpa tuya y de tu amigo el santo padre.

—¿Cuánto tiempo voy a necesitar escolta? —preguntó Gabriel.

—Cualquiera sabe. De momento, al menos, parecen mucho más interesados en matarse entre sí.

Además, están empezando a hablar. Uno de los detenidos ha confesado que ayudó a Salvatore Alvaro a secuestrar y asesinar a una joven británica en Venecia en septiembre pasado.

Dice no saber nada sobre ella ni por qué sus superiores de la Camorra querían matarla.

—Pero ¿cómo supieron que estaba intentando hablar con Amelia March, de ARTnews ?

—No estoy seguro de que lo supieran. Pero cuando la signorina Radcliff descubrió que el cuadro ya no estaba en el almacén de los Museos Vaticanos fue a Florencia y se encaró con Giorgio Montefiore.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La secretaria de Montefiore en los Uffizi. Al parecer, tuvieron una discusión acalorada. Montefiore le dijo que acababa de arruinar su carrera y la echó de su despacho. Luego, casi con toda seguridad, llamó a su amigo el cardenal Bertoli.

—Y Bertoli informó a su asesor financiero, Nico Ambrosi, de que tenían un problema.

El general Ferrari asintió con gesto grave.

—Aunque Ambrosi y sus socios de la Camorra tenían una solución. Una solución a la italiana.

—Pero ¿por qué mataron a Montefiore?

—Fue Montefiore quien supervisó la restauración del Leonardo.

Cuando Salvatore Alvaro fue a Florencia a recogerlo, Montefiore se negó a decirle dónde estaba el cuadro si no lo pagaban cinco millones de euros más.

Como era de esperar, Alvaro aceptó las condiciones.

Y cuando tuvo el cuadro en su poder . . .

—Giorgio recibió tres balazos en la cabeza.

El general Ferrari se encogió de hombros.

— C’est la vie.

—¿Cuándo harán públicas sus conclusiones los Carabinieri?

—Estamos dispuestos a dejar los dos asesinatos sin resolver por el momento.

—Es esencial que se reconozca el papel de Penelope Radcliff en el descubrimiento del Leonardo.

—Eso nos obligaría a decir la verdad.

—O una versión de la verdad —sugirió Gabriel—. Una versión que ponga de relieve el papel de la Brigada Arte en la recuperación de un cuadro perdido de Leonardo da Vinci.

—¿Y dónde lo encontramos exactamente?

—Seguro que se te ocurre algo, Cesare.

El general dedicó un momento de reflexión al asunto.

—Hay un grave problema, ¿sabes?

—¿La copia del cuadro que le vendí a Alexander Prokhorov?

—Sí.

—Tengo una solución.

—Espero que no sea una solución a la italiana.

—A la danesa, en realidad.

—En tal caso —dijo el general—, problema resuelto.

Gabriel no supo nada de ella durante casi un mes.

Luego, un día, de improviso, lo llamó desde el teléfono satelital del yate de René Monjean.

Luca Rossetti visitó el barco la tarde siguiente en la ciudad costera italiana de Ventimiglia y esa misma noche tanto el cuadro como Ingrid estaban de vuelta en casa de la familia Allon en San Polo.

Se las había ingeniado de algún modo para gastar solo la mitad del millón de dólares de Martin.

El resto estaba guardado en una bolsa de nailon que devolvió a Gabriel, demostrando así que, a fin de cuentas, hay honor entre ladrones.

—¿Algún problema? —preguntó él.

—Fue pan comido, señor Allon.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Con la colaboración de un cómplice interno.

—Como siempre.

—Eso dicen.

—¿Fue uno de los guardias de seguridad? —preguntó Gabriel.

—La novia, en realidad.

—¿No será la encantadora Yuliana?

—Me temo que sí.

—¿Cuánto la has pagado?

Ingrid sonrió.

—Nada de nada.

A petición de los niños, Ingrid se quedó en Venecia unos días antes de volar a su casa en Miconos.

Era ya finales de abril y Antonio Calvesi, a pesar de los informes periódicos sobre los progresos de la restauración, empezaba a ponerse nervioso.

Gabriel le aseguró a su patrón que estaba trabajando de firme, aunque Chiara aclaró más adelante que algunos días su marido se pasaba horas mirando el retrato sin preparar siquiera la paleta.

Otros días daba una o dos pinceladas y se marchaba a toda prisa, volvía al estudio una hora más tarde y se ponía otra vez a mirar el cuadro.

Chiara, que había soportado innumerables restauraciones, reconoció los síntomas.

En secreto, informó a Antonio Calvesi de que el Leonardo estaba casi terminado.

Convencer de ello a Gabriel resultó mucho más difícil, puesto que sufría un extraño caso de nerviosismo e indecisión.

Chiara no podía reprochárselo. El cuadro que tenía en el caballete iba a convertirse en uno de los más famosos del mundo y su restauración sería sometida a intenso escrutinio.

No todos los miembros de la comunidad de restauradores y comisarios de arte estarían de acuerdo con las decisiones que había tomado, pero eso era inevitable.

Cuando Chiara le propuso mostrar la pintura a los cinco leonardistas, él se negó.

Los cinco leonardistas, dijo, le darían sin duda cinco opiniones diferentes.

El único juicio que ahora importaba era el suyo propio.

Así pues, durante lo poco que le quedaba del mes de abril permaneció encerrado en su estudio.

Algunos días trabajaba doce horas seguidas; otros solo daba una o dos pinceladas y otros se limitaba a sentarse a mirar.

La hermosa muchacha milanesa le devolvía la mirada por encima del hombro izquierdo, con sus pupilas desiguales.

Era, pensaba él, su rasgo más atrayente.

Los miércoles por la tarde, no obstante, acudía sin falta a su cita con sus catorce alumnos.

El último miércoles del mes, la dottoressa Saviano le preguntó si estaría dispuesto a aceptar un alumno más, un niño con un talento artístico excepcional.

Gabriel aceptó sin dudarlo, a pesar de que solo quedaban unas semanas de curso.

No prestó especial atención al niño durante la clase de una hora, pero mientras lo acompañaba a casa elogió la asombrosa calidad de su trabajo.

El niño parecía no oírlo. Su indómita hermana gemela, tras zafarse del carabiniere que les servía de escolta, saltaba en los charcos dejados por la lluvia de esa tarde.