La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 57 Ciudad del Vaticano
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Capítulo 57 Ciudad del Vaticano

El gran desenlace comenzó a conocerse a las diez de la mañana siguiente, cuando las autoridades policiales del Vaticano e Italia hicieron pública conjuntamente la identidad del hombre que había intentado matar al santo padre durante el rezo del ángelus dominical.

Se trataba, según informaron, de Salvatore Alvaro, un electricista de treinta y seis años, soltero y originario de Nápoles.

Se negaron, no obstante, a explicar cómo habían esclarecido la identidad de Alvaro y cómo había logrado este introducir un arma cargada en la plaza de San Pedro.

Obviamente, declaró el jefe de la Gendarmería Vaticana, se había producido un grave fallo en el dispositivo de seguridad de la ciudad-Estado.

Fue una sorpresa, por tanto, que ese mismo día la oficina de prensa anunciara que la Santa Sede había contratado a tres poderosas empresas internacionales de auditoría contable para llevar a cabo una revisión exhaustiva de las laberínticas finanzas del Vaticano.

Los auditores presentarían sus conclusiones ante una comisión de destacadas personalidades católicas laicas, todas ellas dedicadas al derecho empresarial y los servicios financieros, que a su vez harían las recomendaciones pertinentes al santo padre.

Era, escribió un respetado comentarista, el tan esperado venablo lanzado por el papa al corazón de Vaticano S. L.

Los acontecimientos dieron a continuación otro giro inesperado, esta vez en Milán, donde agentes de los Carabinieri y la Guardia di Finanza detuvieron a Nico Ambrosi, un financiero que mantenía estrechos vínculos con el Vaticano, acusado de malversación, fraude y blanqueo de capitales.

En una operación que afectó a inversores de todo el mundo, la policía suiza registró la sede del SBL PrivatBank en Lugano y congeló simultáneamente centenares de cuentas sospechosas.

Franco Tedeschi, jefe de la división de gestión de activos del SBL, se enteró de antemano de la redada e intentó huir del país.

Fue detenido en el aeropuerto de Lugano al poco de embarcar en el Dassault Falcon de la empresa.

Las autoridades suizas confiscaron también el avión.

Al día siguiente se conocieron nuevos datos impactantes sobre el hombre que había intentado matar al santo padre.

Se supo que Salvatore Alvaro había sido detenido varias veces en su juventud, que había cumplido pena de prisión por robo a mano armada y secuestro, que se le conocía por diversos alias y que había vivido muchos años en Francia, España y Marruecos.

Los periodistas que visitaron la barriada marginal de Alvaro en Nápoles se encontraron con miradas inexpresivas y puertas cerradas, por lo que empezó a especularse con que no era en realidad un humilde electricista.

El periodista especializado en crimen organizado más afamado de Italia señaló que la Camorra tenía presencia en todos los países extranjeros en los que había vivido Alvaro.

No había duda, escribió, de que Alvaro era un soldado y un asesino a sueldo de la Camorra.

Pero ¿por qué querría un sicario vinculado a la Camorra matar al sumo pontífice?

¿Y por qué su santidad, solo dos días después del atentado contra su vida, había puesto en marcha una auditoría externa sin precedentes de las finanzas del Vaticano?

Durante la audiencia general del miércoles, su primera aparición pública tras el atentado, no dijo nada al respecto; optó, en cambio, por abordar una vez más la obligación de la Iglesia de socorrer a los pobres y dar refugio a los migrantes.

En contra de los deseos de su equipo de seguridad, circuló entre la multitud congregada en la plaza de San Pedro montado en un papamóvil descubierto.

El portavoz del Vaticano, Esteban Rodríguez, empleó la palabra «milagro» al intentar explicar cómo había salido ileso el santo padre del atentado.

El ultraconservador cardenal Byrne, desalentado por la adoración que se le profesaba a un pontífice al que detestaba, predijo con mordacidad que el santo padre sería elevado a los altares antes de morir.

Pero el vídeo del intento de asesinato no mentía, y siguieron surgiendo interrogantes; sobre todo, después de que los Carabinieri lanzaran una redada masiva contra la Camorra a lo largo y ancho de Campania.

Al concluir la operación, más de doscientos integrantes de la organización criminal habían sido detenidos.

El fiscal jefe de Nápoles describió la operación como el golpe más demoledor que se había asestado a la Camorra en muchos años.

A nadie le extrañó, pues, que la Camorra volviera a atentar contra la vida del fiscal, esta vez con una bomba colocada frente a su casa, que estaba defendida por importantes medidas de seguridad.

Su santidad Luigi Donati condenó el atentado en su alocución dominical del ángelus, después de lo cual recibió un informe preliminar de los miembros de la comisión especial.

Aunque no trascendió lo que se dijo en el transcurso de esa reunión, tan solo veinticuatro horas después la oficina de prensa emitió un escueto bollettino en el que anunciaba la destitución del cardenal Matteo Bertoli, el sustituto para Asuntos Generales de la Secretaría de Estado.

El bollettino no explicaba el motivo del despido fulminante del tercer prelado más poderoso de la curia romana, por lo que los vaticanisti no tuvieron más remedio que entregarse sin ambages a la especulación.

El momento en que se había producido indicaba que estaba relacionado de alguna manera con la auditoría externa de las finanzas del Vaticano ordenada por el santo padre, una auditoría a la que, según se decía, se oponía el sostituto.

La teoría cobró fuerza al día siguiente, cuando el santo padre despojó a la Secretaría de Estado de miles de millones de euros en activos financieros y bienes inmuebles y los transfirió al departamento vaticano conocido como Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, o APSA.

Ni dos horas después, el asediado cardenal Bertoli fue desalojado del lujoso apartamento que ocupaba en el Palazzo San Carlo.

Abandonó el Vaticano esa misma noche, cardenal ya solo de nombre, en el asiento trasero de un humilde Fiat 500 sin escolta policial.

La oficina de prensa informó de que iba a consagrarse a una vida de oración y penitencia en una remota abadía en las montañas, al oeste de Turín.

«Mejor que acabar quemado en la hoguera —comentó una fuente anónima del Vaticano—. Pero por poco».

Pero ¿qué pecado había cometido Bertoli para hacerse acreedor de un castigo tan tajante y severo?

El presidente de la APSA proporcionó una pista fundamental a la mañana siguiente, cuando anunció que el Vaticano se desharía en breve de un edificio de oficinas y locales comerciales situado en New Bond Street, Londres, del que era titular.

Tres días después, La Repubblica publicó en primera plana una explicación más completa.

El explosivo reportaje, escrito por la respetada corresponsal del periódico en el Vaticano y basado en multitud de documentos internos, detallaba cómo se había enriquecido el cardenal Bertoli al tiempo que perdía más de dos mil millones de euros de fondos de la Iglesia.

Quizá la acusación más contundente que contenía el reportaje era que Bertoli se había asociado conscientemente con dos delincuentes financieros, Nico Ambrosi y Franco Tedeschi, que se dedicaban a blanquear dinero para la Camorra.

Prácticamente acusaba al trío de intentar asesinar al santo padre para impedir que Bertoli fuera destituido y que saliera a la luz su lucrativo emporio de blanqueo de capitales.

El reportaje, aunque impactante, era incompleto.

No mencionaba, por ejemplo, a una joven restauradora británica llamada Penelope Radcliff.

Ni al afamado leonardista Giorgio Montefiore.

Ni al guardia de museo Ottavio Pozzi. Ni un retrato de una joven, óleo sobre tabla de nogal, de 78 centímetros por 56, obra quizá de Leonardo da Vinci, o de un ayudante de su taller, o de un seguidor posterior.

Tampoco hacía referencia a ningún posible vínculo entre el santo padre y la mujer que había sufrido una herida de bala en el pecho casi mortal al intentar protegerlo.

Tres semanas después del tiroteo, la mujer salió del hospital Gemelli y regresó a su palazzo cercano a Via Veneto.

En cuanto al cuadro, había desaparecido sin dejar rastro.