Capítulo 56 El Hospital Gemelli
Fue Luca Rossetti quien levantó a Veronica de los adoquines empapados de sangre de la plaza de San Pedro y Gabriel quien forcejeó frenéticamente para abrirse paso entre la muchedumbre presa del pánico.
Pasaron cinco minutos eternos hasta que consiguieron llegar a la ambulancia aparcada justo detrás de la barrera fronteriza.
Dos técnicos de emergencias, tras colocar a Veronica en una camilla, intentaron de inmediato reanimarla.
Gabriel levantó un segundo la vista hacia la ventana del tercer piso, en la esquina este del Palacio Apostólico. Estaba otra vez cerrada.
La ambulancia tardó diez minutos críticos en llegar al Policlínico Universitario Agostino Gemelli, el afamado hospital universitario de Roma, situado cinco kilómetros al noroeste de la Ciudad del Vaticano.
Cuando Gabriel y Luca Rossetti llegaron poco después en un coche patrulla de los Carabinieri con la sirena encendida, Veronica ya estaba en quirófano.
Seguiría allí hasta las cuatro de la tarde.
Los médicos calificaron su estado de reservado, pero, por razones que nunca llegaron a aclararse, no revelaron su nombre en el comunicado de prensa que emitieron.
El cirujano jefe declaró que las doce horas siguientes serían decisivas, dado que la paciente se debatía entre la vida y la muerte.
Pero lo que más preocupaba a los medios de comunicación y a los mil millones de católicos de todo el mundo era el estado de su santidad Luigi Donati.
Los vídeos del atentado grabados por fotoperiodistas profesionales y por miles de fieles presentes en la plaza no dejaban apenas dudas de que lo había alcanzado al menos un proyectil, puede que dos.
Y, sin embargo, inexplicablemente, durante las seis largas horas posteriores a los hechos la oficina de prensa del Vaticano no hizo ninguna declaración sobre lo ocurrido en la plaza de San Pedro.
Evidentemente —afirmó el corresponsal estadounidense bien informado perteneciente a un destacado medio de comunicación católico—, la Santa Sede ocultaba algo.
La marea de noticias de procedencia dudosa y las publicaciones en las redes sociales contribuyeron a aumentar la confusión.
Un medio alemán normalmente fiable fue el primero en informar de que su santidad había muerto en el atentado.
Minutos después, un tabloide neoyorquino citaba a «una fuente del Vaticano» que afirmaba que el cuerpo del santo padre yacía en la Sala Clementina con un rosario entre las manos.
Una cadena de noticias estadounidense emitió música fúnebre mientras informaba de que se había convocado a cardenales de todo el mundo a asistir al funeral del santo padre en Roma.
Una casa de apuestas londinense anunció que el cardenal Matteo Bertoli, sustituto para Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, era el candidato favorito para salir vestido de blanco del próximo cónclave.
A las cinco de la tarde, incluso Gabriel temía que Donati hubiera muerto, pues todos sus intentos de contactar con el padre Keegan o el coronel Alois Metzler fueron infructuosos.
A solas en una sala de espera reservada del hospital Gemelli, estuvo viendo la cobertura en directo de la televisión italiana y buscando en internet fuentes de información fiables.
La CNN había conseguido un vídeo grabado con un teléfono móvil en el que se veía a Luca Rossetti matando al asesino vestido de negro.
Saltaba a la vista que el pistolero estaba apuntando a alguien que se encontraba en la plaza.
Alguien que ahora estaría muerto, pensó Gabriel, si Rossetti no hubiera disparado primero.
El bollettino de la oficina de prensa, cuando se emitió por fin, destacaba por su falta de detalles.
Se limitaba a informar de que el santo padre estaba descansando cómodamente y rezaba por la mujer herida en el atentado.
Poco después de las nueve de la noche, trasladaron a Veronica de la unidad de cuidados intensivos postoperatorios a una suite en el piso 11 del Gemelli reservada al sumo pontífice de la Iglesia católica.
Cuando llegó Gabriel veinte minutos más tarde, encontró a su santidad Luigi Donati arrodillado en un sencillo reclinatorio de madera, a los pies de la cama.
Había dos agujeros de bala en la pechera de su sotana blanca. Pero seguía vivo, en efecto.
—¿Chaleco antibalas? —preguntó Gabriel.
—Uno muy ligero, perfecto para un pontífice inquieto que anda siempre de acá para allá.
—¿Sueles llevarlo puesto?
—Solo cuando hay amenazas concretas y verosímiles contra mi vida. Cuando estaba en Estados Unidos, nunca salía a la calle sin él.
—Pero ayer no lo llevabas en Lampedusa ni en Palermo.
—¿Te diste cuenta?
—Tenía la mano apoyada en tu espalda mientras saludabas a la gente.
—Por eso no vi necesidad de llevarlo. Tú estabas a mi lado. Sabía que no iba a pasarme nada.
Estaban solos en una salita de estar cómodamente amueblada.
Había un escudo papal en la puerta y un crucifijo en la pared.
De la habitación contigua les llegaba de vez en cuando el pitido de un respirador y el murmurar de las enfermeras.
La televisión, silenciada, parecía reproducir los mismos treinta segundos de vídeo en bucle.
El papa tiroteado mientras se hallaba de pie en la ventana abierta del Palacio Apostólico.
Caos y derramamiento de sangre en la plaza.
—¿Qué te ha hecho ponerte el chaleco hoy? —preguntó Gabriel.
—Una parte importante de mi trabajo consiste en llevar una vida de oración y meditación. Paso varias horas al día hablando con Dios. Y, a veces, Dios me habla.
—¿Te dio una advertencia?
—Una visión.
—¿Y cuando te alcanzaron las balas?
—Sentí como si me hubiera puesto delante de un tren en marcha. Durante uno o dos minutos, apenas pude respirar o hablar. Me quedé en el appartamento el resto de la tarde, hasta que nos aseguramos de que no había peligro en el Vaticano. Durante ese tiempo solo recibí a un miembro de la curia romana.
—¿Su eminencia el cardenal Bertoli?
Donati asintió.
—Como puedes imaginar, se mostró profundamente aliviado por que solo hubiera sufrido heridas leves, pero tuve la molesta sensación de que estaba más bien decepcionado por que hubiera sobrevivido.
—¿Estaba detrás de este asunto?
—Creo que el complot contra mí se fraguó el viernes por la noche, después de nuestro enfrentamiento con el cardenal Bertoli. Fue don Lorenzo di Falco, de la Camorra, quien ordenó mi asesinato.
—Eso explicaría por qué yo era el segundo objetivo. Bertoli los informó de que fui yo quien cambió los cuadros.
—Y quien les robó su dinero.
—Quien lo desvió, santidad.
—Poderosas pruebas circunstanciales de la culpabilidad del cardenal —observó Donati—.
Aun así, los cargos que presentaré dentro de poco contra Bertoli no incluirán la conspiración para asesinar al papa.
Hay trapos que están demasiado sucios para lavarlos en público.
La verdad de lo que ha ocurrido hoy no debe trascender.
—¿Un acto de locura de un pistolero solitario?
—¿Por qué no?
—Porque acabará saliendo todo a la luz, Luigi. Más pronto que tarde.
—¿Y qué pasará cuando la prensa descubra la identidad de la mujer que intentó desarmar al pistolero y que hace muchos años esa mujer tuvo un romance apasionado con el sumo pontífice de la Iglesia católica?
—Que harás caso omiso y seguirás con tu importante tarea.
—¿Dejando que ella afronte sola el escándalo? —Donati negó lentamente con la cabeza—. No puedo hacer eso. Al fin y al cabo, fui yo quien la invitó a asistir hoy al ángelus. Soy el motivo por el que está postrada en esa cama.
—Es culpa mía, Luigi. La perdí de vista cuando empezaron los disparos. Y cuando la volví a ver, estaba intentando quitarle el arma al asesino.
—¿Qué pudo impulsarla a hacer algo así?
—¿De verdad hace falta que responda a esa pregunta?
Donati dirigió la mirada hacia la pantalla del televisor. Un papa tiroteado y, debajo, caos en la plaza.
—Es muy distinto a como era en mi visión.
—¿En qué sentido?
—Había otro papa en la ventana. Un anciano con el pelo blanco como la nieve. —Donati se puso en pie—. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—Hasta estar seguro de que va a sobrevivir.
—¿Quieres compañía?
—Yo aconsejaría a su santidad que regresara al Vaticano.
Donati, sin embargo, entró en la habitación contigua y se arrodilló en el reclinatorio de madera, a los pies de la cama de Veronica. Ella se equivocaba sobre el final de la historia, pensó Gabriel. Si la chica moría esa noche, no moriría sola.
Permaneció allí, hora tras hora, mientras los médicos iban y venían y las constantes vitales de Veronica mejoraban paulatinamente.
Y a las seis y media de la mañana siguiente, cuando por fin abrió los ojos, el primer rostro que vio fue el suyo.
Lo miró fijamente, como preguntándose si era real o un sueño, y luego se echó a llorar.
Donati le secó las lágrimas de la mejilla y ella volvió a deslizarse bajo el velo de la inconsciencia.
A las ocho de la mañana, los médicos actualizaron su estado de reservado a crítico y expresaron su confianza en que, salvo complicaciones imprevistas, la herida en el pecho no resultaría mortal.
Donati salió del Gemelli a las nueve y regresó al Vaticano, pero Gabriel se quedó junto a Veronica hasta las cinco de la tarde.
Salió del hospital en la parte trasera de un coche de los Carabinieri, con Luca Rossetti a su lado.
Pararon en el Hassler el tiempo justo para que Gabriel recogiera su maleta y tomaron un tren nocturno con destino a Venecia.