La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 55 Plaza de San Pedro
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Capítulo 55 Plaza de San Pedro

A las diez de la mañana siguiente, el vídeo del choque de Gabriel con el peregrino armado con un crucifijo en Lampedusa causaba sensación en internet.

Aun así, cuando se marchó del Hassler, la chica de recepción le entregó una copia de la factura esbozando una sonrisa ausente y le deseó un buen día.

Gabriel dejó la maleta al portero y se dirigió al Caffè Greco cruzando la Piazza di Spagna.

Veronica Marchese y Luca Rossetti estaban tomando café en una mesa de la parte delantera del local.

Gabriel pidió un capuchino en la barra y se reunió con ellos.

Rossetti señaló la llamativa fotografía que ocupaba la portada de La Repubblica.

—El tipo a la derecha del santo padre me recuerda a una persona que conozco.

—Es un guardia suizo vestido de paisano que casualmente se parece un poco a mí.

—El parecido es asombroso.

—No, si te fijas bien.

Veronica se fijó bien.

—Me temo que tengo que darle la razón a Luca. Pero ¿desde cuándo la Guardia Suiza contrata a hombres de tu edad?

—¿Y cuál es mi edad, dottoressa Marchese?

—La del Bronce.

—Lo dice con conocimiento de causa —dijo Rossetti—. A fin de cuentas, es una prestigiosa arqueóloga.

Un camarero le llevó su capuchino a Gabriel.

—¿Habéis acabado ya?

—La verdad —respondió Rossetti— es que nos estábamos preguntando qué te llevó a atacar a un pobre peregrino inocente.

—Creí que el peregrino estaba a punto de clavarle un cuchillo al papa.

—¿No hubo más incidentes?

—Ninguno. Fue un día inolvidable.

—Entonces, ¿por qué vamos al ángelus?

—Porque su santidad insistió en que viniera y me apetecía tener compañía.

—No vas a agredir a nadie, ¿verdad?

—Ya se verá.

Rossetti se frotó la mandíbula.

—Yo tuve suerte de que no me mataras.

Gabriel sonrió.

—¿Doble o nada?

Veronica iba devorando un cornetto de crema mientras caminaba entre Gabriel y Luca Rossetti por entre las frías sombras de Via dei Condotti.

Hablaba de la polémica homilía del santo padre en Palermo como si fuera solamente el líder espiritual de mil millones de católicos y no el hombre con el que antaño había planeado casarse.

Rossetti parecía no percatarse de que estaba disimulando.

Veronica llevaba más de treinta años ocultando sus verdaderos sentimientos hacia Luigi Donati. A estas alturas, era una experta.

Cuando llegaron a Via della Conciliazione, se hizo evidente que aquel no iba a ser un ángelus dominical cualquiera.

Miles de fieles avanzaban hacia el oeste, rumbo al Vaticano, y otros tantos hacían cola ante los detectores de metales situados en los límites de la plaza de San Pedro.

Veronica señaló las numerosísimas cámaras de televisión que apuntaban hacia la lejana ventana donde pronto aparecería el papa estrella del rock.

—Nunca había visto algo así un domingo a la hora del ángelus. Es como si esperaran la segunda venida de Cristo.

—Ha vuelto a dar protagonismo al papado —respondió Gabriel.

—¿El cura de barrio global? ¿La Iglesia de las barricadas?

—Lo vi con mis propios ojos ayer en Lampedusa.

—Qué suerte tienes. —Veronica miró las largas colas que se extendían desde los detectores de metales—. ¿Hay alguna posibilidad de que usemos la entrada VIP?

Gabriel se volvió hacia Luca Rossetti y le dijo:

—Nos vemos en la plaza.

Rossetti enseñó su insignia de los Carabinieri a un gendarme del Vaticano, pasó una pierna por encima de la valla y desapareció entre el gentío.

Gabriel y Veronica se dirigieron a la Puerta de Santa Ana.

El alabardero les dedicó un enérgico saludo militar cuando cruzaron la frontera y Gabriel entró en el cuartel de la Guardia Suiza.

El oficial que estaba de guardia en la recepción se puso en pie prácticamente de un salto.

—Buenos días, señor Allon.

—Una amiga y yo vamos a asistir al ángelus. ¿Le importa si tomamos el atajo que cruza el palacio?

—No hay problema. Ahora mismo aviso a los guardias de que van para allá.

Gabriel salió y recogió a Veronica. Ella se agarró a su brazo mientras subían por Via Sant’Anna, dos pecadores en la ciudad de los santos.

—¿Son imaginaciones mías —preguntó Gabriel— o estabas coqueteando con ese alabardero tan joven y guapo?

—Solo le ayudaba a aliviar el espantoso aburrimiento de su trabajo. A esos pobres chicos los hacen trabajar como esclavos.

—Tengo la sensación de que mi amigo Luca Rossetti ha caído irremediablemente bajo tu hechizo.

—Sé que es así, pero le he dejado claro que estoy enamorada de otra persona.

—Se detuvo frente a la entrada del Banco Vaticano.

Como era domingo, tenía los cierres echados—.

Es el vientre de la bestia, el llamado Instituto para las Obras de Religión.

La raíz de todos los escándalos y de toda la corrupción.

Luigi tiene que arrasarlo y empezar de nuevo.

—Sé de buena tinta que eso es justo lo que se propone hacer.

—¿Saben ellos lo que se les viene encima?

—Si no lo saben ya, lo sabrán dentro de unos minutos.

—¿Una Iglesia pobre? ¿El fin de Vaticano S. L.? Si no tiene cuidado, podría venirse todo abajo.

La entrada trasera del Palacio Apostólico se encontraba a pocos pasos del Banco Vaticano.

Como el santo padre ya no vivía allí, se habían relajado las medidas de seguridad.

Gabriel y Veronica cruzaron sin impedimentos el patio de San Dámaso y salieron por el Portón de Bronce a la plaza de San Pedro.

Había casi tanta gente como la noche de la elección de Donati.

Gabriel marcó el número de Rossetti, pero no había línea.

Los treinta mil teléfonos móviles que abarrotaban la plaza habían colapsado el servicio.

Agarró a Veronica de la mano y juntos se adentraron en la densa masa de gente.

Tras cinco minutos de denodado esfuerzo, llegaron a la fuente de Maderno.

Los pisos superiores del Palacio Apostólico asomaban por encima de la columnata de Bernini.

La ventana del despacho papal, la última del piso de arriba, estaba cerrada.

Veronica se puso de puntillas.

—¿De verdad crees que va a vernos, con tanta gente alrededor?

—Seguro que sí.

Ella se rio de sí misma.

—Es bastante patético, ¿no crees?

—¿Estar perdidamente enamorada de alguien con quien no puedes tener nada?

—Sí.

—Creo que es la mayor historia de amor jamás contada.

—¿Como Romeo y Julieta?

—Mejor aún.

—Pero ¿no debería ser yo la del balcón?

—Eso estaría muy visto.

—¿Y cómo termina esta historia? ¿La chica consigue al chico?

—No, Veronica. Me temo que no.

—Qué trágico. ¿Y qué es de ella, entonces?

—Se enamora de otra persona antes de que sea demasiado tarde.

—Eso sí que está muy visto. Además, la chica nunca podrá amar a otro. Al final, el chico morirá rodeado de príncipes purpurados y la chica morirá sola. —Miró la hora—. La ventana suele estar abierta a estas horas.

—Debe de ir con retraso.

Veronica frunció el ceño.

—La hora Donati.

Los papas anteriores solo tenían que levantarse de su escritorio y dar dos o tres pasos para acercarse a la ventana de la esquina este del Palacio Apostólico.

Su santidad Luigi Donati, en cambio, tenía que llegar primero al palacio desde su humilde morada en la Casa de Santa Marta.

Normalmente iba a pie con el padre Keegan y así disponía de un momento para ordenar sus pensamientos.

Esa mañana, sin embargo, hizo el corto trayecto en un coche eléctrico, porque, en efecto, llegaba tarde.

El coche los dejó en el patio de San Dámaso y un ascensor muy ornamentado los condujo lentamente al tercer piso. A la izquierda estaban las oficinas de la Secretaría de Estado. Las veinte habitaciones del appartamento pontificio quedaban a la derecha.

Un guardia suizo abrió la puerta y Donati entró detrás del padre Keegan.

Como de costumbre, las dimensiones del piso le parecieron abrumadoras; en cambio, siempre le había gustado el despacho privado.

La ventana y las contraventanas se habían abierto de par en par a la espléndida mañana romana y al rugido sostenido de la muchedumbre reunida allá abajo, en la plaza.

El padre Keegan colocó el texto preparado en el atril de plexiglás y miró a Donati, muy serio.

—Le aconsejo a su santidad que dé el discurso tal y como está escrito.

—¿Y si el Espíritu Santo me impulsa a hacer una o dos digresiones?

—Resista.

—¿Y desobedecer la voluntad del Espíritu Santo? ¿De verdad es eso lo que me aconseja, padre Keegan? —Al no recibir respuesta, Donati miró su viejo reloj Hamilton—. ¿Empezamos?

—Sí, santidad. Ya es la hora.

Donati esperó diez segundos más y luego se puso delante de la ventana abierta.

Era un pandemónium.

Se quedó allí parado un momento, con los brazos extendidos sobre la multitud enfervorecida que se agolpaba en la plaza, como si no se diera cuenta de que alguien le estaba disparando.

Los vítores eran tan ensordecedores que Gabriel solo se percató de los disparos cuando vio la herida abierta en la fachada del palacio, a un metro a la derecha de Donati.

El siguiente disparo destrozó el postigo abierto y el tercero alcanzó a Donati en el centro del pecho, justo encima de la cruz pectoral de plata.

Gabriel no sabía exactamente qué había pasado después, porque lo arrolló una avalancha de fieles aterrorizados y cayó sobre los adoquines de la plaza.

Cuando consiguió ponerse en pie, se dio cuenta de que Veronica ya no estaba a su lado.

La vio unos segundos después, intentando frenéticamente arrebatarle un arma a una figura delgada, vestida con traje clerical negro e impermeable.

Se oyó entonces otro disparo y Veronica cayó como si se abriera una trampilla bajo sus pies.

La figura delgada con traje clerical e impermeable apuntó entonces a Gabriel y, un instante después, se oyeron dos disparos.

Gabriel tardó un instante en comprender que los disparos los había efectuado Luca Rossetti y que no había muerto.

Abriéndose paso entre el gentío que huía, consiguió llegar al lugar donde Veronica yacía junto al asesino, en medio de un charco de sangre.

—Por favor, abrázame —dijo ella antes de perder el conocimiento—. La chica no quiere morir sola.