La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 54 Casa de Santa Marta
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Capítulo 54 Casa de Santa Marta

Pasaban pocos minutos de las seis de la tarde cuando su santidad depositó las hostias recién consagradas en la lengua de cuarenta jóvenes que hacían la primera comunión.

Un batallón de sacerdotes y diáconos provistos de copones ofreció entonces el sacramento al resto de la multitud, en un alarde de precisión y planificación.

Aun así, transcurrió otra hora antes de que Donati celebrara el rito de conclusión y ordenara a los fieles ir en paz y servir al Señor.

A Gabriel le sonó como una llamada a las armas.

El altar provisional tembló bajo sus pies con el amén final.

—Discúlpeme, santidad, pero ya he tenido suficientes emociones por hoy.

—Conozco un sitio pequeño que abre hasta muy tarde. Creo que te resultará interesante.

Gabriel se alegró al ver que Donati lo conducía a la cocina, en la planta baja de la Casa.

Se sentaron a una mesita en un rincón mientras dos monjas de las Hijas de la Caridad calentaban sobras de la cena: rigatoni al pomodoro, judías verdes con ajo y aceite de oliva, y gruesas lonchas de vitella alla fornara.

Gabriel leyó las reseñas del viaje papal mientras Donati, con una servilleta prendida del cuello de la sotana blanca, tomaba su primera comida desde el desayuno.

Según The New York Times, la homilía era «un terremoto» que sin duda enfurecería a los tradicionalistas, recelosos ya de las intenciones del papa liberal.

La Repubblica afirmaba que era la señal más clara hasta el momento de que su santidad pensaba convocar un tercer concilio vaticano para abordar las cuestiones más controvertidas a las que se enfrentaba la Iglesia católica.

—¿Por casualidad algún periodista ha hablado con el cardenal Byrne?

—Me temo que sí, santidad.

—No está de acuerdo, imagino.

—Lo ha calificado de sandez herética.

—Me esperaba algo mucho peor.

—También está convencido de que planeas convocar el Concilio Vaticano III.

—Se equivoca. Y no es la primera vez, además. Es posible que lo convoque en algún momento, pero no ahora.

—¿Por qué esperar?

—Tengo asuntos más urgentes que atender; entre ellos, el del propio cardenal Byrne. Me temo que su eminencia está a punto de perder su sueldo y ese piso palaciego en el que vive sin pagar alquiler.

—¿Qué pasa con los pisos por aquí? —preguntó Gabriel.

—Son una obsesión. La mayoría de los curas jóvenes viven en residencias religiosas o en apartamentos minúsculos y horribles.

Se pasan el día conspirando unos contra otros en la oficina, y de camino a casa los niños de Roma los llaman bacarozzi .

—Así se llamaba en italiano a los escarabajos negros—.

Si tienen la suerte de llegar a obispos, se les facilita un modesto apartamento subvencionado con unos pocos muebles.

Los pisos grandes están reservados para los príncipes de la Iglesia, los del solideo rojo.

Y, aun así, nunca se dan por satisfechos.

¿Cuántos metros cuadrados tiene? ¿Está dentro de las murallas o fuera?

¿Tiene suficientes habitaciones para las monjas del servicio y para algún pariente?

Es el cuento de nunca acabar. —Donati pinchó uno de los tubos de rigatoni —.

Esto no está mal del todo, ¿sabes? Han mejorado mucho, desde luego.

—Se habrán enterado de tus visitas clandestinas a la Osteria Lucrezia.

—Deberíamos tomar un poco de vino, ¿no crees?

—Es tarde.

—Mi madre siempre decía que tomar un poco de vino antes de acostarse es bueno para la sangre.

—Las madres nunca se equivocan.

—Y menos aún las madres italianas.

—O judías.

Donati pidió a una de las monjas que les llevara vino y la religiosa regresó un momento después con una botella de tinto de Umbría. Gabriel descorchó la botella y llenó las copas.

—¿Qué va a pasar con el cardenal Bertoli?

—Si yo tuviera más sentido común, seguiría su consejo y barrería el asunto bajo la alfombra de la curia.

—Aun así, no se quedaría ahí. La policía italiana está decidida a desmantelar la red de blanqueo de capitales de la Camorra. Y van a empezar por detener a Nico Ambrosi y Franco Tedeschi.

—Pero no podrán imputarlos sin la cooperación del cardenal Bertoli.

—Hablas como un canonista. No estarás pensando en dejar que se salga con la suya, ¿verdad?

—Va a ser una lucha a muerte, mio amico.

Y aunque yo salga victorioso, no hay duda de que mi papado saldrá perjudicado.

Debes comprender que la Iglesia católica la dirigen la curia y los cardenales más poderosos.

Toleran al papa a regañadientes. Mi única esperanza de lograr una reforma duradera es sobrevivir.

Gabriel levantó su copa hacia la luz.

—En tal caso, deberías probar este sagrantino. Está delicioso.

—Las uvas proceden de un pueblecito de Umbría, Montefalco. Viví cerca de allí cuando me tomé mi año sabático del sacerdocio.

En una casita en las laderas del monte Cucco, pensó Gabriel. Una joven y bella arqueóloga llamada Veronica Marchese también había vivido por allí.

—Supongo que mañana vuelves a Venecia —dijo Donati.

—Si no vuelvo mañana, la Compañía de Restauración Tiepolo prescindirá de mis servicios.

—Voy a echarte de menos. A pesar de todo, he disfrutado de tu compañía.

—Con un poco de suerte, volveré pronto.

—¿Por el Leonardo?

Gabriel asintió con un gesto.

—Supongo que deberíamos hablar de tus honorarios.

—Serán astronómicos.

—¿Es que no escuchaste mi homilía en Palermo? Bienaventurados los pobres.

—Tengo una esposa y dos hijos a los que mantener.

Donati sonrió con tristeza. Veronica y él también habían querido tener hijos. Muchos hijos.

—¿Qué tren tomas? —preguntó.

—El de media mañana, imagino.

—¿Hay alguna forma de convencerte de que pospongas tu partida hasta después del ángelus?

—De verdad, tengo que irme.

Donati suspiró.

—Cuando un papa invita personalmente a alguien a asistir al ángelus, la respuesta es sí.

—Será un honor, santidad.

—Quizá nuestra amiga también quiera asistir.

—¿Eso es una invitación?

—Supongo que sí.

—Entonces, estoy seguro de que la respuesta es sí.