La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 53 Palermo
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Capítulo 53 Palermo

Durante su primer viaje como papa, al poco de ser elegido, Luigi Donati sorprendió a la prensa vaticana al celebrar una rueda de prensa improvisada en la parte trasera de su avión, una práctica que había mantenido desde entonces.

El hecho de que no se dirigiera a los periodistas después de su emotiva visita a Lampedusa fue considerado por la mayoría de los vaticanisti como una prueba más de que su santidad ocultaba algo.

El astuto Esteban Rodríguez, de la oficina de prensa, lo achacó a la brevedad del vuelo —menos de una hora— y al hecho de que el santo padre estaba aún trabajando en su homilía para la misa al aire libre que iba a oficiar en Palermo. Eso, al menos, era cierto.

No había una multitud esperándolo cuando el avión papal aterrizó en el aeropuerto de Palermo.

Solo una pequeña delegación de autoridades sicilianas aguardaba en la pista.

Donati las saludó cordialmente y montó luego en el asiento trasero de otro Fiat eléctrico para recorrer el trayecto de veinte minutos hasta el lugar donde iba a celebrarse la misa.

Gabriel volvió a sentarse a su lado, aunque esta vez no se molestó en inspeccionar la ventanilla.

El sumo pontífice de la Iglesia católica, líder espiritual de más de mil millones de almas, viajaba en un vehículo sin blindaje por una de las ciudades más peligrosas de Europa occidental.

—¿Te parece mal?

—Me parece muy mala idea, santidad.

—No voy a viajar en un cochazo a prueba de bombas como un potentado.

—Pero es que eres un potentado.

—Soy un monarca absoluto, que es distinto.

—También eres la única esperanza en un mundo que se ha vuelto loco —repuso Gabriel—. Alguien tiene que hablar por los más desfavorecidos. Alguien tiene que decirles a los que se proclaman cristianos que se están comportando de un modo que Jesús no reconocería.

—¿De verdad sirve de algo lo que yo haga? A veces no estoy seguro.

—Has estado fantástico en Lampedusa. Has cambiado la manera de sentir y de pensar de mucha gente.

Donati adoptó un tono confidencial.

—Te voy a contar un secretillo, mio amico. Aún no has visto nada.

El césped del parque conocido como Foro Itálico ocupaba varios cientos de metros a lo largo del bonito paseo marítimo de Palermo.

Una masa ondulante de humanidad, formada por unas trescientas mil personas, lo llenaba de punta a punta.

Gabriel recorrió a pie el perímetro de la explanada y vio con alivio que había policías italianos provistos de radiotransmisores abriendo mochilas y cacheando a los fieles.

Había también francotiradores apostados en los tejados de los edificios cercanos y lanchas de los Carabinieri patrullando la bahía festoneada de olas blancas.

Al parecer, alguien había captado el mensaje.

El altar provisional tenía el tamaño del escenario de un festival de música al aire libre y estaba flanqueado por pantallas gigantes.

Gabriel buscó debajo de la plataforma paquetes abandonados o cajas de herramientas que hubieran dejado los operarios, cualquier cosa que pudiera contener una bomba.

Luego se dirigió a la pequeña caravana que había detrás de la plataforma, donde el padre Keegan estaba colocando el palio sobre la casulla bordada en oro de Donati.

—¿Nervioso? —preguntó el papa.

—Un poco, santidad.

—Si quieres volver a interpretar el papel de padre Benedetti, seguro que podemos encontrarte vestiduras.

—Creo que voy a verlo entre bastidores con el coronel Metzler.

—Seguramente es lo mejor. Pero, por favor, intenta no agredir a nadie. No queremos más incidentes desagradables.

Gabriel salió de la caravana y encontró a Metzler de pie a la izquierda del altar. La luz de la tarde comenzaba a disiparse y la multitud se estaba impacientando. Su santidad, como de costumbre, iba con retraso.

Metzler miró la hora.

—Cuando era secretario privado, era puntual como un reloj suizo, pero ahora que es papa . . .

—¿Su tardidad?

—Lo llamamos la «hora Donati». Va una hora por detrás del resto de Roma.

—Se lo diré, descuida.

—Sí, por favor.

En ese momento, uno de los guardias suizos apostados junto a la caravana de Donati avisó por radio de que su santidad se había puesto en marcha.

Llegó al altar con solo media hora de retraso, acompañado por decenas de cardenales, obispos, monseñores y sacerdotes.

Después de santificar la mesa y el crucifijo con incienso, ocupó su puesto delante de la sencilla silla de madera destinada al celebrante e hizo la señal de la cruz.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Trescientas mil voces respondieron:

—Amén.

—Atención a esto —dijo Alois Metzler.

—Ya lo estoy viendo —respondió Gabriel.

* * *

Durante la recitación del kirie, Gabriel cayó en la cuenta de que nunca había visto a su viejo amigo celebrar una misa.

Donati tenía la percepción de que no se le daba muy bien, de que era un intelectual y un misionero de corazón, hecho más para las selvas y las favelas que para una iglesia parroquial.

Pero se equivocaba: con su imponente presencia física y su cálida voz de barítono, dominaba el enorme altar como un actor domina el escenario.

Incluso Gabriel, que conocía a Donati desde hacía más de veinte años, apenas podía apartar los ojos de él.

En el Foro Itálico nadie se movía. Los trescientos mil fieles católicos estaban embelesados.

Cuando llegó el momento de la homilía, el sol se estaba poniendo detrás de los edificios que bordeaban el lado oeste de la explanada.

El papa no se dio prisa en subir al púlpito.

El padre Keegan intentó ponerle delante una carpeta de cuero, pero Donati se la devolvió con una sonrisa afable.

El mensaje era inequívoco. En aquella perfecta tarde de sábado en Palermo, el vicario de Cristo pensaba dirigirse a su rebaño sin el apoyo de un guion preparado.

—Hay un monte no muy lejos del mar de Galilea —comenzó por fin—.

Un día, al poco de iniciar su ministerio, Jesús reunió a sus discípulos en lo alto de ese monte y pronunció un sermón.

Las palabras que pronunció ese día se consideraron tan esenciales para nuestra fe que los primeros cristianos se sintieron impelidos a memorizarlas.

Y, sin embargo, parece que muchos de nosotros las hemos olvidado.

Por eso, hermanos y hermanas, si me lo permitís, voy a recitar algunas de ellas, porque puedo decir con absoluta certeza que fueron la razón de que me hiciera sacerdote.

—Hizo una pausa que pareció durar una eternidad y luego añadió—: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos . . .

Trescientas mil voces completaron las cinco últimas palabras del versículo.

—Porque ellos heredarán la tierra.

Donati lanzó una mirada a Gabriel y preguntó:

—¿En qué parte del capítulo quinto del Evangelio de Mateo dice Jesús que aquellos que poseen una riqueza inimaginable serán bienvenidos en el reino de los cielos?

¿O aquellos que utilizan el poder político para servir a sus propios intereses en vez de servir a los intereses de su pueblo?

¿Bienaventurados los oligarcas? ¿Bienaventurados los tiranos?

¿Bienaventurados los torturadores? ¿Los opresores?

¿Los crueles de corazón? Perdonadme, hermanos y hermanas, pero en mi ejemplar de Mateo faltan esos versículos.

Esperó a que se apagaran las risas antes de continuar.

—Tampoco ordenó nunca Jesús a sus apóstoles que edificaran una Iglesia que amasara grandes riquezas.

Ni una Iglesia que se negara a adaptarse y cambiar.

Dios mío, hasta tres siglos después de que Nuestro Señor pereciera en una cruz romana no establecimos los principios básicos de nuestra fe, esos principios que afirmaremos dentro de un momento, cuando recitemos las palabras del credo.

Y una y otra vez, a lo largo de los siglos, hemos convocado concilios para introducir nuevos cambios en nuestra doctrina y nuestra práctica.

No todos esos cambios fueron acertados y algunos causaron un daño profundo a la Iglesia, pero no por eso debemos temer el cambio.

A veces es necesario. Yo os digo, hermanos y hermanas, que este es uno de esos momentos.

Durante los siguientes veinte minutos, mientras el cielo se oscurecía y se enfriaba el aire, Donati explicó por qué era así.

Porque el mundo, afirmó, necesitaba a la Iglesia ahora más que nunca.

Necesitaba una Iglesia sana, una Iglesia vital, una Iglesia misericordiosa y, sí, una Iglesia más joven.

Una Iglesia que no tuviera que mendigar sacerdotes.

Una Iglesia a la que no le diera miedo tomar partido.

Una Iglesia en las barricadas. Una Iglesia que atendiera a los que estaban en peligro.

—Una Iglesia que siga las sencillas pautas que Jesús dio a sus discípulos en aquel monte cerca del mar de Galilea. —Donati extendió los brazos como si estuviera de pie en aquel monte—. Bienaventurados los pobres de espíritu.

—Porque de ellos es el reino de los cielos —respondió la muchedumbre.

—Bienaventurados los que lloran.

—Porque ellos serán consolados.

—Bienaventurados los mansos.

—Porque ellos heredarán la tierra.

Hizo la señal de la cruz.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Trescientas mil voces bramaron:

—Amén.