La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 52 Lampedusa
88%

Capítulo 52 Lampedusa

Normalmente, había dos filas de asientos en la cabina de primera clase del avión, pero la aerolínea había quitado la primera fila para que Donati, el papa más alto de la historia, dispusiera de más espacio para las piernas.

Pasó la mayor parte del vuelo revisando el discurso que tenía previsto pronunciar en el centro de refugiados de Lampedusa.

Gabriel y el padre Keegan, sentados al otro lado del pasillo, seguían las últimas noticias en internet.

La historia del brutal asesinato de Ottavio Pozzi se había difundido más allá de Italia.

Un periódico londinense mencionaba el reciente fallecimiento de una joven restauradora de arte británica en Venecia.

Y luego estaba el asesinato, aún sin resolver, del afamado experto en Leonardo, Giorgio Montefiore.

Las redes sociales eran un hervidero de rumores y especulaciones, muchos de ellos generados por los vaticanisti, que publicaban comentarios sin cesar desde la parte trasera del avión.

Noventa minutos después del despegue, el director de la oficina de prensa del Vaticano, un habilidoso experiodista de televisión madrileño llamado Esteban Rodríguez, se asomó a la parte delantera de la cabina y miró al padre Keegan.

—Tenemos un problema, y de los gordos.

—¿Ottavio Pozzi?

Rodríguez asintió.

—Hay que decir algo.

—La Santa Sede está conmocionada e indignada por este acto de violencia indescriptible.

—¿Hay algo más que yo deba saber?

—Probablemente, Esteban, pero ahora no es el momento.

—¿Y el cardenal Bertoli?

Donati levantó la vista de sus notas.

—Dígales a los vaticanisti que lamentablemente su eminencia tiene un poco de gripe y no ha podido viajar.

—¿Eso es cierto, santidad?

—Por supuesto que no, pero ¿desde cuándo le importa eso a la oficina de prensa?

—¿Puedo hablarle de otro asunto, santidad?

—Dese prisa.

El director miró con nerviosismo a Gabriel antes de hablar.

—Varios periodistas han reconocido al señor Allon cuando embarcamos en Fiumicino. Quieren saber por qué lo acompaña.

—Dígales que se equivocan.

—Pero, santidad . . .

Donati zanjó la conversación haciendo un lánguido ademán con la mano y Rodríguez volvió a popa a enfrentarse a los leones.

Sus palabras solo tardaron veinte minutos en aparecer en la prensa, pero apenas lograron aplacar el torbellino de especulaciones que bullía en la parte de atrás del avión papal.

Un guardia de museo muerto, un cardenal de la curia ausente .

. . Seguro que había alguna relación. Ahora, solo era cuestión de saber cuál de los vaticanisti conseguía la primicia.

Para entonces, Gabriel divisaba ya la costa color caqui de Túnez desde su ventanilla.

Ese caldero hirviente de disturbios que era Libia se encontraba más allá, en línea recta.

Ambos países servían de punto de embarque a los migrantes africanos desesperados que intentaban alcanzar Europa.

La isla italiana de Lampedusa era casi siempre su destino preferido.

El aeropuerto estaba situado en la punta sureste de la isla.

Se aproximaron desde el oeste, volando aparentemente casi a ras de las aguas de color turquesa del Mediterráneo.

El padre Keegan, al que le daba miedo volar, se santiguó cuando el avión tocó con un golpe seco la pista sin sufrir ningún percance.

Gabriel secundó la moción para sus adentros.

Las tres horas de vuelo con turbulencias le habían destrozado la espalda.

Alois Metzler le había proporcionado una minirradio como las que usaba la Guardia Suiza, con auricular y micrófono de muñeca.

La encendió y escuchó las conversaciones cruzadas de los agentes de la Polizia di Stato apostados en la pista.

Una delegación de dignatarios locales, tanto políticos como religiosos, esperaba bajo el deslumbrante sol mediterráneo, y varios miles de fieles provistos de pancartas se agolpaban contra las vallas metálicas.

La expectación era palpable. Había llegado el papa estrella del rock.

Cuando el avión se detuvo, dos escaleras móviles se acercaron a las puertas delantera y trasera. El personal de seguridad salió primero del avión, seguido por la comitiva de la curia y la prensa vaticana. Alois Metzler entró entonces en la cabina de primera clase con dos de sus hombres.

—Cuando quiera, santidad.

Donati se levantó y miró a Gabriel.

—Creo que esto te va a gustar.

—Dios te oiga.

—Eso se puede arreglar, mio amico.

Donati se acercó a la puerta abierta, mostrándose a la multitud que se agolpaba allá abajo.

Era un pandemónium.

* * *

Uno de sus predecesores había tomado la costumbre de besar el suelo al llegar a su destino, pero Donati se limitó a bendecir al gentío con dos ademanes majestuosos de la mano derecha.

Después, el equipo de seguridad procedió a rodearlo: los agentes de la Polizia di Stato formaron el círculo exterior de protección, y la Guardia Suiza, el interior.

Gabriel, convertido en sombra proverbial del santo padre, era la última línea defensiva.

Su santidad saludó primero a los dignatarios reunidos, empezando por el alcalde de Lampedusa, que parecía tan impresionado que Gabriel temió que fuera a desmayarse.

Donati dedicó a cada uno de ellos un momento de atención exclusiva, un momento que no olvidarían jamás.

Los abrazó y les impuso las manos. Y, si insistían, los permitía besar el anillo del Pescador, aunque era bien sabido que ese antiguo ritual pontificio le sacaba de sus casillas.

Una de las autoridades, una mujer de unos treinta años, iba en silla de ruedas.

La bendición de Donati le causó tal impacto que Gabriel pensó que iba a levantarse y a echar a andar.

Según el programa oficial, la comitiva debía salir del aeropuerto inmediatamente después del acto de bienvenida en la pista.

Su santidad, no obstante, se acercó a las vallas metálicas.

Los anillos concéntricos de seguridad se cerraron cuando la multitud, presa ya del delirio, se echó hacia delante.

El papa bendijo los rosarios, los crucifijos y a los niños, y los fieles tiraban de los bordes de su sotana blanca y apretaban los labios contra el grueso anillo de oro de su mano derecha.

Con gesto protector, Gabriel apoyó la mano derecha en el fajín que ceñía la cintura de Donati.

Dos veces tuvo que recoger del suelo el solideo papal.

Por fin, con quince minutos de retraso, su santidad se acercó a los coches de la comitiva y subió al asiento trasero de un pequeño Fiat eléctrico.

Gabriel montó a su lado y el padre Keegan ocupó el asiento del copiloto.

El chófer era un helvético guapo y de anchas espaldas.

Gabriel tocó con los nudillos su ventanilla. Era de cristal normal y corriente.

—¿Y bien? —preguntó Donati cuando la comitiva se puso en marcha—. ¿Ha sido como esperabas?

—No, santidad. Ha sido agobiante.

—Pero este no es tu primer rodeo, como dicen nuestros amigos los estadounidenses. Ya conoces la adulación que conlleva el cargo.

—Es cierto, pero contigo es distinto.

—Espera a que lleguemos a Palermo. —El padre Keegan entregó al papa una toallita desinfectante, que él usó para limpiar el anillo del Pescador—. Ojalá no lo besaran.

—No se les puede reprochar, santidad. Es tradición.

—También lo era quemar a los herejes en la hoguera y ya no lo hacemos.

Gabriel y el padre Keegan revisaron sus teléfonos.

—¿Cómo de grave es la situación? —preguntó Donati.

—Diez en la escala de Richter —contestó Gabriel.

—Pompeya —remachó el padre Keegan.

Donati suspiró.

—En tal caso, supongo que tendré que hacer algo por cambiar los ánimos.

El destartalado barco pesquero de veinte metros de eslora zarpó del puerto libio de Misurata.

A bordo viajaban casi quinientos migrantes de Eritrea, Somalia y Ghana que habían pagado tres mil dólares por cabeza a una red de tráfico de personas para que los trasladara ilegalmente a Europa.

En la noche sin luna del 3 de octubre de 2013, tras pasar dos días a la deriva en el Mediterráneo, el barco se acercó a la costa sur de Lampedusa.

Como nadie en tierra avistó la embarcación, uno de sus pasajeros prendió fuego a una manta con la esperanza de que alguien los viera.

La manta en llamas, sin embargo, prendió los bidones de gasolina y el barco estuvo pronto envuelto en llamas.

La mayoría de los migrantes, muchos de los cuales no sabían nadar, se arrojaron al mar.

Los demás cayeron al agua cuando volcó el barco.

La Guardia Costera italiana, ayudada por la flota pesquera de Lampedusa, recuperó finalmente los cadáveres de trescientas sesenta y ocho personas; entre ellos, el de un bebé nacido a bordo del barco siniestrado.

Los muertos fueron depositados en el muelle del puerto de Lampedusa: una imagen que, más de una década después de la tragedia, seguía grabada a fuego en la memoria de los pobladores de la isla.

El naufragio se produjo a menos de un kilómetro de la famosa Spiaggia dei Conigli de Lampedusa, una de las playas más conocidas del mundo.

Su santidad visitó el lugar de la tragedia a bordo de una lancha patrullera de la Guardia Costera, acompañado por una flotilla de pesqueros que habían participado en las labores de rescate y recuperación de los cadáveres.

Arrojó una corona de flores al mar y rezó por las víctimas y por aquellos que, con toda seguridad, seguirían muriendo mientras la guerra y el hambre empujaran a un número cada vez mayor de personas de entre las más pobres del mundo a buscar una vida mejor en el Occidente.

Después, los barcos hicieron sonar sus sirenas al unísono.

A Gabriel le sonaron a los gritos desesperados de los ahogados.

Donati se dirigió a continuación al centro de acogida de inmigrantes de Lampedusa al que se trasladó a los supervivientes del naufragio.

Como solía ocurrir, estaba abarrotado de recién llegados, muchos de los cuales acampaban en las calles aledañas o en un descampado colindante.

Donati caminó entre ellos —una figura imponente vestida de blanco—, repartiendo bendiciones y paquetes de comida y ropa.

Dentro del edificio atestado de gente, pronunció unas palabras que en nada se parecían a las que la curia había escrito para él.

El mensaje de los Evangelios, dijo, obligaba a los cristianos a tratar a los forasteros con bondad y compasión, al margen de su fe religiosa o del color de su piel.

Por lo tanto, uno no podía denominarse cristiano y mostrarse indiferente al sufrimiento ajeno.

Reservó sus críticas más acerbas, sin embargo, para los políticos de extrema derecha que perseguían el poder avivando entre sus seguidores el resentimiento contra los inmigrantes.

Las redadas y las deportaciones masivas, declaró, no solo eran inhumanas, sino también anticristianas.

Jesús no habría permanecido en silencio ante tamaña crueldad, y tampoco iba a hacerlo su Iglesia.

Era, se dijo Gabriel, otra declaración de guerra.

No muy lejos del centro de acogida había un descampado sembrado de cientos de pateras destrozadas o ruinosas.

Donati se desesperó al ver los montones de zapatos y ropa abandonados, lo único que quedaba de quienes habían perecido intentando alcanzar Europa.

Emocionalmente agotado, se metió en la parte trasera del pequeño Fiat para recorrer el corto trayecto de regreso al aeropuerto.

La visión de la multitud jubilosa que se agolpaba a lo largo de la carretera lo animó momentáneamente.

—Para el coche —ordenó—. Quiero caminar.

—No, por favor —dijo Gabriel—. No se ha hecho ningún control de armas.

—No pienso ir en este coche mientras aquí al lado hay mujeres y niños hacinados en un descampado, sin comida ni un techo como Dios manda.

Gabriel se acercó el micrófono de muñeca a la boca e informó a Alois Metzler de las intenciones del santo padre. Luego miró a Donati y le dijo:

—Nada de adentrarse entre la gente, santidad.

—Te doy mi palabra.

—Y, por favor, no se demore —añadió el padre Keegan—. Ya vamos con retraso.

—Tranquilo, la misa papal de Palermo no puede empezar sin mí.

Y, con esas, Donati se bajó del coche y se lanzó impetuosamente hacia la multitud. Cuando Gabriel y el resto de los escoltas consiguieron alcanzarlo, su santidad tenía en brazos a un niño y estaba posando para un selfi con los padres del pequeño.

Un agente de la Polizia di Stato devolvió el niño a su madre y Gabriel, dando un tirón enérgico al fajín papal, consiguió que su santidad siguiera avanzando.

Desfiló junto a la muchedumbre con paso decidido y el brazo derecho levantado en señal de bendición, como un soldado de Dios en misión misericordiosa.

Cuando se acercaba a la entrada del aeropuerto, un hombre de mirada frenética se abalanzó hacia él empuñando en la mano derecha un arma larga, parecida a un puñal.

O eso le pareció a Gabriel, que reaccionó fulminantemente, tirando al atacante al suelo.

Solo entonces se dio cuenta de que el objeto que el hombre tenía en la mano era un inofensivo crucifijo de plata.

Cuando Donati ayudó al peregrino caído a ponerse en pie, la multitud rugió entusiasmada.

Para bien o para mal, habían conseguido cambiar los ánimos.