Capítulo 51 Puerta de Santa Ana
A las cinco y media de la mañana siguiente, Gabriel subió a la parte de atrás de un sedán negro con matrícula SCV.
Fue echando una ojeada a la prensa durante el corto trayecto hasta el Vaticano, al otro lado del río.
La Repubblica había publicado unos centenares de palabras sobre un asesinato perpetrado, al parecer, por un sicario en el barrio obrero de Ostiense.
En la noticia no se mencionaba el nombre de la víctima ni su lugar de trabajo.
Tampoco se aludía a la presencia en la escena del crimen de un conocido restaurador de cuadros, el mismo restaurador que, casualmente, había hallado al cadáver de una joven flotando en la laguna de Venecia, recuperado un cuadro desconocido de Leonardo da Vinci y desencadenado un escándalo financiero que pronto sumiría a la Iglesia católica en una guerra abierta.
Su santidad Luigi Donati esperaba mantener el escándalo a raya hasta completar su visita relámpago a las islas mediterráneas de Lampedusa y Sicilia.
Gabriel opinaba, basándose en su experiencia, que su santidad no vería cumplido su deseo.
El chófer dejó a Gabriel en la Puerta de Santa Ana.
El guardia suizo apostado allí lo estaba esperando, al igual que su comandante, el coronel Metzler, que se hallaba tomando un desayuno tradicional suizo en el comedor, rodeado de varios guardias vestidos de traje oscuro.
Le hicieron sitio a Gabriel en la mesa y le llevaron café y algo de comer.
—¿Sin corbata? —preguntó Metzler mientras tomaba una cucharada de muesli.
—No metí ninguna en la maleta.
Metzler lanzó una mirada a uno de sus hombres, que salió bruscamente del comedor en busca de una corbata.
—Lo que necesito —dijo Gabriel— es un arma. Y que no sea una alabarda. Es imposible ocultarlas.
Metzler se permitió esbozar una breve sonrisa.
Estaba nervioso, lo mismo que sus hombres.
Siempre lo estaban cuando el papa se disponía a aventurarse más allá de los muros del Vaticano; en especial, un papa tan controvertido como Luigi Donati.
Y la petición de última hora del santo padre de añadir a Gabriel a su escolta no ayudaba, precisamente.
—Te advierto que corren muchos rumores por aquí —comentó Metzler—. Y la mayoría tienen que ver contigo.
—¿Qué he hecho esta vez?
—Evidentemente, anoche hubo algún desacuerdo entre el santo padre y el sostituto. Y se dice que tú estuviste presente en la reunión.
—Las noticias vuelan por aquí.
—¿Es cierto que el cardenal Bertoli está a punto de ser destituido?
—Quizá deberíamos hablar de esto en privado.
Metzler se puso en pie.
—Conozco el lugar perfecto.
Mientras bajaban las escaleras que llevaban a la galería de tiro de la Guardia Suiza, Gabriel le contó al comandante todo lo que podía contarle sobre el escándalo que estaba a punto de sacudir al Vaticano.
Le dio a entender que se trataba de un asunto de índole económica y que estaban implicados un par de turbios financieros italianos vinculados con la Camorra.
Metzler llevaba tiempo suficiente en el Vaticano como para saber lo que eso significaba.
—Va a correr la sangre.
—Ya ha corrido.
—¿Cuándo?
—Anoche, en Ostiense.
—¿El tiroteo en el bar?
Gabriel asintió.
—La víctima era Ottavio Pozzi, el guardia de los Museos Vaticanos que sacó el cuadro del almacén. Y el asesino, el tipo que sacó el cuadro por la Puerta de Santa Ana.
—¿El padre Spada?
—No era sacerdote, Alois. Es un sicario de la Camorra. Anoche vi su obra. Y también la vi en Florencia —añadió Gabriel—. No es precisamente sutil.
—¿Y ahora temes que la vida del santo padre corra peligro?
—Si por mí fuese, su santidad tendría de pronto malaria y cancelaría el viaje.
—Eso no va a ser posible. Es muy terco, tu amigo. Y bastante imprudente en lo que respecta a su seguridad. Se niega a usar el papamóvil blindado, da igual dónde esté. Solo es cuestión de tiempo que alguien le pegue un tiro.
—Por eso quiero estar pegado a él hoy, hasta que regrese al Vaticano.
—Con todo respeto, Gabriel, mis hombres pueden encargarse de eso.
—Sé que pueden, pero yo también soy bastante bueno en estas cosas.
—Y en lo otro también. —Metzler lo condujo a través de la puerta de la galería de tiro y sacó una SIG Sauer P226 del armero—. ¿Sabes usar una de estas?
—¿Es católico el papa?
—Eso depende de a quién le preguntes. —Metzler le entregó un cargador lleno y encendió las luces de la galería.
—¿De verdad es necesario?
—Sí, si vas a llevar un arma cerca de mis hombres.
—Creía que la galería cerraba por las mañanas, por el ruido.
—Dispensa papal. —Metzler colocó un blanco a diez metros de distancia—. Cuando quieras.
—¿Qué quieres que haga, Alois? ¿Insertar las balas manualmente?
Metzler aumentó la distancia a veinte metros.
—Por amor de Dios, lleva ese chisme hasta el final.
Metzler hizo lo que le pedía.
—¿Dónde quieres que dispare al pobre diablo?
—Al centro de masa.
—¿Y si lleva chaleco antibalas?
—Es de papel reciclado. Venga, dispara de una vez.
Gabriel introdujo el cargador en la culata y deslizó la corredera. Luego levantó el brazo y quince balas brotaron de la SIG Sauer en una ráfaga constante. El resultado fue un único agujero de gran tamaño en el centro del pecho del blanco.
Metzler le dio una caja de munición.
—Otra vez.
Gabriel introdujo las quince balas en el cargador y preparó el arma para disparar.
—¿Dónde quieres que le dé ahora?
—En el centro de masa.
—¿Con los ojos abiertos o cerrados?
Al no recibir respuesta, Gabriel levantó el brazo por segunda vez y efectuó quince disparos en rápida sucesión. Metzler acercó el blanco. Había un único agujero en el centro de la frente de la figura.
—Imagino que no quieres llevar un cargador de repuesto.
—No —respondió Gabriel—. Nunca me ha hecho falta.
Subieron a bordo de los autobuses en la Piazza Papa Pio XII a una hora intempestiva, las 6:45 de la mañana.
El primer autobús estaba reservado a los viajeros purpurados de la curia, los guardias suizos vestidos de paisano y los agentes de la Polizia di Stato que servían de escolta al papa siempre que hacía una aparición pública.
Una delegación de destacadas personalidades católicas subió al segundo autocar, junto con los vaticanisti y un par de empleados de la oficina de prensa que les servían de niñeras.
Gabriel reconoció algunas caras conocidas, entre ellas la de un periodista estadounidense de una respetada agencia de noticias católica cuyas fuentes eran impecables.
Su colega de La Repubblica, que tenía por costumbre sacar a la luz escándalos del Vaticano, fue el último en subir al autobús.
Lo hizo con el teléfono junto a la oreja y tapándose la boca con la mano, lo que nunca era buena señal.
A las siete y media, los autobuses estaban llegando al aeropuerto de Fiumicino.
Solo entonces salió su santidad Luigi Donati de la Casa de Santa Marta, resplandeciente con su sotana y su abrigo blancos, y el voluminoso anello piscatorio de oro en el dedo corazón de la mano derecha.
Un paso por detrás iba el padre Mark Keegan, que cargaba con un par de pesados maletines papales.
Una lanzadera los llevó al helipuerto, donde subieron a un Boeing Grey Wolf cedido por la Fuerza Aérea italiana.
Gabriel entró en la cabina de pasajeros un momento después sin que lo viera ningún miembro de la curia romana y se acomodó en el asiento contiguo al del sumo pontífice.
—Esa corbata no pega con la chaqueta —observó su santidad mientras el helicóptero sobrevolaba la muralla del Vaticano.
—Imagino que tú nunca tienes ese problema.
—No —respondió Donati—. Pero tengo muchos otros.
—Los vaticanisti, por ejemplo. Seguro que se han dado cuenta de que el cardenal Bertoli no estaba en la delegación de la curia esta mañana. Solo es cuestión de tiempo que alguno de ellos se entere de la reunión de anoche.
Donati suspiró.
—¿Tienes alguna buena noticia?
—La Polizia di Stato acaba de dar a conocer el nombre y la profesión del hombre al que asesinaron anoche en Ostiense.
—¿De verdad el pistolero era ese falso sacerdote?
—Es lo que sospecho, santidad.
Donati torció el gesto.
—¿Tienes que llamarme así?
—Hoy sí, si no te importa.
Le apretó la mano a Gabriel.
—No te preocupes, mio amico. Todo va a salir bien.
—Estaría más tranquilo si usaras el papamóvil blindado.
—Ya es demasiado tarde —dijo Donati, y cerró los ojos.
—Rece también por mí, santidad.
—Para que lo sepas —respondió Donati, irritado—, solo intentaba dormir unos minutos.