La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 50 Caffè Roma
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Capítulo 50 Caffè Roma

Un Alfa Romeo de los Carabinieri sin distintivos estaba aparcado justo detrás de las vallas metálicas que separaban el territorio de la ciudad-Estado de la República Italiana.

Luca Rossetti estaba sentado al volante y en el asiento del copiloto se hallaba su compañera de cena, Veronica Marchese.

Gabriel se deslizó en el asiento trasero y cerró la puerta.

Rossetti giró hacia Via della Conciliazione y puso rumbo al Tíber.

—¿Qué tal han ido las cosas ahí dentro?

—Ha habido reyerta en la curia a navajazos. El cardenal Bertoli lo ha negado todo, claro, pero su santidad no se ha creído ni una palabra.

—Y ahora ¿qué va a pasar?

—Su santidad ha ordenado una auditoría independiente de las cuentas de Vaticano S. L. Bertoli sigue en su puesto, de momento.

Veronica miró a Gabriel por encima del hombro.

—¿Una auditoría independiente de las finanzas secretas del Vaticano? La curia no lo va a aceptar.

—Su eminencia lo ha dejado muy claro. Por cierto, no es partidario del santo padre. Más bien al contrario.

—Intenté decírselo, pero no quiso escucharme.

—¿Quién? —preguntó Rossetti.

Gabriel cambió de tema.

—¿Qué pasó cuando el cardenal se marchó del restaurante?

—Que Tedeschi hizo un par de llamadas. Luego, Nico y él terminaron de cenar. Mi opinión profesional es que no fue una cena agradable.

—¿Dónde están ahora?

—De camino a Nápoles, seguramente para reunirse con don Lorenzo di Falco. Si don Lorenzo tuviera un poco de sentido común, mataría a Nico y a Franco esta misma noche y cortaría amarras cuanto antes.

—Me preocupa Ottavio Pozzi —comentó Gabriel.

—Pozzi no es su mayor problema.

—Pero aceptó doscientos cincuenta mil euros por robar el cuadro y luego te lo contó todo.

—Tú también estabas presente, si no recuerdo mal.

—Pero yo hacía de poli bueno. Y, si alguien del clan Di Falco se presenta en su casa buscando el dinero, Pozzi es hombre muerto.

Antes de que Rossetti pudiera responder, sonó su telefonino. Se llevó el dispositivo a la oreja, escuchó en silencio y luego dijo:

—Vamos para allá.

Un momento después, circulaban a gran velocidad hacia el sur por la ribera del Tíber con la sirena encendida.

—¿Adónde vamos? —preguntó Gabriel.

—A Ostiense.

—¿Pasa algo?

—Pozzi.

Ocurrió a las 11:22 de la noche. Eso, al menos, estaba claro.

El asesino no se había molestado en usar un silenciador y el ruido de los disparos se oyó en casi todo el barrio.

Se había acercado a Ottavio Pozzi por detrás mientras este pedía un doppio en el Caffè Roma y había vaciado el cargador en la cabeza y la espalda del guardia de museo.

Luego salió de la cafetería tranquilamente y subió a un coche que lo esperaba.

Al parecer, nadie recordaba la marca ni el modelo.

El camarero de veintiséis años, que se encontraba justo en la línea de fuego, tuvo suerte de que no le alcanzara un balazo.

Dos agentes de la Polizia di Stato lo estaban interrogando cuando Rossetti entró en Via Casati.

Se había congregado un gran gentío en la calle, frente a la cafetería.

Algunos vecinos estaban todavía en pijama.

Otros observaban la escena desde los balcones de los bloques de viviendas llenos de pintadas, como fantasmas espectrales a la luz azul de las sirenas.

Veronica esperó junto al coche mientras Gabriel y Rossetti se abrían paso entre la multitud y se acercaban a la puerta de la cafetería.

No pudieron avanzar más; el suelo estaba lleno de sangre y casquillos.

Pozzi yacía donde había caído, con los miembros retorcidos por la muerte.

Un técnico forense estaba examinando los agujeros de bala de su nuca.

Con toda probabilidad, no había sentido nada.

Luca Rossetti se dio la vuelta y se llevó la mano a la boca.

—¿Estás bien? —preguntó Gabriel.

—Esa pregunta debería hacértela yo.

—Ojalá me afectara, Luca. Pero no es así.

—¿Nunca?

—Solo la primera vez.

—¿Dónde fue?

—Aquí, en Roma. Era solo un niño.

—Yo también, cuando vi a mi primer cadáver. Lo dejaron en la calle, delante de nuestro edificio, para que viéramos lo que pasaba si les tocabas las narices. —Se quedó mirando el cuerpo tendido en un charco de sangre, sobre el suelo de linóleo sucio—. Siempre los he odiado.

—Deberías hacer que trasladen a su hermano a una celda de aislamiento. Si no, será el siguiente.

Rossetti se alejó para hacer la llamada. El técnico forense estaba registrando la ropa de Pozzi. En el bolsillo exterior de su abrigo empapado de sangre encontró una tarjeta de identificación de los Musei Vaticani. La guardó en una bolsa de pruebas.

Rossetti regresó un momento después, con el rostro ceniciento.

—Sandro Pozzi murió apuñalado hace una hora. Parece que ha sido un verdugo de la Camorra.

Gabriel miró al cadáver del hermano pequeño de Sandro Pozzi, el hermano que seguiría vivo si hubiera dicho la verdad en una solicitud de empleo.

—Me gustaría hablar con el camarero.

—Aquí manda la Polizia, no nosotros.

—Tiene que haberle visto la cara al asesino.

—Si se la ha visto, no va a decírtelo.

—Siempre hay una primera vez, Luca.

—O una última.

Gabriel se sacó el teléfono del bolsillo y abrió una fotografía del retrato robot que había hecho con ayuda de Ottavio Pozzi. Era el padre Spada, el sacerdote que no era sacerdote. Rossetti le quitó el teléfono de la mano.

—Quizá debería encargarme yo. Tú en realidad no eres policía, ¿sabes?

Rossetti se acercó a los dos agentes de la Polizia di Stato, les mostró su identificación de los Carabinieri y pidió permiso para mostrar al testigo un retrato robot de un sospechoso de otro caso.

El testigo echó solo un vistazo al retrato y luego negó con la cabeza.

Rossetti le pidió que lo mirara de nuevo.

Lo hizo de mala gana y volvió a negar con la cabeza.

Rossetti regresó junto a Gabriel y le devolvió el teléfono.

—¿Has visto?

—Está mintiendo.

—No hay duda.

Gabriel miró al cadáver de Pozzi.

—Supongo que estás obligado a contarles a tus colegas de la Polizia todo lo que sabes.

—Todo —contestó Rossetti—. Pero no enseguida.

—¿Cuánto tiempo puedes esperar?

—Imagino que esperaremos hasta que Ambrosi y Tedeschi estén detenidos. —Rossetti le puso una mano en el brazo—. Vámonos de aquí.

Gabriel lo siguió de vuelta al Alfa Romeo. Veronica estaba apoyada contra el capó. A la luz azul intermitente, su rostro tenía una palidez mortal. Miró a Gabriel y dijo:

—Sería prudente que volvieras a Venecia por la mañana.

—En realidad, creo que voy a quedarme en Roma uno o dos días más.

—Palermo está precioso en esta época del año.

—Sí —dijo Gabriel—. Y también Lampedusa, según me han dicho.