Capítulo 49 Palazzo San Carlo
Mientras cruzaba la Piazza Santa Marta, el cardenal Matteo Bertoli se descubrió pensando, inesperadamente, en su decisión de hacerse sacerdote.
Como relataba en las páginas de su autobiografía inédita, había oído una clara llamada procedente del cielo despejado de los Abruzos ordenándole abandonar sus ambiciones terrenales para difundir la buena nueva del Evangelio.
Esa versión de la historia, sin embargo, era apócrifa.
En realidad, había profesado el sacerdocio porque le parecía una alternativa atractiva a una vida de trabajo físico agotador en su miserable pueblucho.
El párroco local, monsignor Grasso, gozaba de considerable influencia y llevaba una vida cómoda: tenía comida en abundancia y un Fiat a su disposición.
Se rumoreaba, aunque nunca llegara a demostrarse, que no todo el dinero que los fieles depositaban en el cepillo los domingos llegaba a la archidiócesis.
También se rumoreaba —de nuevo, sin pruebas— que el cura era el padre biológico de al menos dos niños del pueblo.
El joven Matteo Bertoli, por su parte, no consideraba un impedimento el celibato obligatorio.
Nunca había sentido mucho interés por las mujeres, ni ellas por él.
Su interés malsano por el dinero se declaró muchos años después, tras ser nombrado nuncio apostólico para Angola.
Aunque la vida en la excolonia portuguesa era lúgubre y, en ocasiones, peligrosa, vivía en una casa amurallada, atendido por un batallón de sirvientes.
No tardó en acostumbrarse a la lujosa vida de embajador y a la atención de los católicos angoleños adinerados que deseaban granjearse el favor del emisario papal.
Afluía a sus manos gran cantidad de dinero en efectivo, siempre en forma de donativos a la Iglesia.
Bertoli enviaba la mayor parte de ese dinero a Roma, pero destinaba una suma nada desdeñable a gastos personales.
Entre ellos, la compra de un chalé junto al mar en los Abruzos, de donde era originario.
Su hermana Angelica era la titular oficial de la finca.
Luego lo enviaron a Nigeria, a Filipinas, a Buenos Aires y, por último, a Madrid, donde gozó de la admiración de la élite española.
Uno de sus benefactores era un empresario corrupto que deseaba ocultar una suma de nueve cifras en el Banco Vaticano.
Bertoli abrió personalmente una cuenta para el empresario y recibió a cambio un pago de dos millones de euros, que también depositó en el Banco Vaticano.
Ese dinero era, no obstante, una miseria comparado con la pequeña fortuna que había amasado gracias a su trato con Nico Ambrosi.
De Ambrosi se decía que era un católico devoto, un amigo del Vaticano, un hombre de confianza, pero resultó que no era nada de eso.
Era un delincuente financiero que ayudaba a la Camorra a blanquear su dinero sucio.
Y lo mismo podía decirse de su amigo y socio, Franco Tedeschi, del SBL PrivatBank.
Ambos lo aseguraron que cuidarían bien de las finanzas de la Iglesia.
En cambio, habían manipulado todas las transacciones a su favor, malversando, de paso, cientos de millones de fondos de la Iglesia en beneficio de la Camorra.
Un ejemplo claro era el edificio de oficinas de New Bond Street.
Bertoli había pagado el doble de lo que valía el edificio, lo que se tradujo en una comisión millonaria para Ambrosi y Tedeschi y unos beneficios caídos del cielo para Lorenzo di Falco, que era el propietario en la sombra del edificio a través de una sociedad pantalla.
Aun así, cuando Bertoli se retrasó en el pago de los intereses, Tedeschi se negó a renegociar las condiciones del préstamo.
Bertoli no estaba en situación de impugnar la decisión: había aceptado millones en mordidas y estaba metido hasta el cuello.
El cuadro había sido la respuesta a sus plegarias.
Y nadie se habría enterado de no ser por aquella joven restauradora británica.
Bertoli se deslizó por la entrada del Palazzo San Carlo y subió en el ascensor hasta su apartamento.
El salón principal era más grande que toda la suite papal de la Casa de Santa Marta, con magníficas vistas sobre los tejados de Roma.
Era espléndido, sí, pero otros príncipes de la Iglesia vivían mejor, como el tradicionalista y agitador cardenal Byrne, que vivía sin pagar alquiler en un espacioso piso frente al Vaticano.
Y luego estaba Ortolani, al que la prensa italiana apodaba «el cardenal Siete Baños».
Bertoli calculaba que podía contar con el apoyo de ambos en caso de que hubiera un enfrentamiento.
De lo contrario, serían sus cabezas las que rodarían a continuación.
De momento, al menos, estaba solo. No cabía duda de que una auditoría independiente de las finanzas del Vaticano encontraría irregularidades sustanciales de las que era responsable.
El castigo sería tajante: lo depondrían como sostituto y sería expulsado del Colegio Cardenalicio.
Incluso cabía la posibilidad de que lo sometieran a un juicio humillante ante un tribunal vaticano.
Suponía que lo mejor que podía esperar era una larga estancia en una abadía remota, uno de esos sitios donde los frailes vestían hábitos de lija y subsistían a base de pan duro y sopa de piedras.
Sí, había cometido errores, pecados graves, pero otros, como el arzobispo Paul Marcinkus, habían hecho cosas mucho peores.
Y aun así el papa polaco había apoyado a Marcinkus, incluso después de que a Michele Sindona lo condenaran por fraude y Roberto Calvi apareciera ahorcado en el puente de Blackfriars.
Bertoli no podía esperar semejante respaldo del pontífice al que servía.
Su santidad el papa Justiciero había jurado erradicar la corrupción del Vaticano de una vez por todas.
Se proponía destruir la Iglesia a fin de salvarla.
Pero el destino de la santa madre Iglesia, se dijo Matteo Bertoli, estaba ahora en sus manos.
Era él quien iba a salvarla, no el charlatán que vivía en el albergue de al lado, en vez de en el Palacio Apostólico.
Su santurronidad había dejado claras sus intenciones: quería arruinar a la Iglesia y devolverla a sus raíces, significara eso lo que significase.
Ya era hora de que Bertoli interviniera.
¿Quién sabía? Quizá no fuera demasiado tarde para él, a fin de cuentas.
Apagó las lámparas del salón y las luces de Roma cobraron nitidez.
Lo mismo sucedió con sus pensamientos. Se abría ante sí una estrecha ventana de oportunidad, un par de días nada más.
No era imposible, en modo alguno; él conocía mejor que nadie los puntos vulnerables.
Solo tenía que hacer una llamada y el asunto estaría resuelto.
No daría una orden, solo haría una advertencia.
Tendría la conciencia limpia y su lugar en el reino de Dios asegurado.
Se salvaría a sí mismo y salvaría a su Iglesia. No había aspiración más alta.
Una sola llamada, pensó, al hombre que lo había metido en aquel lío.
Pero no desde la línea fija del Vaticano ni desde su telefonino habitual; evidentemente, el astuto amigo del santo padre había conseguido intervenirlo.
Haría la llamada desde su otro móvil, el que usaba para sus asuntos más personales.
Lo tenía escondido en su vestidor, tan bien que ni siquiera sor Eugenia, su entrometida asistenta, sabía de su existencia.
Fue a buscar el teléfono y se lo llevó a la terraza de la azotea. Bastarían unas pocas palabras. Una advertencia, más que una orden.
—Tu inversor de Nápoles y tú tenéis un grave problema, Nico. Dos, de hecho.
Bertoli mencionó entonces un par de nombres. Nico Ambrosi tomó nota del segundo.
—¿Cómo es que está metido en esto?
—Fue él quien cambió los cuadros. Y deduzco que fue también él quien hizo desaparecer los quinientos millones de dólares. Lo sabe todo, Nico. Y también lo sabe el santo padre.
—¿Hay alguna forma de solucionar el problema?
—Eso depende enteramente de ti y de tu inversor napolitano.
Con esas, cortó la llamada y el asunto quedó zanjado. Bertoli apagó el teléfono y observó que un hombre de estatura y complexión medias salía por la puerta de la Casa de Santa Marta.
«Hablando del rey de Roma», pensó, y se fue a la cama.