La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 48 Casa de Santa Marta
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Capítulo 48 Casa de Santa Marta

—Buenas noches, cardenal Bertoli. Lamento haber interrumpido su cena, pero me temo que no me ha quedado otro remedio.

—Espero que sea algo importante.

—Dejaré que sea el santo padre quien se lo explique.

El papa estaba sentado en su pequeño escritorio, con un montón de papeles delante. Solo miró de soslayo a su sostituto.

—Siéntese, Matteo. Tenemos que hablar.

—¿De qué, santidad?

—He dicho que se siente.

Bertoli retrocedió como si esquivara un golpe.

—Exijo saber a qué viene esto.

—Le aseguro que no está usted en posición de exigir nada.

Bertoli se mantuvo en sus trece un momento más; luego, se acomodó en uno de los mullidos sillones.

—¿Dónde ha estado esta noche, Matteo?

—He ido a cenar.

—¿Con quién?

—Con Nico Ambrosi.

—¿Su asesor de inversiones?

— Nuestro asesor de inversiones, santidad.

—¿El que lo convenció para pagar cuatrocientos millones de dólares por un edificio de oficinas en Londres?

—No veo qué importancia tiene eso.

—Lo verá enseguida. Pero acláreme una cosa, Matteo. ¿Su amigo Nico Ambrosi y usted han cenado con alguien más esta noche?

—Estábamos nosotros dos solos.

—¿No había otra persona sentada a la mesa? ¿Un banquero llamado Franco Tedeschi? El que le prestó el dinero para comprar la finca de New Bond Street.

Bertoli procuró recomponerse.

—El signore Tedeschi nos acompañó un momento, santidad. Pero ¿cómo es posible que lo sepa?

Donati le entregó un documento encuadernado en piel con el emblema de la Secretaría de Estado.

—Supongo que lo reconoce. Al fin y al cabo, fue usted quien lo preparó.

—Es el informe del primer trimestre de este año sobre la cartera de inversiones de la Secretaría.

—Ábralo por la primera página, si es tan amable.

Bertoli obedeció, haciendo un visible esfuerzo.

—Recuérdeme qué dice, por favor, Matteo.

—Dice que el valor total de la cartera de la Secretaría asciende a tres mil ochocientos millones de euros.

—¿Y las reservas de efectivo?

—A algo menos de quinientos millones.

—Impresionante —repuso Donati con fingida admiración—. Ahora, eche un vistazo a la página 12.

Bertoli pasó a la página correspondiente.

—Aquí dice que los ingresos que genera el inmueble de New Bond Street bastan y sobran para cubrir los plazos de la deuda.

—¿Es eso cierto?

—Sí, por supuesto.

—Entonces, ¿cómo explica que su asesor de inversiones y usted no abonaran ciertos pagos?

—Eso no es así, santidad.

—Me está mintiendo, Matteo. Y no es la primera vez, además.

Donati le entregó una hoja de papel. Era un correo electrónico de Franco Tedeschi, del SBL PrivatBank, dirigido a Nico Ambrosi, de Piedmont Global Capital. Bertoli examinó el documento inexpresivamente.

—¿De dónde ha sacado esto?

—Da igual de dónde lo haya sacado. Limítese a responder a mi pregunta.

Bertoli se pensó la respuesta.

—Perdóneme, santidad, pero no me explico esta discrepancia de datos.

—La única explicación posible, Matteo, es que el informe trimestral sea fraudulento. Y que el resto de los informes que me ha entregado desde que soy papa lo sean también.

El cardenal se puso bruscamente en pie.

—¡Esto es indignante!

—No podría estar más de acuerdo. Pero, por favor, siéntese. Apenas hemos empezado. —Donati se volvió hacia el padre Keegan—. Quizá convendría pedirle a nuestro amigo que se reúna con nosotros.

Gabriel entró en la suite papal sin esperar a que lo invitaran a entrar. El cardenal Bertoli lo miró con desprecio y luego se volvió hacia Donati buscando una explicación.

—¿Se acuerda de nuestro amigo Gabriel, Matteo? Estuvo en la Capilla Sixtina la noche del cónclave.

—Sí, por supuesto, santidad. Pero ¿qué hace aquí?

—Me temo que esta mañana le induje a error. Verá, no fue la policía italiana quien recuperó el cuadro robado. Fue Gabriel. Y Antonio Calvesi no está implicado en el robo.

—Me alegra saberlo. Pero ¿quién pudo hacer algo así?

Fue Gabriel quien respondió.

—Usted, cardenal Bertoli.

Bertoli soltó una seca risa curil.

—Evidentemente, no está usted en su sano juicio, signore Allon. —Miró a Donati y añadió—: Ninguno de los dos lo está.

El papa, con un ademán, indicó a Gabriel que presentara las pruebas de la culpabilidad de Bertoli. Gabriel se sentó frente al cardenal y abrió su portátil.

—El valor real de la cartera de inversiones de la Secretaría de Estado no es de tres mil ochocientos millones de euros, y sus reservas de efectivo no son ni de lejos de quinientos millones.

Bertoli levantó la mirada hacia el techo y, con la voz que empleaba para las bendiciones, declaró:

—Falso.

—Una valoración más precisa —continuó Gabriel— sería de unos dos mil millones de euros. Pero, restándole los pasivos, es decir, el dinero que le deben al SBL PrivatBank, el total no llega a los mil millones.

—Falso, también.

—Puedo mostrarle el balance que le envió Nico Ambrosi a principios de este año.

Refleja con exactitud el estado de la cartera de inversiones de la Secretaría, no la ficción que presenta usted en sus informes trimestrales.

Por si eso fuera poco, el SBL PrivatBank estaba reclamando el pago del préstamo para el edificio de New Bond Street y usted no tenía casi reservas de efectivo.

Necesitaba liquidez, y con urgencia. De lo contrario, saldría a la luz su mala gestión y su malversación de fondos del Vaticano.

Encontró la solución a sus problemas una tarde, durante una visita al laboratorio de conservación de los Museos Vaticanos.

—No había visto ese cuadro hasta esta mañana.

—Fue Antonio Calvesi quien se lo enseñó.

Y también le habló del retrato oculto y de las sospechas de una restauradora en prácticas llamada Penelope Radcliff.

Llamó usted entonces a su amigo Giorgio Montefiore, de los Uffizi, y Giorgio pidió ver el cuadro.

Le dijo a Antonio que no era un Leonardo, pero a usted le dijo que probablemente sí lo era.

Y usted, a su vez, informó a Nico Ambrosi de que había descubierto la manera de saldar el préstamo que debían.

Bertoli fingió incredulidad.

—Y dígame, signore Allon, ¿cómo conseguí robar el cuadro de los almacenes sin que nadie lo notara?

—Con la ayuda de sus socios de la Camorra, claro está.

Se les da muy bien robar cosas. Y matar a gente también.

Esta noche ha asumido usted la desagradable tarea de informar al director financiero de Camorra S.

L. de que el cuadro que le ha vendido a un oligarca ruso por quinientos millones de dólares es sin duda una copia.

Y el director financiero de Camorra S. L.

le ha informado entonces de que un hacker había desviado el dinero al Oschadbank de Kiev, lo que significa que de nuevo tiene usted un préstamo que no puede pagar.

Bertoli le dedicó una sonrisa gélida.

—Una historia muy entretenida, signore Allon. Tiene usted mucha imaginación.

Gabriel tocó el teclado de su portátil una sola vez.

«Discúlpeme, Franco, pero me temo que no dispongo de cuatrocientos millones en este momento . . .».

Gabriel detuvo la grabación.

—¿Quiere que escuchemos el resto de la conversación? No deja mucho a la imaginación.

Donati acudió al rescate del cardenal, al menos por algún tiempo.

—No es necesario. Creo que a su eminencia le ha quedado ya meridianamente claro que no va a poder salir de este lío mintiendo. ¿No es así, Matteo?

—Tengo la conciencia muy tranquila, santidad.

—¿Es que tiene conciencia? Yo no estoy tan seguro. —Donati miró a Bertoli a través del humo azul grisáceo que despedía el extremo de su cigarrillo—. Quizá sea mejor que no me acompañe mañana a Lampedusa y Palermo.

Bertoli encajó la noticia sin inmutarse.

—¿Tiene intención de destituirme?

—Han muerto dos personas por culpa de sus actos, Matteo. ¿Qué haría usted en mi lugar?

—Yo no tuve nada que ver con la muerte de esa mujer. Seguiría viva si no hubiera . . .. —Se interrumpió.

—Si no hubiera ¿qué, Matteo? Confiese de una vez, por amor de Dios.

Confiese sus pecados antes de que sea demasiado tarde.

—Al no recibir respuesta, Donati añadió—: En cuanto a su futuro, aplazaré mi decisión hasta que se lleve a cabo una auditoría externa exhaustiva de la cartera de inversiones.

Si, como es de esperar, se descubre que ha cometido alguna irregularidad, no tendré más remedio que tomar medidas disciplinarias.

Mientras tanto, no debe tener usted ningún contacto con Nico Ambrosi o Franco Tedeschi.

—Pero, santidad, eso es imposible. Tenemos . . .

—Ninguno —remachó Donati—. ¿Está claro?

Bertoli se puso en pie, despacio esta vez.

—Está cometiendo un grave error.

—El error —dijo Donati con calma— fue permitirle supervisar las inversiones de la curia. Por la razón que sea, puede que por codicia o puede que por incompetencia, ha conseguido usted implicarse e implicar a la Iglesia en tratos con personas de la peor catadura que quepa imaginar.

—Pero fue usted quien me nombró para el puesto, ¿lo recuerda, santidad? Y quien aprobó todas y cada una de esas inversiones.

—¿No estará amenazando a un papa, Matteo?

—Le estoy dando a su santidad un sabio consejo. Y su santidad haría bien en escucharlo.

—¿Debería hacer la vista gorda ante su conducta? ¿Barrerla bajo la alfombra de la curia?

—Lo que le propongo, santidad, es que me dé tiempo para poner en orden nuestras finanzas. De lo contrario, se desatará un escándalo que causará un daño irreparable a la santa madre Iglesia.

—Pero será su escándalo, Matteo, no el mío. Y me dará la justificación que necesito para poner en marcha por fin una auténtica reforma.

—¿Volcar las mesas de los cambistas, quiere decir? ¿Obligar a los príncipes de la Iglesia a renunciar a sus grandes apartamentos y a vivir en habitaciones tan míseras como esta? La curia se rebelará contra usted. Hundirá usted a la Iglesia y, de paso, hundirá también su propio papado.

—No, Matteo. Salvaré a la Iglesia de gente como usted antes de que sea demasiado tarde. Ahora, fuera de mi vista.

Bertoli, en un último acto de desafío, permaneció inmóvil un momento antes de abandonar por fin la suite papal. Donati apagó el cigarrillo con mano temblorosa.

—Dios mío, Gabriel, ¿qué he hecho?

—Creo que acaba de declarar la guerra, santidad.

—Sí —asintió—. Pero ¿contra quién?