Capítulo 47 Ristorante Pipero
Antes incluso de que el camarero osara acercarse a la mesa, quedó claro que habían sido víctimas de un engaño a gran escala, pero determinar cómo había sucedido y quién era el culpable llevaría algún tiempo.
Era indiscutible que alguien se las había ingeniado para cambiar el Leonardo auténtico por una copia perfecta, una copia que Franco Tedeschi había vendido al oligarca ruso Alexander «Proko» Prokhorov por la cifra récord de quinientos millones de dólares.
Tedeschi sospechaba que el cambiazo había tenido lugar en el aeropuerto de Niza.
Y estaba prácticamente seguro de que la azafata del avión privado de su banco, una danesa que se hacía llamar Rikke Jorgensen, estaba implicada en el robo.
Pero ¿quién había hecho la copia perfecta del Leonardo?
¿Y cómo se había enterado el general Ferrari, de la Brigada Arte, del robo del cuadro?
Tedeschi tenía la certeza de que no era la joven restauradora británica quien había avisado al general, ya que un caballero de Nápoles había solventado antes ese problema en Venecia.
Y el mismo caballero napolitano había despachado a Giorgio Montefiore un par de semanas después en Florencia, cuando la codicia pudo con él.
—¿Quién más podría ser? —preguntó el cardenal Bertoli.
—Tiene que ser alguien de dentro del Vaticano.
—No estará insinuando que yo tuve algo que ver.
—Por supuesto que no, eminencia.
—¿Quién, entonces?
Tedeschi anotó un nombre en el reverso de una de sus tarjetas de visita y la deslizó sobre la mesa. Bertoli la miró un momento y le dio la vuelta.
—Creía que sus socios le habían infundido el temor de Dios.
—El temor de Dios no, eminencia. El miedo a la Camorra. Dios perdona, pero la Camorra nunca olvida.
—Verdaderamente edificante, Franco. —Bertoli empujó la tarjeta por el mantel—. Todo un credo de vida al que ceñirse.
El propietario apareció y, con grande alharacas, dio la bienvenida a los tres hombres a su establecimiento.
Era, a todas luces, un grupo distinguido: dos prósperos financieros y un poderoso prelado del Vaticano.
Pero los dos financieros se dedicaban a blanquear dinero para don Lorenzo di Falco, capo del clan más rico y poderoso de la Camorra.
Y el prelado del Vaticano había convertido por sus propios actos a la Iglesia católica en cómplice involuntaria de dicha empresa.
Cuando volvieron a quedarse solos, el cardenal Bertoli preguntó:
—Pero ¿cómo supo la policía que era usted quien tenía el cuadro?
—Para venderlo, tuvimos que enseñárselo a posibles compradores.
—Yo tenía entendido que estaban obligados a firmar un acuerdo de confidencialidad.
—Y así es, pero alguien ha tenido que descubrir el vínculo entre el cuadro y el banco.
—¿Y los quinientos millones de dólares que pagó el oligarca ruso por él?
—Se transfirieron a una cuenta del Oschadbank en Kiev.
—¿Quién los transfirió?
—Un hacker que de algún modo logró introducirse en nuestra red informática.
Bertoli se tocó la cruz de oro del pecho.
—¿Y cuando el comprador ruso descubra que ha pagado quinientos millones de dólares por una falsificación?
—Evidentemente, querrá que le devolvamos su dinero.
—Lo que significa que perderán un total de mil millones de dólares.
—Por su bien, eminencia, esperamos no llegar a ese punto.
—¿Por mi bien? —Bertoli sonrió con frialdad—. El oligarca ruso es problema suyo, Franco. Yo cumplí mi parte del acuerdo.
—Mi inversor no lo ve así.
—También es problema suyo.
Tedeschi se inclinó sobre la mesa.
—Dejemos las cosas claras, cardenal Bertoli. Le debe usted cuatrocientos millones de dólares a don Di Falco. Y tiene justo setenta y dos horas para conseguir el dinero.
—Discúlpeme, Franco, pero me temo que no dispongo de cuatrocientos millones en este momento. —Bertoli miró a su asesor financiero y dijo—: ¿No es así, Nico?
Ambrosi dejó que Tedeschi respondiera en su lugar.
—El dinero o el edificio, eminencia. Decida usted.
—¿New Bond Street? Vale mucho menos de lo que el Vaticano pagó por él entonces.
Y, si lo embargan, habrá un escándalo que sin duda terminará con mi destitución como sostituto, lo que a su vez conducirá a su detención, acusados de malversación y blanqueo de capitales.
Para evitar una larga condena a prisión, tendrán la tentación de implicar a su inversor napolitano, don Di Falco.
Razón por la cual es casi seguro que don Di Falco los matará a ambos antes de que lleguen a juicio.
Los dos representantes de la Camorra se miraron un instante, pero no dijeron nada. El cardenal Bertoli aprovechó el silencio para mirar su teléfono. Tenía dos llamadas perdidas, las dos del mismo número.
—¿Me disculpan, caballeros? Intentaré ser breve.
—Marcó el número y se acercó el teléfono a la oreja—.
Buenas noches, padre Keegan. ¿Qué problema hay?
. . . ¿Es urgente? Acabo de sentarme a cenar .
. . Sí, claro. Voy para allá. —Bertoli tocó el teléfono, irritado, y cortó la comunicación—.
Lo lamento, pero tengo que volver al Vaticano.
Por lo visto, el santo padre quiere hablar conmigo.
—No hemos terminado —dijo Franco Tedeschi.
—De hecho, sí. —Bertoli se puso en pie con solemnidad y, desde lo alto de su nariz del Greco, miró con altivez al banquero de Lugano, aquel astuto hombrecillo—. Mi consejo, Franco, es que se olvide de esos cuatrocientos millones de dólares. Si no, caeremos todos. Incluido su inversor napolitano.
Bertoli se volvió sin añadir nada más y, tras levantar la mano en señal de bendición, atravesó serenamente el local y salió a la calle.
—Ahora ya sabes cómo llegó a ser cardenal —comentó Nico Ambrosi.
—Su eminencia está metido en un juego muy peligroso.
—Igual que nosotros, Franco. No lo olvides.
Tedeschi se sacó el teléfono del bolsillo interior de la americana.
—¿A quién llamas?
—¿Tú qué crees?
—Lo matará, ya lo sabes.
Tedeschi se encogió de hombros.
—Dios perdona, pero don Lorenzo di Falco nunca olvida.
—Un credo al que ceñirse —dijo Nico Ambrosi.