Capítulo 46 Ristorante Pipero
El restaurante estaba en Corso Vittorio, justo enfrente de la Chiesa Nuova, la iglesia donde se hallaba originalmente el cuadro de Caravaggio La deposición de Cristo.
Gracias a una cancelación de última hora, la Brigada Arte había conseguido mesa para dos.
El general Ferrari resolvió que el apuesto Luca Rossetti era el agente más adecuado para la tarea.
En ese momento se hallaba sentado en la parte trasera de un Alfa Romeo sin distintivos aparcado junto a la iglesia.
Gabriel estaba sentado a su lado, con un ordenador portátil sobre las rodillas.
La luz azul que parpadeaba en la pantalla indicaba que su eminencia el cardenal Bertoli se encontraba en su despacho, en la tercera planta del Palacio Apostólico.
Su asesor financiero, el milanés Nico Ambrosi, estaba en ese momento apeándose de un tren en la estación Termini de Roma.
—Tal y como lo planeasteis tu jefe y tú —comentó Gabriel.
—Ni siquiera el general podía imaginar que esto acabaría así. —Rossetti sacudió la cabeza lentamente—. Este va a ser uno de los mayores escándalos de la historia de la Iglesia.
—Justo lo que yo quería evitar.
—Tu amigo el santo padre no tiene la culpa.
—No creo que sus enemigos opinen lo mismo.
El teléfono de Rossetti vibró al recibir un mensaje.
—Ambrosi está a cinco minutos.
—Diles a tus compañeros que no se acerquen demasiado.
—Sabemos seguir a la gente.
—¿Te acuerdas de la noche que intentaste seguirme a casa desde el Harry’s Bar?
Rossetti se frotó la mandíbula.
—Tuve suerte de que no me mataras.
—Fue un error inocente.
—Fue un asalto en toda regla.
—Me rompí la mano con esa cabeza de granito tuya.
—Conste que mi cabeza es del mejor mármol italiano.
Un Mercedes con chófer se detuvo frente al restaurante.
—Qué rápido —dijo Rossetti.
—Creo que es tu acompañante para la cena, Luca.
El chófer abrió la puerta trasera y Veronica Marchese, vestida con un rutilante traje pantalón negro, apareció ante sus ojos. Rossetti la miró con admiración.
—Es muy guapa.
—Y bastante inaccesible.
—¿Sigue llorando la muerte de su marido?
—Está de luto —contestó Gabriel—, pero no por Carlo Marchese.
Rossetti abrió la puerta.
—¿Algún consejo?
—Pide los ñoquis con fontina. Ya me lo agradecerás después.
Veronica estaba charlando con el maître cuando entró Luca Rossetti. Él le tendió la mano para saludarla, pero ella le dio dos besos en las mejillas.
—¿Qué tal el día, cariño?
—Ajetreado. ¿Y el tuyo?
—Un horror. —Sonrió—. Hasta ahora mismo, claro.
Tomó del brazo a Rossetti mientras el maître los conducía a la mesa. Solo había otra mesa libre en el comedor, en un rincón un poco apartado. Estaba puesta para tres personas.
Veronica miró la carta de bebidas.
—¿Tomamos un aperitivo?
—Estoy de servicio.
—No, qué va. Estás cenando con una conocida directora de museo en uno de los restaurantes más elegantes de Roma.
—¿Y cuál es la naturaleza de nuestra relación?
Ella suspiró.
—Puramente física, me temo.
—Entonces, esta promete ser una velada interesante.
—En más de un sentido. —Veronica dirigió la mirada hacia un hombre atractivo, vestido con traje oscuro, al que estaban acompañando a la mesa del rincón. Era Nico Ambrosi—. ¿Te has fijado en el número de cubiertos?
Rossetti asintió.
—Me pregunto quién será el tercer comensal.
—Pronto lo sabremos.
Veronica miró la hora.
—¿Por qué tarda tanto su eminencia?
—¿Se lo preguntamos a nuestro amigo común?
—¿Por qué no?
Rossetti mandó un mensaje a Gabriel. La respuesta fue inmediata.
—El cardenal Bertoli acaba de salir del Vaticano escoltado por la Polizia di Stato.
—Dime una cosa, Luca. ¿Por qué un cardenal necesita escolta policial cada vez que cruza la frontera y entra en Italia?
—Si por mí fuera, no tendría escolta. —Rossetti guardó el teléfono—. ¿Cómo lo conociste?
—¿A nuestro amigo común?
Rossetti hizo un gesto afirmativo.
—Hace unos años lo ayudé a desmantelar una red de contrabando de antigüedades. Por desgracia, el líder de la red resultó ser mi difunto marido.
—Lo lamento, dottoressa Marchese. Eso fue antes de que yo llegara.
Ella se inclinó sobre la mesa y susurró:
—Ya que nos acostamos, Luca, seguramente deberías llamarme por mi nombre de pila.
—Es uno de mis favoritos.
—Me lo puso mi madre. Le encantaba la historia de la joven de Jerusalén que limpió el rostro de Jesús mientras cargaba con la cruz camino del Gólgota.
—¿Tu familia era muy religiosa?
Ella asintió y preguntó:
—¿Y la tuya?
—Yo era un católico modelo.
—¿Y ahora?
—Soy católico como lo son la mayoría de los italianos.
—O sea, ¿no mucho?
—Sigo siendo creyente —dijo Rossetti—. O esa es mi impresión, por lo menos. Pero perdí la fe en la Iglesia hace mucho tiempo.
—No eres el único.
Varias cabezas se volvieron cuando el cardenal Bertoli, resplandeciente con su sotana con ribetes carmesíes, cruzó el local junto al maître .
Cuando se acercó al rincón, Nico Ambrosi se levantó para saludarlo.
Se dieron la mano con formalidad y tomaron asiento.
El cardenal Bertoli dejó su telefonino sobre el mantel y señaló el tercer cubierto.
—Puede que me equivoque —comentó Veronica—, pero me parece que su eminencia se está preguntando lo mismo que nosotros.
—¿Quieres decir que Nico Ambrosi ha invitado a alguien a cenar sin que el cardenal lo supiera?
—No me extrañaría nada, conociendo a Nico.
Apareció un camarero y Rossetti pidió dos copas de prosecco.
—¿Eres de Nápoles? —preguntó Veronica.
—¿Tanto se nota?
Ella sonrió, pero no dijo nada.
—Crecí en un barrio controlado por la Camorra. De pequeño, veía cadáveres en la calle.
—¿Por eso te hiciste policía?
—Supongo que sí. Mi madre estuvo una semana llorando cuando se lo dije.
—¿Por qué?
—Quería que fuese cura. ¿Te imaginas? ¿Yo con alzacuellos y sotana?
—Pues sí, la verdad. —En ese momento se abrió la puerta del restaurante y entró un hombre de rostro anguloso y pelo peinado hacia atrás—. ¿El comensal número 3?
—Sí, no hay duda.
—¿Quién es?
—Un banquero de Lugano que acaba de perder quinientos millones de dólares pertenecientes a la Camorra.
—¿Franco Tedeschi?
Rossetti asintió en silencio y observó cómo Tedeschi, que no llevaba escolta, se acercaba a la mesa del rincón. Estrechó la mano a Nico Ambrosi y al cardenal Bertoli y se sentó en la silla libre.
—La trinidad impía —comentó Veronica. Luego, con una sonrisa irónica, añadió—: Es una pena que nadie esté escuchando su conversación.
El camarero les llevó el prosecco.
—¿Por qué brindamos? —preguntó Rossetti.
—¿Por nosotros?
—¿Hay alguna posibilidad de que nuestra relación sea algo más que física?
—Me temo que no. Verás, Luca, estoy perdidamente enamorada de otro hombre.
—¿En serio? ¿De quién?
Veronica sonrió con tristeza.
—Eso no te lo diré nunca.