La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 45 Casa de Santa Marta
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Capítulo 45 Casa de Santa Marta

El cardenal Bertoli contemplaba en silencio el objeto que contenía la caja acolchada, como si se hallara presentando sus respetos al cadáver de un pariente lejano.

El padre Keegan, que no parecía haberse percatado del ensimismamiento del cardenal, se había puesto a revisar el itinerario del viaje del día siguiente a Lampedusa y Palermo.

Su santidad, con un cigarrillo encendido entre los primeros dos dedos de la mano derecha, hojeaba su resumen diario de prensa.

Para variar, no contenía ninguna noticia escandalosa sobre el Vaticano.

Pero el favor de la prensa, supuso, seguramente se agotaría pronto.

Bertoli se llevó la mano a la boca y tosió con suavidad.

—¿Y dónde lo encontró exactamente la Brigada Arte, santidad?

Donati tardó en levantar la vista del resumen de prensa.

—¿Encontrar qué, eminencia?

Bertoli señaló con la cabeza el retrato de la joven. Con su rostro anguloso, su nariz aguileña y sus ojos de párpados caídos, el cardenal parecía una figura de un cuadro del Greco. La cruz de oro que llevaba al pecho empequeñecía el sencillo crucifijo de plata que lucía Donati.

—Me temo, eminencia, que el general Ferrari no quiso responder a esa pregunta.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Por lo visto, solo uno de los sospechosos está detenido. La Brigada Arte sigue tratando de identificar a sus cómplices.

—Pero la Brigada Arte no tiene jurisdicción en este asunto, si el cuadro lo robaron de verdad de la Pinacoteca.

Donati apagó el cigarrillo.

—¿Tiene motivos para dudarlo, cardenal Bertoli?

—No se ha denunciado ningún robo.

—Lo que significa que, sin duda, el ladrón contó con la ayuda de algún cómplice interno.

El rostro del Greco adoptó una expresión consternada.

—Sí, es muy chocante, lo sé.

—¿Me permite señalar algo más, santidad?

—Por favor —dijo Donati amablemente.

—Conozco muy bien las pinturas del inventario de la Pinacoteca.

—Eso me han dicho.

—Y estoy casi seguro —continuó Bertoli— de no haber visto nunca este cuadro en nuestros almacenes.

—Pero eso es lo más fascinante de la historia, eminencia. Verá, estaba oculto bajo otro cuadro, una Virgen con el Niño bastante mediocre, obra de un imitador de Rafael.

—Con el debido respeto, santidad, no hay ninguna Virgen con el Niño que sea mediocre.

—¿Quiere que le cuente el resto de la historia, cardenal?

—Mil perdones, santidad.

—El cuadro lo han examinado varios especialistas en historia del arte.

—¿Y?

—Han llegado a la conclusión de que bien podría tratarse de una obra de Leonardo desconocida hasta ahora.

—Asombroso —murmuró el cardenal.

Donati asintió lentamente con la cabeza.

—Eso, por supuesto, explicaría por qué alguien del Vaticano ayudó a los ladrones a sustraer el cuadro.

—¿Hay algún sospechoso?

Donati soltó un profundo suspiro.

—Antonio Calvesi.

—¿El conservador jefe? Imposible, santidad.

—El general Ferrari me ha dado a entender que su detención es inminente. Le he pedido que espere hasta que yo regrese de Palermo.

Bertoli bajó la tapa de la caja y encajó los cierres.

—¿Puedo preguntarle qué está haciendo, Matteo?

—Voy a llevar el cuadro de vuelta al museo.

—El cuadro se queda en mi apartamento hasta que podamos anunciar su descubrimiento.

—Pero aquí no está seguro.

—Si aquí no está seguro, cardenal Bertoli, tampoco lo estoy yo. —Donati encendió otro cigarrillo—. ¿Repasamos el recorrido del viaje de mañana?

Aunque el viaje solo duraría unas horas, era una pesadilla logística, con dos vuelos, dos trayectos en helicóptero y una breve travesía marítima en una lancha patrullera de la Guardia Costera.

El arzobispo Cordero de Palermo preveía una multitud de doscientos mil peregrinos en la misa al aire libre.

Donati había rechazado varios borradores de su homilía, y la apresurada reelaboración que acababa de entregarle el cardenal Bertoli era un mazacote curial.

Como había hecho ya otras veces, Donati pensaba improvisar.

—La Oficina de Seguridad del Vaticano cree que no hay más peligro del habitual —comentó Bertoli—. Aun así, imploro a su santidad que use el papamóvil blindado para la procesión a la catedral.

—No pienso recorrer las calles de Palermo metido en una pecera. Necesito el contacto físico con mis fieles.

—Palermo es una ciudad peligrosa, santidad.

—Para mí no lo es.

El cardenal pasó entonces a otros asuntos de la curia; entre ellos, un nombramiento para el Consejo para la Justicia y la Paz y una tormenta que se estaba fraguando en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Donati con aire cansino.

—El cardenal Byrne.

El arzobispo emérito ultraconservador del Medio Oeste de Estados Unidos era una espina clavada en el costado de Donati.

—Le he dejado perfectamente claro al cardenal Byrne que no tiene permitido celebrar la misa tradicional en latín.

—Él cree que está siendo objeto de una persecución.

—Y yo creo que los defensores del rito latino como el cardenal Byrne están valiéndose de ese tema para oponerse a mí.

—Tiene partidarios dentro del Santo Oficio.

—Yo también los tengo, eminencia. Y, si lo que quiere es un enfrentamiento, lo tendrá.

Tras esta áspera respuesta, el cardenal Bertoli echó un último vistazo al estuche del cuadro que reposaba sobre la mesa baja, recogió sus papeles y se marchó.

Donati y el padre Keegan se acercaron a las ventanas del cuarto de estar, desde donde vieron alejarse al cardenal.

Su eminencia llevaba el teléfono pegado a la oreja.

—¿A quién cree usted que está llamando? —preguntó Donati.

El teléfono del padre Keegan emitió un pitido al recibir un mensaje.

—Está hablando con Nico Ambrosi, santidad.

—¿Sobre qué?

Llegó otro mensaje al teléfono del padre Keegan.

—Le ha preguntado si está libre para cenar esta noche.

—¿Y lo está?

—Parece que sí.

—¿Dónde van a cenar?

Pasaron unos segundos antes de que la respuesta apareciera en el teléfono del padre Keegan.

—En Pipero, santidad.

—¿Un viernes por la noche? ¿Cómo cree que ha conseguido Nico una mesa?

—Conocerá a alguien.

—¿Cree que yo podría conseguir mesa en Pipero con tan poca antelación un viernes por la noche?

—No, santidad. Imposible.