Capítulo 44 Osteria Lucrezia
—En serio, tenemos que dejar de vernos así, santidad.
—Perdóname, Gabriel, pero era el único sitio donde podía conseguir mesa con tan poca antelación.
Estaban otra vez en Lucrezia, la pequeña osteria cerca de la estación de tren. Agentes de la Polizia di Stato fuera, un guardia suizo dentro, el vicario de Cristo con americana a cuadros y camisa con el cuello abierto.
—Aquí no estás a salvo —dijo Gabriel.
Donati le acercó un plato de arancini.
—Cómete uno. Te sentirás mejor.
—Me sentiré mejor cuando vuelvas a tu cama en la Casa de Santa Marta.
—Estoy más seguro en este restaurante que en la Casa.
—Razón de más para que te mudes al otro lado de la ciudad, al Palacio Apostólico. Tengo entendido que hay un apartamento precioso en la tercera planta, y está libre.
—Me paso por allí todos los domingos cuando rezo el ángelus.
—¿Alguna vez la has visto allí abajo, en la plaza?
—¿A quién?
Gabriel no respondió.
—Si te refieres a Veronica, no la he visto. Pero es que últimamente hay mucha gente.
—Las cuitas de un papa estrella del rock.
—Que conste que odio que me llamen así. Es degradante para el papado.
—Disfrútalo mientras dure.
Gabriel se sirvió una de las crujientes bolas de arancini y se la comió con cuchillo y tenedor. Donati arrugó el ceño, tomó una del plato y se la metió en la boca.
—Venecianos . . . —masculló con fastidio.
—Veronica me hizo el mismo comentario hace poco, cuando me quejé de cómo conduce.
—Tendrías que haber visto cómo conducía cuando era joven. Era una auténtica loca al volante.
—Las cosas no han cambiado nada.
—No es verdad, mio amico. Han cambiado mucho. Un secretario privado del papa puede mantener una amistad con una mujer, pero el sumo pontífice no.
—Ella lo sabe, Luigi.
—¿De verdad?
—Sí, claro.
—Lo único que quiero es que sea feliz.
—Lo es —respondió Gabriel—. Feliz hasta el delirio.
—¿Está saliendo con alguien?
—Con un hombre más joven que ella y guapísimo. En Roma no se habla de otra cosa.
—Es un pecado, ¿sabes?
—¿Tener una aventura con un hombre más joven?
—Mentir al papa.
—En tal caso —repuso Gabriel—, el sustituto para Asuntos Generales va a pasarse recitando avemarías el resto de su vida terrenal.
El dueño apareció con los platos de pasta: raviolis de espinacas con mantequilla y salvia para Gabriel y, para su santidad, una montaña de cacio e pepe. El papa hundió el tenedor en el plato y empezó a darle vueltas.
—El padre Mark me ha comentado algo sobre una antigua ciudad romana de la bahía de Nápoles que quedó sepultada bajo varios metros de ceniza volcánica en el año 79 después de Cristo. Seguro que no será para tanto.
—Lamento informarte de que la Iglesia de Roma pronto se verá sumida en el peor escándalo financiero desde que el papa León X sufragó la construcción de la basílica de San Pedro con la venta de indulgencias.
—¿El cardenal Bertoli y Nico Ambrosi?
Gabriel asintió en silencio.
—¿Puedes demostrarlo?
—Tengo los correos electrónicos y los mensajes de texto del cardenal. Y también datos de geolocalización y metadatos telefónicos.
—¿Debo entender que has intervenido el dispositivo móvil personal del tercer prelado más poderoso de la Iglesia católica?
—Ese prelado es un delincuente que lleva tiempo actuando en connivencia con otros delincuentes.
—Puede ser, pero el cardenal también es un miembro muy hábil de la curia y fue un brillante diplomático del Vaticano antes de que yo lo nombrara sostituto. Puedes estar seguro de que tendrá una explicación perfectamente razonable para justificar sus actos.
—Pero podremos demostrar que miente.
—¿Cómo?
— Sprezzatura —respondió Gabriel—. Es una especie de estudiada indiferencia que los grandes pintores del Renacimiento, como Leonardo y Rafael, utilizaban con gran maestría. Tú vas a hacer lo mismo. Si te ves capaz, claro está.
—¿Le estás pidiendo al sumo pontífice de la Iglesia de Roma que mienta?
—Una mentirijilla, nada más —dijo Gabriel.
A Donati se le ensombreció el semblante.
—Me avergüenza reconocerlo, pero te he mentido hace un momento.
—¿Sobre qué?
— Sí que la he visto en la plaza, debajo de mi ventana. La veo cada vez que viene.
Tras el vuelco que supuso su nombramiento para el poderoso cargo de sostituto, el cardenal Matteo Bertoli se había permitido acariciar la ilusión de que algún día sería papa.
Sus esperanzas comenzaron a desvanecerse en las postrimerías del turbulento papado de Pietro Lucchesi, cuando su nombre no apareció en ninguna lista de candidatos papables.
Y se disiparon por completo cuando el cónclave sorprendió al mundo entero al colocar el anillo del Pescador en la mano de un liberal, el secretario privado de Lucchesi.
Su santidad Luigi Donati no era ya un hombre joven, pero gozaba de una excelente salud pese a su adicción, ya muy larga, al tabaco.
Bertoli estaba al tanto de los resultados del último chequeo médico al que se había sometido el santo padre.
De hecho, guardaba una copia del informe en su archivo personal.
Del informe se colegía que, salvo algún percance inesperado, el papa Donati seguiría muchos años instalado en el trono de San Pedro.
En los días que siguieron al cónclave, la curia sufrió una purga, pero su santidad dejó prácticamente intacta la Secretaría de Estado, el órgano burocrático central del Vaticano.
Consideraba al sustituto para Asuntos Generales un aliado de confianza, y Bertoli no le había dado razón alguna para dudar de su lealtad.
Secretamente, sin embargo, se había aliado con elementos de la curia que estaban hartos del empeño santurrón del santo padre en librar de corrupción al Vaticano y trastocar la vida privilegiada de numerosas figuras destacadas de la Iglesia.
El propio cardenal Bertoli había sido objeto de acerbas críticas por el tamaño y la opulencia de su ático en el Palazzo San Carlo, y por el dinero que había aceptado de algunos benefactores para costear su reforma.
Para capear las preguntas de la prensa, había adoptado la estrategia vaticana del silencio.
De haberse decantado por la sinceridad, podría haber dicho que no era culpa suya que el nuevo papa hubiera abandonado el appartamento del Palacio Apostólico para vivir en una suite de hotel del tamaño de un armario escobero.
En opinión de Bertoli, era una afrenta contra la majestad del papado.
Si la nada ortodoxa elección de vivienda del santo padre tenía alguna ventaja, era que la Casa de Santa Marta estaba situada justo al lado del Palazzo San Carlo, lo que permitía a Bertoli vigilar de cerca, desde la comodidad de su despacho privado, al hombre al que servía con tanta deslealtad.
En ese momento, había luz encendida detrás de las cortinas corridas de la habitación 201, pero Bertoli tenía la certeza de que el santo padre no estaba en casa.
Una vez más, se había zafado de las ataduras del Vaticano con la ayuda del coronel Alois Metzler, el comandante de la Guardia Suiza.
Bertoli, en su calidad de sostituto, estaba encargado de planificar todos los viajes papales, incluidas las breves salidas más allá de la frontera que separaba la ciudad-Estado de la República Italiana.
No aprobaba las incursiones clandestinas que el santo padre hacía extramuros y así se lo había hecho saber al papa.
Pero no podía culpar a su santidad por querer tomar una comida decente de vez en cuando.
Las cenas que servía el comedor de la Casa de Santa Marta eran de lo más insípidas.
La cocinera de Bertoli se había superado esa noche.
El cardenal había cenado solo, con la única compañía de una grabación de los tríos para piano de Schubert, y a continuación se había retirado a su despacho.
Lo esperaba una montaña de papeleo de la curia, entre el que se incluía el itinerario definitivo de la visita de fin de semana que iba a hacer el santo padre a la lejana isla italiana de Lampedusa, donde tenía intención de mostrar una vez más su apoyo al derecho de los desdichados de la tierra a buscar refugio y empleo en el país de su elección.
A la vuelta, pararía en Palermo para celebrar una misa al aire libre con el cardenal Vincenzo Cordero, el teólogo de la liberación al que hacía poco había nombrado arzobispo de la ciudad.
Después recorrería las calles de Palermo hasta la catedral, donde tenía intención de rezar ante la tumba del padre Pino Puglisi, el sacerdote enemigo de la mafia al que la Cosa Nostra asesinó en 1993.
La visita a Lampedusa sin duda generaría controversia, puesto que se vería, no sin razón, como una crítica directa a la política antiinmigración del Gobierno italiano.
Bertoli, si hubiera podido elegir, habría preferido pasar el sábado relajándose en su ático, pero el protocolo le obligaba a estar al lado del santo padre, asintiendo mansamente a cada una de sus palabras, por muy objetables que le parecieran.
Era su sino: servir como copero a su santidad el papa Che Guevara.
Pese al desprecio que le merecía el santo padre, Bertoli dio gracias al cielo cuando, a las diez y veinte, un Mercedes paró en seco delante de una entrada lateral de la Casa de Santa Marta.
Su santidad, vestido con americana y pantalones, se apeó del coche y desapareció por la puerta.
En la habitación 201, la luz siguió encendida hasta las once de la noche y luego se apagó.
Bertoli trabajó una hora y media más antes de retirarse.
Durmió mal, como de costumbre, y a las siete de la mañana, después de bañarse, vestirse y celebrar misa en su capilla privada, estaba de nuevo sentado detrás de su escritorio.
Permaneció allí hasta las nueve menos diez, cuando, con el maletín de la curia en la mano, se dirigió a la Casa de Santa Marta para despachar con el santo padre como hacía cada mañana.
Su santidad estaba en el vestíbulo despidiéndose de un grupo de romanos sin techo a los que había invitado a desayunar en el comedor. Bertoli entró detrás de él en el ascensor, junto con dos guardias suizos vestidos de paisano. Fue el santo padre quien pulsó el botón de la primera planta.
—¿Qué me tiene reservado hoy, eminencia?
—Nada muy urgente, santidad.
—Bien. —Le dio una palmada en el hombro a Bertoli—. Porque yo tengo algo que creo que le va a interesar.