Capítulo 43 Hotel Hassler
Gabriel salió del Caffè Greco cinco minutos después que el padre Keegan y cruzó la Piazza di Spagna.
Al llegar a lo alto de las escaleras, se encontró a Luca Rossetti frente a la iglesia de la Trinità dei Monti.
Fueron juntos a la suite de Gabriel en el Hassler, donde el general Ferrari, vestido con traje oscuro y corbata, estaba hojeando los informes financieros trimestrales del cardenal Bertoli.
—Una lectura muy esclarecedora —comentó sin levantar la vista—. Debería husmear en tu habitación más a menudo.
—Esos documentos son solo para mis ojos.
—Ya me lo imagino. Al fin y al cabo, leí hace poco que la Iglesia estaba al borde de la bancarrota debido a la disminución de los donativos de los fieles y a las costosas indemnizaciones por los escándalos de abusos sexuales.
—Ferrari golpeó la página con su mano derecha lisiada—.
En cambio, aquí dice que el Vaticano ha estado comprando caros edificios comerciales por toda Europa con la ayuda de su asesor financiero, Nico Ambrosi.
Tiene el toque de Midas, ¿no? Santo cielo, mira estos rendimientos.
—Tengo motivos para creer que las cifras están falseadas.
—Al igual que los Carabinieri y los compañeros de la Guardia di Finanza, pero estos documentos lo demuestran. También indican que el cardenal Bertoli está implicado en actividades que solo pueden definirse como fraude y malversación.
—¿Desde cuándo lo sabéis?
—¿Lo de su eminencia? Digamos que Bertoli lleva ya algún tiempo en el punto de mira de las fuerzas policiales italianas. Pero, dado que es un alto cargo de un Estado soberano, no podíamos hacer nada al respecto. —El general hizo una pausa y añadió—: Hasta ahora.
—Por eso Luca no tenía prisa por marcharse ayer de ese bar del paseo marítimo de Ventimiglia. Mencionó el nombre de Nico Ambrosi porque quería que yo hiciera lo que los Carabinieri no pueden hacer dentro de los muros del Vaticano.
El general guardó los informes trimestrales en su maletín.
—También voy a necesitar los documentos que te ha entregado el padre Keegan en el Caffè Greco.
—No te los puedo dar.
Ferrari extendió la mano y Gabriel le entregó los extractos bancarios del cardenal Bertoli en el Banco Vaticano.
—¿Solo seis millones? Esperaba más. Claro que supongo que el cardenal tiene unos cuantos millones escondidos en Piedmont Global Capital, en Milán.
—Los extractos desaparecieron en el maletín de Ferrari.
Luego miró a Rossetti y añadió—: Quizá deberías contarle a Gabriel lo de su amigo Franco Tedeschi.
—Su avión aterrizó en Nápoles hace un par de horas. En el aeropuerto lo estaban esperando varios colaboradores de Lorenzo di Falco, el capo del clan más poderoso de la Camorra.
—No me gustaría estar en su pellejo —dijo Gabriel.
—A mí tampoco —repuso el general Ferrari—. El clan Di Falco estuvo detrás del atentado contra mi vida cuando era comandante de la división de Nápoles. Lorenzo es de los que matan primero y preguntan después, sobre todo si se trata de cuestiones de dinero.
—¿Cuánto tiempo de vida le queda al pobre Franco?
—Supongo que eso depende de si encuentra a la persona que transfirió quinientos millones de dólares de la Camorra a una cuenta en Kiev.
—Por desgracia, fue el propio Franco quien autorizó la transferencia.
—Un detalle encantador por parte de Ingrid. Pero puedes estar seguro de que Di Falco no se lo va a tragar. Si siente que su imperio corre algún peligro, volarán las balas. Por eso tenemos que actuar con rapidez.
—¿Haciendo qué?
—Desmantelando Camorra S. L. y deteniendo a Franco Tedeschi, Nico Ambrosi y Lorenzo di Falco por asesinato, robo, fraude, malversación y blanqueo de capitales.
—No tienes pruebas suficientes para detenerlos.
—Todavía no —reconoció el general—. Pero tú vas a ayudarme a conseguirlas.
—¿Cómo?
—Su eminencia el cardenal Bertoli.
El malware Proteus tardó casi una hora en tomar el control del teléfono del cardenal y otros treinta minutos en extraer sus correos electrónicos, mensajes de texto, fotografías, datos de geolocalización y metadatos telefónicos.
Poco después, Gabriel descubrió que el cardenal Bertoli había gastado más de un millón de euros en reformar su apartamento del Palazzo San Carlo, que estaba descontento con su cocinera, que sufría de insomnio y migrañas, que mantenía una estrecha relación con su hermana pequeña, que visitaba con frecuencia el almacén de los Museos Vaticanos y que tenía depositados más de diez millones de euros en una cuenta de corretaje de Piedmont Global Capital, en Milán.
De cara a la galería, era un gestor diligente y eficaz de la curia romana y la ciudad-Estado del Vaticano.
Su jornada comenzaba normalmente a las cuatro y media de la madrugada y no acababa hasta pasada la medianoche.
Las finanzas de la Santa Sede eran su mayor preocupación, como demostraban los frecuentes correos electrónicos, mensajes de texto y llamadas telefónicas que intercambiaba con su asesor de inversiones, Nico Ambrosi.
Se reunían cara a cara una vez a la semana, como mínimo, ya fuera en el Vaticano o en uno de los mejores restaurantes de Roma.
Eran cautelosos en sus comunicaciones electrónicas, pero de tanto en tanto se enviaban documentos delicados.
Uno de ellos atañía a la pérdida de unos cuantos millones de euros en una compleja operación con divisas; otro, a una inversión fallida en un fondo de crecimiento global de alto riesgo.
Su eminencia, sin embargo, no había informado de estos reveses al santo padre en el informe trimestral correspondiente.
Según el relato del cardenal Bertoli, la operación con divisas había reportado a la Santa Sede unos beneficios netos que rondaban el catorce por ciento.
El fondo de crecimiento global, a pesar de todas las pruebas en contra, iba viento en popa.
El edificio de New Bond Street, en Londres, había dado problemas desde el principio, pero la pandemia mundial empeoró la situación, ya mala de por sí.
La ocupación de la finca se desplomó, los ingresos cayeron en picado y la deuda se volvió insostenible.
El cardenal Bertoli ordenó a Nico Ambrosi que solicitara un período de gracia a su prestamista, el SBL PrivatBank.
Y cuando el banco denegó la solicitud, el cardenal exigió un préstamo puente de cien millones de dólares para salir del paso.
Pero al banco no le interesó la operación.
La presión aumentaba también en otras partes de la cartera de la curia, debido a que las inversiones no rendían dividendos y el efectivo disponible iba mermando.
Se esfumaron millones con la quiebra de Archegos Capital Management, y otros tantos se hallaban inmovilizados en diversas empresas que perdían dinero.
El SBL PrivatBank exigió garantías adicionales, pero Bertoli no tenía nada que ofrecerles.
La venta de la finca de New Bond Street estaba descartada, pues valía menos de la mitad de lo que el Vaticano había pagado por ella.
Al no ver otro recurso, Bertoli acudió gorra en mano a ricos empresarios católicos en busca de una salida.
Pero hicieron oídos sordos a sus súplicas.
A pesar de que su cartera de inversiones se tambaleaba al borde del precipicio, a principios del verano anterior el cardenal Bertoli había decidido renovar los cuadros de su apartamento del Palazzo San Carlo.
Con ayuda del conservador jefe de los Museos Vaticanos, hizo cuatro visitas a los almacenes subterráneos.
Tras una de esas visitas, el cardenal llamó por teléfono a un conocido suyo que trabajaba en la Galería de los Uffizi, en Florencia.
Ese conocido era Giorgio Montefiore, el mayor experto mundial en la vida y la obra de Leonardo da Vinci.
—¿Por qué no puedes venir al laboratorio? —preguntó Antonio Calvesi.
—Es complicado.
—Suele serlo tratándose de ti.
—El caso es que necesito hablar contigo extramuros —contestó Gabriel.
—¿Sobre qué?
—Sobre el cardenal Bertoli.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Sigues ahí, Antonio?
—Michelangelo —dijo, y cortó la llamada.
Era el nombre de un pequeño bar turístico frente a la entrada de la Pinacoteca, uno de esos sitios que la mayoría de los empleados de la ciudad-Estado del Vaticano no pisaban jamás. Gabriel llegó a las tres y cuarto. Calvesi estaba tomando café en una mesa de plástico, fuera.
—¿Qué pasa con Bertoli? —preguntó.
—Me he enterado de que a veces toma prestados cuadros de la colección de los Museos Vaticanos para adornar las paredes de su espacioso apartamento.
—¿A veces? —Calvesi meneó la cabeza—. Su eminencia trata los almacenes de la Pinacoteca como si fueran su galería de arte privada.
—¿Y te parece mal?
—Solo el santo padre y el cardenal secretario de Estado están por encima de Bertoli. Por lo tanto, no importa si a mí me parece mal o no. Bertoli elige los cuadros que se le antojan y yo me encargo de transferirlos temporalmente a su custodia.
—Seguro que habrá papeleo de por medio.
Calvesi se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo funciona este sitio, Gabriel. Aquí algunas cosas se manejan de manera muy informal.
—¿Cuándo se fijó Bertoli en la Virgen con el Niño de un seguidor de Rafael?
—¿Así que se trata de eso?
—¿Cuándo, Antonio?
—Poco después de que Penny empezara a trabajar en el cuadro.
—¿Dónde estaba el cuadro en ese momento?
—En el laboratorio.
—¿Ella ya había descubierto la pintura oculta?
Calvesi asintió con un gesto.
—Y tú, por supuesto, se lo contaste a Bertoli.
—Puede que se lo mencionara de pasada.
—Al cardenal debió de haberle picado la curiosidad.
Calvesi cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—Al difunto Giorgio Montefiore.
—¿Qué pasa con él?
—El día que tú y yo descubrimos que faltaba el cuadro, me diste a entender que fuiste tú quien pidió a Montefiore que le echara un vistazo. Pero no fue así, ¿verdad, Antonio?
Él negó con la cabeza.
—Fue Bertoli quien llamó a Montefiore. Luego Montefiore me llamó a mí.
—¿Quería ver el cuadro?
—¿Tú qué crees?
—Creo que deberías haberme dicho la verdad desde el principio.
—No me pareció relevante. Además, no me di cuenta de que estaba hablando con un agente de policía.
—Por suerte para ti, no lo soy. Aun así, tengo la intención de decirle al santo padre que fuiste tú quien lo organizó todo para sacar el cuadro del almacén.
—Pero eso no es cierto.
—Sé que no es cierto, Antonio. Y también lo sabe el cardenal Bertoli.