La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 42 Villa Marchese
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Capítulo 42 Villa Marchese

—Esperaba que trajeras el Leonardo —dijo Veronica Marchese—, pero debo reconocer que estos documentos son mucho más interesantes. Todos los trapos sucios de Vaticano S. L. al alcance de nuestra mano.

—Pero cabe preguntarse por qué el secretario privado del santo padre quería que los vieras.

—El secretario privado solo era el mensajero, te lo aseguro. Es el santo padre quien quería que viera los informes trimestrales.

—La pregunta sigue en pie.

—¿Te refieres al motivo? —Sonó el timbre antes de que Veronica pudiera responder—. Ha llegado la cena. ¿Me disculpas?

Gabriel escuchó el tamborileo de sus tacones mientras Veronica recorría el largo camino desde la cocina del palazzo hasta la entrada principal. Regresó un momento después con varias bolsas que llevaban el nombre de una marisquería de Via Sicilia.

—¿Viene alguien más a cenar? —preguntó Gabriel.

—Como no sabía qué querías, he pedido un poco de todo. Hay una botella de Alteni di Brassica sauvignon blanc en la nevera. Creo que maridará bien con el marisco.

—Según mi experiencia, el Alteni di Brassica marida bien con casi todo. —Gabriel sacó el vino de la nevera y lo descorchó. Sirvió dos copas y le dio una a Veronica—. ¿Qué decías?

—¿Por qué quería Luigi que viera los documentos?

—Veronica sacó los recipientes de la comida y los fue colocando sobre la encimera—.

Como quizá recuerdes, solía acudir a mí en busca de consejo sobre asuntos temporales cuando era secretario privado del papa Lucchesi.

Ya sabes cómo es la curia, Gabriel. El Palacio Apostólico es una jaula dorada llena de hombres despiadados y sexualmente reprimidos que saben muy poco del mundo que hay más allá de sus muros.

Yo era la única persona en la que Luigi podía confiar. Aparte de ti, claro.

—Pero tú tenías muchos más contactos que yo.

—Por lo menos aquí, en Roma. —Veronica abrió un armario y sacó dos platos—.

Y a pesar de que soy arqueóloga de formación, sé un par de cosas sobre el mundo de los negocios y las inversiones.

Los príncipes de la Iglesia, en cambio, no saben nada de altas finanzas.

Así que no tienen más remedio que recurrir al consejo de expertos, los llamados «hombres de confianza».

Hombres como mi difunto marido, Carlo. Y Nico Ambrosi, claro está.

—El general Ferrari cree que está relacionado con la Camorra.

—No es el único que lo cree. En los círculos empresariales italianos todo el mundo sabe que Nico está podrido. Y, aun así, fue a él a quien recurrió el cardenal Bertoli para que le aconsejara cómo invertir el dinero de la curia.

—Supongo que se lo comentaste a Luigi.

—En numerosas ocasiones. Y me aseguró que las finanzas de la Iglesia estaban en buenas manos.

Evidentemente, el fondo estaba subiendo como la espuma, del orden de un quince por ciento anual, sin pérdidas.

Le advertí a Luigi que era muy sospechoso que fuera así.

Pero lo que más me preocupaba eran las enormes inversiones en inmuebles de lujo; sobre todo, el acuerdo de Londres.

—¿Por?

—Por el volumen de deuda que estaba asumiendo Bertoli.

Cuatrocientos millones solo por el edificio de New Bond Street.

Y pidió prestadas enormes sumas de dinero para comprar otras fincas, siempre por consejo de Nico Ambrosi.

Puedes estar seguro de que Nico y su socio Franco Tedeschi se embolsaron sustanciosas comisiones con cada préstamo.

Llenaron sus platos con comida y se sentaron en taburetes, en un extremo de la encimera.

—Perdona la informalidad —dijo Veronica—, pero ha sido todo muy improvisado.

—Está todo perfecto. Ojalá Luigi pudiera acompañarnos.

—Tengo que reconocer que te envidio muchísimo por haber podido cenar a solas con él.

—No estábamos solos.

—¿Qué tal estaba vestido de civil?

—Más guapo que nunca.

—Temía que dijeras eso. Pero dime una cosa, Gabriel, ¿crees que es feliz?

—Pareció disfrutar durante unos minutos, pero tengo la sensación de que se siente terriblemente solo.

—Por supuesto que lo está. Lo noto cada vez que se pone delante de las cámaras de televisión. Detrás de esa benévola sonrisa pastoral que maneja a la perfección, su santidad se muere de soledad.

—No le gusta que lo llame así. Se empeña en que lo llame Luigi.

—Eso es porque se aferra con desesperación al hombre que era antes del cónclave. Pero me temo que esa persona va desapareciendo día a día. Pronto nadie se acordará de su verdadero nombre.

—Su nombre papal tiene cierto encanto, ¿no crees?

—Nunca olvidaré aquella noche en la plaza de San Pedro, cuando lo oí por primera vez. Aun así, esperaba algo con un poco más de estilo. Papa Alejandro habría estado bien. O quizá papa Gregorio. Siempre me ha parecido que Luigi tenía cara de Gregorio.

—¿Y Julio? —preguntó Gabriel.

—O Marcelo —sugirió Veronica.

—Nunca ha habido un papa Gabriel, ¿verdad?

—Ni una papisa Verónica. Y puedes estar seguro de que nunca la habrá.

—Su santidad me informó de que doctrinalmente es innegociable.

—¿La ordenación de mujeres? —Veronica giró lentamente su copa de vino sobre la encimera—. Sé de muy buena tinta que su santidad cree que se debería permitir a las mujeres el acceso al sacerdocio.

—Eso destruiría a la Iglesia.

—Si alguien va a destruir la Iglesia, es el cardenal Bertoli. —Tomó el montón de informes trimestrales—. ¿Quieres que trabajemos mientras cenamos?

—Por supuesto.

Le entregó a Gabriel los informes de los últimos cuatro años y se quedó con el resto. Siguieron veinte minutos de silencio, roto solo por el crujir del papel.

—¿Ves lo que yo veo? —preguntó Veronica por fin.

—Creo que sí.

—¿Hay alguna posibilidad de que echemos un vistazo a la cuenta del cardenal Bertoli en el Banco Vaticano?

—Sí —respondió Gabriel—. Creo que sí.

Los anteriores ocupantes de la cátedra de san Pedro celebraban misa cada mañana en la capilla privada del appartamento pontificio.

Su santidad el papa Donati, en cambio, prefería asistir a misa en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Aunque en ocasiones oficiaba él mismo, normalmente podía vérsele sentado en la última fila, como si fuera un feligrés más al que le gustaba vestirse de blanco.

Al día siguiente de tomar posesión en secreto de un cuadro perdido de Leonardo da Vinci, lo acompañaban varias trabajadoras sexuales romanas a las que la Iglesia había puesto en el camino de la redención.

Al acabar la misa, las mujeres desayunaron con su santidad en el comedor de la Casa, para consternación de una delegación de sacerdotes estadounidenses de la orden tradicionalista del Opus Dei que se encontraba de visita.

El secretario privado del papa, el padre Mark Keegan, no acompañó a su superior esa mañana, lo que hizo sospechar a ciertos círculos de la curia que aquel encuentro no contaba con su aprobación.

En realidad, tenía otros asuntos que atender, entre los que se incluía la recopilación de ciertos documentos confidenciales del Banco Vaticano.

Una vez cumplida su misión, se dirigió al Caffè Greco, la mítica cafetería de Via dei Condotti.

Allí, en una tranquila sala trasera, entregó los documentos a un amigo íntimo y confidente del santo padre.

Gabriel comenzó por el último extracto bancario del cardenal Bertoli.

—Creo que me he equivocado de profesión.

—Sí —respondió el padre Keegan vagamente.

—¿Cuánto ganan los cardenales de la curia?

El sacerdote señaló el último ingreso de la nómina del cardenal Bertoli.

—Haga usted los cálculos.

—No basta para explicar este saldo.

—Su eminencia cuenta con varios benefactores ricos que le han prestado apoyo a lo largo de su carrera.

Hace poco causó un pequeño escándalo al emprender una reforma importante de su apartamento del Palazzo San Carlo.

Es varias veces más grande que la habitación del santo padre en la Casa de Santa Marta y tiene una enorme azotea con magníficas vistas de Roma.

El contraste entre las condiciones de vida de ambos es tan llamativo que ha dado origen a cierta polémica.

—El padre Keegan le entregó otro extracto del Banco Vaticano—.

La diferencia de saldo entre las cuentas de ambos es aún más llamativa.

—¿Cuarenta y dos mil euros? ¿Después de tantos años?

—Ha donado la mayor parte de su dinero.

—¿A quién?

—A cualquiera que lo necesitara más que él.

—Quizá debería usted quitarle la tarjeta del banco.

—No tiene. Pero eso no lo detendría. El santo padre ha dicho en numerosas ocasiones que quiere que la Iglesia sea pobre. Y se empeña en predicar con el ejemplo.

—Si Veronica y yo estamos en lo cierto, el santo padre podría ver pronto cumplido su deseo.

—¿Tan grave es la cosa?

—Pompeya.

—Quizá podría concretar un poco más.

—Las cifras que figuran en los informes trimestrales del cardenal Bertoli no son reales. Y aunque lo fueran, no cuadran.

El padre Keegan dio un sorbo a su capuchino.

—Continúe.

—Bertoli ha puesto casi la totalidad de los fondos de la curia en manos de un solo asesor de reputación bastante dudosa.

Y ese asesor, a su vez, ha invertido la mayor parte del dinero en instrumentos financieros y fondos gestionados por un banco suizo controlado por la Camorra.

Según los informes trimestrales del cardenal, durante su mandato esas inversiones casi han duplicado su valor.

Pero eso no es cierto, lisa y llanamente.

—¿Cómo puede estar seguro?

—He visto las cifras internas del banco.

Además, el cardenal Bertoli y su asesor han pedido prestados más de mil millones de dólares al mismo banco para realizar una serie de inversiones inmobiliarias de riesgo.

La finca de New Bond Street fue la primera en hundirse, pero sospecho que no va a ser la última.

—¿Y su teoría es que el cardenal Bertoli utilizó de alguna manera el cuadro para saldar el préstamo?

—Exactamente.

—Pero ¿por qué no recurrió a las reservas de efectivo de la curia?

—Porque es posible que no haya reservas de efectivo.

La cara del padre Keegan perdió por completo su color.

—No lo dirá en serio.

—Solo estoy sacando la conclusión lógica.

—¿Cómo es posible tal cosa?

—Creo que se llama «malversación».

—¿En beneficio de quién?

—De Camorra S. L. Pero el hecho de que el cardenal Bertoli haya participado en un plan para robar un cuadro perdido de Leonardo indica que él también se ha estado llenando los bolsillos.

—Que ha participado presuntamente —puntualizó el padre Keegan—. Pero ¿cómo sabía el cardenal de la existencia del cuadro?

—Esperaba que usted pudiera aclarármelo.

—Es cierto que tiene varios cuadros muy valiosos en su apartamento recién reformado del Palazzo San Carlo. De hecho, es un poco como un museo privado.

—¿Regalos de benefactores acaudalados? —preguntó Gabriel.

—En realidad, el cardenal los toma prestados.

—¿De dónde?

—Del almacén de los Museos Vaticanos.