La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 41 Casa de Santa Marta
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Capítulo 41 Casa de Santa Marta

—Todo —exigió Donati.

—Cuanto menos sepas, mejor, Luigi.

—Empiezas a parecerte al padre Keegan.

—Se han infringido leyes —explicó Gabriel—. Muchas leyes.

—No esperaba menos. Ahora dime el nombre del banco.

—SBL PrivatBank.

—Tiene su sede en Lugano, si no me equivoco.

—No te equivocas. Hace unos años tuvo problemas cuando intentó competir con los grandes. La Camorra lo salvó de la quiebra con una inyección de capital y tomó el control de sus operaciones.

—¿Qué año fue eso?

—¿Importa?

—Hazme el favor.

—Hace aproximadamente ocho años.

Donati pareció archivar la fecha en su memoria para consultarla más tarde.

—Pero ¿cómo te has enterado del préstamo para ese edificio de oficinas de New Bond Street?

—Conste que yo no he dicho que fuera un edificio de oficinas. He dicho que era un edificio comercial de alto valor. Eres tú quien ha dicho que es un edificio de oficinas.

—Es más o menos lo mismo. Pero responde a mi pregunta, por favor.

—Una persona con la que colaboro hackeó el sistema del banco y robó sus archivos confidenciales.

—Qué malandrín —comentó Donati.

—Malandrina, más bien.

—¿Y los quinientos millones de dólares que ha pagado el oligarca ruso por el cuadro falso?

—Mi colaboradora ha transferido el dinero a Ucrania.

—¿Sabe la Camorra que ha desaparecido su dinero?

—Es imposible que no lo sepan —respondió Gabriel—. Pero estabas a punto de contarme todo lo que necesito saber sobre el Mayfair Group.

—Es una sociedad registrada en el Reino Unido que se creó hace algún tiempo para gestionar la adquisición de varios inmuebles en Londres, entre ellos el edificio de New Bond Street.

—¿Quién la creó?

—Dos abogados londinenses, los dos católicos devotos.

—¿Y quién es el titular y beneficiario de esa sociedad registrada en el Reino Unido?

—¿La respuesta corta? El Vaticano S. L.

—¿Y la larga?

—El edificio es propiedad de un fondo de inversión controlado por la Secretaría de Estado vaticana. El objetivo de ese fondo es generar los ingresos necesarios para el funcionamiento de la curia romana.

—¿Y quién está a cargo del fondo?

—El sustituto para Asuntos Generales. —Donati bajó la voz—. El cardenal Matteo Bertoli.

* * *

El origen del dinero, continuó Donati, se remontaba a los Pactos de Letrán de 1929, que estableció la Ciudad del Vaticano como Estado soberano independiente controlado por la Santa Sede.

Como parte del tratado, el Gobierno italiano del entonces primer ministro Benito Mussolini acordó indemnizar a la Iglesia por la pérdida de los llamados Estados Pontificios, sus antiguos dominios feudales.

El Vaticano empleó parte de ese dinero en hacer una remodelación de la propia ciudad-Estado que incluyó la construcción de las murallas y la ampliación de los museos.

Los fondos restantes se invirtieron, de modo que la Santa Sede acabó teniendo participaciones mayoritarias en varios de los principales bancos y sociedades industriales de Italia.

—Viéndolo en retrospectiva —dijo Donati—, el acuerdo original con Mussolini fue un negocio pésimo.

La Iglesia recibió el equivalente a noventa y dos millones de dólares por trece mil trescientos kilómetros cuadrados de tierras que abarcaban gran parte del centro de Italia.

Pero los réditos de esa suma inicial representan ahora casi la totalidad del capital de la Iglesia.

—¿Cuánto es eso? —preguntó Gabriel.

—Estamos entrando en terreno delicado.

—Cruzamos esa línea hace tiempo.

Donati encendió un cigarrillo antes de responder.

—En la prensa menos reputada se leen cifras que no se ajustan en absoluto a la verdad.

Bueno, supongo que, si nos deshiciéramos de todas nuestras iglesias, conventos, monasterios, escuelas y hospitales, quizá llegaríamos a los doscientos o trescientos mil millones de dólares.

Pero no podemos venderle la catedral de San Patricio a un promotor inmobiliario, ¿verdad?

—Estás eludiendo mi pregunta.

—Digamos que veinte mil millones, más o menos. La mayor parte del dinero la controlan el Banco Vaticano y un organismo llamado Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.

—¿Cuánto controla el cardenal Bertoli?

—Aproximadamente tres mil millones de dólares.

—Más de lo que manejan la mayoría de los gestores profesionales de fondos de inversión.

—El cardenal Bertoli tiene un asesor externo con mucha experiencia que le aconseja, un tal . . .

—Nico Ambrosi.

Donati frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Ambrosi actuó como intermediario en la compra del edificio de New Bond Street. Mis amigos los Carabinieri dicen que su principal cliente es la Camorra.

—Nico Ambrosi es un católico practicante que ha demostrado ser un administrador eficaz de nuestro dinero.

—¿Cómo explicas entonces el acuerdo de New Bond Street?

—Ese edificio es una de nuestras inversiones más rentables.

—Entonces, ¿por qué Vaticano S. L. no pudo hacer frente al préstamo?

—Eso no es cierto. De hecho, según nuestro último informe trimestral, la finca está generando ingresos superiores a lo previsto.

—¿Y quién preparó el informe trimestral?

—El cardenal Bertoli, por supuesto.

Gabriel dejó que el silencio se aposentara en la habitación.

—Cuidado —dijo Donati por fin—. Estás lanzando una acusación muy grave contra un prelado de alto rango. Y sin ninguna prueba.

—No estoy haciendo tal cosa. Pero me gustaría ver todos los informes trimestrales preparados por el cardenal Bertoli desde que ascendió al cargo de sostituto.

—Claro que te gustaría —dijo Donati.

—También necesito echar un vistazo a la cuenta del cardenal en el Banco Vaticano.

—Pues te deseo suerte.

—Alguien miente, Luigi. Y tengo la sensación de que sé quién es. Déjame ver los informes trimestrales. Estoy seguro de que me darán la razón.

—Eres infalible, ¿no?

—Solo en asuntos que atañen a mi amigo el sumo pontífice.

Donati miró al padre Keegan.

—Dele todo lo que necesite.

Pero ¿dónde esconder el Leonardo? Esa fue la cuestión que debatieron Gabriel y el papa mientras el padre Keegan iba en busca de los documentos.

Su santidad opinaba que el cuadro debía devolverse al lugar de donde había sido sustraído, o sea, el almacén subterráneo de los Museos Vaticanos.

Gabriel discrepaba respetuosamente. Según él, era poco probable que la recuperación del cuadro permaneciera en secreto mucho tiempo, si regresaba al museo.

Además, había muchas posibilidades de que la noticia llegara a oídos de los hombres que lo habían robado, incluido el cardenal Bertoli.

Fue entonces cuando su santidad le recordó a Gabriel que el cardenal Bertoli, un prelado de trayectoria intachable, merecía la presunción de inocencia.

Admitió, no obstante, que las presentes circunstancias justificaban un grado de secretismo extra, tal vez incluso una pizca de engaño, debido a que el cardenal Bertoli era responsable de la gestión cotidiana de la curia y de la ciudad-Estado y tenía el lugar sometido a vigilancia exhaustiva.

—De hecho, es el único miembro de la curia romana que puede verme sin cita previa.

—¿No hay ningún sitio en el Vaticano donde no pueda entrar?

Su santidad respondió acompañando a Gabriel al dormitorio papal y abriendo las puertas del ropero de madera tallada.

Fue allí donde, a las 9:20 de la noche, escondieron el cuadro por el que un oligarca ruso acababa de pagar quinientos millones de dólares.

Gabriel se dijo que era un final adecuado para un día de lo más extraño.

El padre Keegan apareció unos minutos más tarde con un montón de documentos sujetos con una pinza metálica: una década de informes trimestrales del fondo de inversión de la curia.

Abajo, acompañó a Gabriel hasta el Arco de las Campanas, vigilado por dos guardias suizos ataviados con sus uniformes azules de noche.

—No hace falta que le recuerde que estos documentos . . .

—No, padre Keegan, no hace falta.

—¿Dónde piensa revisarlos?

—En el Hassler, si me dejan.

—¿Tiene planes para cenar?

—Servicio de habitaciones.

—Ese sitio cerca de Via Veneto abre hasta bastante tarde.

—¿Ah, sí?

El padre Keegan se dio la vuelta sin decir nada más y volvió a la Casa de Santa Marta. «Qué astuto, este jesuita», pensó Gabriel, y se fue en busca de un taxi.