Capítulo 40 Ventimiglia
Los agentes de la policía francesa dejaron a Gabriel al otro lado de la frontera, en la caduca ciudad turística de Ventimiglia, en Liguria.
Luca Rossetti, con pantalones de gabardina y jersey de lana, estaba tomando café en un pequeño bar del paseo marítimo.
Gabriel se sentó a la mesa y colocó la caja del cuadro en el suelo, en vertical.
El oficial de los Carabinieri pareció no fijarse en ella.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó.
—Más largo de lo que esperaba.
—¿Esos idiotas de los policías franceses no encontraban Italia?
—Franco Tedeschi nos hizo una jugarreta.
—Pero no ha habido problemas con la venta, ¿no?
Gabriel asintió.
—Y el dinero está ya en manos del Gobierno ucraniano.
—Se va a armar un buen jaleo.
—Ya lo creo —repuso Gabriel.
Rossetti hizo una seña al camarero y pidió dos cafés.
—¿No deberíamos irnos, Luca?
—¿Qué prisa tienes?
Gabriel miró la caja del cuadro.
—No te preocupes, aquí estamos a salvo.
—¿Quieres decir que no hay mafiosos en Liguria?
—Unos pocos, supongo. Pero fíjate en la clientela de este local.
Gabriel recorrió con la mirada la pequeña cafetería. Había otras cuatro mesas ocupadas, todas por agentes de los Carabinieri vestidos de paisano.
—¿Y el guapo que está detrás de la barra?
—Se llama Angelo. Es un chico estupendo. Todo el mundo lo quiere.
—¿De qué me suena eso?
Angelo, el amado camarero, puso dos cafés en la mesa y se alejó. Rossetti añadió azúcar al suyo y lo removió despacio. No parecía tener prisa por marcharse.
—Hemos estado revisando los documentos que le robó tu novia al SBL PrivatBank.
—No es mi novia, Luca. Pero sigue, por favor.
—Hay dos nombres que aparecen una y otra vez. Curiosamente, también aparecen con frecuencia en nuestros archivos, y en los archivos de nuestros compañeros de la Guardia di Finanza.
—¿Y cuáles son?
—Nico Ambrosi y Piedmont Global Capital.
—¿La empresa milanesa que participó en la compraventa del edificio de Londres?
Rossetti asintió.
—Ambrosi y su empresa son uno de los mayores clientes del SBL. Cada año, Ambrosi inyecta cientos de millones en los fondos de inversión del banco y pide prestados otros tantos para financiar operaciones inmobiliarias y urbanísticas por toda Europa.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—Nada, si no fuera porque todo el mundo parece pensar que el dinero de Nico es dinero sucio.
—¿Cómo de sucio?
—Nivel Camorra —respondió Rossetti—. Y trabaja mano a mano con su amigo Franco Tedeschi blanqueando e invirtiendo el dinero de la Camorra.
—¿Y por qué sigue en circulación?
—Porque, lamentablemente, la Guardia di Finanza nunca ha podido imputarlo. Nico tiene amigos en las altas esferas, incluso en el Vaticano. O eso dicen.
—¿Quién lo dice?
Rossetti se encogió de hombros, pero no contestó.
—¿Qué te estás callando, Luca?
—Que tu amigo Martin Landesmann sabe detectar una mala inversión en un balance.
Después de revisar toda la documentación, el general Ferrari y yo coincidimos en que hubo algo raro en la compra de ese edificio de oficinas de Londres.
Y también en la decisión del SBL de condonar el préstamo —añadió Rossetti—.
Opinamos que la transacción merece una investigación más a fondo y nuestros compañeros de la Guardia están de acuerdo.
—Pues os deseo buena suerte, Luca, pero mi trabajo aquí ha terminado.
—Casi.
Rossetti dejó un billete encima de la mesa y salieron a la calle, seguidos de cerca por los otros cuatro agentes. Desde algún lugar sobre el mar de Liguria llegaba el tenue batir del rotor de un helicóptero. Las luces del aparato aparecieron un instante después.
—Ha llegado tu carruaje —dijo Rossetti.
—Espero que el piloto sepa lo que hace.
—Por lo visto, es su primer vuelo.
—Qué suerte la mía.
El helicóptero aterrizó en la explanada del paseo marítimo de Ventimiglia. Gabriel esperó a que el rotor se detuviera casi por completo para subir a bordo con su delicada carga. Se abrochó el cinturón de seguridad y miró al joven piloto.
—Mi amigo dice que es tu primer vuelo.
—El segundo, en realidad —respondió con una sonrisa ladeada.
—¿Qué tal fue el primero?
—Tuve que estrellar el helicóptero en el mar. Sobreviví por los pelos.
—No tiene gracia.
—Dígamelo a mí.
* * *
Mientras se acercaban al extremo norte de la isla de Córcega, el piloto reconoció por fin que tenía varios miles de horas de vuelo acumuladas al servicio de los Carabinieri, sin más incidentes que un aterrizaje forzoso en los Dolomitas durante una ventisca.
Gabriel, aun así, soltó un pequeño suspiro de alivio cuando divisó la cúpula iluminada de San Pedro elevándose sobre las siete colinas de Roma.
El helipuerto del Vaticano estaba situado en el extremo este de la ciudad-Estado.
Desde allí, había un paseo de cinco minutos cruzando los Jardines Vaticanos hasta el pequeño patio situado al pie de una edificación de aspecto anodino y paredes de color parduzco.
Gabriel entró por la puerta abierta y subió los escalones que conducían a la Sala Regia.
El padre Mark Keegan, con el teléfono pegado a la oreja, le indicó con una seña la entrada de la Capilla Sixtina.
Dentro, su santidad Luigi Donati, obispo de Roma, pontifex maximus y sucesor del apóstol Pedro, estaba arrodillado en un sencillo reclinatorio de madera, delante de El juicio final de Miguel Ángel.
Gabriel cruzó la puerta de la transenna, la celosía de mármol que dividía la capilla en dos, y se acercó por detrás a su viejo amigo sin hacer ruido.
—No andes con tanto sigilo, Gabriel. —Donati lo miró por encima del hombro—. Me pones nervioso.
—No quería molestarte.
—No necesito silencio absoluto para rezar. Después de tantos años, se me da bastante bien.
Gabriel se acercó a Donati.
—¿Vienes aquí a menudo?
—Siempre que puedo. Es mi capilla privada, ¿sabes? —Donati levantó la mirada hacia El juicio final, con su amasijo de almas que se elevan y caen hacia su destino eterno—. ¿Qué opinión te merece?
—¿Como representación del fin de los días?
—Como obra de arte —respondió Donati.
—Tiene sus defectos.
—El Concilio de Trento juzgó blasfema la desnudez.
—Pero Pío IV, uno de tus predecesores, tuvo el sentido común de esperar a que muriera Miguel Ángel para añadir hojas de parra y ropajes a algunas de las figuras.
—Uno de los grandes crímenes artísticos de la historia.
Afortunadamente, se le puso remedio en la última restauración.
—Donati se levantó del reclinatorio y contempló la capilla vacía—.
¿Recuerdas la última vez que estuvimos juntos aquí?
Te rogué que me llevaras lejos, antes de que los cardenales electores pusieran sobre mis hombros la terrible carga del papado. Y tú, según recuerdo, te negaste.
—Su santidad se equivoca.
—Soy infalible.
—Solo cuando hablas ex cátedra. Yo, en cambio, nunca me equivoco.
Donati miró la caja que colgaba de la mano derecha de Gabriel.
—¿Qué tienes ahí?
—Algo que te pertenece.
—¿Es un cuadro, por casualidad?
—Uno bastante bueno.
—Eso seré yo quien lo juzgue.
Gabriel sacó el Leonardo de la caja y lo apoyó en el reposabrazos del reclinatorio. Donati miró a la chica milanesa como si se hubiera quedado mudo de asombro.
—¿Estás seguro de que es un Leonardo? —preguntó por fin.
—Leonardo formó y dio trabajo a gran número de ayudantes con mucho talento, y todos ellos podían imitar su estilo. Podría ser obra de Giovanni Boltraffio o de Bernardino Luini. Pero yo creo que es un Leonardo, y no soy el único.
—Y ahora ¿qué?
—Ahora, le quitamos todas las capas de pintura que tiene encima y lo dejamos en su estado original. Y luego invitamos a los mayores expertos del mundo a que lo examinen. Estoy seguro de que llegarán a un consenso sobre la autoría.
—¿Y luego?
—Habrá que restaurar el cuadro.
—¿Hay alguna posibilidad de que te convenza de que te encargues tú?
—Menuda infalibilidad la suya, santidad. —Gabriel sonrió—. Sería el mayor honor de mi vida restaurar este cuadro. La verdad es que ya he hecho una copia perfecta.
—¿En serio? ¿Y dónde está?
—La ha comprado esta misma tarde un oligarca ruso por quinientos millones de dólares.
—¿A quién se la ha comprado? —preguntó Donati.
—A un banco suizo controlado por la Camorra.
—Pero ¿por qué le vendió el banco tu copia al ruso?
—Porque tenían la impresión de que era el Leonardo auténtico.
—¿Les diste el cambiazo?
Gabriel volvió a sonreír, pero no dijo nada.
—Me da miedo preguntar cómo acabó el Leonardo en manos de ese banco controlado por la Camorra.
—Por lo visto, se utilizó como pago para saldar un préstamo por la compraventa de un edificio comercial en Londres.
Donati entornó los ojos.
—¿Cuál es la dirección de ese edificio?
—New Bond Street. El prestatario era una empresa llamada Mayfair Group. No hemos podido averiguar qué es ni quién hay detrás.
—Deberías haber acudido a mí, mio amico. —Donati se volvió hacia El juicio final —. Podría haberte dicho todo lo que necesitabas saber.