Capítulo 39 Antibes-Lugano
En la cara oeste del Cap d’Antibes había un puerto deportivo con un concesionario de barcos, una tienda de buceo y una pequeña cafetería.
Gabriel y sus tres escoltas de la Police Nationale aguardaban dentro del Renault sin distintivos, en el aparcamiento.
El ordenador portátil de Gabriel, conectado a internet a través de su punto de acceso móvil, descansaba sobre la caja del cuadro.
Con la ayuda del malware Proteus, vigilaba la transacción que estaba teniendo lugar en un palacete situado ciento cincuenta metros al este de allí.
Desde hacía quince minutos, cuatro hombres mantenían una animada conversación: un marchante de arte holandés, un consultor de arte francés, el director financiero de Camorra S.
L. y un oligarca ruso próximo al Kremlin.
Nada indicaba que Ingrid estuviera en la habitación.
Y, teniendo en cuenta sus recientes hazañas en Moscú, seguramente era lo mejor.
—¿Dónde cree que está? —le preguntó el agente sentado a su lado.
—Espero de todo corazón que esté fuera, en el coche, con Rocco y Enzo. Y que Alexander Prokhorov y su asesor artístico no se den cuenta de que están a punto de pagar quinientos millones de dólares por un original de Gabriel Allon. Si no, las cosas se pondrán bastante feas.
—El robo del siglo —comentó el agente, que se llamaba Jean-Luc.
—Aún no.
—A mí me parece que ya está hecho.
—Entonces, ¿por qué no firma el contrato de venta?
—Dele unos minutos, monsieur Allon. Quinientos millones es una barbaridad de dinero.
—Antes sí lo era, pero ya no.
Justo en ese momento, cesó la conversación en la casa. Durante unos minutos, ninguno de los cuatro hombres pronunció una sola palabra.
—Se acabó —dijo Gabriel en tono sombrío.
—Ya está casi —repuso el policía francés.
—La he cagado.
—No, qué va, no pasa nada. Y a su amiga Ingrid tampoco va a pasarle nada.
Pasaron dos minutos más. Ni un solo ruido.
—Vamos, Proko —suplicó Gabriel—. ¿A qué esperas?
Ingrid estaba pensando lo mismo en ese preciso momento, aunque, a diferencia de Gabriel, ella ignoraba lo que estaba pasando dentro de la opulenta mansión.
La mole de sus dos captores la oprimía. No hizo intento de dirigirse a ellos, porque no hablaba su idioma y ellos tampoco el suyo.
Además, tenía la impresión de que no eran grandes conversadores.
El chófer francés parecía un tipo razonable, pero, como intuía que algo iba mal, había abandonado su puesto para fumar un cigarrillo.
Ingrid, que solo fumaba de vez en cuando, también se moría de ganas de fumar uno.
Según su reloj, pasaban siete minutos de las tres cuando Franco Tedeschi y Peter van de Velde salieron por fin del palacete.
La expresión de su cara no dejaba traslucir nada.
Van de Velde llevaba el maletín para cuadros con su cuidado habitual.
Los dos guardias de seguridad estaban tan alerta como siempre.
Los dos captores de Ingrid salieron del Mercedes y Tedeschi y Van de Velde ocuparon su lugar.
No pronunciaron palabra mientras el coche avanzaba por el camino de entrada con la lentitud de una carroza fúnebre, pero, nada más cruzar la puerta de seguridad, Van de Velde soltó un grito triunfal y dio una fuerte palmada al maletín.
—No se preocupe, Rikke —dijo Franco Tedeschi—. No hay nada dentro.
—Me alegra saberlo.
—A mí también. Ha habido un pequeño retraso en la transferencia bancaria, pero por lo demás la transacción se ha efectuado sin contratiempos. —Le puso una mano en el brazo—. Confío en que disculpe mi comportamiento de antes.
—Por lo que a mí respecta, no ha pasado nada.
—¿Y no se lo dirá a herr Vogel?
Ingrid sonrió.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Había una excelente tienda de vinos en el centre ville de Antibes, cerca del antiguo marché provençal.
Tedeschi compró dos botellas de champán frío, que Van de Velde y él se bebieron durante el corto trayecto de regreso al aeropuerto.
Dieron cuenta de otras dos antes de que despegara el avión.
Tedeschi insistió en que Ingrid también tomara una copa, pero ella se negó escudándose en las estrictas normas de Executive Jet Services sobre consumo de vino y bebidas alcohólicas con los pasajeros.
En realidad, le habría venido bien una copa, pero el champán, con su efervescencia, se le subía directamente a la cabeza y necesitaba tener la mente despejada para llevar a cabo su tarea.
El servicio de cáterin les había provisto de una cena completa —pollo cordon bleu o salmón asado con una sabrosa salsa de crema de limón—, pero Tedeschi y sus acompañantes se decantaron por la opción líquida, acompañada de frutos secos calentados en el horno y otros aperitivos ricos en sodio.
Ingrid desistió de recoger el montón de botellas y copas mientras el avión ejecutaba la maniobra de aproximación a Lugano, pues estaba segura de que sus pasajeros se habrían negado a entregárselas.
Al llegar, bajaron tropezando alegremente por la escalera del avión y subieron a los coches que los esperaban, sin el despliegue táctico de sus desplazamientos anteriores.
Peter van de Velde, completamente borracho, dejó el maletín vacío en la cabina.
El trayecto entre el aeropuerto de Lugano y la Piazza della Riforma era solo de unos veinte minutos.
Ingrid aprovechó dos de esos minutos para ordenar a toda velocidad la cabina.
Luego fue a buscar su maleta de mano al compartimento de carga y, tras dar las buenas noches a la tripulación, cruzó la pista camino del Gulfstream G550 propiedad del financiero y filántropo suizo Martin Landesmann.
Martin estaba relajándose en la cabina, con una copa de champán a su lado, cuando Ingrid subió la escalera.
Christopher Keller sostenía un vaso de whisky en su enorme manaza.
Su bella esposa, la marchante de arte, se estaba preparando un martini en la cocina.
—¿Qué tal el día? —preguntó Sarah con su característica voz ronca.
—Un poco más emocionante de lo previsto.
—Ya nos lo han dicho. —Sarah miró la hora—. Según mis cálculos, tenemos unos quince minutos antes de que Franco Tedeschi llegue al banco. Así que deberíamos ponernos manos a la obra.
Ingrid abrió la cremallera de su maleta y sacó su ordenador portátil.
—¿Contraseña? —le preguntó a Martin.
—One World.
—Joder, ¿el nombre de tu fundación?
—Todo junto y sin mayúsculas —respondió él, avergonzado.
Ingrid introdujo la contraseña y conectó el ordenador al wifi del Gulfstream. Cuando estuvo dentro de la red del SBL PrivatBank, miró a Christopher y dijo:
—Número de cuenta y de ruta, por favor.
Él le pasó un trozo de papel. Noventa segundos después, se había iniciado la transferencia.
—Avise a su contacto en el Oschadbank, señor Keller. El dinero va para allá.
Christopher efectuó la llamada a través de la sede de SIS en Londres. El presidente del Oschadbank tardó tres minutos en ponerse al teléfono. Otra vez caían misiles rusos sobre Kiev, explicó.
—¿Ha llegado el dinero? —preguntó Christopher.
—Todavía no.
Pasaron dos minutos más.
—¿Y bien? —preguntó Christopher.
—Nada todavía, lo siento.
Christopher miró a Ingrid.
—Quizá deberías mandarla otra vez.
—Paciencia, señor Keller.
Pasó otro minuto. Luego, el banquero ucraniano anunció:
—Tenemos el dinero. En nombre del pueblo ucraniano, les agradezco su generosa contribución a nuestro esfuerzo bélico.
—Encantados de ayudar. Por favor, gástenlo sabiamente. —Christopher colgó y levantó su copa hacia Ingrid—. Ha sido un placer volver a trabajar contigo.
—Lo mismo digo. —Miró a Martin y dijo—: Me vendría bien que me llevaras de vuelta a Dinamarca, si no te importa.
—¿Qué tal si te llevo a San Bartolomé? He alquilado un chalet enorme en Pointe Milou para las vacaciones.
—Suena de maravilla, pero no llevo nada de ropa.
—Tanto mejor —respondió Martin con una sonrisa.
—¿Y la señora Landesmann?
—Monique se fue esta mañana al Caribe en mi Boeing Business Jet.
Ingrid se quedó de piedra.
—¿Vuelos transatlánticos separados?
Martin bebió un sorbo de champán.
—Todos tenemos que hacer sacrificios, señorita Johansen.