La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 38 Antibes
65%

Capítulo 38 Antibes

Una vez concluidas las formalidades, Ingrid sacó su gabardina y su bolso del armario delantero y bajó la escalera del avión.

Dos Mercedes Clase S esperaban en la pista, junto con una furgoneta de cortesía para la tripulación.

Por alguna razón, los seis pasajeros no parecían tener prisa por abandonar el avión, así que Ingrid se quedó fuera, al aire frío y borrascoso, y se puso a charlar con los dos policías franceses.

Estaba deseando disfrutar de un par de horas de descanso en la sala que Signature Flight Support reservaba a la tripulación.

Soñolienta, decidió no volver a pensar mal de quienes se ocupaban de atender a los pasajeros en un avión.

Era, se dijo, una forma muy ingrata de ganarse la vida.

Pasó todavía un minuto antes de que los dos primeros escoltas bajasen por la escalera con la actitud hipervigilante de un comando dispuesto a entrar en un nido de terroristas.

Peter van de Velde, con el maletín en la mano, fue el siguiente en bajar, seguido de los otros dos escoltas.

Se metió en el asiento trasero del primer Mercedes como si huyera del fuego enemigo y los escoltas formaron un perímetro defensivo situándose en las cuatro esquinas del coche.

Los policías franceses pusieron cara de fastidio.

Todo aquello resultaba un poco ridículo.

Franco Tedeschi, con el teléfono en la oreja, fue el último en aparecer. Bajó la escalera sin prisa. Cuando llegó a la pista, no se dirigió a un Mercedes, sino que se acercó a Ingrid.

Cortó la llamada y dijo:

—Hoy es su día de suerte, Rikke.

—¿Por qué, señor Tedeschi?

—Porque está a punto de presenciar un acontecimiento histórico. —El banquero italiano la agarró del brazo—. Acompáñeme, por favor. No debemos hacer esperar al comprador.

Antes de que ella pudiera protestar, la llevó por la pista hacia el primer Mercedes.

Ingrid se sentó junto a Peter van de Velde en el asiento trasero y Tedeschi se apretujó en el espacio que quedaba, a su lado.

El coche se hundió cuando el más corpulento de los dos escoltas italianos —un gigante con la cabeza rapada y un tatuaje en la nuca— se encajó en el asiento del copiloto.

Los otros tres escoltas montaron en el segundo Mercedes.

Acto seguido, los dos coches arrancaron al unísono y pasaron velozmente junto a una fila de aviones privados aparcados.

Franco Tedeschi, director financiero de Camorra S. L., encendió tranquilamente un cigarrillo.

—¿Por qué ha fotografiado ese policía francés mi Leonardo, Rikke? ¿Por qué precisamente hoy?

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Ingrid.

—Eso mismo me pregunto yo.

Gabriel y sus tres escoltas habían recorrido diez kilómetros cuando le sonó el teléfono. Era Jacques Ménard, que llamaba para informarle de que no todo había salido conforme a lo previsto en el aeropuerto.

—¿Dónde está?

—De camino a Antibes.

Gabriel colgó y ordenó al conductor que diera media vuelta.

Luego miró al agente sentado a su lado y le preguntó si él y sus compañeros llevaban armas de fuego.

—Oui, monsieur Allon. De las grandes.

* * *

—Su pasaporte, por favor —dijo Franco Tedeschi.

—¿Por qué quiere ver mi pasaporte?

—No me haga repetírselo.

Ingrid abrió su bolso.

—Prada —observó Tedeschi.

—Es falso.

Lo cual no era cierto. Ingrid había conseguido el bolso gratis durante una visita a Courchevel. El pasaporte se lo había proporcionado el director del servicio de inteligencia danés. Tedeschi lo abrió por la primera página.

—¿Rikke Jorgensen?

—Esa soy yo —dijo Ingrid.

—¿Recuerda su fecha de nacimiento?

—No lo dirá en serio.

—Hágame el favor.

Ingrid suspiró y recitó la fecha de nacimiento que figuraba en el pasaporte.

—¿Dónde nació, Rikke Jorgensen?

—En un pueblecito al oeste de Copenhague.

—¿Cómo se llama ese pueblecito?

—Es bastante impronunciable.

—¿Está casada?

—Sí, felizmente.

—¿Tiene hijos?

—Un niño y una niña. De cinco y tres años, por si le interesa saberlo.

—¿Y a qué se dedica el señor Jorgensen?

—Se apellida Nielsen y trabaja en una plataforma petrolífera en el mar del Norte.

—Los combustibles fósiles son malos para el planeta.

—Tonterías.

—¿No le preocupa el calentamiento global?

—Lo apoyo, ya que me lo pregunta. En Dinamarca hace mucho frío. —Ingrid le quitó el pasaporte de las manos—. ¿Adónde me lleva?

—A casa de nuestro comprador. No vive lejos de aquí, en Antibes.

—Qué suerte tiene.

—¿Ha estado allí?

—Mi marido y yo estuvimos de vacaciones en Cannes hace poco.

—Cannes ha cambiado. Y no a mejor.

—Si usted lo dice —repuso Ingrid, y se guardó el pasaporte en el bolso.

—Por cierto, es auténtico —dijo Franco Tedeschi.

—¿El pasaporte? Claro que es auténtico.

Tedeschi miró por la ventanilla.

—Me refería a su bolso de Prada, Rikke Jorgensen.

La villa se alzaba en el punto más elevado del cabo, oculta a la vista por altos setos y rodeada de medidas de seguridad dignas del palacio del Elíseo.

Tenía doce habitaciones, dieciséis baños, ocho salones y cuartos de estar variados, dos cocinas profesionales, una biblioteca y un gran despacho contiguo, una bodega, un cine, una discoteca, una sala de juegos, un spa y un gimnasio propios de un hotel, un baño turco y una sauna, piscina cubierta y al aire libre, pista de tenis de tierra batida, una casa para los guardeses, un garaje con sitio para diez coches y un lago artificial patrullado por una flotilla de cisnes blancos como la nieve.

En sus muchas paredes colgaba parte de la colección de obras de arte del propietario.

Algunas de sus mejores pinturas adornaban, sin embargo, su mansión de Highgate, que el Gobierno británico había confiscado junto con su contenido.

Tenía más de cien cuadros guardados en el puerto franco de Ginebra y una docena más a bordo del Anastasia, su superyate de ochenta y cinco metros de eslora.

En ese momento, el barco se hallaba amarrado en el puerto de Golfe-Juan, visible desde la ventana de su despacho privado en la primera planta.

Alexander Prokhorov jamás habría imaginado que tendría aquella vida cuando de niño vivía en la Unión Soviética y, sin embargo, había llegado a creer que era la vida que merecía.

Se había esforzado más y había sido más hábil que los demás, se decía a sí mismo; había visto oportunidades allí donde otros solo veían parálisis y ruina.

Y así se había ido haciendo rico como un zar, muchas veces milmillonario.

¿Que había tomado atajos e infringido la ley?

Sí, por supuesto. Y también había recurrido a la violencia en ocasiones.

Pero lo mismo habían hecho muchos otros como él, hombres que se habían atrevido a batirse el cobre en el salvaje Este.

No sentía más que desprecio por quienes eran demasiado estúpidos o perezosos para dejar su impronta en el aguerrido nuevo mundo del capitalismo mafioso ruso o, para el caso, en las economías de Occidente, presuntamente respetuosas con la legalidad.

En la vida había ganadores y perdedores, y Alexander Prokhorov era de los primeros.

Las necesidades de los sintecho y los hambrientos, los discapacitados y los enfermos mentales le traían sin cuidado.

Sus propias necesidades insaciables, eso era lo único que le importaba.

Lo que más ansiaba Alexander Prokhorov era respeto.

No quería que se le conociera por haber hecho fortuna fabricando tubos industriales, sino por ser un Medici contemporáneo.

Por eso había invertido más de mil millones de dólares en cuadros: porque nada confería una pátina de elegancia y sofisticación tan inmediata como las bellas artes, incluso a aquellos que no poseían ni una cosa ni la otra.

En cuanto se filtrase la noticia de que era el propietario de un retrato recién descubierto del artista más grande de todos los tiempos, los ricos y famosos harían cola en su puerta para verlo.

Sus muchos pecados caerían pronto en el olvido, absueltos por el toque de sfumato de un pintor nacido en la aldea toscana de Vinci y muerto hacía ya mucho tiempo.

La elegancia y la sofisticación no salían baratas, sin embargo.

A Alexander Prokhorov iban a costarlo quinientos millones de dólares.

Era mucho más de lo que pretendía gastarse en el cuadro, pero el precio se había disparado durante los últimos días de la frenética subasta secreta.

Su agente en la Société Générale aguardaba a que le diera la orden de iniciar la transferencia bancaria.

Con solo pulsar una tecla, el dinero llegaría al SBL PrivatBank y el Leonardo sería suyo.

Todo ello, por supuesto, a la espera de los resultados de un último examen que tendría lugar en la biblioteca de la planta baja de su mansión digna del gran Gatsby.

Stéphane Tremblay ya estaba allí esperando, con la lupa y la linterna ultravioleta preparadas.

Prokhorov, por su parte, disfrutaba de unos momentos a solas en su despacho privado, en el piso de arriba.

Miraba fijamente la hoja de papel de carta —comprado en Smythson, en Bond Street— que había sobre el escritorio.

Había anotado en ella la cifra con todos sus ceros.

Era, no cabía duda, una cantidad enorme de dinero.

Pero, aun así, solo representaba una fracción de su inmensa fortuna personal.

Sí, había perdido la casa de Highgate y tenía depositados en Barclays y HSBC unos doscientos millones que nunca volvería a ver.

Pero, a fin de cuentas, había salido muy bien parado de su encontronazo con los británicos.

Según sus propios cálculos, su patrimonio rondaba los treinta mil millones de dólares.

Para un hombre como Alexander Prokhorov, quinientos millones eran calderilla.

El teléfono de su escritorio ronroneó suavemente.

Era el guardia de seguridad de la puerta principal, que le informaba de que sus invitados habían llegado.

Se acercó a la ventana y vio que un par de Mercedes Clase S idénticos subían por el largo camino de entrada.

Se detuvieron en la glorieta y de ellos salieron seis hombres, uno de los cuales portaba el cuadro que pronto sería suyo.

Solo cuatro de ellos se dirigieron a la entrada de la casa.

Los otros dos —escoltas, probablemente— montaron en la parte de atrás del primer coche y cerraron las puertas.

Alexander Prokhorov echó un último vistazo a la cifra anotada en la hoja de papel de su escritorio y bajó las escaleras para enfrentarse a su destino.

Esto, se dijo a sí mismo, era exactamente lo que se merecía.