La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 37 Aeropuerto Côte d’Azur
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Capítulo 37 Aeropuerto Côte d’Azur

Dos policías uniformados del servicio francés de control de fronteras estaban esperando en la pista cuando el Dassault se detuvo junto a las instalaciones de Signature Flight Support, el operador fijo del aeropuerto.

Los acompañaba un hombre alto, vestido con traje oscuro, que podría haber pasado por un actor de cine francés.

Ingrid sabía que aquel hombre tan atractivo era Jacques Ménard, director de la Unidad de Delitos Artísticos de la Police Nationale.

Abrió la puerta delantera y los tres hombres subieron la escalera y entraron en la cabina.

Las radios de los agentes fronterizos emitían un chisporroteo de conversaciones cruzadas.

Con una mirada, Jacques Ménard los ordenó bajar el volumen.

Uno de los policías llevaba un portafolios; el otro, un escáner de pasaportes portátil.

Empezaron por la parte de atrás de la cabina, con los cuatro escoltas, y fueron avanzando hacia la parte delantera hasta llegar a Ingrid y a los dos pilotos.

Jacques Ménard observaba el procedimiento con mediano interés.

Una vez revisados los pasaportes, los dos agentes fronterizos preguntaron cuánto tiempo pensaban pasar en Francia.

El piloto respondió que tenía reservada hora de salida a las cuatro de la tarde y añadió que él y los otros dos tripulantes tenían previsto pasar esas horas de asueto relajándose en la sala de Signature Flight Support reservada a las tripulaciones.

—¿Y el motivo de la visita? —preguntó uno de los agentes.

—Negocios —respondió Franco Tedeschi escuetamente.

Jacques Ménard tomó entonces la palabra por primera vez.

—Negocios ¿de qué tipo, messieurs ?

—Mi colega y yo vamos a enseñarle un cuadro a un posible comprador.

Ménard miró el maletín, que seguía sobre la mesa.

—¿Qué clase de cuadro es?

—Un retrato de mujer —respondió Peter van de Velde.

—¿De qué época? —preguntó Ménard.

—De finales del siglo XV o principios del XVI .

—¿Soporte?

—Panel de madera.

—¿Qué tipo de madera?

—¿Es que importa?

—Podría importar, sí.

—Nogal.

—¿El cuadro es de origen noreuropeo?

—Milanés.

—Entiendo. ¿Y el artista?

Van de Velde cruzó una mirada con Franco Tedeschi antes de responder.

—Leonardo da Vinci.

Ménard esbozó una sonrisa escéptica.

—No soy ningún experto, pero estoy bastante seguro de que no hay ningún cuadro de Leonardo en venta en estos momentos.

—Es una obra recién descubierta.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde la han descubierto, si me hace el favor?

—En Ámsterdam.

—Eso está muy lejos de Milán.

—Igual que París, monsieur, y ahí es donde acabó la Mona Lisa.

—Touché. —Ménard miró el maletín—. Ábralo, por favor.

Van de Velde, tras dudar un momento, abrió los pestillos y levantó la tapa. Ménard contempló el cuadro inexpresivamente. Por fin dijo:

—Es extraordinario, pero dudo mucho que sea auténtico. A fin de cuentas, solo se conocen diecinueve obras de Leonardo.

—Ahora son veinte —contestó el marchante de arte holandés.

—Sin duda sabrá, monsieur Van de Velde, que hace un par de años tuvimos aquí, en Francia, un escándalo bastante grave relacionado con la falsificación de cuadros de maestros antiguos.

Su calidad era tal que engañaron incluso a los expertos del Louvre.

Si les digo la verdad, todavía estamos intentando arreglar el desaguisado.

—Quédese tranquilo, monsieur, este cuadro no es falso.

—¿Es usted el propietario?

Fue Franco Tedeschi quien respondió.

—El cuadro es propiedad de mi banco.

—¿El SBL PrivatBank de Lugano?

—Así es.

—¿Y el posible comprador?

—Desea permanecer en el anonimato.

—¿Es francés?

—Sí.

—¿Tiene intención de comprar el cuadro hoy?

—Eso esperamos.

—¿Por cuánto?

—La venta es privada.

—Aun así, el comprador tendrá que pagar el IVA. Y usted y su banco, naturalmente, tendrán que pagar las tasas de importación. Por el importe total del precio de venta —añadió Ménard—. Si no, se las verán conmigo. —Se volvió hacia Van de Velde—. Cierre el maletín, si es tan amable.

El marchante de arte holandés obedeció. Ménard agarró el asa y levantó el maletín de la mesa. Franco Tedeschi enrojeció de ira.

—¿Se puede saber qué hace?

—Voy a hacerle unas fotografías al cuadro para nuestros archivos. Después podrán marcharse.

—En tal caso, lo acompaño.

—Usted va a esperar aquí, en su precioso avión privado. O bien pueden cambiar su hora de salida y regresar a Suiza sin completar la venta del cuadro. —Ménard se encogió de hombros—. Ustedes deciden, messieurs.

Los dos policías fronterizos esperaron al pie de la escalera mientras Ménard cruzaba la pista y entraba en la terminal.

Las cámaras de vigilancia cubrían cada metro cuadrado del edificio; especialmente, las inmediaciones del control de pasaportes y la aduana.

En cambio, la sala interior sin ventanas donde esperaba Gabriel no estaba vigilada.

Ménard sacó el Leonardo del maletín y lo colocó sobre la mesa, junto a la copia de Gabriel.

Estuvieron casi un minuto mirando los dos cuadros en silencio.

—No noto la diferencia —dijo Ménard por fin.

—Yo sí —respondió Gabriel con pesar.

—Porque tú lo has pintado. Nadie más podrá distinguirlos.

—Es muy evidente.

—Vamos a ver el reverso, ¿te parece?

Ménard levantó el Leonardo de la mesa como si temiera que fuera a explotar y le dio la vuelta con cuidado. Gabriel manipuló su copia con mucha menos delicadeza. Examinaron un momento el reverso de los dos cuadros, puestos el uno al lado del otro.

—Es increíble —susurró Ménard.

—Un desastre anunciado.

—Tú decides.

—En realidad, decides tú, Jacques. Si esto sale mal, será tu cabeza la que ruede.

Ménard colocó el Leonardo en la caja solander de Gabriel y cerró la tapa.

—Au revoir, mon ami.

Gabriel cruzó la terminal cargado con el cuadro más caro del mundo hasta llegar a la zona de transporte terrestre, donde un Renault sin distintivos esperaba junto a la acera, bajo el radiante sol provenzal.

Dentro había tres agentes de la Police Nationale vestidos de paisano.

Montó en el asiento trasero y el Renault arrancó de inmediato.

Cinco minutos después circulaban por la autopista A8 en dirección este, camino de la frontera italiana.

Gabriel apretaba la caja contra sus muslos para amortiguar la vibración. Un último viaje, se dijo, y la chica estaría en casa.

Ingrid estaba recogiendo la cocina del avión cuando Jacques Ménard subió por la escalera con el maletín para transportar obras de arte.

Pasó a su lado sin decir nada ni mirarla y colocó el maletín con exagerado cuidado sobre la mesa de la cabina.

Franco Tedeschi le hizo una seña con la cabeza a Peter van de Velde, que abrió los pestillos y levantó la tapa.

Su examen fue minucioso e incluyó una revisión del panel de apoyo.

—¿Qué busca exactamente? —preguntó Ménard.

—Desperfectos.

—No va a encontrar ninguno. Aquí en Francia sabemos cómo tratar un cuadro.

—Pero este no es un cuadro cualquiera.

—Debo decir que ha sido un honor pasar un rato a solas con él. Imagínese, un Leonardo recién descubierto . . . Como francés, solo lamento que no se lo hayan vendido al Museo del Louvre.

Franco Tedeschi sonrió con frialdad.

—El Louvre no podía permitírselo.

—Lo que es una pena, en mi opinión —repuso Ménard, y salió del avión.

Peter van de Velde seguía mirando fijamente el cuadro.

—¿Seguro que no hay ningún desperfecto? —preguntó Tedeschi.

—Ninguno. —Van de Velde cerró el maletín—. ¿Nos vamos?

Tedeschi miró a Ingrid.

—Sí, creo que sí.