Capítulo 36 Lugano-Niza
El piloto informó a Ingrid de que el vuelo a Niza duraría cincuenta y dos minutos.
Aun así, el servicio de cáterin les había provisto de un almuerzo completo, a elegir entre boeuf bourguignon y risotto de marisco.
Para quienes quisieran algo más ligero, había una bandeja de fruta acompañada con una tabla de quesos gourmet franceses y suizos.
Había, además, un surtido de panes artesanales recién hechos y aperitivos salados de todo tipo.
Los licores eran selectos. Los vinos, añejos y grand cru.
Los cuatro fornidos guardaespaldas se habían arrellanado en los sofás del fondo de la cabina.
Según el manifiesto de vuelo, dos eran italianos suizos y los otros dos italianos auténticos.
Franco Tedeschi estaba recostado en el lado de estribor de la cabina, con la mirada fija en su móvil conectado a la red wifi del avión.
Peter van de Velde estaba sentado a la mesa del lado de babor.
El cuadro más caro del mundo descansaba ante él, a salvo dentro de su sarcófago.
Peter evaluó a Ingrid con ojo de marchante de arte mientras ella le servía café.
—No eres la chica de siempre.
—Soy nueva en la empresa.
—Qué suerte tenemos. —La miró de arriba abajo—. ¿Holandesa?
—Danesa.
—¿Cómo te llamas?
—Rikke.
—¿Como la canción?
—Casi —contestó ella, y sonrió dando a entender que estaba allí para satisfacer todas sus necesidades y deseos, excepto uno—. ¿Le apetece el risotto o el boeuf bourguignon ?
El marchante de arte holandés apoyó la mano en el maletín con gesto protector.
—No quiero nada, gracias.
Ingrid no mostró ningún interés por el contenido del maletín: esas preguntas infringían la política de la empresa. Se volvió hacia Franco Tedeschi, que la observaba por encima de sus gafas de lectura en forma de media luna.
—¿Dónde está Erika?
—En otro vuelo, me temo.
—Deberían haberme avisado.
—Le transmitiré su queja a herr Vogel.
—Sí, por favor, hágalo. —Volvió a fijar la vista en el teléfono—. Risotto.
Ingrid se retiró a la estrecha cocina. El horno, cuando lo abrió, exhaló una vaharada de olor a cuisine industrielle.
Llevó cuatro raciones de boeuf bourguignon a los escoltas, y a Franco Tedeschi le sirvió su risotto de marisco.
Al no recibir de él ninguna muestra de agradecimiento, ni siquiera un gesto que indicara que se había percatado de su presencia, Ingrid se volvió hacia Peter van de Velde.
—¿Seguro que no quiere nada?
—No, estoy perfectamente, gracias.
Sin duda ello se debía a que un momento antes se había deleitado examinando a sus anchas el trasero de Ingrid.
—Por lo menos déjeme que le traiga otro café.
—Si insiste.
Fue a buscar la cafetera a la cocina y le sirvió el café. Van de Velde se sirvió la leche él mismo.
—¿No tiene ni un poquito de curiosidad?
—¿Sobre qué, señor Van de Velde?
Él miró el maletín.
—Sobre el contenido de ese maletín.
—En absoluto.
—¿Su colega no le ha dicho nada?
—¿Erika? No, nunca.
Ingrid se volvió hacia la parte de atrás de la cabina, pero Van de Velde le puso una mano en el brazo.
—¿Le gusta el arte? —preguntó de repente.
—¿Y a quién no?
—Se sorprendería. —Otra sonrisa—. ¿Y qué tipo de arte le gusta, Rikke?
—Del siglo XX , sobre todo.
—¿Y los impresionistas?
—Claro.
—¿Van Gogh?
—Sí, por supuesto.
—¿Y qué me dice de los maestros antiguos? —preguntó él.
—Me gusta mucho Vermeer. La joven de la perla es de mis favoritos.
Van de Velde dio unos golpecitos en el maletín con la punta del dedo índice.
—Este cuadro es bastante parecido, pero mucho mejor. Y también mucho más valioso.
—¿Qué tiene ahí dentro? ¿La Mona Lisa ?
—No exactamente, pero casi.
—¿Qué quiere decir?
Él arqueó una ceja, pero no contestó.
—Imposible.
—¿Le gustaría echar un vistazo? Es la única oportunidad que va a tener, porque poco después de las dos de la tarde de hoy desaparecerá para siempre.
Fue Franco Tedeschi quien, desde el otro lado de la cabina, respondió en nombre de Ingrid.
—No, Peter. No quiere ver el cuadro.
—La verdad es que me encantaría —dijo ella.
Van de Velde soltó los cierres del maletín y lo abrió.
El mensaje llegó al teléfono de Gabriel a las 12:52 del mediodía. Estaba redactado en términos imprecisos, pero su significado quedaba claro. Gabriel se lo mostró a Jacques Ménard, quien consultó un ordenador portátil abierto.
—Están llegando. Faltan menos de cinco minutos para que aterricen. —Ménard cerró el portátil—. Espera aquí.
—¿Y adónde voy a ir, Jacques? ¿Al duty free ?
El inspector francés frunció el ceño mientras salía por la puerta.
Al quedarse solo, Gabriel trató de imaginar el encuentro que pronto tendría lugar en la pista del aeropuerto Côte d’Azur.
Comprobación de los pasaportes, inspección de la carga, solicitud de información detallada.
Nada grave, messieurs. Solo será un momento.