La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 35 Hotel Splendide
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Capítulo 35 Hotel Splendide

Pasaban pocos minutos de las diez cuando Sarah Bancroft salió por la entrada belle époque del hotel Splendide.

Pasó junto al portero y se encaminó hacia la orilla del lago en medio de la fría mañana gris.

Había nieve en los picos circundantes y el aire arrastraba unos cuantos copos ásperos.

En torno a ella, la ciudad era bonita, como de postal, pero extrañamente inanimada y pasada de moda.

Casi esperaba cruzarse con Dick y Nicole Diver por la avenida.

Quizá se reunieran más tarde con Rosemary Hoyt y Abe North para tomar una copa en el Grand Café Al Porto y hablar de sus planes para el verano en Cannes.

Sarah se rio por lo bajo al pensarlo. Había llegado a Lugano la noche anterior, tras hacer una breve parada en Zúrich, donde había examinado varias pinturas de maestros antiguos —entre ellas, obras de Rafael, Rembrandt y Rubens— en casa de una violinista de fama mundial.

O al menos eso les diría a las autoridades suizas si la aventura de hoy llegaba a torcerse.

Su marido había viajado a Lugano usando su identidad del SIS, la del consultor empresarial Peter Marlowe.

Se hallaba en ese momento en su suite del Splendide haciendo llamadas a sus clientes, todos ellos sentados en sus despachos de la sede del SIS en Londres.

Sarah tenía que reconocer que le sentaba muy bien haber vuelto al juego.

Durante su breve carrera, se había desenvuelto mejor que la mayoría en aquel terreno; claro que contaba con el asesoramiento de Gabriel Allon, siempre susurrándole una palabra oportuna al oído.

Se acordó de su primer encuentro en un piso franco de la CIA en Georgetown y de aquella gélida noche de invierno en Copenhague en que, llevada por la imprudencia, le confesó su amor.

El hechizo se rompió por fin cuando pasó varias noches encerrada en un hotel de Frinton-on-Sea con Christopher, que casualmente era uno de los mejores amigos de Gabriel.

Se habían casado en secreto, con un puñado de altos cargos del SIS como invitados.

Gabriel había acompañado a la novia hasta el altar.

Una ráfaga de viento sacudió las hojas de las palmeras que bordeaban el bulevar junto al lago.

Sarah pensó que desentonaban en aquel entorno montañoso.

Se acordó entonces de que, por un capricho meteorológico, Lugano contaba con uno de los climas más templados de Suiza.

Pero hoy no, se dijo. La temperatura rondaba el punto de congelación y las nubes eran bajas y plomizas.

Confiaba en que no hubiera retrasos en el aeropuerto por culpa de la borrasca.

Estaban a punto de llevar a cabo uno de los mayores robos de la historia. El tiempo, como solía decirse, era oro.

Cruzó al otro lado del bulevar y se dirigió a la Piazza della Riforma.

Había luz en las ventanas de la sede central del SBL PrivatBank.

Entró en la cafetería situada frente al banco y pidió un capuchino.

Veinte minutos después, a las 10:50 de la mañana, una comitiva compuesta por tres grandes Mercedes apareció en la entrada lateral del banco.

«Justo a tiempo», pensó.

Llamó a Christopher y, con estudiada indiferencia, le preguntó dónde estaba.

Él la informó de que estaba esperando a que el aparcacoches del Splendide le llevara el coche.

Habló con el acento de colegio privado de Peter Marlowe, por si acaso los formidables servicios de inteligencia suizos estaban escuchando la conversación.

—Ya viene —dijo Christopher—. Solo tardo un momento.

—No hay prisa, cariño —respondió Sarah, y colgó.

Su indiferencia era tan fingida como lo habían sido las llamadas anteriores de Christopher.

Era esencial que su marido la recogiera en la Piazza della Riforma a las once en punto.

A esa hora estaba previsto que Franco Tedeschi, director de la división de gestión de activos del SBL PrivatBank, saliera hacia el aeropuerto.

Markus Vogel, de Executive Jet Services, le había reservado una franja horaria de salida a mediodía para el corto vuelo a Niza.

El trayecto en coche hasta la casa de Alexander Prokhorov en Antibes era de unos veinticinco minutos y herr Vogel se había encargado de organizar también el transporte por carretera.

Si todo iba conforme a lo previsto, Franco Tedeschi y su séquito estarían de vuelta en Lugano a las cinco de la tarde.

En ese momento, tendría lugar el segundo golpe.

Por eso Sarah y Christopher se comportaban con tanta formalidad por teléfono.

Estaban a punto de convertirse en cómplices de un delito internacional de gran calado.

Sarah esperó hasta las 10:59 para pagar la cuenta y salir de la cafetería.

Apenas prestó atención a los seis hombres que un minuto después salieron por la entrada lateral del SBL PrivatBank.

Uno era Franco Tedeschi; otro, Peter van de Velde, y los otros cuatro eran escoltas, todos ellos con licencia para portar armas de fuego.

Era Van de Velde quien llevaba el cuadro.

Se sentó con Franco Tedeschi en el asiento trasero del segundo Mercedes mientras los cuatro guardaespaldas montaban en el primer vehículo y en el de retaguardia.

Varias puertas se cerraron al unísono. La comitiva partió entonces a toda velocidad, como si escapara de la escena de un crimen.

Sarah, en cambio, recorrió sin prisa el trecho entre la plaza y el bulevar frente al lago, donde Christopher, al volante de un Audi alquilado, se detuvo el tiempo justo para recogerla. Un momento después, se situó detrás del tercer Mercedes de la comitiva.

—Reduce la velocidad, amor. Vas demasiado cerca.

Christopher arrugó el ceño.

—Cómo se nota que has vuelto a salir con tu exnovio.

Ella le apretó el dorso de la mano fuerte y morena.

—Nunca fuimos amantes, ya lo sabes.

—No porque no lo intentaras.

—Fue una fase pasajera.

—Que duró casi diez años, si no recuerdo mal.

La comitiva entró en una rotonda.

—Presta atención, cariño. Si no, vas a perderlos.

—Sé adónde van, es imposible que los pierda —respondió Christopher al tiempo que encendía un Marlboro.

—¿Pasas mucho tiempo aquí, en la encantadora Lugano?

—Qué va. ¿Y tú?

—En otra vida sí —respondió ella, y tomó uno de los Marlboro de su marido.

—En serio, tienes que dejarlo, ¿sabes? Es un hábito horrible.

—Pero estoy irresistible con un cigarrillo. —Sarah encendió su mechero Dunhill de oro—. Acelera, amor. Quiero verlos subir al avión.

Christopher mantuvo tercamente la velocidad que llevaba mientras seguía a los tres vehículos hacia el pequeño aeropuerto de Lugano, situado en el extremo oeste de la ciudad, junto a la ladera de un monte cuyo desnivel dificultaba la maniobra de aproximación.

Había una sola terminal de reducidas dimensiones y un aparcamiento junto a la pista.

Christopher aparcó en un hueco libre y apagó el motor.

Los tres Mercedes se habían detenido junto a la pista, al lado de un Dassault Falcon 900LX.

Ingrid aguardaba en la puerta abierta de la cabina, con una sonrisa de plástico en su rostro impecable.

—¿Te suena de algo? —preguntó Christopher.

—¿La guapa ladrona danesa o el lujoso jet privado?

Las puertas de los coches se abrieron a la vez y seis hombres salieron a la pista.

Peter van de Velde seguía llevando el cuadro.

Subió a toda prisa la escalera del avión, seguido por Franco Tedeschi y dos escoltas.

Los otros dos se quedaron en la pista, vigilando los alrededores.

No se fijaron en la atractiva pareja sentada en un Audi alquilado, en el aparcamiento.

—Dime una cosa —dijo Christopher—. ¿Qué hicisteis exactamente tu exnovio y tú mientras Julian volaba por Europa con el cuadro?

—Nos registramos en un hotel cerca del aeropuerto y me lo monté con él.

—Qué raro que no me lo haya comentado.

—Ya conoces a Gabriel, cariño. Siempre ha sido muy discreto. —Sarah observó a los dos guardaespaldas subir por la escalera del avión—. ¿Crees que podrá con ellos?

—¿Ingrid? Sin duda.

—¿Tan buena es?

—Si el SIS tuviera diez como ella, Gran Bretaña volvería a dominar el mundo.

La vieron una última vez cuando cerró la puerta de la cabina. Luego, el avión rodó hasta el final de la pista. Pasó por encima de ellos a las 12:05 del mediodía, con unos minutos de retraso. Sarah mandó un mensaje a Gabriel para informarle de que el cuadro más caro del mundo iba hacia él.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.

—¿Por qué no volvemos al Splendide para que pueda montármelo contigo?

—Ya te lo montaste conmigo esta mañana. Y, además, hemos dejado la habitación.

—Entonces, supongo que tendremos que conformarnos con un buen almuerzo.

—¿Qué tal en el Grand Café Al Porto? Los Diver han quedado allí con Rosemary y Abe North. Han preguntado si nos apetecía acompañarlos.

—¿Quién? —preguntó Christopher.

Sarah suspiró y le robó otro cigarrillo. Qué bien sentaba volver al juego.