La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 34 Londres-Zúrich-Venecia #2
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Capítulo 34 Londres-Zúrich-Venecia #2

Fue Sarah Bancroft quien se lo susurró al oído a Amelia March, intrépida reportera de la revista ARTnews.

No era nada concreto, eso sí, solo un rumor que había oído sobre una pugna entre varias figuras del mundillo del arte londinense por una obra de gran importancia que acababa de salir a la venta.

Nicky Lovegrove, cuando le pidieron su opinión esa noche en el Wiltons, calificó el rumor de «absoluta memez».

Curiosamente, Simon Mendenhall, Jeremy Crabbe, Oliver Dimbleby y Niles Dunham estuvieron de acuerdo con él.

Aun así, aquello bastaba, a juicio de Amelia, para justificar la publicación de una nota en sus redes sociales.

La noticia apareció a las nueve y cuarto de la noche y a la mañana siguiente era ya la comidilla del sector.

Un representante del joven e impulsivo jeque de Abu Dabi informó a Peter van de Velde de que su alteza deseaba hacer una nueva oferta por el cuadro.

Lo mismo hicieron el tercer hombre más rico de China y el magnate naviero de Singapur.

Al acabar el día, la oferta puesta sobre la mesa ascendía a la friolera de cuatrocientos setenta y cinco millones de dólares.

Ese fuerte repunte del precio, aunque era buena noticia, no estaba exento de posibles complicaciones, pues al parecer Alexander Prokhorov se había quedado —como solía decirse en el mundo de las subastas— en la cuneta.

Por fin, tras cuarenta y ocho horas de silencio ensordecedor, el oligarca ruso ofreció quinientos millones de dólares.

El magnate naviero de Singapur se retiró a regañadientes de la puja, seguido poco después por el tercer hombre más rico de China.

El impulsivo jeque tardó aún veinticuatro horas en tirar la toalla.

Peter van de Velde ofreció al cliente imaginario de Nicky Lovegrove la oportunidad de volver al juego, pero este tiró las cartas sobre la mesa.

Cuando el cliente imaginario de Oliver Dimbleby hizo lo mismo unas horas después, el asunto quedó zanjado.

Con un precio de quinientos millones de dólares, el cuadro batió el récord que hasta entonces ostentaba el Salvator Mundi.

Y, sin embargo, salvo contadas excepciones, nadie en el mundo del arte sabía que acababa de suceder un acontecimiento histórico.

Al menos por el momento, la existencia del cuadro seguía siendo un secreto muy bien guardado, lo mismo que las identidades del vendedor y del comprador.

Se daba la casualidad de que Alexander Prokhorov aún no había visto con sus propios ojos el cuadro por el que había acordado pagar un precio récord.

Insistió en ver la obra en persona, a ser posible en su villa de Antibes, antes de formalizar la compra.

Stéphane Tremblay se lo comunicó a Peter van de Velde y, tras consultar con Franco Tedeschi en Lugano, el marchante de arte holandés aceptó las condiciones sin más demora.

Sugirió que la cita tuviera lugar el viernes a las dos de la tarde, pero el oligarca ruso pidió que fuera el miércoles a esa misma hora.

Si el cuadro cumplía sus expectativas, firmaría el contrato de venta y transferiría en el acto los quinientos millones de dólares a la cuenta del vendedor.

Gabriel disponía, pues, de cuarenta y ocho horas para ultimar los detalles de la operación.

Lo hizo mediante una rápida serie de llamadas telefónicas, cuatro en total.

La primera, al general Cesare Ferrari, jefe de la Brigada Arte, y la segunda a su homólogo francés, Jacques Ménard, de la Police Nationale.

Pilló a Sarah Bancroft en Duke Street, yendo hacia el Wiltons, y a Martin Landesmann en su palacete del lago de Ginebra.

Martin llamó de inmediato a Markus Vogel, de Executive Jet Services, y Vogel informó a frau Huber, la supervisora del personal de cabina, de que habría un cambio de tripulación en un vuelo inminente entre Lugano y Niza.

A frau Huber le extrañó por varios motivos, entre ellos porque no había nada en el ordenador que indicara que ese vuelo estaba programado.

Aun así, tomó nota del cambio e informó a Ingrid, mediante un mensaje de texto a un teléfono de prepago, de que haría su primer vuelo el miércoles por la mañana.

Sin que frau Huber lo supiera, su nueva empleada pasó la tarde del martes pensando cómo podía robarles una obra maestra perdida de Leonardo da Vinci a los hombres a los que pronto estaría atendiendo.

Su cómplice, por su parte, informó a la dottoressa Elenora Saviano de que, debido a un problema de agenda, no podría acudir a su cita de esa semana con sus catorce alumnos del taller de arte.

Esa noche, Ingrid cenó con la familia Allon en Vini da Arturo y, a las seis de la mañana siguiente, vestida con su flamante uniforme y una gabardina azul marino, subió a un tren con destino a Lugano.

Gabriel había reservado dos asientos en el vuelo de las nueve a Niza, uno para él y otro para la caja solander.

Dos policías franceses vestidos de paisano lo recibieron cuando salió de la pasarela en el aeropuerto Côte d’Azur y lo escoltaron a una sala sin ventanas contigua al control de pasaportes, donde Jacques Ménard, con elegante traje oscuro y corbata, estaba sentado detrás de una mesa blanca impecable.

Miró la caja.

—¿Qué tienes ahí?

—Nada, Jacques.

Ménard sonrió.

—Contrapposto?

—Puf —dijo Gabriel—. Como humo que se disipa en el aire.