La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 34 Londres-Zúrich-Venecia
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Capítulo 34 Londres-Zúrich-Venecia

Oliver Dimbleby entró con paso bamboleante en la galería Van de Velde a las diez y media en punto de la mañana siguiente y, al igual que Julian Isherwood, recibió un bolígrafo y un acuerdo de confidencialidad que firmó sin rechistar.

La visión del cuadro tuvo lugar una hora más tarde a bordo del Dassault Falcon, aunque esta vez el avión no llegó a despegar del aeropuerto de Schiphol.

Oliver dio a entender que tenía dos clientes, ambos estadounidenses con fortunas de once cifras, que podían estar interesados en adquirir un cuadro tan codiciado como el Leonardo.

Insinuó además, no sin fundamento, que tenía una relación privilegiada con un museo muy bien financiado de Los Ángeles.

Estaba seguro, por tanto, de poder cerrar un acuerdo en apenas setenta y dos horas.

Peter van de Velde informó a Oliver de que la oferta que estaba sobre la mesa era de trescientos veinticinco millones de dólares y se despidió de él.

Oliver llamó a Gabriel mientras esperaba para embarcar en su vuelo de regreso a Londres y lo informó de la situación.

—Es una copia perfecta, chico. Esta vez te has superado.

—¿Quién más había en el avión?

—Cuatro escoltas y un banquero italiano, uno bajito con cara de hurón. Solo ha hablado Van de Velde. Tengo la sensación de que espera con ansia mi próxima llamada.

—¿Cuánto puedes tardar en tener una oferta en firme?

—Eso depende totalmente de ti.

—Esta tarde me parece bien. Y no olvides hablar por los codos esta noche en el Wiltons.

—Eso sería violar el acuerdo de confidencialidad.

—Son cosas que pasan, Ollie. Sobre todo, tratándose de ti.

Oliver transmitió su oferta a Peter van de Velde a las cuatro de la tarde.

Su correo electrónico tenía un tono solemne, como correspondía a una oferta de trescientos cincuenta millones de dólares.

Como era propio de él, se fue de la lengua con Nicky Lovegrove en el bar del Wiltons, y Nicky decidió para sus adentros meterse en la puja.

Al menos, esa fue la versión de los hechos que le contó a Julian Isherwood, que también estaba al tanto de la farsa.

Nicky no le mencionó nada de esto a Peter van de Velde cuando hablaron por teléfono.

Afirmó haberse enterado de la existencia del Leonardo por una «fuente muy bien situada del mundo del arte».

Esa fuente, cuya identidad se negó a revelar, le había informado de que las cifras que se manejaban eran ya estratosféricas, lo que era música para sus oídos, puesto que representaba a algunos de los coleccionistas más ricos del mundo.

Cuanto más alto fuera el precio, mayor sería su comisión.

—Te aconsejo, Peter, que me enseñes el cuadro lo antes posible.

—¿Qué tal mañana?

La cita no tuvo lugar en Ámsterdam, sino en una suite del hotel Splendide Royal de Lugano.

Veinticuatro horas después, Nicky Lovegrove presentó una oferta de trescientos setenta y cinco millones de dólares en nombre de un cliente fantasma.

Cuando se le informó de la oferta, Oliver Dimbleby subió el precio a trescientos noventa millones.

El oligarca ruso Alexander Prokhorov esperó dos días enteros antes de volver a la liza.

Lo hizo con una asombrosa oferta de cuatrocientos millones de dólares, igualando así el precio pagado en subasta por el Salvator Mundi.

Fue entonces cuando Simon Mendenhall informó a Peter van de Velde de que Christie’s estaba dispuesta a gestionar la venta del cuadro, ya fuera en una subasta o mediante una venta privada.

Como era de esperar, Jeremy Crabbe, de Bonhams, se enteró de la maniobra de Simon y llamó a Van de Velde para hacerle una oferta.

El pobre Niles Dunham, un simple conservador de la National Gallery, no tenía nada que ofrecer, aparte de un ojo infalible y una integridad fuera de toda duda.

Igual que a Nicky Lovegrove, le mostraron el cuadro en Lugano, en una suite del hotel Splendide.

—Es suyo —fue lo único que dijo.

Esa misma noche, Niles transmitió el mismo mensaje a Gabriel y a los demás miembros de la conspiración reunidos en el bar del Wiltons.

El cliente imaginario de Oliver Dimbleby, tras reflexionar imaginariamente sobre la situación, subió su oferta a cuatrocientos diez millones de dólares.

Para no ser menos, el cliente inexistente de Nicky Lovegrove ofreció cuatrocientos veinticinco.

Alexander Prokhorov, cuya hombría estaba en juego, ordenó a su asesor artístico, Stéphane Tremblay, que zanjara la puja.

Tremblay hizo una oferta de cuatrocientos cincuenta millones de dólares a Peter van de Velde.

Habían abandonado la estratosfera para entrar en la mesosfera.

Era hora de cerrar el trato y hacerse con el premio.

La sede de Executive Jet Services se hallaba ubicada en un edificio bajo y gris al este del aeropuerto zuriqués de Kloten.

Desde su oficina en la tercera planta, Markus Vogel dominaba toda la pista de aterrizaje.

En ese momento, sin embargo, miraba fijamente el currículum que tenía sobre la mesa.

Se lo había enviado un financiero multimillonario que poseía no uno, sino dos aviones privados, de cuyo mantenimiento y tripulación se encargaba Executive Jet Services por un coste anual de varios millones de francos suizos.

El financiero, cuyo nombre era Martin Landesmann, había pedido a Markus Vogel que le hiciera un extraño favor.

En circunstancias normales, Vogel se habría negado sin pensárselo dos veces, ya que equivalía a incumplir el compromiso que tenía contraído la empresa de proporcionar a sus clientes una privacidad absoluta.

Pero Landesmann era un habitual en Davos y Aspen y un filántropo conocido en todo el mundo, mientras que los propietarios del otro avión formaban, en opinión de Vogel, una panda de personajes bastante turbios, incluso conforme al bajísimo rasero del sector de los servicios financieros suizos.

El jefe de la división de gestión de activos de la empresa, un italiano llamado Franco Tedeschi, había hecho muchos kilómetros últimamente, siempre acompañado por un séquito de escoltas armados y un maletín plano y rectangular.

Según Erika Schmidt, la azafata habitual del avión, el maletín contenía un cuadro.

Los posibles compradores habían estado viendo la obra cuando el avión estaba en el aire o en la pista de algún aeropuerto.

Erika había oído ofertas de cientos de millones.

Martin Landesmann le pedía que sustituyera a Erika Schmidt en un vuelo futuro, por motivos que prefería no revelar.

Sin embargo, le daba su palabra de honor de que la azafata suplente no participaría en ninguna actividad ilegal y desempeñaría sus funciones con la mayor profesionalidad.

Daba a entender, además, que, si Vogel accedía a su petición, recibiría a cambio una sustanciosa gratificación, pongamos de unos cien mil francos suizos.

De ahí que Vogel se inclinase por hacer lo que fuera necesario para complacer a su célebre cliente.

Aun así, le preocupaba el contenido del currículum que tenía sobre la mesa.

Era muy escaso, por decirlo suavemente. La candidata era una mujer de treinta y siete años que hablaba danés, alemán e inglés con fluidez, pero no tenía experiencia en hostelería.

De hecho, por lo que Markus Vogel podía colegir, no tenía experiencia laboral de ningún tipo.

El currículum no incluía más referencias que las de Martin Landesmann, ni información de contacto.

Tampoco había fotografía, un requisito imprescindible para quienes buscaban empleo como auxiliares de vuelo.

Hasta donde él sabía, podían estar pidiéndole que contratara a una lechera escandinava con sobrepeso.

Se llevó una grata sorpresa, por tanto, cuando a última hora de la mañana siguiente la mujer en cuestión entró en su despacho para la entrevista.

Vestía un traje pantalón oscuro y unos elegantes zapatos de tacón que añadían unos centímetros a su complexión atlética y compacta.

Tenía el pelo de color caramelo y los ojos azul claro.

Vogel le hizo las preguntas de costumbre y ella se las arregló para no decir casi nada sin dejar de parecer ingeniosa y simpática.

Era muy inteligente, pensó Vogel, y peligrosamente manipuladora.

De no saber que eso era imposible, habría sospechado que Martin Landesmann había caído bajo el hechizo de una bella estafadora.

No fue en realidad una entrevista de trabajo, puesto que el resultado estaba decidido de antemano.

Vogel dejó a la mujer en manos de frau Huber, la supervisora del personal de cabina, que durante los tres días siguientes la sometió a un riguroso entrenamiento.

La formación abarcaba desde el servicio de alimentos y bebidas hasta cuestiones de etiqueta, pasando por las dificultades propias de atender las necesidades de quienes poseían una riqueza ilimitada.

Ella demostró ser una alumna aplicada, aunque a veces apenas conseguía disimular su aburrimiento, sobre todo, durante la charla de frau Huber sobre lo que se esperaba de ella en el caso poco probable de que se produjera un amerizaje.

Parecía saber bastante de vinos y preparaba unos manhattans de primera, e incluso con los zapatos de tacón se movía sin hacer ruido.

Su curso de formación concluyó con un examen escrito que aprobó con un diez.

Con su nuevo uniforme en la mano, cruzó la pista y subió la escalerilla del Gulfstream G550 que la esperaba, gestionado y mantenido por Executive Jet Services.

El avión despegó de Zúrich treinta minutos después con destino a Venecia.

Markus Vogel consultó los registros de vuelo y vio que diez días antes el avión había hecho una breve escala en esa ciudad italiana.

En esa ocasión, había dos pasajeros a bordo.

Uno era el propietario del avión, Martin Landesmann. El otro, un tal Gabriel Allon.