La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 33 Mason’s Yard
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Capítulo 33 Mason’s Yard

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Julian colgó su abrigo mackintosh en el perchero y subió en el pequeño ascensor a la espléndida sala de exposiciones de la galería.

Las doce pinturas que colgaban de las paredes eran las mejores de su inventario.

La decimotercera estaba apoyada en un caballete cubierto de paño.

Gabriel se hallaba de pie frente a ella, con la mano en la barbilla y la cabeza ligeramente ladeada. Julian adoptó una pose idéntica.

Pasado un rato, preguntó:

—¿Qué estoy mirando?

—Dímelo tú, Julian.

Se inclinó hacia el panel y examinó la pincelada del rostro de la mujer. No había líneas, solo sutiles transiciones logradas mediante finas capas de pintura y veladura.

—Me inclino por atribuirlo a Leonardo sin lugar a dudas.

—¿Qué te lo impide?

—El hecho de que el cuadro se encuentre actualmente en mi galería.

—¿Es el único motivo?

—Desde luego que sí. Es impresionante.

—Pero ¿es el cuadro que viste en el avión?

—Por un instante, he pensado que sí.

—Hazme un favor y recógelo.

Julian agarró el panel por los bordes verticales y lo levantó.

—¿Cómo lo ves de peso?

—Perfecto.

—Echa un vistazo a la parte de atrás, si no te importa.

Julian dio la vuelta al cuadro.

—Dios mío. ¿Cómo demonios lo has hecho?

—Solo puedo atribuirme el mérito de la parte delantera del cuadro. Pero el culpable de lo que va a pasar a continuación eres tú.

—¿Qué he hecho ahora?

—¿Recuerdas el acuerdo de confidencialidad que firmaste en la galería de Peter van de Velde en Ámsterdam?

—No valía ni el papel en el que estaba escrito.

—Aun así, lo firmaste, Julian. Y, lamentablemente, parece que has incumplido los términos del acuerdo.

—¿Ah, sí? ¿Y a quién le he hablado del cuadro?

Gabriel sonrió.

—A todo el mundo.

Llegaron a la galería uno por uno, a intervalos de cinco minutos.

Jeremy Crabbe, de Bonhams; Simon Mendenhall, de Christie’s; Niles Dunham, de la National Gallery; y Nicky Lovegrove, asesor artístico de los inmensamente ricos.

Sarah no les explicó el motivo de la convocatoria, pero les dio a entender que se trataba de un asunto de la mayor importancia.

Ellos, por supuesto, preguntaron si se trataba del inminente fallecimiento de su socio.

No, les aseguró Sarah, Julian se hallaba completamente recuperado de su reciente episodio de agotamiento emocional.

El último en llegar fue el orondo Oliver Dimbleby.

Se encajó como pudo en el ascensor con Sarah y subió con ella a la sala de exposiciones, donde Julian y los demás invitados contemplaban embelesados el cuadro apoyado en el caballete.

Era el retrato de una joven que guardaba un parecido asombroso con la muchacha que había servido de modelo a Leonardo da Vinci para pintar el arcángel Gabriel de la Virgen de las rocas.

Pero eso era imposible, se dijo Oliver, porque, entre la montaña de estudios académicos dedicados a Leonardo y a su escasísima obra, no había ni un solo indicio de que el artista hubiera pintado aquel cuadro.

La presencia del famoso restaurador de arte y espía retirado Gabriel Allon sugería que allí había gato encerrado.

Oliver había desempeñado un papel secundario en varias aventuras de Gabriel; la más reciente, un caso relacionado con una red de falsificadores que inundaba el mercado del arte con obras falsas de maestros antiguos.

Él, que conocía de primera mano la asombrosa habilidad de Gabriel para imitar la pincelada de los mejores pintores de la historia, tenía sus dudas respecto a la autenticidad del retrato.

Nicky Lovegrove, por razones que Oliver no alcanzaba a comprender, parecía igual de incrédulo.

—Muy bien —dijo Nicky por fin, dando comienzo a la reunión—. ¿Alguien puede explicarnos qué es esta historia?

La historia, tal y como la contó Gabriel, incluía un cadáver hallado en la laguna de Venecia, un robo no denunciado en los Museos Vaticanos, un banco suizo controlado por la mafia italiana y un oligarca ruso que vivía a lo grande en el sur de Francia.

Gabriel se había propuesto recuperar el cuadro robado engañando simultáneamente al banco suizo y al oligarca ruso, y transferir los beneficios resultantes del engaño al Gobierno ucraniano.

Para ello, al parecer, necesitaba la ayuda de las figuras del mundillo del arte londinense presentes en la sala.

Dio a quienes no desearan participar en el plan la oportunidad de marcharse. Como era de esperar, nadie la aceptó.

Pero ¿quién de ellos daría el primer paso? Tenía que ser alguien con enorme carisma y encanto, pero desprovisto de moral y escrúpulos. Todos coincidieron en que solo había una persona idónea para esa tarea. Sonriendo, Gabriel guardó el retrato en una caja solander y se marchó.

Cuatro horas más tarde, hizo la misma presentación en París, esta vez delante de Jacques Ménard, jefe de la Unidad de Delitos Artísticos de la Policía Nacional francesa.

La reunión no se celebró en una galería de arte ni en el despacho de Ménard en el Quai des Orfèvres, sino en una oscura habitación de hotel cerca de la Gare du Nord.

Fue Gabriel, que ya había colaborado con Ménard antes, quien eligió el lugar.

El detective francés especializado en arte, tras examinar el retrato a la escasa luz de la habitación, dictaminó que era digno del Museo del Louvre, pero dejó claro que ni él ni sus subordinados tomarían parte en el plan que estaba tramando Gabriel.

—Rotundamente no, mon ami. Ni en un millón de años.

—¿Me permites subrayar tres hechos importantes?

—Adelante.

—El cuadro es robado, el vendedor es un banco suizo controlado por la Camorra y el comprador es un oligarca ruso corrupto.

—Que casualmente tiene la ciudadanía francesa —añadió Ménard—. Por lo tanto, no puedo participar en un fraude para engañarlo.

—El fraude déjamelo a mí, Jacques. Solo necesito que mires para otro lado unos segundos.

—¿Y qué pasará durante ese breve paréntesis?

—Contrapposto —dijo Gabriel.

—¿Cómo dices?

Gabriel fijó la mirada en el cuadro.

—Fíjate en la postura de la joven. Está girada hacia la derecha, pero mira a la izquierda, como si la hubieran pillado por sorpresa. Esa es la esencia del contrapposto. Nunca una pose estática, siempre direcciones opuestas. Nosotros vamos a crear el mismo efecto.

—¿Y luego?

—Sfumato —respondió Gabriel—. Como humo que se disipa en el aire.

Intrigado, el policía francés encendió un cigarrillo y así comenzó la negociación.

Pasados treinta minutos, habían pergeñado un plan que lograba el resultado deseado y al mismo tiempo protegía a Ménard en lo legal y lo político.

Gabriel pagó la cuenta de la habitación y tomó un taxi hasta Le Bourget, donde subió el cuadro a bordo del Gulfstream G550 que lo aguardaba.

El propietario del avión, el financiero y filántropo suizo Martin Landesmann, estaba disfrutando de una copa de Dom Pérignon antes del vuelo.

La azafata, una atractiva mujer de unos treinta y cinco años que hablaba alemán, le sirvió una copa a Gabriel.

No mostró ningún interés por el contenido del estuche rectangular.

De hecho, apenas lo miró; ni a Gabriel tampoco, en realidad.

—Es bastante discreta, ¿no?

—¿Sabine? Mucho, sí —respondió Martin—. Y hace muy bien su trabajo. Es más difícil de lo que parece, ¿sabes?

—¿Servir Dom Pérignon?

Martin sonrió.

—Atender a empresarios trotamundos como yo. Algunos tenemos un ego bastante grande. Y no siempre nos portamos bien.

—Supongo que le pagas un buen sueldo.

—Sabine trabaja para la empresa que gestiona mis aviones.

—¿Executive Jet Services de Zúrich?

—Exacto.

—Es la misma empresa que gestiona el Dassault Falcon del SBL.

—No me sorprende —dijo Martin—. Gestionan la mayoría de los aviones privados del sector bancario suizo.

—¿Siempre tienes la misma auxiliar de vuelo?

—Por lo general, sí. Tengo bastante amistad con el director de la empresa. Siempre que puede, me asigna la misma tripulación.

—¿Hace lo mismo con el SBL?

—Imagino que sí.

El Gulfstream empezó a alejarse lentamente de la terminal.

—¿Y si yo quisiera cambiar a la azafata del SBL para un solo vuelo? —preguntó Gabriel.

—¿Y por qué querrías hacer eso?

—Para ver y escuchar, nada más.

—¿Nada ilegal?

—Te doy mi palabra, Martin.

—Creo que podría arreglarse. Siempre y cuando, por supuesto, tengas en mente a una candidata presentable.

—Más que presentable.

—¿Tu amiga la hacker ?

Gabriel asintió.

—Desde luego, tiene buena presencia. Pero tendrá que recibir formación antes del vuelo.

—¿Tan difícil es servir una copa de Dom Pérignon?

—¿A un banquero mafioso y sus guardaespaldas armados hasta los dientes? Más difícil de lo que parece.

El vuelo de París a Venecia duró una hora y cuarenta y cinco minutos.

Luca Rossetti agilizó el paso de Gabriel por el control de llegadas y lo llevó a casa, a San Polo, en una lancha patrullera de los Carabinieri.

Gabriel dejó el cuadro en su estudio y entró en la cocina, donde encontró a su mujer y a Ingrid cantando a voz en cuello Parla con me, de Eros Ramazzotti.

Como no lo saludaron ni parecieron percatarse de su llegada, se sirvió una copa de barbaresco y un crostino de queso ricotta cremoso y alcachofas.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.

—Parece que tenemos otro postor para el Leonardo —gritó Ingrid por encima de la música.

—¿En serio? ¿Quién?

Ingrid sonrió y siguió cantando:

—Parla con me . . .