La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 32 Queen’s Gate Terrace
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Capítulo 32 Queen’s Gate Terrace

—Tu vuelo aterrizó hace más de una hora —le informó Christopher con su perezoso acento del West End—. ¿Se puede saber dónde te has metido?

—Para tu información, me han hecho pasar un mal rato en la aduana.

—Te han dado un buen repaso, ¿eh?

—Ha sido un momento delicado.

—¿Y cuál era el problema?

—Puede que el Leonardo recién descubierto que llevo en el equipaje de mano.

Christopher miró la caja solander que descansaba en posición vertical sobre las rodillas de Gabriel.

—¿Te importaría mucho que metamos tu Leonardo en el maletero?

—Preferiría meterte a ti en el maletero, Christopher.

Puso en marcha el Bentley y se alejó sin prisa del bordillo.

—Ese maldito chisme me tapa la visión periférica.

—Prueba a mirar al frente —contestó Gabriel—. Es donde está la carretera.

En la esquina noreste de Kensington, a un corto trecho de Hyde Park y el Royal Albert Hall, se encuentra Queen’s Gate Terrace.

Los inmuebles que flanquean sus apenas doscientos cincuenta metros de longitud se cuentan entre los más selectos de Londres.

Valorados en cientos de millones de libras, muchos de ellos son de propiedad extranjera.

Christopher vivía en un lujoso dúplex, en la casona georgiana que ocupa el número 18.

Sus vecinos creían erróneamente que se llamaba Peter Marlowe, que era consultor de empresas de ámbito internacional y que tenía un enorme éxito en su oficio, de ahí su llamativo coche, sus constantes viajes al extranjero y su glamurosa esposa de origen estadounidense.

—Increíble —dijo Sarah—. Es una copia absolutamente perfecta.

Estaba mirando el Leonardo de Gabriel, colocado sobre la isla de la cocina.

En una mano sostenía una fotografía en alta resolución del original, y en la otra, un martini Belvedere.

Christopher, después de echarle un vistazo de pasada al cuadro, se estaba sirviendo Johnnie Walker Black Label en un vaso de cristal.

Gabriel, por su parte, estaba descorchando una botella de sancerre.

Sarah dejó la fotografía y la copa en la encimera y sujetó el cuadro con ambas manos.

—¿Nogal?

—¿A ti qué te parece? —preguntó Gabriel.

—Me parece que has destrozado un cuadro de la escuela milanesa del siglo XVI y has pintado este en su lugar.

—Era de la escuela del norte de Italia. Y había que acabar con su sufrimiento.

—¿Cuánto pagaste por él?

—Diez mil euros.

—¡Uf!

—Acepto donativos.

—Lo siento, cielo, pero ya he dado en la oficina. —Sarah volvió a dejar el panel sobre la encimera—. ¿Y qué vas a hacer con él?

—Venderlo, por supuesto.

—¿A quién?

—En este momento hay cinco coleccionistas intentando comprar el original. La oferta que hay ahora mismo sobre la mesa es de trescientos veinticinco millones de dólares. La ha hecho el consultor de arte francés Stéphane Tremblay en nombre de su cliente.

—Le enseñé un cuadro a Stéphane hace poco. Pero ¿quién es el cliente?

—Un oligarca ruso, un tal Alexander Prokhorov.

Sarah arrugó el entrecejo.

—Prefiere que le llamen Proko. Así, sin nombre, solo Proko.

—¿Lo conoces?

—Cuando Proko llegó a Londres, compró una gran mansión en Highgate y la llenó de cuadros. Solía encontrármelo en subastas e inauguraciones de galerías. Era todo un hombre de mundo. —Fingió quedarse pensativa—. No recuerdo cómo hizo su fortuna.

Fue Christopher quien respondió.

—Proko era el mayor proveedor de tuberías de la industria petrolera y gasística rusa. Según los últimos datos, su fortuna supera los veinticinco mil millones de dólares.

—La mayor parte de ellos, ganada ilícitamente gracias a sus vínculos con el Kremlin —señaló Gabriel.

—Por eso el Gobierno de su majestad congeló todos sus activos en el Reino Unido después de la invasión de Ucrania. Se marchó de Londres muy ofendido y se instaló en Antibes con su novia de veintisiete años. Yuliana, se llama, si no me equivoco. Por lo visto, era azafata de vuelo.

—Suelen serlo —comentó Gabriel—. Pero ¿por qué los franceses no han congelado los activos de Proko?

—Porque, por alguna razón incomprensible, decidieron darle el pasaporte francés.

—¿Y si pagara varios cientos de millones de dólares por una obra original de Gabriel Allon?

—El Gobierno de su majestad no derramaría ni una lágrima. Siempre y cuando, claro está, ello no afectara a nuestra relación con nuestros aliados ocasionales, los franceses.

—A los franceses déjamelos a mí —dijo Gabriel—. Lo importante es qué hacemos con el dinero.

—¿Con el dinero que Proko está a punto de pagar por tu cuadro?

—Sí, Christopher. Con ese dinero.

—Yo en realidad no soy consultor empresarial. Pero ese dinero ¿no irá a parar a la Banca della Camorra?

—Supongo que sí.

—Entonces, se quedarán con el dinero, ¿no?

—De ninguna manera.

—¿Vas a robar el dinero y el cuadro?

—Voy a recuperar el cuadro. En cuanto al dinero —añadió Gabriel—, mi intención es desviarlo.

—¿Cómo?

—De eso se encargará mi socia. Te acuerdas de Ingrid, ¿verdad?

—Con mucho cariño —dijo Christopher—. Pero ¿de verdad puede hacerlo?

—Ella cree que sí.

—En ese caso, seguramente deberíamos darle un buen uso al dinero.

—¿Para las viudas y los huérfanos?

—¿Qué tal algo un poco más urgente?

—¿Como qué?

—Los ucranianos —sugirió Sarah.

Christopher sonrió.

—Qué buena idea. Con trescientos veinticinco millones de dólares se pueden comprar muchas balas y armas antitanque, que hacen muchísima falta.

—Y con cuatrocientos millones se podrían comprar todavía más —dijo Gabriel.

—Y también con quinientos millones —añadió Sarah.

—¿Quinientos millones nada menos? —dijo Christopher—. ¿Cómo vas a apañártelas?

Sarah dio un sorbo a su martini.

—Ya lo verás.