Capítulo 31 San Tomà
A las once de la mañana siguiente tenían entre manos una guerra de pujas.
Los contendientes eran cinco, repartidos por todo el globo: el acaudalado naviero de Singapur, el impetuoso jeque de Abu Dabi, un magnate sueco del acero, el tercer hombre más rico de China y un comprador misterioso al que servía de apoderado un consultor de arte francés llamado Stéphane Tremblay.
Monsieur Tremblay, le dijo Gabriel a Ingrid, era el exdirector del departamento de pintura del Louvre. Un contendiente muy serio, sin duda.
—Anoche llamó a Peter van de Velde. Le dijo que su cliente está loco por el cuadro.
—Loco ¿hasta qué punto?
—Ciento veinticinco millones. Cuando el magnate sueco del acero ofreció ciento treinta, Tremblay y su cliente subieron inmediatamente a ciento cincuenta.
Con permiso de Gabriel, Ingrid instaló el malware Proteus en el teléfono del consultor de arte y a primera hora de la tarde ya estaba revisando sus correos electrónicos, sus mensajes de texto y los metadatos de su móvil.
Entre sus clientes se contaban algunos de los coleccionistas más ricos y renombrados de Francia, ninguno de los cuales parecía interesado en adquirir un Leonardo recién descubierto puesto a la venta por un marchante amsterdamés de tercera fila.
El cliente misterioso de Tremblay figuraba en su lista de contactos como Arquímedes, a secas.
Sus últimos mensajes de texto dejaban claro que Arquímedes no estaba allí de paso.
Ingrid le explicó todo esto a Gabriel después de acompañar a Irene y Raphael a casa desde el colegio.
Hablaron fuera, en la galería, donde el panel estaba puesto a secar a la luz anaranjada del sol poniente.
La bella muchacha milanesa parecía escuchar la conversación.
Sus ojos de gruesos párpados y pupilas desiguales seguían cada gesto de Ingrid.
—¿Cuánto más vas a tardar? —preguntó ella.
—Dos semanas, puede que tres.
—A mí me parece que ya está casi terminado.
—Seguro que sí —dijo Gabriel—. Pero aún me queda mucho que hacer.
—¿Qué, por ejemplo?
—Aplicar varias capas más de pintura y veladura en la cara. Y luego tengo que hacer que parezca que el cuadro lo han restaurado hace poco.
—¿Y las grietas de la superficie?
—Aplicaré un barniz especial que favorece el craquelado y cruzaré los dedos, a ver si hay suerte.
—¿Suerte?
—Prefiero inducir el craquelado metiendo la falsificación en el horno tres horas a doscientos veinte grados Fahrenheit, pero eso solo funciona con lienzos, no con paneles de nogal.
—¿Qué pasará si la puja acaba antes de que termines el cuadro?
—Que tendremos un grave problema.
—Seguro que puedes hacer algo para acelerar el proceso.
—¿Qué sugieres?
—El profesional eres tú —replicó Ingrid—. Tú sabrás.
Gabriel se puso a soplar sobre la superficie del panel. Ingrid se dobló de la risa.
* * *
Esa noche, el tercer hombre más rico de China subió su oferta a ciento setenta y cinco millones de dólares.
El postor conocido como Arquímedes esperó solo doce horas antes de dar instrucciones al consultor de arte francés, a través de un mensaje de texto en teoría encriptado, de que subiera la suya a ciento ochenta millones.
En un intento por descubrir la identidad de Arquímedes, Ingrid hackeó su teléfono.
Esa tarde informó de sus hallazgos a Gabriel.
Tuvo que levantar la voz para que la oyera por encima del zumbido del gran ventilador del estudio.
—Está limpio como una patena. Sospechosamente limpio, en mi opinión. Ni siquiera he podido averiguar dónde reside.
Quienquiera que fuese Arquímedes, se vio rápidamente envuelto en un duelo a tiros con cuatro adversarios resueltos a salirse con la suya.
De hecho, en apenas cuarenta y ocho horas una avalancha de pujas elevó la oferta por encima de los doscientos millones de dólares.
Al final de la semana, el tercer hombre más rico de China iba en cabeza con una oferta de doscientos cincuenta millones de dólares.
Mientras se esforzaba por terminar su versión del cuadro, Gabriel temió que el Leonardo se le escapara de las manos.
Tenía muchos amigos en las altas esferas de Europa occidental y Oriente Medio, pero ninguno en China.
Si el cuadro acababa en manos de un multimillonario de Shanghái, era probable que se perdiera para siempre.
Así pues, se llevó una alegría cuando el magnate sueco del acero subió su oferta a doscientos setenta y cinco millones de dólares, lo que desencadenó otra ronda de pujas frenéticas.
Fue el joven e impulsivo jeque de Abu Dabi, vástago de la familia más rica del mundo, quien rompió la barrera de los trescientos millones, solo para verse superado por el comprador conocido como Arquímedes, que ofreció trescientos veinticinco.
Si la operación se cerraba a ese precio, el Leonardo se convertiría en el segundo cuadro más caro de la historia, por detrás del Salvator Mundi.
Stéphane Tremblay, el asesor artístico de Arquímedes, planteó esto mismo en un indiscreto mensaje de texto que mandó a su amante, una restauradora de cuadros del Louvre especializada en la escuela francesa.
Por suerte, en el mensaje desvelaba también la identidad de su cliente.
Ingrid le dio la noticia a Gabriel mientras este se encontraba frente al cuadro, con una mano en la barbilla y la cabeza algo ladeada.
—¿Estás completamente segura de que es él? —preguntó al cabo de un rato.
—¿Quieres ver el mensaje? Solo faltaba su patronímico.
—Tengo entendido que es el dueño de la mansión más grande de Antibes.
—Y la más cara, además.
—El lugar perfecto para colgar el cuadro más caro del mundo, ¿no crees?
—El segundo más caro —puntualizó ella.
—Al menos, por ahora.
Gabriel no dijo nada más. Seguía mirando el retrato sin cambiar de postura. La chica milanesa observaba a Ingrid.
—¿Está acabado?
—Sí —contestó Gabriel—. Creo que sí.