Capítulo 30 San Tomà
Con el cuadro metido en una funda de nailon, Gabriel fue a pie hasta el convento de Santa Maria delle Grazie para echar un vistazo a La última cena.
Luego tomó un taxi hasta Milano Centrale y tomó el tren de la una y veinte a Venecia.
Eran las cinco pasadas cuando llegó a casa.
Colocó el panel sobre la mesa de trabajo de su estudio y, con un rascador bien afilado y el corazón en un puño, violentó la obra del artista anónimo del siglo XVI del norte de Italia.
A la mañana siguiente, llevó su tabla de nogal de diez mil euros al taller de ebanistería de un tal Marco Amato, en tierra firme.
Le pidió a Marco que recortara el panel dos centímetros de alto y cuatro de ancho, de modo que la modificación no fuera visible.
A continuación, le informó de que necesitaba otro panel, de roble en vez de nogal, y le dio una fotografía en alta resolución de cómo quería que quedara.
—¿Del mismo tamaño?
—Todo igual. Quiero que hagas una réplica exacta de ese panel de apoyo.
—¿Puedo preguntar por qué, maestro Allon?
—No, no puedes. Y si vuelves a llamarme «maestro», soy yo quien te va a recortar a ti dos o tres centímetros.
Gabriel regresó a San Polo y pasó el resto del día en su estudio trabajando en un boceto preparatorio del retrato de una muchacha sin nombre que había vivido en Milán hacía más de quinientos años.
Basó su composición en dos fuentes: el boceto original a punta de plata de Leonardo y la fotografía que el Zurich Insurance Group había encargado del cuadro en su estado actual.
Hizo cuatro bocetos y eligió uno mientras Chiara miraba por encima de su hombro.
Con un punzón de punta de acero, perforó el boceto haciendo cientos de agujeritos o spolveri. Los tres bocetos restantes los quemó.
A la mañana siguiente, regresó al taller de Marco Amato para recoger su costosa plancha de nogal, que ahora medía 78 centímetros por 56.
De vuelta en su estudio, preparó el panel como lo habrían preparado los ayudantes de Leonardo, superponiendo capas de aceite para madera y albayalde mezclado con vidrio sódico-cálcico finamente molido.
Pasados tres días, cuando la preparación estuvo bien seca, puso el boceto encima y espolvoreó el papel con polvo de ceniza de madera que había recogido de la chimenea del salón.
La ceniza se introdujo por los diminutos spolveri, dejando el contorno punteado del boceto sobre la superficie del panel.
Con un pincel Winsor por ejemplo, de un vuelo nocturno del Dassault entre Lugano y Singapur, lugar de residencia de un magnate naviero multimillonario que estaba interesado en adquirir una obra maestra recién descubierta de Leonardo da Vinci.
La mayoría de las tardes, sin embargo, se sentaba en silencio en un taburete y lo observaba trabajar.
Al acabar la primera semana, había aplicado las primeras capas de pintura en tonos tierra.
A continuación, comenzó a construir el contorno y el color mediante finísimas veladuras.
No había líneas discernibles en ninguna parte del cuadro, puesto que Leonardo afirmaba que no existían en la naturaleza.
Solo había transiciones apenas perceptibles, la técnica que Leonardo denominó sfumato.
Así, le explicó Gabriel a Ingrid una tarde, era como iban a robar el cuadro.
Lo harían desaparecer como humo que se disipa en el aire.
La estrategia del sfumato, como la llamó Gabriel, requería una copia perfecta del cuadro.
La mano del maestro tenía que verse claramente, de ahí que Gabriel decidiera pintar todo el cuadro usando solo la mano izquierda.
La copia no podía hacerse con prisas. No se podían tomar atajos ni forzar las cosas.
Capa por capa, sin líneas discernibles, humo que se desvanece en el aire.
El vidrio finamente molido que añadió a su preparación no solo iluminaba la pintura, sino que ayudaba a acelerar el secado.
Aun así, cada capa de pintura y veladura tenía que secarse por completo antes de poder aplicar la siguiente, un proceso que solía llevar varias horas.
Los días de sol, colocaba el cuadro en la galería para exponerlo al cielo meridional.
Pero cuando el tiempo estaba nublado y húmedo, no le quedaba más remedio que recurrir a un potente ventilador.
Un día, durante un descanso, llevó a Ingrid a navegar en su Bavaria 42.
Franco Tedeschi y Peter van de Velde pasaron esa misma tarde a bordo del Dassault Falcon, rumbo a Abu Dabi.
La visión del cuadro tuvo lugar a última hora de la tarde en la pista del aeropuerto.
El posible comprador era un jeque joven e impulsivo, con más dinero que sentido común.
Ofreció cien millones por el cuadro. Franco los rechazó de plano.
Los miércoles, Gabriel procuraba poner el cuadro a secar de modo que le diera tiempo a acudir a su cita semanal con sus catorce jóvenes pupilos.
Durante una clase, hicieron sencillos bodegones sin trazar líneas, solo con contornos difusos y sutiles gradaciones de sombras.
La semana siguiente hicieron sus primeros estudios de drapeado, de nuevo sin delineado.
Los jueves, Gabriel acompañaba a Raphael a la universidad para su clase semanal con su tutor de matemáticas.
Una tarde, mientras volvían andando a casa, el niño le preguntó por qué se había quedado en Venecia su amiga Ingrid y por qué pasaba él tanto tiempo trabajando en aquel cuadro, en su estudio.
La explicación que improvisó Gabriel podría haber funcionado tiempo atrás, pero no funcionó aquella tarde.
Su hijo era demasiado inteligente para dejarse engañar por una historia inventada a bote pronto por su padre.
—Es un Leonardo, ¿verdad?
—Soy yo quien lo está pintando, así que no puede ser un Leonardo.
—Claro que puede.
Gabriel sonrió.
—Eres un joven muy perspicaz, Raffi, pero ¿qué te hace pensar que estoy pintando un Leonardo?
—El boceto —respondió el niño.
—¿Qué boceto?
—El que vi en el libro que tenías encima de tu mesa. Se llama Cabeza de muchacha o Estudio para un ángel. Leonardo lo dibujó cuando estaba trabajando en un cuadro llamado la Virgen de las rocas.
Gabriel encajó esta revelación con sentimientos encontrados. Le encantaba que Raphael mostrara interés por algo que no fueran las matemáticas avanzadas. Pero le preocupaba un poco que su hijo hubiera desobedecido la orden estricta de no entrar en su estudio cuando él no estaba presente.
—¿Cuántas veces te he dicho que . . .?
—Mamá dijo que no pasaba nada.
—¿Ah, sí?
El niño asintió enérgicamente con la cabeza.
—¿Y qué haces cuando entras en mi estudio, Raffi?
—A veces hago los deberes. Allí se está muy tranquilo.
—¿Y cuando no haces los deberes?
—Dibujo.
Eso explicaba que faltasen hojas en el cuaderno de bocetos de Gabriel y que los lápices estuviesen despuntados. Sospechaba ya que alguien utilizaba sus materiales sin su permiso, pero no quería parecer un paranoico ni un energúmeno reprochándoselo a su mujer y a sus hijos pequeños.
—¿Qué tipo de dibujos haces? —preguntó.
—Sobre todo, bodegones. Mamá me los prepara.
La trama se complicaba.
—¿Cuántos bodegones has hecho, Raffi?
El niño se encogió de hombros.
—¿Haces también otras cosas?
—Hice una copia del boceto de Leonardo. El de la chica.
—¿Y dónde está?
Cuando volvieron a casa, Gabriel descubrió que todos los dibujos de Raphael estaban cuidadosamente fechados y guardados en una bonita carpeta de piel, regalo de la madre del niño.
Los bodegones eran mucho más avanzados que cualquier dibujo de sus alumnos.
La copia de Cabeza de muchacha o Estudio para un ángel era casi fotográfica.
Gabriel le preguntó a su hijo si había calcado la imagen. El niño le juró que no.
Extrañado, Gabriel llevó a Raphael a su estudio y le pidió que hiciera una copia de su copia. El niño apenas miró el original. La joven parecía salida de su prodigiosa memoria.
Gabriel fechó el boceto y lo guardó en la carpeta de Raphael.
—¿Vendrás a mi clase el próximo miércoles? —le preguntó.
—No —respondió su hijo, y se marchó.