La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 29 Hotel Danieli
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Capítulo 29 Hotel Danieli

Los niños se empeñaron en que Ingrid los llevara al colegio a la mañana siguiente.

Los agarró de la mano con fuerza, temiendo perderlos en el laberinto de las calles, y soltó un leve suspiro de alivio cuando llegaron sanos y salvos a su destino.

Luego se desorientó durante el breve trayecto de vuelta a la parada del vaporetto de San Tomà.

Gabriel la estaba esperando en el andén con un sobre marrón bajo el brazo.

—Exijo saber adónde me llevas —le dijo Ingrid.

—Al hotel Danieli.

—¿Por qué?

—Para desayunar con el comandante de la Brigada Arte.

—Puede que esto te sorprenda, señor Allon, pero hago todo lo posible por no coincidir con agentes de policía.

—No tienes nada que temer. Además, va siendo hora de que os conozcáis.

Subieron al número 1 y recorrieron el suave trazado del Gran Canal hasta San Zaccaria. Un hombre atractivo, vestido con traje oscuro, los esperaba delante del Danieli. Gabriel hizo las presentaciones.

—Capitán Luca Rossetti, le presento a Ingrid Johansen.

Ingrid estrechó con reticencia la mano que él le tendía.

Luego Rossetti dijo unas palabras en italiano a Gabriel y entraron los tres en el hotel.

El general Cesare Ferrari, el legendario comandante de la Brigada Arte, estaba sentado arriba, en la terraza del restaurante.

A diferencia del joven capitán, vestía un uniforme azul con ribetes dorados.

Esbozó una breve sonrisa.

—Vaya, pero si es la signorina Johansen, la de los dedos largos . . . Es un placer conocerla por fin.

—El placer es mío —dijo Ingrid, y se sentó.

Una camarera les llevó cuatro capuchinos y una cesta de pastelitos italianos recién hechos.

La vista de la laguna veneciana parecía pintada por Turner.

El general Ferrari, sin embargo, solo tenía ojos para Ingrid.

De repente, ella se dio cuenta de que su ojo derecho era una prótesis.

El izquierdo brillaba con bondad inesperada.

—Por favor, intente relajarse, signorina Johansen.

Estoy al tanto de la peligrosa misión que llevó a cabo en Moscú y no me interesa su ocupación anterior.

—Se volvió hacia Gabriel—. Ni la tuya, por cierto.

En cambio, estoy deseando que me cuentes qué tal van tus proyectos más recientes.

Especialmente, qué tal fue tu visita a Ámsterdam con tu buen amigo Julian Isherwood.

—Un marchante llamado Peter van de Velde le pidió a Julian que echase un vistazo a un cuadro que había encontrado supuestamente en un mercadillo de Ámsterdam. Un retrato de una joven, pintado al óleo sobre panel de nogal. El examen del cuadro tuvo lugar a bordo de un avión privado.

—Qué curioso.

—Lo mismo pensó Julian.

—¿Y qué le pareció el cuadro?

—Está convencido de que es una obra original de Leonardo da Vinci.

—¿Es el cuadro que robaron del Vaticano?

—Sin duda alguna.

—¿Y dónde está ahora?

—En un banco de Lugano.

—¿No será el SBL PrivatBank?

—¿Cómo lo sabes?

El general se encogió de hombros.

—Porque es la Banca di Camorra.

No era de extrañar que el general Ferrari estuviera ansioso por saber cómo había dado Gabriel con el paradero del cuadro y por qué había retomado su colaboración con la bella ladrona danesa que tiempo atrás había robado una obra de Johannes Vermeer de valor incalculable.

La respuesta de Gabriel incluyó el reconocimiento de que se había cometido un delito: una sustracción de datos pertenecientes a una empresa suiza de servicios financieros.

Dado que dicho delito no se había cometido en territorio italiano en ninguno de sus aspectos, el general juzgó que podía examinar parte del material adquirido ilícitamente, incluidos una póliza de seguros de quinientos millones de dólares y los documentos relativos a la condonación de un préstamo problemático de cuatrocientos millones de dólares concedido por el SBL PrivatBank a una sociedad inmobiliaria que llevaba el nombre de Mayfair Group.

—La teoría que plantea tu amigo Martin Landesmann es interesante —reconoció el general—. Aunque sea pura especulación.

—Habla con considerable conocimiento de causa en lo que respecta a la Camorra.

El general Ferrari mostró su mano derecha lisiada.

—Yo también. Pero ¿me estás diciendo que san Martin, el de la deslumbrante reputación internacional, ha blanqueado dinero de la Camorra?

—Cuesta creerlo, ya lo sé, pero dejaron de colaborar después de que la Camorra comprara en secreto el SBL.

—Resolviendo así de una vez por todas sus problemas de blanqueo de capitales.

Mis compañeros de la Guardia di Finanza alertaron a las autoridades suizas sobre el origen del capital que salvó al SBL de la quiebra, pero no hicieron ni caso.

—El general señaló el montón de documentos—. Quizás ahora nos escuchen.

—Nuestra prioridad es el cuadro —dijo Gabriel.

El general Ferrari asintió con gesto pensativo.

—Si cumpliéramos estrictamente las normas, tendría que avisar a la Policía Federal Suiza y pedirles que intervengan.

—¿Con pruebas obtenidas mediante una operación de pirateo informático? Te deseo suerte, Cesare. Además, aunque los suizos accedieran a investigar el asunto, tardaríamos años en recuperar el cuadro.

—¿Qué alternativa hay?

—Que el cuadro salga a la venta. Y luego, cuando se presente la ocasión, hacerse con él.

—¿Robarlo, quieres decir?

—Considéralo una incautación extrajudicial.

—La Brigada Arte no puede tomar parte en un robo —protestó Ferrari—.

A fin de cuentas, nos dedicamos a investigar delitos relacionados con el arte y a perseguir a sus autores.

—Miró a Ingrid y añadió—: Exceptuando los aquí presentes, por supuesto.

Y luego está la cuestión de la póliza de seguros.

Si «adquirieras» el cuadro, el ZIG tendría que abonar quinientos millones de dólares.

—Solo si lo roban de la cámara acorazada. Y solo si el SBL PrivatBank de Lugano presenta una reclamación.

—¿Y por qué no iba a presentarla?

—Porque no se dará cuenta de que su Leonardo ha desaparecido.

—Imposible —resopló el general.

Gabriel miró a Ingrid, que le devolvió a Luca Rossetti su reloj de pulsera.

—Difícil —dijo ella con una sonrisa seductora—, pero no imposible, en absoluto.