Capítulo 28 Piazza della Riforma
Un bonito paseo marítimo sombreado de plátanos y jalonado por pequeños puertos deportivos seguía la suave curva de la bahía azul.
Lujosos automóviles circulaban a paso majestuoso por el bulevar frente al lago, pero gran parte del casco antiguo de la ciudad estaba cerrada al tráfico, incluida Via Nassa, una callejuela adoquinada bordeada de soportales en los que abundaban las tiendas exclusivas.
Ingrid se detuvo delante de la boutique de Bulgari y examinó las costosas fruslerías de oro y diamantes expuestas en el escaparate.
—¿Nada? —preguntó Gabriel.
—Aún no, me temo. —Se paró otra vez delante de la tienda de Hermès y cruzó luego la calle para acercarse a Cartier—. Aunque sí que noto cierto cosquilleo.
Continuaron por Via Nassa hasta la Piazza della Riforma.
En la esquina noroeste de la plaza se hallaba la oficina central del Credit Suisse en Lugano.
UBS, la mayor empresa de servicios financieros de Suiza, ocupaba el lado este.
En el edificio de al lado se encontraba la sede central del SBL PrivatBank S. A.
—Qué respetable parece —comentó Ingrid.
—Igual que tú —respondió Gabriel—. Pero las apariencias engañan.
Había un restaurante a pocos pasos de la entrada principal del banco. Gabriel e Ingrid pidieron una mesa en la plaza y se sentaron de inmediato. El camarero hablaba el dialecto italiano helvético. Ingrid le birló el sacacorchos del bolsillo del delantal mientras les tomaba nota.
—Ojalá fuera tan fácil robar tu Leonardo —dijo al guardarse el sacacorchos en el bolso.
—¿Qué pasará cuando traiga nuestra botella de pinot grigio y descubra que le falta el sacacorchos?
—Que pensará que lo ha perdido.
—¿Y eso por qué?
—Porque ni en un millón de años pensaría que soy tan hábil o tan temeraria como para habérselo robado. Ese es el secreto de mi éxito, señor Allon.
—¿Tu encanto y tu aspecto recatado?
—Y las mejores manos del oficio —añadió ella.
—Pero ¿y si el sacacorchos valiera quinientos millones de dólares? ¿Y si nuestro camarero fuera un miembro de la organización criminal conocida como la Camorra, de Campania?
—Aun así, no sospecharía de mí.
—Ya lo veremos.
En ese momento, el camarero salió por la puerta del restaurante con la botella en la mano. Le mostró la etiqueta a Gabriel y a continuación se metió la mano en el bolsillo del delantal.
—Disculpe, signore —dijo con el ceño fruncido, y se fue en busca del sacacorchos perdido, dejando la botella sobre la mesa.
Ingrid levantó una ceja.
—Ni se te ocurra —la advirtió Gabriel.
—¿Temes que se dé cuenta?
—Estoy seguro de que se daría cuenta. Sobre todo, si la botella valiera quinientos millones de dólares.
El camarero volvió con otro sacacorchos. Saltándose el acostumbrado protocolo de cata, Gabriel le indicó que sirviera dos copas. Cuando se hubo marchado, Ingrid se guardó otro sacacorchos en el bolso y fijó luego la mirada en la fachada de la sede del SBL.
—¿Y si intentáramos robar un cuadro escondido en una cámara acorazada, debajo de ese edificio? ¿Cómo lo haríamos sin que se enteraran los directivos del banco?
—Tú eres la profesional. Dímelo tú.
—Yo robaría el cuadro de la misma manera que lo robaron ellos.
—¿Con ayuda de algún colaborador interno?
—Por supuesto.
—¿Y dónde vamos a encontrar a ese colaborador?
—En el SBL PrivatBank, señor Allon. ¿Dónde si no? Tendría que ser alguien con bastante autoridad. Alguien que tenga acceso a la cámara acorazada a cualquier hora del día o de la noche.
—Sería más fácil excavar un túnel para llegar a esa cámara acorazada que encontrar a alguien dispuesto a ayudarnos. Pero tu plan tiene otro inconveniente, además.
—¿Cuál?
—La póliza de seguros del ZIG. Me niego a permitir que Camorra S. L. se beneficie de su delito.
—En tal caso —dijo Ingrid—, habrá que robar el cuadro cuando esté fuera de la cámara acorazada.
Volvió la cabeza y vio que un sedán Mercedes Maybach se detenía junto a la entrada lateral del banco.
Un individuo de aspecto atlético emergió del asiento del copiloto y abrió la puerta de atrás.
Franco Tedeschi, jefe de la división de gestión de activos del SBL, se apeó del coche y entró rápidamente en el banco.
—¿Me lo estoy imaginando o las ventanas de ese bonito Mercedes son a prueba de balas? —preguntó Ingrid.
—Lo son —respondió Gabriel—. Y el blindaje podría detener una granada lanzada por un cohete.
—¿Para qué necesita un coche así un simple gestor de activos?
—Lugano es una ciudad peligrosa.
—No lo sabía. —Ingrid se puso las gafas de sol y sonrió—. Claro que las apariencias engañan.
* * *
Irene y Raphael sabían poco de aquella bella joven danesa amiga de su padre, pero sospechaban mucho.
Sabían, por ejemplo, que había colaborado con Gabriel en dos proyectos secretos —de esos de los que no podían hablar con sus amigos del colegio— y que se le daban muy bien los ordenadores.
Sabían también que podía hacer trucos de cartas y magia, que era extraordinariamente fuerte para ser tan baja de estatura y que era mortífera con un taco de billar en las manos.
Lo habían visto con sus propios ojos una tarde en un pub irlandés de Cannaregio, donde ganó mil euros jugando al billar contra cuatro ingleses de Manchester.
Tenía en común con Irene su apasionamiento por los peligros del cambio climático, y con Raphael, la facilidad para los números.
Esa noche, después de cenar, ayudó al niño a desentrañar un complejo concepto de geometría avanzada mientras Gabriel y su hija fregaban los platos.
Chiara estaba sentada en un taburete de la isla de la cocina, examinando las fotografías del cuadro de Leonardo adjuntas a la póliza de quinientos millones de dólares emitida por el Zurich Insurance Group.
—¿Sabes cuántos delitos has cometido ya, cariño?
—Ninguno, en realidad.
—¿Has robado o no has robado una copia de una póliza de seguros del SBL PrivatBank de Lugano?
—Y miles de otros documentos confidenciales también. Pero es todo cosa de Ingrid.
—Es incorregible —dijo Irene con voz cantarina.
—Una redomada sinvergüenza —convino Gabriel, y le pasó a la niña una olla para que la secara.
A su madre aquello no le hacía ninguna gracia.
—¿Y qué hacías tú mientras Ingrid hackeaba un banco suizo?
—Pintaba, ya que lo preguntas.
—¿Algo bueno?
—Un par de marinas que ahora pertenecen al hotel Brøndums de Skagen.
Chiara no pareció oír su respuesta.
—Las fotografías tienen una resolución muy alta. Si te fijas bien, se ve el trabajo del conservador.
—Sí —repuso Gabriel secamente.
—¿No te gusta cómo lo ha hecho?
—Odio reconocerlo, pero lo ha hecho bastante bien.
—¿Has echado un vistazo al reverso del panel? —Chiara giró la pantalla del ordenador hacia Gabriel—. Ha pegado un panel de apoyo al original.
—Ya me imaginaba que lo haría. Así es casi imposible demostrar que es el mismo cuadro que robaron del Vaticano.
—El informe de procedencia es de risa —comentó Chiara.
—Pero la atribución a Leonardo por parte del Kunsthaus vale cien millones de dólares, como mínimo. Julian está convencido de que es un original de Leonardo, lo que significa que otros lo certificarán también. Solo es cuestión de tiempo que encuentren un comprador.
—¿Qué piensas hacer al respecto?
Gabriel sonrió.
—Voy a ayudarlos.