La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 27 Kandestederne
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Capítulo 27 Kandestederne

—Aplaudo tu decisión de pasarte a lo ecológico —declaró Martin mientras el vehículo se alejaba silenciosamente de la terminal.

—Lo dice el que acaba de bajarse de uno de sus dos aviones privados.

—El Gulfstream es mucho más eficiente en cuanto a consumo de combustible que el Boeing Business Jet —repuso Martin sin asomo de ironía.

—Supongo que todos tenemos que hacer sacrificios.

—Muy bien dicho.

—Úsalo en Davos, no te cortes.

—Puede que lo haga.

Gabriel se dirigió a la E39 y puso rumbo al norte. Martin contempló el paisaje plano como una mesa que se extendía más allá de la ventanilla.

—¿Por qué Dinamarca? —preguntó.

—Mi socia es danesa.

—¿Tu hacker, quieres decir?

—También tiene otras habilidades.

—¿Cuáles, por ejemplo?

—Yo que tú, me quitaría ese Patek Philippe Perpetual de la muñeca. Y escondería la cartera, además.

—¿Es carterista, entonces?

—La mejor que he visto en mi vida.

—¿Cómo la conociste?

—Robó un Vermeer de una villa en la costa de Amalfi. Y luego robó las joyas de tu esposa.

—Vaya —dijo Martin—. Eso lo explica todo.

La mujer que una hora después recibió a Martin Landesmann en su casa frente al mar, en Kandestederne, no se ajustaba a la idea que se había hecho de ella.

En verdad parecía, en cuanto a aspecto y vestimenta, una ciudadana modelo que no había roto un plato en su vida.

Martin quedó tan cautivado por ella que no se percató de la mirada de admiración que lanzó Ingrid a su costoso reloj suizo, ni del sutil roce de su mano que localizó la billetera en el bolsillo interior de su americana gris.

Puede que reconociera en ella a un alma gemela.

Eran, pensó Gabriel, dos caras de la misma moneda.

Una vez terminadas las presentaciones, pasaron al salón.

Sobre la mesa baja los esperaba una copia impresa del último balance del SBL.

Era una versión detallada, de unas trescientas páginas.

Martin revisó el documento línea por línea, deteniéndose de vez en cuando para marcar un asiento contable con su grueso bolígrafo Montblanc o escribir una nota al margen.

Cuando acabó, levantó la vista del documento y expuso sus conclusiones preliminares.

—No os sorprenderá saber que el SBL PrivatBank S. A. de Lugano ha salido airoso de su reciente período de turbulencias. Su recuperación es poco menos que milagrosa. Ahora es la representación misma de la salud financiera y moral.

—¿Y tú te lo crees? —preguntó Gabriel.

—Ni por un segundo. Es al cien por cien una filial de Camorra S. L. Y se sostiene gracias al dinero sucio de la Camorra.

Para demostrar su tesis, Martin necesitaba acceder en tiempo real a los datos internos más sensibles del SBL: sus depósitos, su cartera de operaciones y préstamos, la nómina de sus directivos y hasta los registros de seguros del banco.

Ingrid, que estaba conectada a la red interna del banco, le dio acceso.

Martin dedicó una hora a la división de banca privada, examinando a su antojo las cuentas de clientes con elevado patrimonio, y luego pasó otra hora rebuscando en los registros de la división de gestión de activos.

Más allá de levantar de vez en cuando una ceja, no hizo comentario alguno sobre la naturaleza de sus hallazgos.

Revisó a continuación el libro de operaciones del banco e inspeccionó préstamo por préstamo las actividades de la división de crédito.

Su última parada fue la bandeja de entrada del correo electrónico de Franco Tedeschi, el hombre de la Camorra en el equipo directivo del SBL.

La correspondencia de Tedeschi incluía una larga conversación con un vicepresidente ejecutivo de Zurich Insurance Group, la mayor compañía aseguradora de Suiza.

—Lo he encontrado —anunció.

—¿El qué? —preguntó Gabriel.

—Tu Leonardo.

—¿Dónde está?

—Guardado en una cámara acorazada subterránea en la sede central del SBL. Pero la pregunta crucial es cómo llegó allí y por qué.

—¿Y la respuesta?

—Alguien perdió una enorme cantidad de dinero de la Camorra. Y alguien tenía que reembolsarla.

—¿Quién?

—No tengo ni la menor idea.

* * *

Pero había pistas importantes, añadió Martin, dispersas por los registros del banco; sobre todo, en la división de gestión de activos.

Entre los clientes de la entidad había particulares, instituciones y empresas, muchas de las cuales eran sociedades anónimas ficticias o holdings empresariales.

El banco compraba, vendía y gestionaba inversiones en nombre de sus clientes a fin de aumentar su patrimonio con el paso del tiempo.

Prestaba, además, el dinero de los clientes; en algunos casos, sumas extremadamente elevadas.

Para gestionar el riesgo, vendía luego parte de esos préstamos a otros inversores —a menudo clientes suyos— e incluso, a veces, al cliente que había solicitado el préstamo en primer lugar.

—¿Por qué hacen eso? —preguntó Gabriel.

—Porque gran parte de los préstamos del banco no son préstamos reales. Y muchos de sus clientes tampoco son clientes reales. Son solo testaferros de nuestros amigos de Nápoles.

—¿Cómo funciona?

—Tú hiciste algunas operaciones bancarias irregulares en tu vida anterior. Dímelo tú.

—Una empresa llamada Mafia Limitato abre una cuenta en el SBL.

—Seguro habría que hacer algo con el nombre, pero sigue, por favor.

—Mafia Limitato recurre entonces a los servicios de la división de gestión de activos del banco para invertir su dinero sabiamente. El gestor de activos invierte parte del dinero en bonos y acciones y usa el resto para comprar inmuebles.

—Error.

—¿Dónde me he equivocado?

—Mafia Limitato en realidad toma prestado el dinero del SBL para comprar esos bienes inmuebles.

—¿Por qué?

—Por las ventajas fiscales, claro está. Los mafiosos odian pagar impuestos.

—Entonces, ¿Mafia Limitato pide un préstamo que no necesita y luego compra el préstamo al banco?

Martin asintió con la cabeza.

—Así consigue blanquear aún más dinero sucio y eliminar, de paso, un riesgo inexistente del balance del banco.

—Inexistente ¿por qué?

—Porque no hay ninguna posibilidad de que Mafia Limitato incumpla el pago de un préstamo que ha obtenido de un banco que controla. —Martin suspiró—. ¿Es que tengo que explicártelo todo?

—¿Es un juego de trileros? ¿Eso es lo que me estás diciendo?

—Podría decirse así. Pero también proporciona al SBL capital adicional para prestárselo a otros clientes.

Uno de esos clientes pidió prestados cuatrocientos millones de dólares al SBL para comprar un inmueble comercial en Londres.

Y el SBL, cómo no, le vendió inmediatamente el préstamo a Mafia Limitato.

—¿Quién era el infortunado cliente?

—Algo llamado Mayfair Group. Podría ser una sociedad inmobiliaria, por lo que parece. Estuvo representada en la operación por un asesor financiero milanés, un tal Nico Ambrosi. Su empresa se llama Piedmont Global Capital.

—¿Y el inmueble?

—Un edificio de oficinas y locales comerciales en New Bond Street. Que es lo más interesante.

—¿Por qué?

—Conozco bien esa finca. De hecho, mi empresa la estudió detenidamente cuando salió al mercado.

—¿Y?

—Yo no habría pagado más de doscientos millones por ella. En cambio, Mayfair Group, sea lo que sea, pagó el doble. Como cabía esperar, incumplió el pago del préstamo dos años después de su concesión.

—¿Y Mafia Limitato se quedó con el muerto?

Martin asintió despacio.

—Como puedes imaginarte, estaban molto enfadados.

—¿Y qué tiene todo eso que ver con mi Leonardo?

—Tu Leonardo se usó para saldar el préstamo. Por lo menos, tengo firmes sospechas de que fue así.

—¿En qué te basas?

—En la oportunidad de ciertas maniobras que hizo Franco Tedeschi, el jefe de la división de gestión de activos del SBL, empezando por la compra de un pequeño retrato de una mujer, de autor desconocido, en la galería Van de Velde de Ámsterdam por un importe de cinco mil euros.

El signore Tedeschi se puso entonces en contacto con su agente en el Zurich Insurance Group y solicitó una póliza para su nueva adquisición.

El hombre del ZIG insistió en ver el cuadro y llevó consigo a un experto del museo Kunsthaus.

El experto examinó el cuadro en la cámara acorazada del SBL. Y adivina qué dijo.

—Que mi Leonardo es un Leonardo.

Martin asintió.

—La aseguradora emitió una póliza de quinientos millones de dólares. Y solo dos días después, el SBL PrivatBank de Lugano saldó como por arte de magia el préstamo de cuatrocientos millones de dólares que había concedido al Mayfair Group para comprar el edificio de New Bond Street.

—¿El cuadro se utilizó como garantía a posteriori ?

—Eso parece, desde luego. Por lo menos, ahora podemos afirmar con cierto grado de certeza que tu Leonardo se encuentra en la cámara acorazada del banco. Y allí debe permanecer hasta que se venda.

—¿Quién lo dice?

—El Zurich Insurance Group incluyó ese detalle, junto con muchos otros, en las cláusulas de la póliza.

—Supongo que no hay fotografías del cuadro.

—Sí, claro que las hay. Por delante y por detrás. —Martin le pasó el portátil de Ingrid—. Mira.

Había ocho imágenes en total. De su alta resolución se deducía que las había tomado un fotógrafo profesional especializado en arte.

—Entonces, ¿el ZIG solo tendría que pagar la póliza si robaran el cuadro de la cámara acorazada del banco?

—Exacto.

—¿Y si lo robaran, pongamos por caso, mientras está en tránsito?

—Mafia Limitato se quedaría con las manos vacías. —Martin suspiró—. Por Dios, Gabriel, ¿es que tengo que explicártelo todo ?