Capítulo 26 Kandestederne
En el extremo de la península danesa de Jutlandia hay una estrecha lengua de terreno arenoso formada por el choque incesante entre el mar del Norte y su rival más pequeño, el Báltico.
Ingrid Johansen vivía un par de kilómetros al sur, en las desoladas y ventosas dunas de Kandestederne.
Aunque era uno de los lugares de veraneo más frecuentados de Escandinavia, ella prefería los meses de invierno, cuando tenía Kandestederne casi para ella sola.
Sí, hacía un tiempo horrible y los días eran muy cortos, pero su casa estaba bien acondicionada para el invierno y llena de distracciones, entre ellas una enorme colección de libros, un modernísimo sistema de audio de fabricación noruega y sus ordenadores.
La soledad no le molestaba; de hecho, la buscaba de forma activa.
El director general del servicio de seguridad e inteligencia danés era una de las pocas personas que sabía cómo localizarla.
Las reglas básicas de su relación exigían que Ingrid lo avisara cada vez que regresaba al país.
Así lo había hecho quince días antes, tras pasar discretamente la mayor parte del otoño en su casita de Miconos.
Había comprado su refugio griego con el botín de una serie de delitos perpetrados durante un verano en Saint-Tropez.
Varios golpes importantes en Suiza —entre los que se incluía un maletín repleto de dinero que robó una tarde en el elegante bar del Hôtel Métropole de Ginebra— la habían servido para sufragar la renovación integral de la casa de Kandestederne.
El director de la inteligencia danesa conocía bien los antecedentes delictivos de Ingrid, al igual que sus colegas del Ministerio de Justicia.
Aun así, le habían concedido la absolución oficial cuando, a instancias de un legendario espía de nombre Gabriel Allon, Ingrid accedió a introducirse en Rusia a fin de robar un plan secreto del Kremlin para declarar la guerra nuclear en Ucrania.
La operación acabó de manera violenta en la frontera finlandesa.
Ingrid solo guardaba un vago recuerdo de cómo había logrado sobrevivir.
Once agentes de la Fuerza Fronteriza Rusa no tuvieron tanta suerte.
Llevaba ahora el arma guardada en el bolsillo trasero de su chaqueta de ciclista de invierno, con interior de forro polar.
Se dirigía hacia el oeste a una velocidad de casi cuarenta kilómetros por hora, cruzando la península por la Skagensvej.
Según el ordenador de la bici, llevaba buen ritmo: noventa y siete pedaladas por minuto.
Su frecuencia cardíaca era solo ligeramente superior.
Paró a tomar un café en una cafetería cerca de la terminal del ferri en Hirtshals y luego se encaminó hacia la ciudad portuaria báltica de Frederikshavn.
Cuando llegó, se habían acumulado las nubes y comenzaba a caer una ligera lluvia.
Se dirigió entonces hacia el norte, hacia Hulsig, y viró a continuación para recorrer de cara al fuerte viento los cinco kilómetros de regreso a Kandestederne.
Su casita se encontraba en el extremo norte del asentamiento, al final de un camino estrecho.
Al llegar, encontró un Audi de gasolina aparcado junto a su Volvo EX90 eléctrico.
Las reglas básicas de su relación con el director de la inteligencia danesa la obligaban a informar de cualquier actividad sospechosa en torno a su domicilio.
Pero, en lugar de avisarle, Ingrid abrió la puerta de golpe y se apresuró a entrar.
—¿Nada? —preguntó Gabriel.
—Nada de nada.
—Alguna cartera habrás robado, seguro.
—Solo una, señor Allon.
Gabriel se palpó la pechera de su americana de cachemira y comprobó que le faltaba la billetera. Ingrid debía de habérsela birlado aprovechando su breve abrazo.
—No has perdido facultades.
—Pero sí he perdido las ganas de robar. —Le devolvió su botín con el ceño fruncido—. La culpa es de esa chalada de la bruja corsa. Me echó a perder.
La corsa en cuestión se habría indignado si hubiera oído que la describían en términos tan despectivos.
Ella no era una bruja, era una signadora, una curandera que sanaba a quienes sufrían occhju, mal de ojo.
Tenía, además, el poder de ver el pasado y de predecir el futuro, como había descubierto Ingrid durante una visita al cuartito de estar de la anciana.
Descorchó una botella de sancerre y sirvió dos copas.
La lluvia se estrellaba contra las altas ventanas del salón, emborronando las impresionantes vistas del mar del Norte.
El mobiliario era escandinavo y moderno, igual que los cuadros que adornaban las paredes.
Uno de los lienzos, un paisaje marino invernal con dos figuras lejanas caminando por la orilla, desentonaba extrañamente.
Gabriel lo había pintado en la playa, debajo de la terraza de Ingrid, y se lo había regalado como ofrenda de paz.
Al verlo colgado en la pared, se arrepintió de no haberlo quemado.
—¿Y qué hay de tu otro pasatiempo? —preguntó, aceptando una copa de vino.
—¿Te refieres a mis actividades benéficas?
—No —contestó él—. Clic, clic, clic.
Así era como Ingrid se refería a su asombrosa habilidad para colarse incluso en las redes informáticas más sofisticadas como si entrara por una puerta abierta de par en par.
—Mi último golpe fue ese banco de las Islas Vírgenes Británicas.
—Si no recuerdo mal, no te costó mucho esfuerzo.
Ella sonrió.
—Fue pan comido.
—¿Crees que podrías hackear el SBL PrivatBank de Lugano?
Ella puso en blanco sus ojos azul claro. Tenía el pelo de color caramelo, con mechones rubios y la raya en medio, y un rostro de facciones rectas y regulares. No había en él nada fuera de lugar, ni una sola marca, ni una arruga.
—Me ofende que te molestes en preguntarlo. Pero ¿por qué el SBL?
Gabriel se lo explicó.
—No te aburres ni un momento —comentó Ingrid—. Usted realmente necesita encontrar un nuevo hobby, señor Allon.
—Sea como fuere, ¿puede hacerse?
—Cualquier red informática a la que pueda accederse a través de internet se puede atacar y manipular. Pero hay un inconveniente, tratándose del SBL.
—¿Te refieres al hecho de que está controlado por la Camorra?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Es la regla número 1 en el mundo del crimen, señor Allon. No robes nunca a los italianos. Y ni se te ocurra robarle a la Camorra.
—Nosotros les robamos a los rusos.
—Y no les hizo ninguna gracia, ¿verdad? Aun así, sería una pena dejar el cuadro en manos de la mafia, sobre todo si es un Leonardo.
— Es un Leonardo.
—Con el debido respeto, lo más probable es que no lo sea.
—¿Desde cuándo eres experta en el Renacimiento italiano?
—Una vez robé un Vermeer.
—Vermeer era holandés —dijo Gabriel—. Y el cuadro que robaste sigue desaparecido.
—¿Qué mejor manera de expiar mis pecados que ayudarte a recuperar el que quizá sea el último Leonardo? —Contempló la lluvia que acribillaba sus ventanas—. Ojalá esa bruja corsa no me hubiera hechizado.
—¿Nada? —preguntó Gabriel.
—No —contestó con un suspiro—. Ya no tiene emoción.
Esa noche fueron en coche hasta Skagen y cenaron en el hotel Brøndums. En el siglo XIX , el hotel había sido lugar de reunión de un círculo de pintores escandinavos que acudían cada verano al pueblecito pesquero, atraídos por la extraña calidad de la luz.
Como no les sobraba el dinero, a veces entregaban los lienzos acabados al propietario a modo de pago.
Ingrid, al terminar la deliciosa comida, propuso a Gabriel que pagara la cuenta de la misma manera.
—¿Con qué?
—Mañana puedes pintar algo.
—Esperaba pasar el día revisando el balance de una dudosa empresa de servicios financieros con sede en Lugano.
—Soy rápida, señor Allon, pero no tanto.
—¿Cuánto tiempo te llevará?
—Deberías hacerte a la idea de que vas a pasar una larga temporada aquí, en el extremo norte de Dinamarca. —Puso unos cuantos billetes sobre la cuenta—. Un mes o dos, como mínimo.
En la planta de arriba de la casa de Kandestederne había una espaciosa habitación de invitados con baño y magníficas vistas al mar.
Por desgracia, estaba situada junto al despacho atestado de ordenadores en el que Ingrid se encerró a los pocos minutos de regresar de Skagen.
Gabriel, que ya había vivido dos ataques informáticos, se preparó para una larga noche de ruido de teclas y jazz nórdico experimental, y fue generosamente agasajado con ambas cosas.
Por fin, a las cinco y cuarto, bajó y preparó café.
Transcurrieron otras cuatro horas antes de que el cielo pasara de negro a gris acero.
Ingrid apareció poco después, en mallas y camiseta de tirantes.
Sus brazos desnudos, bien tonificados, no presentaban ningún tatuaje. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Has dormido bien? —le preguntó a Gabriel.
—Mejor que nunca.
—¿Qué planes tienes para hoy?
Él miró por la ventana la desabrida y húmeda mañana que iba desplegándose sobre las dunas de arena.
—Tomar un poco el sol y nadar en el mar del Norte.
—Una idea estupenda, señor Allon. Aún conseguiremos convertirte en danés.
Y, con esas, subió las escaleras y desapareció de nuevo tras la puerta de su guarida.
Gabriel se acercó a Frederikshavn en coche y compró dos mudas de ropa de abrigo, unas botas de montaña impermeables y un lote de material de pintura que incluía cuatro lienzos con bastidor y un caballete francés para pintar al aire libre.
Montó el caballete en la playa aprovechando un repentino estallido de buen tiempo y, pincel y paleta en mano, se apresuró a plasmar el extraordinario juego de las luces y el mar.
El lienzo terminado estaba apoyado contra la pared del salón cuando Ingrid, con la misma ropa y el pelo revuelto, bajó las escaleras pocos minutos después de las siete de la tarde.
—Fírmalo —insistió.
Gabriel negó con la cabeza.
—Eres como Leonardo. Él tampoco firmaba sus obras.
—Y jamás habría pintado un cuadro tan horrible como ese.
—Pero pintó el primer paisaje de la historia del arte occidental. Un boceto del campo, de los alrededores de Florencia.
—No me digas —dijo Gabriel con ironía.
—Anoche estuve documentándome un poco.
—Se suponía que estabas hackeando el SBL PrivatBank de Lugano.
—Eso también lo hice.
—¿Puedo preguntarte por tus progresos?
—He traspasado el perímetro exterior. Ahora solo estoy esperando a que alguien me dé acceso al anillo interior.
—¿Algún candidato?
—No se preocupe, señor Allon. No tardará mucho.
Preparó una cena sencilla —tortilla de champiñones y ensalada verde— y volvió al trabajo, dejando los platos sucios en manos de Gabriel.
Él escuchó las cuatro sinfonías de Brahms en el equipo de música de Ingrid y, a medianoche, se metió en la cama.
Allí soportó el repiqueteo del teclado hasta las dos de la madrugada, cuando el ruido de la habitación contigua cesó de repente.
Fue un breve paréntesis, tres horas a lo sumo; luego volvió a empezar.
Gabriel, con dolor de cabeza, bajó las escaleras y preparó café.
Ingrid asomó su cara impecable poco después de las ocho.
—Ni una palabra —murmuró, y se marchó.
Solo de nuevo, Gabriel estuvo hasta las diez viendo estupefacto un programa matinal de la televisión danesa.
Luego se puso ropa de abrigo, se calzó sus botas impermeables y emprendió una caminata de quince kilómetros por la playa hasta Grenen, donde las aguas entrantes del mar del Norte chocan con la corriente saliente del Báltico.
Comió en una cafetería cerca del Skagens Museum y regresó a Kandestederne a tiempo de pintar la puesta de sol sobre las dunas cubiertas de aulaga.
Pasaban pocos minutos de las cinco cuando volvió a la casa.
Sobre la mesa baja del salón encontró una botella de sancerre bien fría, dos copas de vino, un disco duro portátil y una nota manuscrita.
El disco duro contenía el balance actual del SBL PrivatBank de Lugano, junto con varios cientos de miles de páginas de documentos relacionados.
La nota versaba sobre sus planes para la cena.
Tenían mesa reservada en el hotel Brøndums a las ocho de la tarde.
La dueña había aceptado dos paisajes sin firmar a modo de pago.