La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 25 Lago Lemán
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Capítulo 25 Lago Lemán

Gabriel averiguó todos estos datos sobre la historia del SBL haciendo una simple búsqueda en internet, pero, como ya se había visto enredado en la maraña de los bancos suizos otras veces, estaba convencido de que había algo más.

Por suerte, contaba con una fuente fidedigna situada en lo más alto del sector financiero suizo: un multimillonario de dudosa moralidad dedicado al capital riesgo, de nombre Martin Landesmann.

Unos años antes, habían colaborado en una operación para introducir clandestinamente decenas de centrifugadoras repletas de explosivos en las instalaciones nucleares secretas de Irán.

La participación de Martin en el asunto, aunque crucial, no había sido voluntaria.

Zuriqués de nacimiento, Martin vivía en un palacete en la frondosa orilla norte del lago de Ginebra.

Gabriel llegó allí en taxi y fue recibido por la bella esposa de Martin, Monique, de origen francés, que lo saludó con heladora cortesía.

Teniendo en cuenta lo compleja que era su historia común, Gabriel no esperaba otra cosa.

Su marido estaba fuera, en la terraza de la casa, con el teléfono pegado a la oreja.

Vestía, como de costumbre, los tonos de la mitad inferior de la escala de grises: jersey de cachemira gris pizarra, pantalón gris carbón y mocasines negros.

El atuendo combinaba a la perfección con su lustroso cabello cano y sus modernas gafas plateadas.

Al ver a Gabriel, levantó una mano blanca como el mármol para indicarle una mesa circular en la que ya estaba dispuesto un servicio de café de porcelana.

Gabriel se sentó y admiró las vistas del macizo del Mont Blanc, que esa noche había quedado espolvoreado de nieve.

Una lancha motora abría una herida en las lisas aguas del lago azul.

Pasaron varios minutos antes de que Martin se desembarazara al fin de su llamada telefónica.

—Disculpa —dijo al sentarse—, pero me temo que tenemos entre manos una crisis bastante seria en One World.

One World era su fundación benéfica. Canalizaba miles de millones en ayuda a países en desarrollo, promovía la democracia, protegía los derechos de periodistas y activistas políticos y alertaba sobre los peligros del calentamiento global.

Pero, sobre todo, proporcionaba a Martin una reluciente pátina de escrupulosidad empresarial que cegaba a la prensa y a las autoridades financieras suizas y los impedía ver el verdadero cariz de sus negocios.

Aun así, había que reconocerlo: Martin era uno de los delincuentes más fascinantes que Gabriel había conocido jamás.

—¿Y a qué se debe esa crisis?

—Tiene que ver con nuestros esfuerzos por atender a los desplazados por la guerra de Sudán. Ni que decir tiene que es un lugar peligroso para operar.

—Casi tan peligroso como Ginebra —repuso Gabriel.

—¿Has estado causando problemas en nuestra hermosa ciudad otra vez?

—Un pequeño incidente en el puerto franco, hace no mucho.

Martin sirvió el café.

—¿No sería el affaire Edmond Ricard?

—Oui.

—¿Y qué hay del escándalo de los llamados «papeles de Picasso»? ¿También eso fue cosa tuya?

—Es posible.

—Esos documentos causaron mucho revuelo. El asunto quitó el sueño a varios de mis colegas menos escrupulosos.

—Pero ¿a ti no?

—Global Vision Investments es ahora del todo legal. Lo que equivale a decir que solo soy medianamente corrupto. De hecho, según los estándares suizos, soy un dechado de virtudes.

—No esperarás que me lo crea, ¿verdad?

Martin sonrió por encima del borde de su taza de café.

—Cree lo que quieras, Gabriel.

—Creo que me gustaba más el Martin de antes. El que hizo todo lo posible por matarme.

—Creía que eso era agua pasada.

—Todavía me escuece de vez en cuando.

—¿Acaso no robamos juntos varios miles de millones de dólares al presidente ruso?

—Fue muy divertido, ¿verdad?

—¿Y no te dejo usar mis aviones y mi piso de París siempre que los necesitas?

—Has sido muy generoso.

—¿Y qué me dices de todo el dinero y las joyas que te presté? Monique todavía está enfadada por eso.

—Y, además, tampoco le caigo muy bien.

Martin se rio. El hielo se había roto por completo.

—¿Qué te trae por Ginebra esta vez? —preguntó—. ¿Negocios o placer?

—Negocios, me temo.

Martin suspiró.

—¿Cuánto necesitas ahora?

—No necesito dinero. Solo información.

—Qué novedad. ¿Y de qué se trata?

—Del SBL PrivatBank de Lugano.

Martin se puso serio.

—Lo conozco bien.

—¿Y?

—No es, desde luego, un dechado de virtudes. Más bien al contrario, de hecho.

Entre la vasta constelación de empresas controladas por Martin Landesmann había una firma de servicios financieros, pequeña pero muy rentable, con sede en el Principado de Liechtenstein.

Esta entidad financiera de ética dudosa, conocida como Meisner PrivatBank, había servido en su día de fachada a una sofisticada red de blanqueo de capitales que convertía el dinero sucio en dinero limpio y lo enterraba a continuación en la economía de curso legal.

Su clientela estaba constituida por una caterva de facinerosos, evasores fiscales, cleptócratas y delincuentes de todo pelaje, incluida una extensa organización con base en la región de Campania, en el sur de Italia, que obtenía la mayor parte de sus beneficios de la venta y distribución de narcóticos; especialmente, de cocaína sudamericana.

—La Camorra —dijo Gabriel.

—Suelen referirse a sí mismos como el Sistema. Pero, en fin, una rosa con otro nombre . . .

—Sigue apestando a kilómetros de distancia, Martin.

Martin no respondió.

—¿Cuánto calculas que ganaste gestionando su dinero?

—Si te digo la verdad, ganaba mucho más con los colombianos, pero eran unos maleducados y tenían muy mal genio. La Camorra era más profesional.

—No has respondido a mi pregunta.

—Gané mucho —dijo Martin—. Igual que todos los banqueros y financieros de este país que manejan dinero sucio italiano. ¿Sabes cuánto ganan al año las tres principales organizaciones mafiosas italianas?

—Más que el Deutsche Bank y McDonald’s juntos.

—Exacto. Una cantidad de dinero así no se puede esconder debajo del colchón. Tiene que ir a algún sitio. Y la verdad es que está en todas partes .

—¿Qué relación tienes ahora con ellos?

—¿Con la Camorra? Ninguna.

—¿Quién la puso fin?

—Ellos.

—¿Estaban descontentos contigo?

—Si fuera así, estaría muerto. Sencillamente, decidieron llevarse sus negocios a otra parte.

—¿Al SBL PrivatBank de Lugano?

Martin asintió con un gesto.

—Pero no son clientes normales. La Camorra fue quien salvó al SBL de la quiebra con una inyección de capital. El actual presidente no es más que un hombre de paja. El consejo de administración del banco reside en Nápoles.

—Seguro que tendrán a alguien en el equipo directivo.

—Se llama Franco Tedeschi. Es el jefe de la división de gestión de activos del SBL. Pero los activos que gestiona son de la Camorra.

Gabriel desbloqueó su teléfono y encontró una fotografía de Tedeschi en la página web del banco. Cincuenta y tantos años, facciones angulosas, cabello ralo . . . El individuo al que había visto Julian en el Dassault Falcon.

—Ese es Franco, sí —dijo Martin—. El director financiero de Camorra S. L. Pero ¿a qué viene este repentino interés en un banco corrupto de Lugano?

—A que el banco corrupto tiene algo de gran valor que pertenece a un amigo mío.

—¿Quién es ese amigo?

—El sumo pontífice de la Iglesia católica.

—¿Hay alguien a quien no conozcas?

—No conozco a nadie de la Camorra.

—Mejor para ti —repuso Martin—. ¿Y el objeto de gran valor?

—Un retrato perdido de Leonardo da Vinci.

Martin, que era un astuto coleccionista, levantó una ceja.

—Eso me interesa muchísimo. Continúa, por favor.

Gabriel le hizo un resumen escueto pero preciso del caso. Martin lo escuchó absorto, con el dedo índice apoyado pensativamente en los labios.

—Esos dos asesinatos cantan a la Camorra —dijo—.

Son muy buenos en lo suyo, y eso incluye matar a quienes ponen en peligro sus intereses económicos.

Por eso te aconsejo que termines tu investigación cuanto antes y te olvides del cuadro.

Si no, es probable que el próximo cadáver que aparezca en la laguna sea el tuyo.

—Puedo cuidar de mí mismo, Martin.

Le puso una mano en el brazo a Gabriel.

—Hazme caso, amigo mío. La Camorra puede matar a cualquiera, en cualquier parte y en cualquier momento. Incluso a gente como tú.

—Tu repentina preocupación por mi seguridad me parece conmovedora, pero no tengo intención de dejar ese cuadro en manos de tus exclientes napolitanos.

—Me imaginaba que dirías eso. Así que no me queda más remedio que ayudarte a recuperarlo.

—¿Qué tipo de ayuda me ofreces?

—Asesoramiento financiero, por supuesto. Lo primero que voy a necesitar es acceso al balance del SBL, y a todos sus activos, pasivos y préstamos, además de a las cuentas de sus principales clientes.

—¿Por qué?

—Porque el arte es dinero, Gabriel. Nunca lo olvides.