La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 24 Wiltons
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Capítulo 24 Wiltons

Julian Isherwood había examinado cuadros en sótanos y salas de subastas, en cámaras acorazadas de bancos y almacenes aduaneros; incluso, en cierta ocasión, mientras hacía el amor con la viuda de un adinerado coleccionista.

Pero nunca, en toda su dilatada carrera, había evaluado una obra de arte en un avión en vuelo.

Supuso que siempre hay una primera vez para todo, incluso a su avanzada edad.

Había otros cinco pasajeros a bordo del Dassault: cuatro gorilas y un hombre bien vestido de cincuenta y tantos años, con rasgos afilados, tez olivácea y el cabello ralo peinado hacia atrás, pegado al cráneo.

Julian le tendió la mano, pero el hombre se limitó a pedirle su teléfono móvil.

Lo hizo en un inglés con acento italiano.

Julian entregó el dispositivo entre protestas y lo vio desaparecer dentro de una bolsa de nailon negra.

Una guapa azafata le ofreció una copa de prosecco.

Peter van de Velde, a su vez, le ofreció una disculpa en voz baja.

—Lo siento, Julian. Mi socio es un hombre precavido.

—¿Y tiene nombre, tu socio?

—No desea revelarlo en este momento.

Van de Velde esperó hasta que el avión se hubo estabilizado en algún punto sobre los Países Bajos para sacar por fin un delgado maletín para transportar cuadros del compartimento trasero de la cabina.

Dentro, protegido por dos láminas de papel cristal, había un retrato de una hermosa mujer rubia que miraba fijamente al espectador por encima de su hombro izquierdo.

De 78 centímetros por 56, poco más o menos.

Van de Velde, tras ponerse unos guantes blancos, sacó el panel de la caja y lo depositó con sumo cuidado sobre la mesa de la cabina.

—¿La reconoces, Julian?

—Sí, claro.

Van de Velde le ofreció unos guantes.

—Échale un vistazo más de cerca. Creo que verás algo especial.

Julian se puso los guantes y, sujetando el cuadro con ambas manos, le dio la vuelta y miró el reverso.

Adosado al panel de nogal original había un panel de roble, quizá del siglo XIX , con tres soportes horizontales arañados y llenos de muescas: uno a lo largo del borde superior del cuadro, otro en el centro y otro en la parte de abajo.

No había sellos ni marcas de ninguna clase, nada que pudiera identificar a su propietario anterior.

Julian inhaló hondo y creyó detectar un levísimo aroma a cola de conejo fresca.

Dejó el panel sobre la mesa y examinó la imagen a la luz del sol que entraba por las ventanillas del Dassault.

Por lo general usaba una linterna ultravioleta para descubrir las capas de pintura superpuestas pertenecientes a restauraciones anteriores, pero en este caso no era necesario; gran parte de la superficie del panel había sido restaurada recientemente mediante técnicas de reintegración.

Sin embargo, el ojo izquierdo de la mujer, de párpado grueso, no había sufrido ningún retoque.

Al inspeccionar el iris y la pupila usando una lupa, Julian temió por un instante que dejara de latirle el corazón.

—¿Qué opinas? —preguntó Van de Velde.

Julian no se atrevió a responder con sinceridad, porque en ese momento bullía de rabia. Bajó la lupa y esperó a que el cuadro le hablara. Y lo hizo con elocuencia.

—Es un cuadro precioso y su calidad salta a la vista, Peter. Pero uno se pregunta cómo ha acabado en un mercadillo de Ámsterdam.

—Deberías haberlo visto antes de la restauración. Estaba cubierto por varias capas de pintura antigua y por una capa gruesa de barniz marrón. Al principio pensé que era holandés o flamenco. Pero ya no lo creo.

—Yo tampoco —dijo Julian.

—¿Es italiano?

—Casi con toda seguridad.

—¿De la escuela florentina?

—Podría ser, Peter. Pero ¿adónde quieres ir a parar con esto?

—Mi socio y yo nos preguntábamos . . . —Dejó la frase inconclusa.

—¿Si creo que es un Leonardo?

Van de Velde asintió con un gesto.

—Venga ya, Peter. No esperarás que responda a esa pregunta cuando no hace ni cinco minutos que he visto el cuadro.

—Pero está claro que te ha impresionado. Te lo he notado en los ojos.

—Estoy de acuerdo en que la pincelada se parece a la de Leonardo, pero eso no significa que sea suyo. Además, no hay nada en los registros históricos que indique que Leonardo utilizara el boceto preparatorio a punta de plata de la joven para pintar después un óleo.

—Tampoco había nada sobre el Salvator Mundi.

Julian, con su silencio, reconoció que tenía razón.

Aún no había apartado la vista del cuadro.

La habían maltratado horriblemente, a aquella hermosa joven de pupilas dispares.

En ese mismo instante decidió rescatarla.

Pero ¿cómo? Las heroicidades personales no eran lo suyo, y menos aún a treinta mil pies de altura.

Alguna treta profesional de vez en cuando al servicio de una causa noble; ese era más su estilo.

—Hay una solución muy sencilla, ¿sabes?

—¿Cuál? —preguntó Van de Velde.

—Deja que me lleve el cuadro a Londres. Se lo enseñaré a los conservadores de la National Gallery y lo someteré a un análisis científico riguroso. Y contrataré a alguien para que investigue su procedencia.

—¿Y quién va a pagar todo eso?

—Isherwood Fine Arts.

—¿Y qué espera Isherwood Fine Arts obtener a cambio?

—Si mi trabajo da como resultado el descubrimiento de un cuadro desconocido de Leonardo, daré el dinero por bien empleado.

Van de Velde se volvió hacia su socio anónimo, que negó con la cabeza lentamente.

—Lo siento, señor Isherwood, pero el cuadro se queda aquí.

—En tal caso, no me queda otra opción que comprarlo.

El hombre sonrió.

—El precio de partida de la puja es de doscientos cincuenta millones.

—Si es un Leonardo, a ese precio es una ganga. —Julian miró la hora—. ¿Les importaría llevarme de vuelta al aeropuerto de Schiphol? Con un poco de suerte, aún podré tomar mi vuelo a Londres.

El Dassault Falcon no dejó a Julian en el aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam, sino en Le Bourget, en París. Sus anfitriones tuvieron la amabilidad de facilitarle otro coche con chófer. Llamó a Sarah durante el trayecto a la Gare du Nord. Pareció profundamente aliviada al oír su voz.

—Empezaba a pensar que te habías caído por un precipicio.

—En Holanda no hay precipicios, corazón. Dicho lo cual, mi día ha dado un giro de lo más inesperado.

—Me da miedo preguntarte dónde estás.

—En el distrito XVIII de París.

—Podría ser peor.

—Mucho peor, en efecto —convino él.

—¿Lo has visto?

—Sí, lo he visto.

—¿Y?

—Deberíamos hablar cuando llegue a Londres.

—Ya sabes dónde encontrarme —contestó ella, y colgó.

Llegó a la Gare du Nord a tiempo de tomar el Eurostar de las dos y media y entró por la puerta del Wiltons minutos antes de las cinco. Por desgracia, se topó con el orondo Oliver Dimbleby, un marchante de arte antiguo de Bury Street con muy mala reputación.

—¡Julie! —exclamó, zalamero—. Hace días que no te veo. ¿Dónde te habías metido, si se puede saber?

—En un sanatorio, para que lo sepas.

—Espero que no fuera nada grave.

—Agotamiento emocional.

—He oído que es mortal.

—Me han dado tres semanas de vida.

Los parroquianos de siempre se hallaban congregados a lo largo de la barra.

El atildado Jeremy Crabbe, de Bonhams; el bronceado Simon Mendenhall, de Christie’s; y el erudito Niles Dunham, de la National Gallery.

Roddy Hutchinson, considerado universalmente como el marchante con menos escrúpulos de todo St. James, estaba desnudando su alma ante la exmodelo de sublime belleza que ahora era propietaria de una próspera galería de arte contemporáneo en King Street.

Nicky Lovegrove, asesor artístico de los inmensamente ricos, vertía palabras dulces al oído a Amelia March, que escribía con denuedo en su libreta de periodista.

Julian se asomó por encima de su hombro.

—¿En qué estás trabajando?

—En tu obituario.

—Por favor, trátame bien.

—¿No lo hago siempre?

Sarah y Gabriel estaban sentados en la mesa de la esquina del bar. Sarah, como de costumbre, bebía un martini Belvedere con tres aceitunas, y Gabriel, una copa de vino blanco. Julian sacó la botella de la cubitera y examinó la etiqueta.

—Domaine Laroche Chablis grand cru.

—Invita Sarah —dijo Gabriel—. Un detalle para celebrar que has concluido tu misión con éxito.

Julian acercó una silla y se acomodó en ella con aire cansado.

—Mi misión, como tú la llamas, ha sido mucho más angustiosa de lo que me habías dicho. En especial, el vuelo privado imprevisto entre Ámsterdam y París. No me malinterpretes, el avión era estupendo. Pero los demás pasajeros no me han causado muy buena impresión.

—¿Cuántos eran?

—Cinco —respondió Julian mientras se servía una copa del chablis —. Incluido el presunto socio de Peter van de Velde. Parecía un empresario perfectamente presentable, pero dudo mucho que lo fuera.

—Italiano, ¿no?

—Sin duda.

—¿Y los demás?

—Eran los guardaespaldas del empresario. O puede que del cuadro.

—¿Es un Leonardo?

—Muchas carreras se han ido al garete por atribuir por error un cuadro a Leonardo . . .

—¿Pero?

—Creo que lo es.

—¿En qué estado está?

—Horrible. Me dan ganas de volver a Ámsterdam y retorcerle el pescuezo a Peter van de Velde.

—Lo más probable es que Van de Velde tenga muy poca responsabilidad en ello. Solo está haciendo de testaferro para los hombres que lo robaron del Vaticano.

—Pero conoce a los demás implicados.

—A algunos —reconoció Gabriel—. Pero el cuadro no está en su poder. Y si hablamos con él, perderemos nuestra mayor ventaja.

—¿Que es . . .?

—Los hombres que robaron el Leonardo creen que han consumado el mayor robo de arte de la historia. Y su exceso de confianza los ha llevado a cometer dos errores cruciales.

—¿El primero?

—Invitarte a Ámsterdam.

—¿Y el segundo?

Fue Sarah quien respondió, acercándose la copa de martini a los labios.

—Meterte en ese avión.

Era un error, añadió Sarah, porque la normativa internacional exige que todos los aviones civiles tengan asignado un código de identificación alfanumérico único que debe figurar en lugar bien visible en su fuselaje exterior.

Dicho código permite a los controladores aéreos y a las autoridades aeroportuarias seguir y registrar los desplazamientos de los aviones por todo el globo.

Pero los ciudadanos particulares también tienen acceso a esos datos, como descubrió la CIA cuando unos periodistas de investigación revelaron que la Agencia estaba usando una flotilla de aviones privados para trasladar en secreto a presos de Al Qaeda a los llamados «lugares negros», cárceles clandestinas donde eran sometidos a interrogatorio intensivo.

El multimillonario presidente de un conglomerado francés de artículos de lujo se había deshecho hacía poco de su Bombardier 7500 porque estaba harto de que los activistas climáticos publicaran sus emisiones de carbono en las redes sociales.

—Ojalá tuviera yo esos problemas —masculló Julian—. Pero ¿de quién es el avión en el que he viajado esta mañana?

—De Eiger Air Transport —respondió Sarah.

—Una empresa fantasma, imagino.

—Por supuesto. Está registrada en Suiza, igual que el avión. De hecho, se fueron a Suiza después de dejarte en Le Bourget.

—¿A algún lugar bonito?

—A Lugano —respondió Gabriel—. Tu empresario italiano perfectamente presentable y sus guardaespaldas se pasaron después por un banco de la Piazza della Riforma, la plaza mayor de Lugano.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hicieron la tontería de llevarse también a Peter van de Velde y tengo su teléfono intervenido.

—¿Y cómo se llama ese banco?

—SBL PrivatBank S. A.

—¿El Leonardo está ahora escondido allí?

—Es posible —respondió Gabriel—. Pero tengo la sensación de que últimamente se ha movido mucho.

—¿Por qué?

—Por los registros de vuelo del avión —explicó Sarah—. La semana pasada estuvo tres días en Dubái. Y la anterior hizo escala en Tokio y Hong Kong.

—Suena a que se lo están enseñando a posibles compradores. En el mundo hay mucha gente extremadamente rica que no dudaría en pagar varios cientos de millones por un Leonardo auténtico, sin reparar en su procedencia.

—Descuida —dijo Gabriel—. No vamos a dejar que eso suceda.

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Entrar por la fuerza en ese banco de Lugano?

—Vamos a esperar a que cometan otro error.

—¿Y luego?

Gabriel lanzó una mirada al plantel de personajes del mundillo del arte acodados en la barra.

—Luego moveremos ficha.