Capítulo 23 Galería Van de Velde
Gabriel conservaba pocos recuerdos de las décadas que había pasado trabajando en el mundo del espionaje: solo un par de pasaportes alemanes falsos, una pistola Beretta y una copia del malware para hackear móviles más potente del mundo.
Los pasaportes y la pistola los guardaba en la caja fuerte de su vestidor.
El malware, conocido como Proteus, lo tenía oculto bajo un icono engañoso en su ordenador portátil.
Su característica más insidiosa era que no requería ningún error por parte del objetivo: ninguna imprudencia a la hora de actualizar el software, ningún clic en una fotografía o un anuncio aparentemente inofensivos.
Gabriel solo tenía que introducir el número de teléfono del objetivo en la aplicación y, en cuestión de minutos, el dispositivo quedaba por completo bajo su control.
Podía leer los correos electrónicos y los mensajes de texto del objetivo, revisar su historial de navegación y los metadatos de su teléfono y vigilar sus desplazamientos físicos mediante las aplicaciones de localización GPS.
Y lo que era quizá más importante: podía activar el micrófono y la cámara del teléfono y convertir así el dispositivo en un instrumento de vigilancia permanente.
Dejó el teléfono móvil de Peter van de Velde a merced de Proteus cuando volvió a casa y, a las nueve de esa misma noche, tras una placentera cena con Chiara y los niños, se instaló en la galería con su portátil para revisar los residuos digitales del marchante de arte.
Empezó por los correos electrónicos. Había más de treinta mil, divididos a partes iguales entre recibidos y enviados.
La mayoría estaban en inglés, el idioma semioficial del comercio internacional de arte; el resto estaba en holandés, alemán o francés.
Gabriel vio los nombres de varios marchantes y coleccionistas muy conocidos, pero no encontró ninguna correspondencia con Giorgio Montefiore ni referencia alguna a un retrato perdido de Leonardo da Vinci.
La única conexión directa entre Venecia y Ámsterdam era un vuelo de KLM que salía de Marco Polo a una hora terrible: las siete de la mañana.
Gabriel y Julian fueron al aeropuerto en sendos taxis acuáticos y subieron al avión como si no se conocieran.
Sus asientos estaban en lados opuestos de la cabina de primera clase.
Gabriel pasó las casi dos horas de vuelo revisando el resto de los datos del teléfono de Peter van de Velde.
Julian bebía champán y coqueteaba con su vecina, una atractiva holandesa de unos cuarenta años que parecía encontrarlo absolutamente encantador.
Al llegar a Ámsterdam, la documentación de Gabriel fue sometida a un escrutinio exhaustivo en el control de pasaportes, lo que retrasó varios minutos su entrada en los Países Bajos.
Se apresuró a tomar la lanzadera del aeropuerto y llegó a tiempo de ver a un hombre vestido con traje oscuro ayudando a Julian a subir a la parte trasera de un lujoso Mercedes sedán.
Él también tenía un coche esperando, aunque el suyo era un utilitario Renault económico.
La mujer sentada al volante tenía el pelo rubio largo hasta los hombros, la piel de color alabastro y unos ojos como un cielo de verano sin nubes que miraron a Gabriel con calma cuando se dejó caer en el asiento del copiloto.
—Cuánto tiempo sin verte —dijo ahogando un bostezo—. Ahora, por favor, dime qué hacemos otra vez en Ámsterdam.
Fue Gabriel, y no la Agencia Central de Inteligencia, quien enseñó a Sarah Bancroft los rudimentos del oficio.
Él le había enseñado a mentir, a robar, a pelear y a usar un arma, una destreza que ella puso en práctica una fría tarde de invierno en Zúrich, cuando asestó dos balazos a un asesino de Moscú Centro.
Nadie, sin embargo, la había enseñado a seguir a un coche desde otro coche, un descuido que Gabriel siempre lamentaba, y más aún en ese momento.
—Vas demasiado cerca. Es como si fuéramos sentados detrás con Julian.
—No quiero perderlo.
—Sabemos adónde va, así que no podemos perderlo.
Sarah aflojó un poco la marcha y dejó que se abriera un hueco entre el Renault y el Mercedes negro.
Iban a toda velocidad hacia el norte por la A10, la autopista radial de Ámsterdam.
Su destino, la galería Van de Velde, se encontraba en el barrio histórico de los canales.
El dueño de la galería, que le daba nombre, estaba tomando un café en la cafetería de al lado mientras leía los titulares de la mañana en su teléfono intervenido.
Gabriel vigilaba la actividad del dispositivo desde su ordenador portátil, conectado a internet a través de un punto de acceso móvil.
—Supongo que habrás visto las fotos que tiene guardadas en el móvil —dijo Sarah.
—Solo las que ha hecho desde que robaron el cuadro en el Vaticano.
—¿Y?
—No había fotos del Leonardo.
—¿Tampoco había nada en sus mensajes ni en el correo electrónico?
—No.
Sarah siguió al Mercedes cuando se desvió de la autopista.
—¿Y qué deduces de ello, si se puede saber?
—Que Van de Velde y sus socios son muy cautos.
—Otra posibilidad es que Van de Velde pretenda enseñarle a Julian un retrato holandés o flamenco sin ningún valor que encontró en un mercadillo de Ámsterdam. Lo que significaría que me has hecho venir para nada.
—¿Tenías algo importante que hacer hoy?
—Estaba pensando en almorzar en el Wolseley. Y luego, claro, tenía mi martini Belvedere de costumbre después del trabajo, en el Wiltons. Tres aceitunas, seco como el Sáhara, dolorosamente frío.
Sarah tenía una voz y unos modales de otra época. Gabriel, como siempre, se sintió como si estuviera conversando con un personaje de una novela de Fitzgerald.
—Seguro que podremos encontrarte un buen martini en Ámsterdam —dijo.
—Ojalá pudiéramos decir lo mismo de tu presunto Leonardo, pero las probabilidades de que el cuadro esté en manos de Peter van de Velde son entre escasas y nulas.
—En mi opinión no son tan malas.
—¿Y si es tu Leonardo?
—Entraré en la galería y lo recuperaré. Y luego le pediré a Van de Velde que me facilite el nombre de sus socios.
—¿Y qué pasará si Van de Velde decide llamar a las autoridades?
—No sabes mucho de delincuentes, ¿verdad?
—Gracias a ti, sé muchísimo. Y Peter van de Velde nunca me ha parecido uno de ellos.
—Por lo visto, tampoco sabes mucho de marchantes de arte.
—No todos somos corruptos, ¿sabes? Algunos tenemos principios.
—Ya se te pasará, seguro. —Iban hacia el este por Overtoom, una de las avenidas con más tráfico de Ámsterdam. El Mercedes negro había desaparecido de su vista—. Parece que te las has arreglado para perderlo.
—Voy a hacer como que no te he oído.
Cruzaron Singelgracht y entraron en el barrio de los canales.
Había bicicletas flanqueando los puentes y apoyadas contra las paredes de ladrillo de las casas de tejado puntiagudo.
La galería Van de Velde ocupaba dos plantas de un edificio comercial, en Prinsengracht.
Llegaron a tiempo de ver a Julian entrar con paso titubeante por la puerta delantera.
—El águila se ha posado —comentó Gabriel.
—En todo su esplendor —añadió Sarah.
Pasó despacio por delante de la galería y aparcó el Renault en un hueco junto al dique del canal. Gabriel subió el volumen de la transmisión del móvil de Van de Velde.
—¡Julie! —exclamó el marchante—. Cuéntame qué tal en Venecia. ¿Está el Tiziano tan espectacular como dicen?
—¿Lo está? —preguntó Sarah.
—Julian parece creer que soy el mejor restaurador que ha existido jamás.
—Quizá tenga un encargo para ti, si tienes tiempo.
—Presiento que pronto estaré trabajando en un retrato perdido de una joven.
Sarah ahogó otro bostezo.
—Entre escasas y nulas, amor.
Las pinturas que colgaban en las cuidadas salas de exposición de la galería eran principalmente paisajes holandeses del siglo XIX , bodegones y arreglos florales, el tipo de cuadros que los marchantes londinenses de alto nivel como Julian llamaban con desprecio «cajas de bombones».
El propio Peter van de Velde tenía también algo de caja de bombones.
El traje entallado, los mocasines de piel demasiado largos, el pelo rubio grisáceo engominado, el carísimo reloj suizo . . . Todo en él era impecable.
Sentados en el cómodo despacho de Van de Velde, entablaron la charla cortés que, como los preliminares de un encuentro amoroso, precede a cualquier transacción en el mundo del arte.
El desplome del mercado, las sombrías perspectivas de la economía mundial, la temible situación política en Europa .
. . Van de Velde esperaba con ansia la próxima feria de arte de Maastricht.
Julian, que se había cansado de esa reunión anual, le comentó que sería su socia quien asistiera en su nombre.
—Es estadounidense, ¿no?
—Pero nadie lo diría. —Julian arrugó el ceño y miró su reloj de pulsera—. ¿Podemos ver el cuadro ya, Peter? Me gustaría tomar el vuelo de las dos a Londres.
Van de Velde deslizó un documento de una sola página por la mesa y puso un bolígrafo encima.
—¿Un acuerdo de confidencialidad? —Julian negó con la cabeza—. Nunca he firmado uno y nunca lo haré.
—Esto es distinto.
Julian se puso las gafas de leer y revisó el documento con exagerado detenimiento. Luego, fingiendo un gesto de indignación, estampó su firma ilegible donde se le indicaba. Van de Velde guardó el documento en un cajón de la mesa. Julian se guardó el bolígrafo en el bolsillo.
—El cuadro —dijo con impaciencia genuina.
—Como ya te he adelantado, fue descubierto aquí, en Ámsterdam.
Julian tomó nota de que Van de Velde había hablado en pasiva.
—Me diste a entender que fuiste tú quien lo encontró, Peter.
—La verdad es que el cuadro me lo trajo otra persona. Estaba en pésimas condiciones, pero coincidí en que tenía algo especial. Ya sabes cómo es, Julian. Esa extraña sensación en la nuca.
Julian la conocía muy bien.
—¿Cuánto pagaste por él?
—Cinco mil euros. El dinero me lo facilitó uno de mis inversores, un coleccionista experto, con ojo de lince. También está convencido de que el cuadro es un tesoro desconocido.
—Ese coleccionista experto ¿es socio tuyo?
—Más o menos.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres de mí?
—Tu opinión.
—Soy marchante, Peter. Solo autentifico cuadros que me interesan para mí o para un cliente.
—Mi socio y yo estaríamos encantados de vendértelo. Pero me temo que te va a salir muy caro.
—¿Qué cantidad barajáis?
—Si no me equivoco sobre el cuadro, se venderá por varios cientos de millones.
—¿Qué has encontrado, Peter? ¿Un Vermeer perdido?
—Algo mejor que un Vermeer.
—Solo hay otro maestro antiguo que pueda alcanzar ese precio.
Van de Velde sonrió.
—¿Lo vemos ya?
—Pensaba que nunca ibas a pedírmelo.
Van de Velde se levantó y tomó su abrigo.
—Por aquí.
—Los mejores planes de ratones y hombres . . . —comentó Sarah.
—Y los de marchantes de arte holandeses corruptos —respondió Gabriel.
—Eso parece. —Sarah puso en marcha el motor del Renault—. ¿Podrás perdonarme alguna vez por haber dudado de ti?
—Depende de cómo conduzcas durante los próximos minutos. —Gabriel vio pasar el Mercedes sedán por la ventanilla. En el asiento de atrás iban Julian y Peter van de Velde—. Ahora te toca seguirlos.
Sarah esperó unos segundos para alejarse despacio de la acera. El Mercedes giró rápidamente a la izquierda y se alejó del barrio de los canales. Un momento después, circulaba a toda velocidad en sentido contrario por Overtoom.
Sarah lo siguió a cincuenta metros de distancia.
—¿Adónde crees que van?
—Seguro que Julian se está preguntando lo mismo.
—Quizá debería llamarlo. Solo para saber qué tal va todo y eso.
—Quizá deberías concentrarte en conducir. Si no, los perderás en el próximo semáforo.
Sarah pisó a fondo el acelerador y siguió al Mercedes por la concurrida intersección. El Mercedes continuó hacia el oeste por Overtoom y luego se dirigió al sur por la A10, hacia el aeropuerto de Schiphol.
—¿No creerás que . . .?
—Empieza a parecerlo —respondió Gabriel.
—Pero ¿por qué el aeropuerto?
—¿Qué mejor modo de ver un Leonardo robado?
La terminal de vuelos privados de Schiphol estaba situada en un rincón apartado del aeropuerto.
Desde una plaza de aparcamiento junto a la pista, Gabriel observó con impotencia cómo seguía Julian a Peter van de Velde por la escalera de embarque de un Dassault Falcon 900LX.
La señal del teléfono del marchante de arte holandés se cortó unos segundos después de que se cerraran las puertas de la cabina.
Sarah hizo una fotografía del Dassault mientras el aparato rodaba lentamente, camino de la pista de despegue.
—¿Quién crees que va en ese avión? —preguntó.
—Un miembro de la Camorra —contestó Gabriel—. O algo muy parecido.
—¿Julian corre peligro?
—Un poco.
—Esperemos que no lo maten. Sería una lata.