Capítulo 22 Harry’s Bar
Había sentado sus reales en una mesa al fondo del local, en un rincón, detrás de una copa vacía y un cuenco muy mermado de aceitunas verdes y grasientas.
Al ver entrar a Gabriel, levantó el brazo y movió la mano como si pidiera socorro.
Con su traje de raya diplomática, su corbata color lavanda y su abundante cabello gris, presentaba un aspecto bastante elegante aunque un tanto disoluto, que él describía como de «digna depravación».
Como era habitual, daba la impresión de tener una leve resaca.
Gabriel se acercó a la mesa entre el ajetreo de la hora de los cócteles y se sentó. Un camarero de chaquetilla blanca apareció de inmediato con dos bellinis y otro cuenco de aceitunas.
—Parece que tu fama te precede —comentó Julian.
—¿Qué fama?
—La de mejor restaurador del mundo de pintura italiana de maestros antiguos. Puede que el mejor que haya existido nunca.
—Deduzco que te ha gustado el Tiziano.
—Me arrodillaría ante ti, mi querido muchacho, si no fuera porque no quiero montar un numerito.
—Estamos en el Harry’s Bar, Julian. Siempre hay algún numerito.
Isherwood echó un vistazo al local abarrotado y sonrió con aire nostálgico.
—Una vez me enamoré en este bar.
—¿Y dónde no te has enamorado tú?
—Aquello fue diferente.
—Siempre dices lo mismo.
—Pero en este caso es verdad.
—De una veneciana, ¿no?
Julian asintió.
—La hija de un vizconde que vivía en un palazzo no muy lejos del tuyo. Era demasiado joven, claro está, y peligrosamente bonita. Le rogué que se casara conmigo una hora después de conocerla. Para mi inmensa sorpresa, me rechazó.
—Creía que la sola idea del matrimonio te repugnaba.
—Como principio general, sí. Pero, en su caso, estaba dispuesto a hacer una excepción. —Dio un largo trago a su bellini —. Me duele reconocerlo, pero no volví a ser el mismo desde que me rompió el corazón.
—Te ha ido bastante bien, que yo recuerde.
—¿Te refieres a todas esas mujeres hermosas? —Exhaló un suspiro teatral—. ¡Qué no daría yo por una última aventura! Con un poco de suerte, acabaría en desastre. Esas son las mejores, ¿no te parece?
—Desde hace un tiempo, intento reducir los desastres al mínimo.
—Yo no, corazón. Son mi especialidad.
Julian estaba considerado uno de los marchantes de arte antiguo más cultos e influyentes del mundo, poseedor de una selectísima cartera de clientes y un olfato incomparable para encontrar cuadros mal atribuidos —los llamados sleepers — y sacarlos al mercado.
Y, sin embargo, había coqueteado con la ruina financiera una y otra vez, debido en gran medida a que prefería poseer obras de arte a venderlas, una dolencia casi fatal para alguien de su oficio.
Su relación con Gabriel, llamativamente estrecha, había sido durante muchos años motivo de especulaciones entre los incestuosos pobladores del mundillo del arte londinense.
El reportaje de Amelia March en ARTnews, aunque exacto y minucioso, solo había conseguido arañar la superficie.
Había sido Julian Isherwood, único hijo de un destacado marchante de arte judeoalemán asesinado en el campo de exterminio de Sobibor, quien había ayudado a construir y mantener la tapadera de Gabriel durante su larga carrera como agente de inteligencia.
A instancias de Gabriel, Julian había aceptado hacía poco asociarse con Sarah Bancroft, una historiadora del arte de nacionalidad estadounidense que había pasado varios años trabajando como agente clandestina para la CIA.
Guapa, brillante y de una eficiencia despiada, Sarah había logrado dotar a Isherwood Fine Arts de una sólida situación financiera.
Julian, liberado de casi todas sus obligaciones, vivía ahora en una especie de limbo entre la jubilación y la condición de emérito.
Rara vez aparecía por la galería antes del mediodía, lo que le dejaba el tiempo justo para estorbar un poco antes de iniciar el paréntesis de tres horas que dedicaba diariamente al almuerzo.
Gabriel se alegraba de que su viejo amigo hubiera decidido presentarse sin previo aviso en Venecia.
Julian era una de esas raras almas que hacían la vida un poco menos tediosa.
Agarró del cuenco una aceituna verde y gorda y se la zampó.
—He oído un rumor terrible sobre ti hace poco.
—¿En serio? ¿Dónde?
—En el bar del Wiltons. ¿Dónde iba a ser?
El famoso restaurante de Jermyn Street era un punto de reunión habitual del mundillo del arte. Julian también solía pasarse por allí para estorbar un poco.
—Un rumor ¿de qué tipo? —preguntó Gabriel.
—Dicen que fuiste tú quien encontró el cadáver de esa pobre chica de la Courtauld flotando en la laguna.
—Eso no es ningún secreto, Julian. Salió en todos los periódicos italianos.
—Últimamente solo leo The Guardian . —Otra aceituna desapareció—. Supongo que te habrás enterado de lo del pobre Giorgio Montefiore.
—El asesinato de Giorgio también salió en los periódicos.
—No serías tú quien encontró el cadáver, ¿verdad?
Gabriel sonrió, pero no dijo nada.
—Montefiore se tenía a sí mismo en muy alta estima —continuó Julian—. Incluso para el elevado rasero del mundo del arte. Pero, en mi humilde opinión, su reputación era absolutamente inmerecida.
—¿Y eso por qué?
—Contestar a esa pregunta me obligaría a hablar mal de un muerto, cosa que a mi edad procuro evitar.
—No saldrá de esta mesa.
Julian levantó la vista hacia el techo como si rebuscara en su memoria.
—Hará unos cien años, vine a Italia en una de mis expediciones de caza.
Fue antes de que el Gobierno italiano se tomara en serio la labor de proteger el patrimonio cultural del país.
Los marchantes comprábamos cuadros al por mayor y nos los llevábamos a Londres.
Solo un pequeño porcentaje eran obras originales de grandes maestros.
El resto eran piezas de taller o copias posteriores.
A la manera de tal, del círculo de fulanito, ese tipo de cosas.
—Tú, sin embargo, siempre sabías distinguirlas.
—No tenía mal ojo —repuso Julian con falsa modestia—. Pero los marchantes menos eruditos solían pedir consejo a un historiador del arte italiano. A uno conocido por ser muy laxo en sus dictámenes. Por un buen precio, claro está.
—¿Montefiore?
Julian asintió con la cabeza.
—Durante la expedición de caza de la que te hablaba, me topé con un retrato precioso que me pareció obra de Perugino. Le llevé el cuadro a Montefiore, que se mostró inclinado a darme la razón, siempre y cuando le entregara la suma de dinero preceptiva.
—¿Y cómo reaccionaste tú?
—Me pareció indignante y así se lo dije. Fue la última vez que hablamos.
—Bien hecho, Julian.
—Aceptar dinero a cambio de una atribución favorable me parece inconcebible. Tú nunca harías algo así. Y tienes muy buen ojo, uno de los mejores del sector.
—Para mí es una línea roja —reconoció Gabriel—. Un no rotundo.
—El difunto Giorgio Montefiore no era de tu misma opinión. Sé de muy buena tinta que siguió haciendo lo mismo toda su carrera.
—¿Estás pensando en algo en concreto?
—Con la cantidad de demandas que hay en estos tiempos, no debo decir nada más.
Terminaron la primera ronda de bellinis y les llevaron una segunda por cuenta de la casa.
—¿Vienes aquí a menudo? —preguntó Julian.
—Solo cuando tú estás en la ciudad.
—Ojalá pudiera quedarme más. Venecia está preciosa en esta época del año.
—¿Adónde vas ahora?
—Tu amiga Sarah Bancroft ha tenido la bondad de darme permiso para ver un cuadro en Ámsterdam. Un viejo contacto mío ha encontrado por casualidad algo interesante en un mercadillo. O eso dice. Está convencido de tener un tesoro entre manos.
—¿De qué género?
—Un retrato.
—¿El tema?
—Una joven.
Gabriel sintió un repentino malestar en el estómago.
—Supongo que no te habrá mandado una foto.
—Se la pedí, pero se negó. Me dijo que no quería que hubiera una circulando por el éter todavía.
—¿Cómo se llama ese viejo contacto tuyo?
—Peter van de Velde. Es un personaje un tanto escurridizo, pero con los años ha ido desenterrando algunas pinturas preciosas de colecciones holandesas antiguas.
—¿A qué hora te espera?
—Mañana a las diez de la mañana. —Julian se llevó el bellini a los labios—. ¿Por qué lo preguntas?
Gabriel esperó hasta que salieron del Harry’s Bar para contestar. Su respuesta duró diez minutos e incluyó la confesión de que, en efecto, él era quien había encontrado el cadáver de Giorgio Montefiore en su villa de Florencia.
—¿Por qué será que no me sorprende? —dijo Julian.
—Imagínate cómo me sentí yo.
Iban andando por la Piazza San Marco. La enorme plaza estaba a oscuras, despejada de turistas y palomas. La luz del móvil de Gabriel bañaba el rostro de Julian. La pantalla mostraba la imagen infrarroja y fantasmal del retrato desaparecido.
—También me enamoré de ella hace tiempo, la primera vez que vi ese dibujo en la Biblioteca Reale. Es uno de los mejores que se han hecho jamás. —Julian le devolvió el teléfono—. Pero ¿me permites señalar lo obvio?
—Si insistes.
—No sabemos si el cuadro del mercadillo de Peter van de Velde es tu Leonardo.
—Lo sabremos en cuanto entres en su galería mañana por la mañana.
—¿Y si es tu Leonardo? Entonces, ¿qué?
—Paso a paso, Julian.
—Lo mismo me digo cada vez que bajo un tramo de escaleras. —Se detuvo al pie del campanile y levantó la vista hacia el cielo—. Pero ¿por qué crees que Peter ha decidido enseñarme el cuadro a mí, precisamente?
—Porque también a ti te precede tu fama.
—¿La de cómplice no tan secreto del exespía más famoso del mundo?
—La de respetado marchante de arte londinense especializado en maestros antiguos que ha encontrado unas cuantas obras mal atribuidas. Y si tú afirmas que el cuadro es un Leonardo, sin duda otros estarán de acuerdo.
—Al menos todavía hay alguien que me valora. —Se dirigieron hacia el Gran Canal. Julian caminaba con paso desgarbado y vacilante—. No hace falta que te recuerde, corazón, que ya han asesinado a dos personas por ese cuadro. Huelga decir que prefiero no ser la tercera.
—Tranquilo, yo estaré vigilando de cerca. Y Sarah, claro. No podemos llevar a cabo una operación en Ámsterdam sin una agente tan competente como Sarah.
—Tu querida amiga Sarah aún está en la flor de la vida. Yo, en cambio, he entrado en el otoño de la mía. Y me quedaría más tranquilo si me acompañaras mañana a la cita con Van de Velde.
—No estoy invitado. Y, si entro en esa galería, puedes estar seguro de que el cuadro desaparecerá como por arte de magia.
Julian se detuvo al llegar al borde de la Riva degli Schiavoni. Una flotilla de góndolas se balanceaba en la marea vespertina.
—¿Dónde la encontraste exactamente?
Gabriel señaló las aguas iluminadas por la luna entre la Punta della Dogana y la iglesia de San Giorgio Maggiore.
—Pobre chica —dijo Julian en voz baja—. Qué desgracia.
—La asesinaron porque intentó poner sobre aviso al mundo del arte sobre el Leonardo. Lo menos que podemos hacer es terminar lo que empezó.
—¿Una última aventura en Ámsterdam?
—¿Por qué no?
—Puede que acabe en desastre, ya lo sabes.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Las buenas siempre acaban así.