La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 21 Dorsoduro
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Capítulo 21 Dorsoduro

También había días en que el florentino se subía al andamio al amanecer y se quedaba allí, pincel en mano, sin comer ni beber, hasta que anochecía.

Gabriel, a su regreso a Venecia, siguió un horario parecido, aunque, a diferencia del florentino, que permitía que lo observaran mientras trabajaba, él permanecía oculto detrás de su lona protectora.

No era un pincel lo que empuñaba, sino hisopos artesanales empapados en apestoso disolvente.

Chiara, durante una visita de inspección a la basílica, le suplicó de nuevo que se pusiera mascarilla para trabajar.

Sonriendo, él dejó caer un trozo de algodón sucio sobre el andamio y le sugirió que fuera a quejarse al dux.

—Aunque yo no esperaría un dictamen favorable, dottoressa Zolli. Verá, su serenidad el dux está de acuerdo conmigo en que las mascarillas son incómodas, además de que retrasarán la finalización del encargo.

Su smartphone, un artilugio que ni siquiera el florentino alcanzó a imaginar, era ya distracción suficiente, pues se estremecía cada vez que aparecía publicado el nombre de Giorgio Montefiore en algún sitio de internet, ya fuera en una publicación de prestigio o en los mentideros de las redes sociales.

Tras su muerte, se elogiaba al leonardista en términos olímpicos.

«Un intelecto monumental», declaró el presidente del Louvre.

«Irremplazable», agregó el director de la National Gallery de Washington, también él un destacado especialista en Leonardo.

Hubo, con todo, especulaciones incómodas, algunas de ellas susurradas, acerca del móvil del asesinato de Montefiore, que tanto se asemejaba a una ejecución.

Las autoridades de Florencia dieron a entender que se trataba de un robo, pero se abstuvieron de revelar si faltaba algo en la villa de Montefiore.

Había, en realidad, numerosos vínculos; entre ellos, la identidad del hombre que había descubierto ambos cadáveres.

Cada mañana, al alba, se subía a su andamio en la Salute y allí se quedaba, sin comer ni beber y sin mascarilla, hasta que se ponía el sol.

Gracias a ello, completó la primera fase de la restauración —la eliminación de la suciedad superficial y de los repintes previos— varias semanas antes de lo que preveía.

Fotografió el retablo dañado, ya limpio, y dio comienzo a la fase final del proyecto: el retocado de las partes del cuadro que se habían desprendido o que habían perdido color con el paso del tiempo.

Usaba la paleta y las pinceladas de Tiziano, pero de tanto en tanto, cuando se le antojaba, empleaba la técnica zurda del florentino procrastinador, el que había pintado un retrato desaparecido de una muchacha milanesa que carecía de nombre, pensó, pero que tenía el rostro de un ángel.

Una noche, mientras cenaban en Al Covo, un restaurante pequeño y tranquilo del sestiere de Castello, Chiara le propuso que pintara una copia aproximada del Leonardo desaparecido. Gabriel le recordó que estaba bastante ocupado por el momento.

—¿Por el Tiziano? —Ella hizo un ademán, quitándole importancia al asunto—. Tienes tiempo de sobra.

—Por lo visto, el director de la Courtauld quiere recuperar su Florigerio.

—Está casi acabado.

Lo cual era cierto.

—Necesitaría un panel de madera —dijo Gabriel—. Preferiblemente, de nogal.

—¿Por qué no lo pintas sobre lienzo y ya está?

Él miró a Chiara con desaliento.

—Hay un hombre encantador en tierra firme, Marco se llama, que hace tablas a medida. Seguro que puede hacerte un panel de nogal.

Gabriel se inclinó hacia su hija y le preguntó en tono confidencial:

—¿Crees que tienen una aventura?

—Tórrida —respondió la niña, y le dio un ataque de risa.

Marco el encantador tardó una semana en encontrar una pieza de nogal adecuada y una semana más en convertirla en un panel digno del célebre maestro Allon.

Gabriel, por su parte, solo necesitó tres sesiones nocturnas delante de su caballete para acabar su primera versión del retrato. Su esposa no pareció muy impresionada.

—Se te ha ido la mano con el sfumato. Parece desenfocada.

Gabriel enterró a la joven bajo una capa de pintura opaca e hizo una segunda versión que fue más del gusto de Chiara.

—¿Sabes cuánto valdría en el mercado? —le preguntó ella.

—Doscientos o trescientos euros. Pero si fuera un Leonardo original . . . En fin, eso sería otra historia.

—¿Qué hacemos con este?

Gabriel llevó la tabla al salón del piso y la colocó sobre un montón de astillas de madera, dentro de la chimenea. Chiara miró con tristeza cómo se consumía la muchacha de Milán en su pira funeraria.

—Hoy ha llamado la dottoressa Saviano.

—¿Qué ha hecho tu hija ahora?

—Nada, menos mal. La dottoressa solo quería saber cuándo quieres empezar tu nueva carrera profesional.

—¿Y qué le has dicho?

—Que primero tenías que terminar el Tiziano.

—Lo terminé hace dos días.

—Friki —masculló Chiara, y se calentó las manos delante de las llamas.

La dottoressa opinaba que el miércoles era el mejor día: los miércoles a las tres y media, en un aula luminosa de la última planta de la escuela.

Se había elegido para el taller a doce alumnos, divididos equitativamente por sexos, de entre siete y diez años.

Gabriel dio a cada uno un bloc de dibujo Strathmore y una caja de lápices Faber-Castell, y les hizo saber que su formación artística, aunque grata, sería también rigurosa.

De hecho, el primer miércoles pasaron toda la hora aprendiendo a dibujar una línea curva de grosor variable.

La semana siguiente dibujaron círculos y cuadrados, y la siguiente convirtieron los círculos y los cuadrados en esferas y cubos, con el sombreado preciso para crear un efecto de tridimensionalidad.

El punto culminante de su primer mes en el taller de arte fue un sencillo bodegón con jarrón y pera.

A Gabriel le impresionó la calidad de los trabajos, igual que a la dottoressa Saviano, que le preguntó si estaría dispuesto a aceptar a uno o dos alumnos más.

Él le confesó que le extrañaba que su hijo, cuyo talento artístico saltaba a la vista, no estuviera incluido en la primera tanda.

—Estaba, signore Allon.

—¿Y?

—No quiso participar.

Gabriel ni siquiera hizo intento de disimular su desilusión.

—Quizá yo pueda convencerlo de que cambie de opinión.

La dottoressa sonrió con ternura.

—No debe de ser fácil tener un padre como usted. Mi consejo es que sea paciente.

La semana siguiente, Gabriel llevó a sus alumnos, que ya eran catorce, a Campo San Polo, donde les explicó la perspectiva y el concepto de punto de fuga.

Pusieron en práctica la lección una semana después dibujando el exterior de la enorme basílica Dei Frari.

Chiara e Irene estuvieron observándolos desde su mesa en el bar Dogale mientras Raphael garabateaba algo en un cuaderno.

Gabriel dio por sentado que era una compleja ecuación matemática, pero esa misma noche, al echar un vistazo a escondidas a la mochila del niño, descubrió que no era así.

Le mostró el boceto a Chiara y preguntó:

—¿Por qué no me lo has dicho?

—Paciencia —se limitó a responder ella.

A esas alturas, sin embargo, Gabriel estaba empezando a perder la fe, no en su hijo, sino en su predicción de que el Leonardo no tardaría en reaparecer.

El caso, en efecto, se había enfriado. Los Carabinieri de Florencia habían clasificado oficialmente el asesinato de Giorgio Montefiore como «sin resolver» y sus compañeros venecianos seguían sin saber cómo había acabado Penelope Radcliff en las aguas de la laguna.

Ambas muertes desaparecieron de las páginas de los periódicos italianos cuando su santidad Luigi Donati partió hacia Estados Unidos.

El papa deslumbró en Naciones Unidas y sacó de sus casillas a algunos conservadores en Washington, pero por lo demás su primera visita pontificia al Nuevo Mundo no se vio empañada por ningún escándalo vaticano.

Era, pensó Gabriel, el único punto positivo dentro de aquel sórdido asunto.

Si había otro, eran los arrolladores elogios con que fue acogida la restauración del Tiziano.

Los turistas acudían en masa a Santa Maria della Salute para ver el retablo, al igual que conservadores, expertos y marchantes de todos los rincones del mundo del arte.

Entre quienes peregrinaron a Venecia estaba Julian Isherwood, propietario de una respetada galería londinense especializada en pintura de maestros antiguos italianos y holandeses.

Llegó el miércoles siguiente y quiso saber si Gabriel tenía tiempo de tomar una copa, digamos, a las tres de la tarde.

Gabriel informó a su viejo amigo de que tenía otro compromiso.

—Cancélalo —le exigió Julian.

—No puedo —respondió Gabriel—. Pero quizás esté libre a las cinco.

—¿En el Harry’s Bar?

—Luego nos vemos, Julian.