Capítulo 20 Hotel Hassler
—¿Un intruso, dice usted?
—Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Cuándo?
—Cuando estaba saltando la valla.
El operador pidió a la contessa que describiera al sospechoso y anotó cumplidamente su respuesta. No era, desde luego, el retrato típico de un delincuente toscano, pero la contessa era ciega como un murciélago.
—¿Había alguien más con él?
—Una mujer.
—¿Dónde está la mujer ahora?
—Sentada en el coche.
Al operador no le pareció que aquello sonara a que se estaba cometiendo un delito.
Aun así, convenía comprobar la veracidad del hecho denunciado, aunque solo fuera porque la finca en cuestión era el domicilio de Giorgio Montefiore, el mayor experto mundial en Leonardo da Vinci.
Dio la casualidad de que había un coche patrulla de los Carabinieri cerca de allí.
Llegó al lugar de los hechos menos de dos minutos después.
Los agentes descubrieron allí a una mujer atractiva sentada al volante de un Mercedes-Benz Cabriolet descapotable.
A su acompañante lo encontraron en el vestíbulo de la casa, agachado tranquilamente junto a un hombre que había recibido tres disparos a bocajarro.
Los agentes no tardaron en comprobar que la mujer era la directora del Museo Nazionale Etrusco, que su acompañante era un afamado restaurador de arte procedente de Venecia y que la víctima era el propietario de la finca, el susodicho Giorgio Montefiore.
Del estado de la sangre se deducía que lo habían matado hacía unas cuatro horas, mucho antes de que el afamado restaurador veneciano entrara en la villa.
—¿Cómo ha entrado? —preguntó uno de los agentes.
—Por la puerta principal. ¿Cómo, si no?
—¿Estaba abierta?
—No exactamente.
A la una, la villa se había llenado de técnicos forenses, y la directora del museo y el restaurador, a quienes les habían confiscado sus dispositivos móviles y otros efectos personales, estaban sentados en sendas salas de interrogatorio, en la stazione de los Carabinieri en la Piazza dei Giudici.
El interrogatorio fue cortés pero lo bastante exhaustivo como para revelar importantes discrepancias en sus explicaciones sobre el motivo por el que habían viajado a Florencia para reunirse con Giorgio Montefiore.
La directora del museo dijo que era una visita de carácter personal.
El restaurador, en cambio, insistió en que era de índole profesional.
—¿Puede concretar más? —le preguntó su interrogador, un colonnello apellidado Manzini.
—Quería que me aconsejara sobre un trabajo de restauración.
—Eso explica las fotografías que hay en su maletín.
—En efecto.
—¿Puede haber alguna relación entre ese cuadro suyo y el asesinato de Montefiore?
—Ha leído usted demasiadas novelas policíacas, coronel Manzini.
El colonnello, que algo sabía sobre los antecedentes del restaurador, estaba seguro de que aquella historia ocultaba mucho más, y confiaba en que unas horas de celda servirían para aflojar la lengua del restaurador.
Las autoridades romanas, sin embargo, eran de otra opinión.
Tras manifestar sus objeciones, Manzini destruyó a regañadientes las notas que había tomado durante el interrogatorio y acompañó abajo a los dos detenidos.
El Mercedes descapotable estaba aparcado en la piazza.
El restaurador se sentó en el asiento del copiloto y la directora del museo se puso al volante.
El motor rugió, los neumáticos chirriaron y un momento después se habían marchado.
Llegaron al Hassler poco después de las siete.
Veronica le dio las llaves del Mercedes al aparcacoches y acompañó a Gabriel al restaurante del hotel, que tenía varias estrellas Michelin.
El general Ferrari, vestido con traje gris carbón, estaba sentado a una mesa cerca de la ventana.
Con un gesto indicó a Gabriel que se sentara a su derecha, donde no había forma de esconderse de la mirada implacable de su prótesis ocular.
—Teníamos un acuerdo —dijo sin preámbulos.
—¿Sí?
—Tu autorización para investigar este asunto se limitaba al territorio de la Santa Sede. Que yo sepa, Florencia forma parte de la República Italiana.
—Mis pesquisas dieron un giro inesperado.
—Por decirlo suavemente —repuso Ferrari, ceñudo—.
Imagina mi sorpresa cuando el comandante de los Carabinieri en la Toscana me informó de que te habían detenido para interrogarte por el asesinato de Giorgio Montefiore.
Por suerte te acompañaba la directora del Museo Nazionale Etrusco, gracias a lo cual he conseguido que os soltaran sin mucha dificultad.
Veronica abrió la carta de vinos, una de las mejores de Roma.
—Y serás generosamente recompensado por ello.
—Eso sería muy poco ético.
—¿Tinto o blanco?
—Quizá deberíamos empezar con un blanco —propuso el general.
—¿Qué tal un delicioso chardonnay del Alto Adige?
—Si te empeñas . . .
Veronica pidió la botella al sumiller, que fue a buscarla. El general Ferrari admiró las vistas de Roma un momento y luego se volvió hacia Gabriel.
—Quizá deberías empezar por el principio.
—Una restauradora en prácticas de los Museos Vaticanos descubre un retrato perdido de Leonardo da Vinci oculto debajo de una Virgen con el Niño sin ningún valor.
El jefe del laboratorio de conservación del Vaticano pide al leonardista más famoso del mundo que examine el cuadro.
Y el leonardista más famoso del mundo le asegura que no es un Leonardo, aunque de hecho sospecha que sí lo es.
—¿Y por qué haría eso? —preguntó el general Ferrari.
—La explicación más lógica es que quería quedarse con el cuadro. O con una parte, por lo menos.
—¿Quieres decir que se metió en una conspiración?
Gabriel se encogió de hombros con gesto vago.
—En una sociedad mercantil, digamos.
—¿Con quién?
—Con una organización que disponía de medios para sustraer el cuadro de los almacenes de la Pinacoteca Vaticana.
—¿La Camorra?
—Eso parece.
—Pero ¿por qué lo mataron?
—Posiblemente porque dejó de serles útil.
—¿En qué punto?
—En el minuto en que les confirmó que el cuadro era un original de Leonardo da Vinci.
El general Ferrari se quedó pensando un momento.
—Disculpa, pero me cuesta imaginarme a Giorgio Montefiore negociando con algún jefecillo de la Camorra de Secondigliano o Scampia para robar un Leonardo perdido.
—A mí también —respondió Gabriel—. Tiene que haber algo más.
—¿Qué, por ejemplo?
—Un vínculo con el Vaticano.
—¿Aparte del guardia del museo?
Gabriel asintió con la cabeza.
—Me temía que ibas a decir eso. —El general Ferrari abrió su maletín y sacó el retrato robot que Gabriel había hecho del padre Spada, el sacerdote que no era tal—. ¿Cómo rayos consiguió que lo dejara pasar la Guardia Suiza?
—Alguien le consiguió una audiencia privada con su santidad.
—Será una broma.
—Ojalá. Fue un error imperdonable de la seguridad papal.
—Imagina por un momento que hubiera ido al Vaticano con otros fines. Ahora podrías estar investigando el asesinato del papa.
—No sería la primera vez —respondió Gabriel—. Pero volvamos al tema que nos ocupa.
—¿El Leonardo?
Gabriel asintió.
—¿Qué crees que piensan hacer con él?
—Venderlo al mejor postor.
—Si eso ocurre, desaparecerá para siempre.
—Por eso tenemos que recuperarlo cuanto antes.
Ferrari levantó el boceto.
—Me gustaría enseñárselo a algunos de mis informantes en Nápoles.
—¿Para qué?
—Si das con el ladrón, das con el cuadro.
—Ninguno de tus informantes va a traicionar a la Camorra, Cesare. A no ser que quieran morir.
—¿Qué propones, entonces?
—Olvidarnos del ladrón y esperar pacientemente a que reaparezca el cuadro.
—Y luego ¿qué?
Gabriel sonrió.
—Robarlo.