Capítulo 19 Galleria degli Uffizi
Gabriel estaba esperando a la entrada del Hassler a la mañana siguiente, cuando llegó Veronica Marchese en su llamativo Mercedes Cabriolet descapotable.
Llevaba unas gafas de sol de estrella de cine y un pañuelo de Hermès le cubría la oscura melena.
Lo único que le faltaba era tener a su lado a un galán endiabladamente guapo, pensó Gabriel.
Supuso que tendría que hacer él ese papel.
Se dejó caer en el asiento del copiloto y posó los labios en la mejilla que ella le ofrecía. Olía a jazmín y a vainilla.
—Ese embriagador perfume francés ¿es en mi honor o en el de tu amigo Giorgio?
—Un poco ambas cosas. —Veronica pisó el acelerador y el coche se alejó bruscamente del bordillo—. ¿Te gustó la Osteria Lucrezia?
—No recuerdo haber mencionado dónde cené anoche en el mensaje que te mandé.
—¿Y cómo iba a saberlo, si no?
—Buena pregunta. —Pasaron deprisa delante de la iglesia de la Trinità dei Monti y, un momento después, rodearon derrapando la Piazza del Popolo—. ¿Funcionan los frenos de este cacharro?
—No los uso mucho, la verdad.
—Son bastante útiles para controlar la velocidad de avance.
—Venecianos . . . —dijo ella con fingido desdén.
—Es cierto que nos movemos a ritmo más lento.
—Pero en Roma la velocidad es esencial. Además, no queremos hacer esperar a Giorgio.
Siguieron el curso del Tíber un rato y callejearon a continuación por los barrios del norte de Roma hasta llegar a la autostrada. Poco después, circulaban casi al doble de la velocidad permitida.
—¿Pediste trippa anoche?
—Pasé.
—¿Cuál era el tema de la reunión?
—Un problema relacionado con la seguridad del Vaticano.
—¿El padre Spada, quieres decir? —Veronica apartó la vista de la carretera el tiempo justo para lanzarle una mirada sagaz—. El padre Keegan me lo ha contado todo sobre tu bochornoso descubrimiento.
—¿Y te ha revelado algún otro detalle de mi investigación?
—Que el cómplice de dentro era un guardia de seguridad, un tal Ottavio Pozzi.
—Tenía que haber alguien más.
—¿Alguien que sabía lo del retrato?
—Exacto.
—¿Quién crees que será? —preguntó Veronica.
—¿La mujer a la que acabas de atropellar? Creo que era Myrtle Wilson.
—La chica del Leonardo.
—No tenemos ni idea.
—Quizá Giorgio pueda arrojar algo de luz sobre el asunto.
—Creo que en su monografía sobre Leonardo no dice nada al respecto.
—Tienes razón —dijo Veronica—. Anoche releí sus notas sobre la Virgen de las rocas.
—Yo también estuve leyendo un poco —dijo Gabriel.
—¿Algo interesante?
—Las memorias de Montefiore. Donde habla por extenso del único fracaso de su por lo demás fulgurante carrera.
—¿Y cuál es?
—No haber encontrado un Leonardo perdido. —Gabriel apuntó a una señal de límite de velocidad—. ¿No cree que debería reducir un poco la velocidad, signora Buchanan?
Veronica sonrió y pisó a fondo el acelerador.
Por lo general, se tardaban tres horas en llegar de Roma a Florencia en coche; Veronica, no obstante, hizo el trayecto en poco menos de dos horas y media.
Dejó el coche en un aparcamiento fuera de la zona a traffico limitato y fueron dando un paseo junto al Arno hasta los Uffizi.
Montefiore había quedado en encontrarse con Veronica en la puerta 3, la entrada principal del museo, a las once en punto, pero a las once y cuarto aún no había dado señales de vida.
—Quizá deberías llamarle —comentó Gabriel.
Veronica prefirió mandarle un mensaje. No hubo respuesta.
—Estará en una reunión —dijo.
—¿Por qué no te ha avisado de que iba a llegar tarde?
—Porque es Giorgio Montefiore.
Aprovecharon el tiempo para dar una vuelta sin prisa por la Piazzale degli Uffizi, deteniéndose un rato a contemplar la estatua de Leonardo, y a las once y media estaban otra vez en la puerta 3. Seguía sin haber rastro de Montefiore.
Esta vez, Veronica marcó su número. Saltó directamente el buzón de voz.
—Prueba en su despacho —sugirió Gabriel.
Veronica encontró el número fijo en internet. Una secretaria lo informó de que Montefiore aún no había llegado al museo.
—Habíamos quedado a las once.
—No se preocupe, dottoressa Marchese. Casi nunca es puntual.
Veronica colgó y volvió a llamarlo al móvil. Saltó otra vez el buzón de voz.
—¿Te acuerdas de dónde vive? —preguntó Gabriel.
Veronica señaló hacia la otra orilla del Arno.
—¿Dentro de la zona o fuera?
—Fuera.
—Vamos por el coche —dijo Gabriel—. Y no te preocupes por los frenos.
La villa se alzaba en lo alto de una loma, al sur de la ciudad, detrás de un muro de piedra de unos tres metros de alto. La verja estaba cerrada. Gabriel pulsó el interfono, pero nadie respondió. Veronica llamó al móvil de Montefiore una última vez, con el mismo resultado.
—Y ahora ¿qué? —preguntó.
—Supongo que uno de nosotros tendrá que saltar la valla.
—Te nomino para la tarea.
—La espalda me está matando.
—Seguro que te las apañas.
Gabriel sopesó sus opciones un momento y luego se encaramó al capó del Mercedes de Veronica.
Incluso así, a duras penas pudo agarrarse a la parte superior de la verja.
Los barrotes eran verticales, de modo que no podía apoyar los pies para facilitarse el ascenso.
Sin embargo, tras unos segundos de esfuerzo sostenido, consiguió pasar la pierna por encima de la valla.
Después, con un simple giro de hombros, pasó el resto del cuerpo.
Se quedó colgado un momento, calculando la distancia entre sus pies y el camino de grava, y luego se dejó caer.
El aterrizaje fue doloroso pero digno, en general.
—Bravo —dijo Veronica por entre los barrotes de la verja—. Has estado magnífico.
—Ahora te toca a ti.
—Prefiero esperar aquí, si no te importa.
Gabriel se sacudió el polvo del pantalón de gabardina y echó a andar por el camino, hacia la entrada de la casa.
No se molestó en llamar al timbre; echó directamente mano al picaporte.
Al igual que la verja, la puerta estaba cerrada con llave.
Abrirla, en cualquier caso, no requirió más esfuerzo que unos segundos de delicada manipulación con las finas ganzúas que llevaba en el bolsillo interior de la americana.
Abrió la puerta y penetró en la fresca penumbra del recibidor.
Allí fue donde encontró a Giorgio Montefiore, tendido en un charco carmesí de sangre reciente, con tres orificios de bala muy juntos en el centro de la frente.
Por fin había cumplido su mayor ambición, pensó Gabriel.
Había encontrado su Leonardo perdido. Y ahora estaba muerto.