Capítulo 18 Osteria Lucrezia
La comitiva de cuatro coches llegó al Panteón, el antiguo templo pagano convertido en basílica católica, cuando estaban dando las ocho.
Tres de los vehículos eran turismos sin distintivos; el cuarto era una berlina Mercedes con cortinas opacas en las ventanillas traseras.
Cuando Gabriel se acercó al coche, la puerta trasera derecha se abrió dejando ver a un hombre moreno y guapo, vestido con pantalones chinos y americana a cuadros.
—No te quedes ahí parado —dijo Luigi Donati—. Sube.
Gabriel se deslizó en el asiento trasero y la comitiva se puso en marcha.
—¿Su santidad se ha quedado sin sotanas limpias?
—Tengo doce, para que lo sepas, pero es bastante difícil pasar desapercibido yendo vestido de blanco de la cabeza a los pies.
—No me digas.
—Es un hecho comprobable. Podemos buscarlo, si quieres.
—Eres una de las figuras públicas más reconocibles del mundo, Luigi, da igual cómo vayas vestido.
—No estoy de acuerdo. En palabras del teólogo Erasmo de Róterdam, vestis virum facit.
—¿El hábito hace al monje?
—Desde luego que sí.
La comitiva papal secreta torció hacia Via del Tritone. Los peatones que transitaban por las aceras no le prestaron atención. A fin de cuentas, eran romanos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Gabriel.
—No quiero estropearte la sorpresa.
—¿A un domicilio particular?
—A un restaurante público.
—No lo dirás en serio.
—Espera a probar la trippa alla romana. Te va a cambiar la vida.
Era un plato tradicional romano: callos guisados con tomate y hierbas aromáticas.
—Antes me como un zapato que los órganos digestivos de un bovino —repuso Gabriel.
—Pues, si no recuerdo mal, te gustaba bastante el fegato alla veneziana.
—El hígado de ternera es distinto, santidad.
—Pontificaré sobre el tema en mi próxima encíclica. —Donati se asomó por el borde de la cortina que cubría su ventanilla—. Esta es mi diócesis, ¿sabes?
—Eso explica por qué te llaman el «obispo de Roma».
Donati lo miró de reojo con reproche.
—¿Estás molesto por algo?
—Como consultor ocasional del Vaticano en asuntos relacionados con la seguridad papal, puedo afirmar sin ninguna duda que esto es una idea pésima.
—No es la primera vez que me escabullo del Vaticano vestido de paisano. Y nadie parece darse cuenta, principalmente porque nunca viajo en mi coche oficial.
—¿Y tu equipo de seguridad?
—Es una versión reducida de mi equipo habitual. Los dos hombres que van delante son guardias suizos vestidos de civil. Los de los coches de atrás son de la Polizia di Stato. Descuida, estoy muy bien protegido.
El restaurante, la Osteria Lucrezia, estaba situado en una calle tranquila, no muy lejos de la estación de tren. Al llegar, encontraron el letrero de neón apagado y las persianas de las cristaleras bajadas. El cartel en la puerta decía « CHIUSO ».
—Lástima —dijo Gabriel—. Supongo que no nos queda más remedio que volver al Vaticano.
—El restaurante está cerrado para una pequeña celebración privada.
—¿Cuántos invitados va a haber?
—Solo dos.
Donati salió del coche y, rodeado de escoltas, entró tranquilo en el restaurante.
Gabriel lo siguió un momento después. El local en el que entró era pequeño y estrecho, como el Vini da Arturo de Venecia.
El obispo de Roma, con su americana y sus pantalones chinos, se puso a charlar cordialmente con el dueño y el chef.
No hubo reverencias ni besamanos, solo tres italianos intercambiando cumplidos.
Al parecer, al resto del personal le habían dado la noche libre.
Donati presentó a su acompañante sin revelar su nombre ni su profesión, y se sentaron a una mesa cubierta con un mantel de papel blanco.
El dueño descorchó una botella de vino blanco de la casa y sirvió dos copas.
Con una mirada, Donati indicó a sus escoltas que se alejaran.
Los agentes de la Polizia di Stato salieron del restaurante.
Un guardia suizo se apostó junto a la puerta, dentro del local.
—Espero que tengas hambre.
—Estoy famélico —respondió Gabriel.
—¿Un día ajetreado?
—Bastante.
—¿Me va a quitar el apetito?
—Es probable.
—En tal caso, vamos a tomar primero unos antipasti.
El festín comenzó con un plato de alcachofas a la romana y flores de calabacín fritas y siguió con un surtido de crostini y embutidos.
Luego llegaron las verduras bañadas en aceite de oliva y las bolas de mozzarella fresca.
Durante un breve receso, antes del plato de pasta, Gabriel puso el retrato robot encima de la mesa.
Donati lo miró con interés mientras se limpiaba las comisuras de la boca con una servilleta de papel.
—Tengo la sensación de haber visto a este hombre antes.
—¿Pudo ser hace poco, la noche del apagón?
Donati levantó la vista.
—Sí, eso es. Se llamaba padre Spada, si no recuerdo mal.
—No me digas que estuviste con él.
—Un momento nada más.
—¿Dónde?
—En mi apartamento de la Casa.
—¿Y cuál fue el motivo de la reunión?
—El padre Spada trabaja para Cáritas Internacional en una casa para migrantes, en Mali. Cáritas proporciona ayuda y techo a los migrantes antes de que emprendan la travesía del Sáhara, camino de Europa.
—Una noble labor de la Iglesia, Luigi, pero el padre Spada no trabaja para Cáritas. De hecho, dudo mucho que sea sacerdote.
—Lo parecía, desde luego.
— Vestis virum facit —repuso Gabriel, y le contó a Donati el resto de la historia.
Su santidad empuñó un tenedor y una cuchara y atacó sus espaguetis a la carbonara.
—Pero ¿por qué no sacó el cuadro del museo el propio guardia de seguridad?
—La entrada pública del Viale Vaticano se clausura cuando cierra el museo. El cuadro tenía que llevarlo alguien que pudiera pasar con él delante de la Guardia Suiza, por la Puerta de Santa Ana.
—¿Alguien vestido de sacerdote, con traje eclesiástico y alzacuellos?
Gabriel asintió.
—Y que llevara una bolsa de nailon lo bastante grande como para contener una tabla de nogal de 78 centímetros por 56.
—Eso explica por qué me regaló una fotografía enmarcada. Un grupo de trabajadores de Cáritas dando de comer a refugiados agotados.
—Muy astuto. —Gabriel probó sus tagliatelle con setas—. Pero ¿cómo consiguió reunirse contigo?
—Si no recuerdo mal, la visita la organizó alguien de la sede de Cáritas aquí, en Roma.
—¿Había alguien más presente?
—El padre Keegan, claro. Y también Bertoli.
—¿Bertoli?
—El cardenal Matteo Bertoli, el sustituto para Asuntos Generales de la Secretaría de Estado.
—¿El sostituto ?
Donati asintió con un gesto.
—Es básicamente el jefe de gabinete de la Iglesia católica. Dirige la curia, gestiona el flujo de los documentos papales y supervisa la actuación de los nuncios en el extranjero. Incluso custodia el anillo del Pescador cuando no lo llevo puesto.
—¿Qué opinión le merece el papa actual?
—Fue mi maestro quien nombró a Bertoli, con mi bendición, por supuesto. No me cabe ninguna duda de que, en asuntos doctrinales, es más conservador que yo. Pero ha demostrado ser muy leal, y la maquinaria de la curia funciona como una seda.
—Salvo la seguridad del santo padre —comentó Gabriel.
—No corrí ningún peligro con el padre Spada. De hecho, era bastante simpático.
—La mayoría de los ladrones lo son.
—Eso no lo sé —dijo Donati.
—¿Cuánto tiempo pasaste con él?
—Ni cinco minutos. Hablamos un momento. Luego el padre Keegan lo acompañó a la salida.
—Pues de algún modo consiguió quedarse intramuros hasta la hora del apagón.
—Seguro que ayudó el que fuera vestido de sacerdote.
—O el que sea un delincuente profesional extremadamente competente —añadió Gabriel.
—¿De la mafia?
—De la Camorra.
—Peor aún —comentó Donati—. Pero ¿cómo sabían de la existencia del cuadro?
—Obviamente, alguien se lo dijo.
—¿Sospechas de alguien?
—Creo que tu secretario privado piensa que debería llevar a Antonio Calvesi al Castel Sant’Angelo y atarlo al potro de tortura.
—¿Crees que está detrás de este asunto?
—Antonio tiene sus defectos —dijo Gabriel—, pero no es un ladrón.
—¿Quién más estaba al tanto?
—¿Aparte de Penelope Radcliff? Todo el mundo en el laboratorio de conservación, supongo. Y luego, claro, está el famoso Giorgio Montefiore, de los Uffizi.
—¿Lo conoces?
—Una vez habló elogiosamente de un trabajo mío de restauración. Pero no, no tengo el placer.
—Tiene un ego del tamaño de San Pedro. —Donati bajó la voz—. O eso dicen.
—¿Quién lo dice?
—Una amiga que lo conoce bien. Una vez fue a una fiesta en la villa que Montefiore tiene en Florencia. El tal Giorgio vive como un Medici. Y todo porque se las da de ser el principal leonardista del mundo.
—¿Crees que aceptaría recibir a tu amiga de repente?
—No veo por qué no. Pero yo no mencionaría tu nombre. Giorgio podría sospechar.
Gabriel clavó el tenedor en los tagliatelle y empezó a darle vueltas.
—No está mal, santidad.
—Soy jesuita —dijo Donati—. Un conspirador nato.