Capítulo 17 Ostiense
Ottavio Pozzi paraba casi todas las tardes en el Caffè Roma, un popular bar de barrio de Via Casati, a tomar un doppio antes de subir al primer metro de los dos que tenía que tomar para ir de Ostiense al Vaticano.
Fue una de esas tardes, poco después de la fiesta de la Asunción, cuando conoció al hombre que se hacía llamar signore Bianchi.
Se empeñó en pagarle el café y le propuso a continuación que hablaran en privado.
—Descríbalo —dijo Luca Rossetti, con el bolígrafo suspendido sobre su libreta de detective, que tenía abierta.
—Tenía unos cuarenta años, llevaba una chaqueta bonita y un reloj de oro. Uno de esos tipos con los que conviene no enemistarse.
—¿Italiano?
—Claro.
—¿Romano?
—Si lo era, no había nacido aquí.
—¿Tenía acento?
Pozzi asintió con la cabeza.
—Como el suyo, capitano.
Rossetti se había criado en Nápoles, en el barrio obrero de Secondigliano. Hablaba un italiano con fuerte acento napolitano.
—¿Cómo sabía el signore Bianchi lo de Sandro? —preguntó.
—Me dijo que lo sabía por un socio suyo.
—¿Un socio?
—No entró en detalles, pero me dejó claro que sus socios podían llegar hasta Sandro dentro de Regina Coeli si no hacía lo que me pedía.
—Y usted, por supuesto, se fue derecho a ver a su jefe y se lo contó todo.
—Si hubiera hecho eso, habrían matado a mi hermano. Y luego a mí. O puede que a Giada o a uno de mis hijos. ¿Qué habrían hecho ustedes en mi lugar?
Sin responder, Rossetti pasó a una hoja en blanco de su libreta.
—¿Y cómo, exactamente, le propuso el signore Bianchi que robara el cuadro y lo sacara del museo sin que nadie se diera cuenta?
—Dijo que habría un apagón que desactivaría el sistema de seguridad del museo.
—¿Le dio la fecha y la hora del apagón?
—En ese momento no.
—¿Cuándo, Ottavio?
—Se pasó por el Caffè Roma dos semanas después. Dijo que el apagón iba a ser la noche siguiente.
—¿Dónde estaba usted cuando se fue la luz?
—En la Pinacoteca. En la sala XII .
—¿Por qué en la sala XII ? —preguntó Gabriel.
—Porque es ahí donde está el Caravaggio. La deposición es mi cuadro favorito. Voy a rezar allí a menudo.
—¿Estaba teniendo dudas?
Pozzi asintió con un gesto.
—¿Por qué no escuchó lo que le aconsejaba su conciencia? —preguntó Rossetti.
—Por mi hermano.
—¿Qué pasó cuando se fue la luz?
En la sala XII , dijo Pozzi, la oscuridad era tan completa que casi no se veía la mano si se la ponía delante de la cara.
Llamó inmediatamente por radio a la sala de control y le ordenaron que recorriera todo el museo en busca de indicios de allanamiento.
Comprobó la entrada principal, a pesar de que sabía perfectamente que allí no pasaba nada raro, y luego bajó a los almacenes.
Como las cámaras y los detectores de movimiento se habían desactivado, sus cuatro compañeros no sabían dónde estaba.
—¿Cómo abrió la puerta? —preguntó Rossetti.
—Las cerraduras tienen una batería de reserva. Solo tuve que meter el código de emergencia. El cuadro estaba exactamente donde me había dicho el signore Bianchi.
—¿En el estante 27? —preguntó Gabriel.
Pozzi hizo un gesto afirmativo.
—¿Cómo lo sacó del Vaticano?
—No lo saqué yo.
—¿Quién fue, entonces?
—El cura.
—¿Qué cura? —preguntó Gabriel.
—No sé su nombre.
—¿Dónde se lo entregó?
—En la puerta que da al aparcamiento de personal. Metió el cuadro en un maletín de nailon y lo sacó del Vaticano.
—¿Recuerda qué aspecto tenía?
—Estaba bastante oscuro. No le vi bien la cara.
—Seguro que algo recuerda.
—Tenía el pelo negro.
—¿Cómo lo llevaba?
—Bien peinado.
Gabriel se sacó un bolígrafo del bolsillo y tomó una hoja del expediente personal de Pozzi. Su método era rudimentario: un simple óvalo cruzado por líneas horizontales para los ojos y la boca.
—¿Dónde tenía la raya del pelo, Ottavio? ¿A la izquierda o a la derecha?
—A la izquierda, creo.
—¿Llevaba barba?
—No.
—¿Y los pómulos? —preguntó Gabriel—. ¿Eran redondeados o angulosos?
Gabriel, que era ambidiestro, trabajó con la mano izquierda, con trazos cruzados, de abajo arriba.
El boceto terminado representaba a un hombre de unos treinta y cinco años, de ojos hundidos, pómulos marcados, nariz recta y boca ancha.
Gabriel vistió a su modelo con traje eclesiástico y alzacuellos, y le mostró el boceto a Ottavio Pozzi, el humilde guardia de seguridad del museo que, sin saberlo, había robado un retrato perdido de Leonardo da Vinci.
—Es él, signore. Es ese hombre.
—¿Le dijo algo?
—Ni una palabra. Solo me dio un trozo de papel y se marchó.
—¿El lugar donde estaría el dinero?
Pozzi dijo que sí con la cabeza.
—Estaba en una consigna, cerca de la estación Termini.
—¿Cien mil?
—Un cuarto de millón.
—¿Qué ha hecho con él?
El guardia del museo miró a su mujer y luego dijo:
—Lo tenemos escondido debajo de la cama.
—¿Cuánto queda?
—Todo. No hemos gastado ni un euro.
El recuento minucioso de los billetes nuevecitos que hizo Luca Rossetti en la mesa de la cocina confirmó que así era.
Unos veinte minutos después, el dinero iba en el maletero del Alfa Romeo sin distintivos de Rossetti, camino del centro de Roma.
Ottavio Pozzi, en cambio, seguía en su casa.
Unas horas después entraría en el Caffè Roma para tomarse un doppio y luego se subiría a un vagón para hacer el primero de los dos trayectos en metro que lo conducirían hasta los Museos Vaticanos.
—Me quedaría más tranquilo si estuviera encerrado en Regina Coeli con su hermano —comentó Rossetti.
—Yo también —respondió Gabriel—. Pero, si lo detenemos, el signore Bianchi y sus socios napolitanos sabrán que vamos tras ellos.
—¿Tú también has llegado a esa conclusión?
—Sería difícil llegar a otra.
—Parece que nos las estamos viendo con la Camorra.
—Sí —dijo Gabriel—. Qué suerte la nuestra.
—Eso explica que el signore Bianchi supiera lo de Sandro. La Camorra mueve muchos hilos en el sistema penitenciario.
—Pero eso no explica cómo consiguió entrar en el Vaticano el padre del maletín.
—¿Cómo crees que lo hizo?
—O escaló los muros —dijo Gabriel—, o alguien lo dejó entrar. Yo apostaría por lo segundo.
Rossetti tardó casi una hora en abrirse paso trabajosamente entre el tráfico de hora punta hasta la Puerta de Santa Ana.
Había un único alabardero montando guardia en el lado vaticano de la frontera.
Vestía un uniforme azul sencillo y tenía las manos, enfundadas en guantes blancos, entrelazadas a la espalda.
Justo a su derecha se encontraba la entrada principal del cuartel de la Guardia Suiza.
En la zona de recepción, el agente de guardia estaba sentado, tieso como un palo, detrás de un mostrador semicircular.
Tenía delante varios monitores de circuito cerrado.
Detrás de él, en la pared, colgaba un crucifijo junto a las banderas de los veintiséis cantones de Suiza.
—¿Dónde está tu jefe? —preguntó Gabriel.
—En su despacho.
—Necesito hablar con él.
—¿Se acuerda del camino?
—La primera puerta pasada la armadura.
El agente de guardia sonrió y tomó el teléfono.
—Voy a avisarle de que va para allá.
Gabriel recorrió un estrecho pasillo que llevaba a un patio interior, donde dos alabarderos de cara lozana estaban destrozando uniformes de gala viejos con gruesas hachas, la forma de castigo más habitual en la Guardia Suiza.
El edificio del otro lado del patio era de color marrón apagado y albergaba las cómodas viviendas de los oficiales, entre ellas la del comandante Alois Metzler, cuyo despacho estaba en la planta baja.
Gabriel sacó el boceto de su maletín y lo puso sobre la mesa de Metzler.
—¿Quién es? —preguntó el comandante.
—Esperaba que me lo dijeras tú.
Metzler tomó el dibujo y lo examinó detenidamente.
—Lo siento, pero no lo reconozco.
—Tengo la sensación de que al menos uno de tus hombres podría reconocerlo.
—¿Por qué?
—Porque nuestro amigo el cura salió del Vaticano hace un par de semanas con un cuadro bajo el brazo.
Metzler apartó la vista del boceto.
—Supongo que esto tiene algo que ver con la inglesa.
Gabriel asintió con la cabeza.
—¿Cuándo fue el robo?
—La noche del apagón.
—Si no me falla la memoria, fue alrededor de las once.
—A las 11:27 —dijo Gabriel—. De modo que nuestro amigo el cura tuvo tiempo de sobra para salir del Vaticano antes de que se cerraran las puertas a medianoche. Pero alguien tuvo que dejarle entrar en el Vaticano.
—Podría haber entrado por el Arco de las Campanas, por el Portón de Bronce o por la Puerta de Santa Ana.
—¿Puedes averiguar qué alabarderos estaban trabajando esa noche?
Metzler consultó los turnos de guardia en el ordenador y luego hizo una serie de escuetas llamadas telefónicas.
Al poco rato, había tres jóvenes guardias suizos en posición de firmes en su despacho.
Uno vestía uniforme de gala; otro, el sencillo uniforme azul de noche, y el tercero, al que habían levantado de la cama, vaqueros y un forro polar del Ejército suizo.
Metzler les enseñó el boceto.
—¿Alguno de ustedes vio a este hombre salir del Vaticano la noche del apagón?
—Yo, coronel Metzler.
Era el alabardero que llevaba el colorido uniforme de gala. Había estado de guardia en la Puerta de Santa Ana.
—¿Transportaba algo?
—Una bolsa grande de nailon.
—¿No le pareció extraño?
—No, coronel Metzler. No me pareció extraño.
—¿Le dijo algo?
—Ni una palabra.
Metzler apretó los dientes.
—¿Y quién fue el idiota que lo dejó entrar en el Vaticano?
—Fui yo —contestó el alabardero vestido con vaqueros y forro polar.
La noche de autos estaba trabajando en el Arco de las Campanas.
—¿Recuerda la hora?
—Sobre las ocho y media.
—Espero que hablara con él.
—Sí, coronel.
—¿Cómo se llamaba?
—Padre Spada.
—¿Nombre de pila?
—Giuseppe.
—¿Llevaba acreditación del Vaticano?
—No, coronel.
—¿Quién le dio acceso al Vaticano?
—Fue el padre Keegan.
—¿Está seguro?
—Sí, coronel.
Con un ademán, Metzler hizo salir a los tres alabarderos de su despacho. Luego miró a Gabriel y dijo:
—Un giro de los acontecimientos bastante inesperado.
—Por decirlo de algún modo. —Gabriel sacó su teléfono y marcó el número del secretario privado del santo padre—. Tenemos un problema.
—En el Panteón, a las ocho en punto —dijo el padre Keegan.