Capítulo 16 Ostiense
A las once y media de esa misma mañana, Luca Rossetti tenía ya en sus manos los cinco nombres y sus expedientes personales correspondientes.
Llevó a cabo una investigación exhaustiva de sus antecedentes, con la misma minuciosidad con que la Brigada Arte comprobaba el historial de todos los candidatos que solicitaban empleo en los numerosos museos nacionales de Italia, especialmente si se trataba de guardias de seguridad.
A las dos y media, mientras Gabriel y el general Ferrari disfrutaban de un almuerzo tardío en Campo de’ Fiori, Rossetti dio con su hombre.
Quince minutos después, recogió a Gabriel en un Alfa Romeo sin distintivos.
Se dirigieron hacia el sur por Corso Vittorio.
—Es Pozzi —dijo Rossetti—. Ottavio Pozzi.
—¿Qué esconde?
—A su hermano mayor, Sandro.
—¿Un alma atormentada?
—Por decirlo de algún modo. —Rossetti inclinó la cabeza hacia el Trastevere—. Sandro reside actualmente en Regina Coeli.
—¿Cuánto tiempo le queda de condena?
—Le cayeron entre veinticinco y treinta años por robo a mano armada, venta y distribución de narcóticos ilegales y asesinato. Ottavio no dijo nada al respecto cuando solicitó trabajo en el Vaticano.
—¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta?
—Ya sabes cómo funciona el Vaticano. Con tal de que digan que son católicos practicantes, entran. Ni siquiera a los guardias suizos se los investiga como es debido.
—Qué me vas a contar —murmuró Gabriel.
Luca Rossetti rodeó el Coliseo prácticamente derrapando sobre dos ruedas y luego pasó a toda velocidad por el Circo Máximo. Su destino era un bloque de pisos del barrio obrero de Ostiense. La planta baja estaba cubierta de pintadas. Gruesas rejas defendían las ventanas y el portal.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Rossetti.
—¿Poli bueno, poli malo?
—¿Cuál me toca a mí?
—Como tú eres el que tiene placa, Luca, propongo que hagas el papel de poli malo.
Rossetti llevaba consigo dos documentos.
Uno era el expediente personal del guardia del Vaticano.
El otro, más grueso, el extenso historial delictivo de Sandro Pozzi.
Provisto de ambos, se acercó al portal del edificio y pulsó el botón del maltrecho portero automático. Al instante respondió una mujer.
— Buongiorno.
—¿ Signora Pozzi?
—¿Quién es?
—Capitán Luca Rossetti, de los Carabinieri. Vengo a ver a su marido.
—¿Puede volver después? Ottavio está durmiendo.
—Me temo que no. Abra, por favor.
Pasaron unos segundos antes de que se oyera el zumbido del portero automático y se abriera la puerta.
Gabriel entró detrás de Rossetti en el portal y subieron las escaleras hasta la cuarta planta.
Giada Pozzi, esposa de Ottavio Pozzi, los esperaba en la puerta del piso 408.
Era una mujer delgada y nervuda, de unos treinta y cinco años, con piercings y numerosos tatuajes.
Hizo caso omiso de la identificación de los Carabinieri que Rossetti puso ante sus ojos casi negros.
—¿Por qué quieren hablar con él?
—Apártese, signora Pozzi.
—No ha hecho nada.
—Entonces no tiene por qué preocuparse.
La mujer se mantuvo firme un momento más. Después, cedió por fin. Rossetti pasó a su lado, con Gabriel detrás. Dos niños, chico y chica, miraban absortos la tele en el cuarto de estar. El niño parecía tener ocho o nueve años. La niña era uno o dos años más pequeña.
—¿Dónde está Ottavio? —preguntó Rossetti.
—Ya se lo he dicho, está durmiendo.
—Despiértelo. No tenemos todo el día.
La mujer desapareció por el pasillo y volvió un momento después con su marido. Ottavio Pozzi llevaba una sudadera de algodón arrugada y unos vaqueros. Tenía los ojos enrojecidos, la piel pálida y el pelo moreno revuelto.
Miró a Rossetti y le preguntó:
—¿Qué quieren?
—¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado? No quiero que los niños se preocupen.
Entraron los cuatro en la cocina. Pozzi se sentó con Gabriel y Rossetti a la mesa cubierta con un hule mientras su mujer llenaba una cafetera Bialetti con Illy y San Benedetto.
Rossetti dejó una de las carpetas encima de la mesa y la abrió.
—Su expediente personal del Vaticano, junto con una copia de su solicitud de empleo y el cuestionario de seguridad.
Ottavio Pozzi miró el material con la expresión perpleja de quien no ha dormido.
—¿De dónde ha sacado todo esto?
—Nos lo ha facilitado su jefe. —Rossetti puso la segunda carpeta encima de la mesa—. Este lo hemos encontrado por nuestra cuenta.
Pozzi se quedó callado.
—¿Por qué mintió en su solicitud? —preguntó Rossetti.
—Necesitaba el trabajo. Y sabía que no me contratarían si decía que mi hermano era un delincuente.
—Podría haber encontrado trabajo en otro sitio.
—Quería trabajar en el Vaticano.
—¿Por qué?
—Para estar cerca del santo padre.
—¿Admira a su santidad?
—Me encantan todos los papas.
—¿Es usted católico practicante?
—Mucho, sí.
Rossetti miró a la mujer tatuada y llena de piercings .
—¿Y usted, signora Pozzi?
Ella puso una taza de café delante de su marido, pero no dijo nada.
—Giada dio la espalda a la Iglesia por culpa de los escándalos de abusos sexuales —explicó Ottavio Pozzi—. Se niega a pisar el Vaticano.
—En cambio, su marido pasa allí todas las noches —comentó Rossetti—. Nunca hace el turno de día. Siempre de noche.
—Lo prefiero.
—¿Y eso por qué?
Pozzi puso una sonrisa soñadora.
—¿Ha estado alguna vez solo en la Capilla Sixtina? ¿O en las Estancias de Rafael?
—¿Qué me dice de los almacenes? —preguntó Gabriel.
A Pozzi se le borró la sonrisa.
—Voy poco por allí, signore.
—Pero estuvo allí la noche del apagón, ¿no? Y mientras estaba allí, sacó esto. —Gabriel dejó una fotografía del cuadro encima de la mesa—. La persona que le contrató para que sustrajera el cuadro le aseguró que nadie se daría cuenta de que faltaba. Y usted hizo la tontería de creérselo.
Pozzi miró el cuadro y apartó la vista.
—Se equivoca, signore.
Rossetti soltó un profundo suspiro.
—Le aconsejo que no vaya por ese camino, Ottavio. Si no, no me quedará más remedio que detenerlo delante de sus hijos y encerrarle en Regina Coeli con su hermano.
—Pero si no he hecho nada.
Rossetti hizo oídos sordos.
—En cambio, si nos ayuda a recuperar el cuadro, quizá pueda convencer a mi superior de que pase por alto su conducta. Perderá el trabajo, claro. Pero sus hijos no tendrán que ir a verlo a la cárcel.
Pozzi cambió una larga mirada con su esposa antes de contestar.
—Lo siento, capitano, pero me temo que no puedo ayudarle.
—¿Por qué?
—Porque, si lo hago, lo matarán.
—¿A quién?
—A mi hermano Sandro.
—¿Por eso accedió a robar el cuadro? ¿Porque amenazaron a su hermano?
Pozzi dudó. Luego asintió con la cabeza.
—Pero no fue solo por eso, ¿verdad? Seguro que algo le pagaron.
—Cien mil.
—¿Nada más? —Luca Rossetti sonrió—. Pruebe otra vez, Ottavio.