Capítulo 15 Musei Vaticani
Antonio Calvesi se reunió con Gabriel en la entrada pública de los Museos Vaticanos a las diez de la mañana siguiente.
Una vez dentro, bajaron por la escalera en espiral de Bramante y cruzaron una puerta de seguridad que daba a una sala tenuemente iluminada donde había cuatro técnicos sentados, mirando muy serios una pared llena de monitores de vídeo.
La avalancha había comenzado. De media, cada día visitaban el museo más de veinte mil personas. Solo el Louvre tenía más visitantes.
El hombre encargado de proteger los inestimables tesoros del papado era un antiguo experto en seguridad corporativa llamado Alessio Tomassini. Le tendió la mano con cautela a Gabriel.
—Bienvenido de nuevo a los Museos Vaticanos, signore Allon. Ha pasado mucho tiempo.
—¿Me echabas de menos, Alessio?
—Se lo diré dentro de unos minutos. —El jefe de seguridad acompañó a Gabriel y a Calvesi a un despacho contiguo y se sentó detrás del ordenador de sobremesa—. ¿El almacén número 4?
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Calvesi.
—Los vi allí ayer por la tarde, al signore Allon y a usted. —Tomassini pulsó unas cuantas teclas y en el monitor apareció una imagen de la sala—. ¿Buscan algo en concreto?
—Podría decirse así —contestó Gabriel.
—¿Falta algo?
—Algo se ha extraviado —puntualizó Calvesi.
—¿Cuándo fue la última vez que se sacó del almacén?
Calvesi le dio una fecha y Alessio Tomassini la introdujo en el ordenador.
—¿Hora aproximada?
—Creo que eran alrededor de las once y media.
Tomassini inició la reproducción a las once en punto, a velocidad tres veces superior a la normal. Pausó la imagen a las 11:42, cuando Antonio Calvesi entraba en la sala acompañado de una joven.
—¿La signorina Radcliff?
Al ver que no respondían, Tomassini puso la escena en marcha con un clic del ratón.
Antonio Calvesi y la prometedora conservadora en prácticas buscaban un cuadro necesitado de restauración.
Uno de poco valor monetario. Uno olvidado hacía mucho tiempo.
El estante extraíble marcado con el número 27 contenía quince obras entre las que elegir.
Ocho a un lado de la malla metálica y siete al otro.
Eligieron la Virgen con el Niño y san Juan Bautista, óleo sobre tabla de nogal, de 78 centímetros por 56, quizá del siglo XVIII , quizá de un imitador de Rafael.
Tomassini pulsó la pausa y miró a Calvesi.
—Supongo que usted y la signorina Radcliff se llevaron el cuadro al laboratorio.
—Así es.
—¿Vemos el vídeo?
—No es necesario.
—¿Cuándo lo devolvieron al almacén?
Calvesi le dio otra fecha, tres meses posterior.
—¿Hora?
—Por la tarde. Sobre las cinco.
En realidad, eran casi las cinco y media. Esta vez, Calvesi estaba solo. Devolvía el cuadro recién restaurado a su sitio en el estante 27 y se marchaba.
El jefe de seguridad volvió a pausar la grabación.
—¿Ese es el cuadro robado?
—El cuadro extraviado —repitió Calvesi.
—Puede que alguien lo haya cambiado de sitio.
—Hemos registrado los cuatro almacenes.
—Sí, lo sé. También lo vi.
Tomassini pulsó el play y aumentó al máximo la velocidad de reproducción.
El almacén 4 quedaba un poco apartado. Podían pasar días y días sin que nadie lo visitara; a veces, una semana o dos.
Cada vez que alguien entraba, se activaban los detectores de movimiento y las luces del techo se encendían.
Y cuando la persona en cuestión se marchaba, volvía la oscuridad.
Una de esas personas llegó a las cuatro y cuarto de la tarde de un viernes y se fue derecha al estante 27.
Alessio Tomassini pulsó la pausa.
—¿La signorina Radcliff?
Calvesi asintió y miró la fecha.
—Era el último día de sus prácticas. Supongo que quería ver el cuadro por última vez.
Tomassini pulsó el play y Penelope Radcliff extrajo el estante apartándolo de la pared. Contenía catorce cuadros. Ocho a un lado de la malla metálica. Seis al otro. La Virgen con el Niño y san Juan Bautista, óleo sobre tabla de nogal, de 78 centímetros por 56, había desaparecido.
—Ponlo en pausa —dijo Gabriel.
Tomassini hizo clic con el ratón.
—¿Cómo es posible que no hayamos visto el robo?
—No es posible.
—Dale marcha atrás.
Tomassini obedeció. Los mismos visitantes entraban y salían, aunque esta vez caminando hacia atrás.
—Páralo otra vez —dijo Gabriel. Luego preguntó—: ¿Qué ha sido ese fallo en la imagen?
—Lo siento, pero no he notado nada.
—Ponlo hacia delante, Alessio. A velocidad normal.
Tomassini pulsó el play. El reloj marcaba las 23:23. El fallo tenía lugar cuatro minutos después: una onda que se desplazaba de arriba abajo por la pantalla.
—Ya lo veo —dijo Tomassini—. Fue la noche del apagón.
—¿Qué apagón?
—Esa noche se quedó sin electricidad todo el Vaticano.
—¿Y los generadores de emergencia?
—Fallaron. El personal del turno de noche estuvo quince minutos completamente a oscuras. Cuando volvió la luz, registraron todo el museo, de arriba abajo. No había señales de que hubieran entrado a robar ni faltaba nada.
—¿Cuántos guardias hay en un turno de noche normal?
—Cinco.
—¿Hay un registro de quién trabajó esa noche?
—Sí, por supuesto.
—Necesito los nombres, Alessio. Y también su expediente personal.
—Lo siento, pero los expedientes son confidenciales.
—¿Llamamos al santo padre?
—No, signore Allon. No es necesario.