La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 14 Villa Marchese
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Capítulo 14 Villa Marchese

Gabriel convenció a Chiara de que le reservara una habitación en el lujoso hotel Hassler, aunque se abstuvo de revelarle el motivo por el que necesitaba alojamiento en Roma y prefirió no aventurar un cálculo, ni siquiera aproximado, de cuánto tiempo pasaría allí.

Arriba, en su suite , se afeitó, se duchó y se puso ropa limpia.

Sopesó fugazmente la posibilidad de guardar las fotografías y las imágenes infrarrojas en la caja fuerte de la habitación, pero al final decidió guardarlas en su maletín.

Veronica Marchese, la mujer con la que iba a cenar, tenía buen ojo para la pintura renacentista italiana y un oído finísimo para los chismorreos más jugosos del mundillo del arte.

Gabriel no la veía desde la noche en que su amigo común salió al balcón de la basílica de San Pedro siendo ya el flamante sumo pontífice.

Temía, por tanto, que lo recibiera con frialdad.

La doctrina católica instaba a los sacerdotes a perdonar a sus ofensores, pero Gabriel siempre había tenido la impresión de que Veronica era más bien rencorosa.

Se habían visto por primera vez en la cafetería del jardín del Museo Nacional Etrusco de Italia.

Veronica, una de las mayores autoridades mundiales en civilización y antigüedades etruscas, era ya en aquel entonces una conservadora experimentada y, de tanto en tanto, asesoraba a la Brigada Arte.

Ahora era la directora del museo y su mayor mecenas particular, tras heredar una fortuna considerable de su difunto marido, Carlo, miembro de la llamada nobleza negra de Roma.

A espaldas de su esposa, Carlo era también el cabecilla de una red de tráfico de antigüedades vinculada con los rincones más violentos de Oriente Medio.

Gabriel se encargó de fulminar la red en su primera colaboración con el general Ferrari.

Luego, una noche en la basílica de San Pedro, hizo lo propio con Carlo Marchese.

Veronica, sin embargo, también le ocultaba un secreto a su marido: que muchos años atrás, mientras trabajaba en una excavación arqueológica cerca del pueblo umbro de Monte Cucco, se había enamorado perdidamente de un cura jesuita que había perdido la fe siendo misionero en el departamento salvadoreño de Morazán.

Su aventura terminó abruptamente cuando el sacerdote regresó al seno de la Iglesia.

Veinticinco años después, tras uno de los cónclaves más breves de la historia moderna, fue elegido papa.

Veronica había llorado al ver al hombre al que amaba en la Loggia delle Benedizioni con los brazos abiertos de par en par. Y no eran lágrimas de alegría.

El lujoso palazzo que Veronica Marchese había heredado de su difunto marido estaba a cinco minutos a pie del Hassler; un paseo muy agradable.

Gabriel llamó al timbre cuando estaban dando las ocho y una voz sensual lo informó por el telefonillo de que la puerta estaba abierta.

Daba a una larga galería decorada con cuadros de la escuela italiana.

Veronica, vestida con un precioso traje pantalón verde esmeralda, lo esperaba al final del corredor.

Al darle el segundo de los dos baci sulla guancia, sus labios se demoraron en la mejilla derecha de Gabriel un poco más de lo que mandaba la costumbre romana.

—Te he echado muchísimo de menos, Gabriel Allon. ¿Dónde te habías metido?

—En Venecia.

—A solo dos horas en tren. Y no has venido a verme ni una sola vez.

—No estaba seguro de que fueras a alegrarte de verme.

Veronica se apartó y lo miró con expresión juguetona a través de las elegantes gafas de ojo de gato.

—¿Por qué no iba a alegrarme?

—Porque puse tu vida patas arriba.

—Y más de una vez, además —señaló ella.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

Ella sonrió, pero no dijo nada.

—¿Cómo has sabido que estaba en Roma? —preguntó Gabriel.

—Me lo ha dicho el padre Keegan.

—¿Habláis a menudo?

—De vez en cuando. Me ha dicho que hoy has pasado por el Vaticano para ver al santo padre y me ha sugerido que te invitara a cenar.

—¿Por algún motivo en particular?

—Le preocupa tu bienestar, nada más.

—Me detesta.

—Está resentido contigo porque seas tan amigo de su jefe, pero te admira muchísimo. ¿Y cómo iba a ser de otra manera? Si no fuera por ti, estaría enseñando historia en un instituto jesuita de Estados Unidos.

—¿Y qué tendría eso de malo?

—Para un clérigo como el padre Keegan, sería intolerable. Tiene una ambición tan negra como su sotana, igual que el resto de la curia romana. Lo único que lo salva es que defiende al santo padre como una fiera.

—Eso es algo que tenemos en común.

—Entonces su santidad no tiene nada que temer.

—No estoy tan seguro de eso.

Veronica enarcó una ceja.

—¿Qué pasa esta vez?

—Otro escándalo, me temo.

—¿Hay alguna mujer de por medio?

—¿Cómo lo has adivinado?

—Espero no ser yo.

—No, Veronica. No eres tú.

Condujo a Gabriel a una sala amueblada con elegancia y sacó una botella de champán Krug añejo de una cubitera de cristal.

—Es la última botella de la colección de Carlo. La estaba reservando para una ocasión especial. —Llenó dos copas y luego levantó la suya—. ¿Por qué brindamos?

—Por los viejos amigos —propuso Gabriel.

—Últimamente me he vuelto alérgica a la palabra «viejo».

Se me viene a la cabeza cada vez que me miro al espejo.

Tú, en cambio, no has envejecido nada desde la última vez que te vi.

—Se sentó y cruzó las piernas—. Fue el día del cónclave, si no recuerdo mal.

Vimos la procesión de apertura por televisión con los demás jesuitas, en la residencia de Borgo Santo Spirito.

Luego Luigi y tú os fuisteis a la Capilla Sixtina y él ya no volvió.

—¿Podrás perdonarme alguna vez?

—La Iglesia me quitó a Luigi hace muchos años, Gabriel. Tú solo lo pusiste definitivamente fuera de mi alcance.

—¿Nunca lo ves?

—¿Al vicario de Cristo?

—A Luigi.

—Alguna vez he asistido a la audiencia general de los miércoles.

Y los domingos por la mañana a veces me acerco a la plaza de San Pedro a oír a su santidad rezar el ángelus.

Creo que una vez me vio debajo de su ventana, pero no he tenido ningún contacto con él, aparte de alguna que otra llamada de su secretario privado.

Ejecutamos una curiosa pantomima. Él me pregunta cómo estoy y yo le aseguro que mejor que nunca.

Hoy me ha dicho que un amigo muy querido había venido a Roma de improviso.

Ha sido la mejor noticia que me han dado en mucho tiempo.

—Deberías buscarte a otra persona, Veronica.

—Ya lo intenté una vez y mira cómo acabó. —Bebió un sorbo del champán de su difunto marido—. Además, soy demasiado vieja para entregarle el corazón a otro hombre. Pero estoy pensando en buscarme un amante. Alguien joven, guapo y totalmente inapropiado. Sería la comidilla de toda Roma.

—¿Estás pensando en alguien en concreto?

Hizo un ademán desdeñoso con la mano.

—Ya basta de hablar de mí, Gabriel. Háblame de la protagonista de ese escándalo que se está cociendo en el Vaticano.

—No hay mucho que contar, en realidad.

—¿Tiene nombre?

—Supongo que sí, aunque no hay constancia de ello.

—¿Es de Roma, la chica?

—De Milán, diría yo.

—¿Qué aspecto tiene?

—Pelo rubio, ojos grandes, bastante guapa.

—Mal asunto. ¿Y cuántos años tiene esa chica rubia de Milán?

Gabriel sonrió.

—Cinco siglos, por lo menos.

—Podría ser obra de alguno de sus discípulos o seguidores.

—¿Los leonardeschi ?

—Exacto.

—Es posible —reconoció Gabriel—. Pero el hecho de que haya desaparecido indica que alguien está convencido de que es un Leonardo auténtico.

—¿Por qué no han denunciado el robo?

—Nadie sabía que había desaparecido.

—Entonces, ¿fue un robo planeado desde dentro?

—Como lo son la mayoría de los robos en museos.

Estaban sentados cada uno a un extremo de la mesa, en el comedor señorial de Veronica, compartiendo un entrante de vitello tonnato. Las fotos y las imágenes infrarrojas descansaban entre ellos, junto con el ejemplar de Veronica de la monografía de Giorgio Montefiore sobre Leonardo.

—¿Te he contado alguna vez mi pesadilla recurrente? —preguntó ella.

—¿Cuál?

—Esa en la que llego a Villa Giulia una mañana, muy temprano, y descubro que han robado toda la colección del Museo Nazionale Etrusco y que todos mis guardias de seguridad han huido del escenario del crimen.

—Eso sí que sería un escándalo —comentó Gabriel.

Veronica agarró su cuchillo y su tenedor.

—Supongamos, solo por suponer, que el cuadro desaparecido es de verdad un Leonardo.

—Vale —dijo Gabriel, y se sirvió más ternera.

—¿Qué crees que se proponen hacer los ladrones con él?

—Eso depende de quiénes sean los ladrones.

—¿Qué quieres decir?

—Cabe la posibilidad de que el cuadro acabe en manos de un coleccionista rico que quiera poseer lo que no puede poseerse. Pero lo más probable es que los ladrones intenten forrarse poniendo el cuadro a la venta.

—¿Eso puede hacerse?

—Con bastante facilidad.

—¿Cómo?

—Lo primero que tendrían que hacer es eliminar la Virgen con el Niño y modificar la apariencia de la tabla. Si tuviera que hacerlo yo, adosaría otra tabla al dorso del panel original. Luego restauraría el Leonardo e inventaría una historia convincente que explicara su reaparición.

—¿Como la tapadera de un espía?

—Es más o menos el mismo concepto.

—¿Y dónde crees que reaparecerá nuestra chica?

—Donde menos lo esperemos.

—El Salvator Mundi se descubrió en una galería de Nueva Orleans.

—Un buen sitio para un Leonardo —comentó Gabriel.

—Y doce años después se vendió por cuatrocientos cincuenta millones de dólares en Christie’s.

—Cuatrocientos millones más comisiones y honorarios. Pero ¿qué más da, millón arriba, millón abajo?

—¿Cuánto vale tu Leonardo?

—El historiador del arte Kenneth Clark describió Cabeza de muchacha como uno de los bocetos más bellos del mundo. Si Leonardo de verdad pintó un retrato al óleo de esa mujer, valdría mucho más que el Salvator Mundi.

—¿Quinientos millones?

—Fácilmente.

—Pero hay un problema —dijo Veronica—. Tu Leonardo lo han robado en los Museos Vaticanos.

—¿Sabes cuántas versiones hay del Salvator Mundi ?

Treinta, como mínimo. Y hay decenas de versiones de la Mona Lisa.

Sería muy fácil explicar la existencia de dos versiones distintas del mismo retrato.

Además, ya sabes lo que dicen: que cuenta más la posesión que la titularidad.

Y, en el mundo del arte, es así por partida doble.

—¿Los coleccionistas serios no se mostrarán reacios a comprarlo si sospechan que detrás hay juego sucio?

—Será una broma, ¿no?

Una criada con uniforme almidonado apareció con el plato de pasta.

— Amatriciana —dijo Veronica—. Espero que te guste picante.

—Cuanto más picante, mejor.

Veronica le llenó el plato.

—Me parece que no tenemos más remedio que hacerlo público.

—Si lo hacemos público, el Leonardo desaparecerá para siempre.

—¿Qué alternativa hay?

—Dejar que los ladrones crean que se han salido con la suya, que han dado el mayor golpe que ha conocido el mundo del arte desde el robo de la Mona Lisa.

Veronica probó un primer bocado de pasta.

—Era italiano, ¿sabes?

—¿Quién?

—El hombre que robó la Mona Lisa del Louvre.

—Eso también fue un robo planeado desde dentro.

—Siempre lo son —comentó Veronica—. Pero que pase en el Vaticano . . . En fin, podría ser tremendo, en efecto.