La obra maestra (Gabriel Allon 25) Capítulo 13 Pinacoteca
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Capítulo 13 Pinacoteca

—Me has engañado.

—No es cierto.

—¿Cómo lo llamarías tú?

—Te he mentido a la cara.

Calvesi pasó su tarjeta por un lector y la puerta se abrió ante ellos.

—¿Por qué?

—La extraña naturaleza de mi investigación requería una pizca de engaño.

—Tu especialidad.

—Perdóname, Antonio, pero necesitaba saber qué descubrió Penelope Radcliff cuando trabajaba aquí.

—¿Y temías que no te lo dijera si sabía que estaba muerta?

—¿Habrías respondido a mis preguntas si te hubiera dicho la verdad?

—No sin un abogado presente. —Cruzaron la puerta y bajaron un tramo de escaleras—. ¿Para quién trabajas esta vez? ¿Para el general Ferrari o para tu amigo el santo padre?

—Para ambos, supongo.

—En tal caso, encenderé una vela por ti.

—Enciéndela mejor por Penelope Radcliff.

—¿De verdad crees que la mataron por ese cuadro?

—Alguien registró su apartamento poco después de que la mataran. Tengo la sensación de que buscaban copias de esas imágenes infrarrojas.

—Tenía un juego completo de copias impresas. La última vez que las vi, las tenía guardadas dentro de su ejemplar de la monografía sobre Leonardo de Giorgio Montefiore.

La indispensable Pinturas y dibujos completos de Leonardo da Vinci.

—Eso explica por qué el libro no estaba en su apartamento —comentó Gabriel.

—Puede que se lo llevara a Venecia.

—Es improbable. Ese mamotreto pesa tonelada y media.

Al final de la escalera se encontraron con otra puerta cerrada.

Calvesi la abrió con su tarjeta y juntos echaron a andar por un pasillo bien iluminado.

Gabriel calculó que se hallaban dos pisos por debajo de la galería de pinturas.

Las salas de exposición solo albergaban un pequeño porcentaje de la ingente colección pontificia de cuadros, esculturas y otras piezas artísticas cuyo valor de mercado era tan incalculable que el Vaticano lo había fijado de manera simbólica en un euro.

Gabriel pensó que estaba a punto de aumentar sustancialmente.

Antonio Calvesi se detuvo ante una puerta etiquetada como CÁMARA IV . La abrió con la tarjeta y condujo dentro a Gabriel. Los fluorescentes del techo se encendieron de forma automática.

—Detectores de movimiento —explicó Antonio. Señaló luego una cámara de vigilancia y añadió—: Saluda a los chicos de la sala de control.

—Dado que en realidad no estoy aquí, prefiero no hacerlo.

—¿Tus pesquisas son de índole extraoficial?

—¿Es que las hay de otro tipo?

—En el Vaticano no.

La sala tenía el tamaño aproximado de la Capilla Sixtina.

Dispuestos a lo largo de las paredes había estantes extraíbles.

Gabriel agarró el asa de uno de ellos y tiró de él.

A ambos lados colgaban cuadros, todos ellos de origen italiano; la mayoría, necesitados de una restauración.

El mejor de todos era un cuadro de Jesús resucitado.

—Si no me equivoco —dijo Gabriel—, eso es un Botticelli.

—No te equivocas.

—¿Por qué está aquí abajo?

—Es una larga historia.

Gabriel volvió a colocar el estante en su sitio.

—¿Dónde está mi Leonardo?

—Nuestro único Leonardo está arriba, en la galería de pinturas —respondió Calvesi, y se dirigió hacia el fondo de la sala.

Mientras Gabriel lo observaba, agarró el asa de un estante con la etiqueta 27 y lo sacó. Había ocho cuadros a un lado de la malla metálica y seis al otro. Gabriel pensó que había espacio de sobra para un séptimo cuadro de, digamos, 78 centímetros por 56.

—Quizá te hayas equivocado de estante.

—No.

—¿Estás seguro?

—Lo puse aquí yo mismo.

—¿Podría haberlo cambiado de sitio otra persona?

—Si esa persona carece de instinto de supervivencia, sí.

Calvesi volvió a colocar el estante en su sitio y sacó el de al lado.

Nueve cuadros a un lado, siete al otro. Ninguno se parecía ni en tamaño, ni en soporte ni en tema al cuadro que habían ido a ver.

Lo mismo podía decirse del estante contiguo y de todos los demás de la sala.

Gabriel llegó entonces a la perturbadora conclusión de que Penelope Radcliff, de veintisiete años de edad, graduada por la Universidad de Cambridge y el Instituto de Arte Courtauld, había descubierto un retrato perdido de Leonardo da Vinci.

Y ahora ese Leonardo había desaparecido.

* * *

Volvió al laboratorio de conservación el tiempo justo para recoger copias impresas de las fotografías y las imágenes de infrarrojos del cuadro, y salió luego a la galería de pinturas por una puerta trasera poco frecuentada, situada debajo de la Sala della Biga.

Llamó al padre Mark Keegan mientras cruzaba el patio del Belvedere.

—Tenemos que hablar.

—Lo escucho —dijo el sacerdote.

—Por teléfono no.

—¿Tan grave es?

—Diez en la escala de Richter.

Se encontraron cinco minutos después en la escalinata de la basílica.

—¿Un Leonardo auténtico ? —preguntó el padre Keegan.

—Un posible Leonardo, de momento.

—¿Dónde está?

—Se ha esfumado.

El secretario privado del papa, que rara vez se inmutaba, se sintió indispuesto de repente.

—¿Lo han robado? ¿Eso es lo que me está diciendo?

—No le han crecido patas y ha salido del almacén por su propio pie, desde luego. Alguien ha tenido que llevárselo. Alguien que sabía que estaba ahí.

—¿Alguien que trabaja en el museo?

—Sin duda.

—¿Por eso asesinaron a Penelope Radcliff?

Gabriel asintió.

—Se enteró de que habían birlado el cuadro y decidió advertir al mundo del arte.

—Pero ¿por qué no se limitó a decirle a Antonio Calvesi que faltaba el cuadro?

—Es usted un jesuita muy astuto. Dígamelo usted.

—¿Porque pensaba que Antonio podía estar metido en el ajo?

—Exacto.

—¿Cree usted que . . .?

—¿Que Antonio Calvesi está involucrado? —Gabriel negó con la cabeza.

—Qué confiado es usted. —Cruzaron juntos la plaza de San Pedro. El viento racheado de la tarde hinchaba y hacía restallar la sotana negra del padre Keegan—. Y ahora ¿qué? —preguntó.

—La Santa Sede esperará el momento oportuno y no dirá nada.

—Eso se nos da bastante bien por aquí.

—Ya lo he notado.

—¿Y cuando las autoridades de Venecia revelen la identidad de la joven cuyo cadáver apareció en la laguna?

—La oficina de prensa del Vaticano expresará su profundo pesar por su fallecimiento, pero no mencionará el asunto del cuadro desaparecido, lo que me permitirá continuar mi investigación sin que interfiera la prensa.

—Sus pesquisas para recabar datos —puntualizó el padre Keegan—. Dado que no se ha cometido ningún delito, no puede haber investigación.

—Tiene usted razón.

—Soy un jesuita muy astuto, ¿recuerda? —El padre Keegan se detuvo al pie del obelisco egipcio—. ¿Está libre para cenar, por casualidad?

—¿Por qué lo pregunta?

—El santo padre desea saber si le apetecería cenar con él en la Casa.

—Aunque suena muy tentador, creo que voy a cenar en otro sitio.

—Permítame sugerirle un sitio pequeño y muy tranquilo cerca de Via Veneto. —El sacerdote le entregó un trozo de papel—. La comida es excelente. Y, sobre todo, es muy discreto.

Gabriel miró el papel. Reconoció las señas.

—¿A qué hora me esperan?

—A las ocho.

—¿Mesa para dos?

—No sabría decirle.

—¿Código de vestimenta?

El padre Keegan sonrió.

—Prohibidas las sotanas.