Capítulo 12 Pinacoteca
La fotografía ocupaba la gran pantalla del ordenador del despacho de Antonio Calvesi.
La habían tomado el día que Penelope Radcliff y él sacaron el cuadro de los almacenes de la Pinacoteca.
La superficie estaba cubierta de polvo y suciedad, y el barniz, del color de una mancha de nicotina, apagaba los colores.
La siguiente fotografía, sin embargo, mostraba el cuadro ya completamente restaurado, con colores vivos y brillantes.
Gabriel, con ojo experto, localizó de inmediato los lugares donde se habían hecho repintes significativos.
Eran un poco toscos para su gusto, pero él era conocido en el mundo del arte por la delicadeza de su toque.
Aspiraba a entrar y salir sin ser visto, a dejar el cuadro tal y como lo había encontrado, pero restaurado en su esplendor original.
—¿Y bien? —preguntó Calvesi.
—Estoy impresionado. Pero ¿qué parte del trabajo hiciste tú?
—¿No lo notas?
Gabriel señaló dos zonas repintadas, una en el rostro de María y otra en el torso del Niño Jesús.
—¿Tan evidente es?
—Conozco tu trabajo.
Calvesi señaló una sección retocada en el arroyo azul claro que corría por el fondo del cuadro.
—Eso es de Penny.
—Es bastante buena para ser tan joven —comentó Gabriel, usando de nuevo el presente para referirse a ella a pesar de saber que estaba muerta.
—Su padre era pintor. Nació con un pincel en la mano. —Calvesi sonrió—. Igual que tú, Gabriel.
Él hizo caso omiso del cumplido.
—¿Puedo ver el pentimento, por favor?
Calvesi hizo clic con el ratón y una nueva imagen apareció en pantalla: el contorno fantasmal de otra mujer, acechando justo debajo de la Virgen.
Estaba oculta por la gruesa capa de suciedad superficial y el barniz color tabaco, pero Penelope Radcliff, sirviéndose solo de disolvente y un hisopo de algodón, había desvelado su existencia.
—Como verás —dijo Calvesi—, parece ser una versión anterior de María. Pero, cuando examinamos el cuadro con reflectografía infrarroja, encontramos esto.
Volvió a hacer clic con el ratón y una imagen infrarroja en blanco y negro apareció en el monitor.
Era el retrato de una joven de cabello claro que miraba directamente al espectador por encima de su hombro izquierdo.
Tenía los ojos grandes y los párpados gruesos.
Su pupila izquierda era considerablemente más pequeña que la derecha.
Gabriel sintió un leve malestar en la boca del estómago.
Le ocurría siempre que veía un cuadro que, por la razón que fuera, le chocaba.
En el léxico del mundo del arte, a los infelices como él los llamaban a veces «cazadores de falsificaciones» por su inquietante habilidad para detectar al instante una falsificación o una atribución exagerada.
También funcionaba al revés, sin embargo.
En más de una ocasión, Gabriel había autentificado obras originales de grandes maestros atribuidas de forma errónea a imitadores o a seguidores posteriores.
Y no le avergonzaba admitir que ninguna autoridad superior había cuestionado nunca su dictamen.
Dejó pasar un momento antes de formular con calma su primera pregunta.
—¿La reconoces?
—Se parece un poco a la chica que . . .
—No se parece un poco, Antonio. Es ella.
—No puedes afirmarlo con rotundidad.
Gabriel se sacó el teléfono del bolsillo y buscó en internet una fotografía de la obra de Leonardo Cabeza de muchacha.
Los estudiosos aceptaban en general que el exquisito dibujo a punta de plata, expuesto ahora en la Biblioteca Reale de Turín, era un boceto preparatorio para la Virgen de las rocas.
La joven había servido de modelo para la figura del arcángel Gabriel.
Leonardo, como tenía por costumbre, había dejado indefinido el género del ángel.
Gabriel sostuvo el teléfono junto a la pantalla del ordenador de Calvesi.
—Fíjate en los ojos. En las pupilas, concretamente. Son de diferente tamaño. Leonardo creía por error que las pupilas humanas se dilataban cada una por su lado cuando se exponían a la luz.
—Penny también se fijó. Pero eso no prueba nada.
Gabriel se guardó el teléfono en el bolsillo.
—Supongo que no hay un dibujo subyacente, ¿no?
Calvesi hizo clic en el icono correspondiente y otra imagen infrarroja apareció en el monitor.
Era una versión muy detallada del cuadro.
Algunos artistas del Renacimiento italiano, como Tiziano, dibujaban directamente sobre el gesso.
Leonardo, en cambio, solía colocar un boceto preparatorio perforado sobre la tabla y lo cubría con polvo de carbón muy fino.
El polvillo se colaba por los agujeros — spolveri, los llamaban los italianos— y de ese modo el boceto quedaba plasmado en el soporte donde se pintaría después.
—¿La reconoces? —preguntó Gabriel de nuevo.
—Admito que el dibujo subyacente se parece mucho a la Cabeza de muchacha.
—Con razón.
Calvesi le dedicó una sonrisa condescendiente.
—¿Alguna vez has restaurado un Leonardo?
—No he tenido ese honor.
—¿Has pasado mucho tiempo con él? ¿Alguna vez has tenido uno en tus manos? ¿Un Leonardo auténtico?
—¿Adónde quieres ir a parar, Antonio?
—Una o dos veces por década, algún marchante o algún estudioso se convence de que ha dado con un Leonardo perdido. Pero desde 1909 solo dos óleos nuevos de Leonardo se han aceptado como obras autógrafas del maestro. La Madonna Benois y el Salvator Mundi.
—Eso no significa que no haya más.
—¿De verdad crees que nuestro artista florentino anónimo pintó encima de un Leonardo?
—Cosas más raras se han visto, Antonio. En el siglo XVIII , los óleos de Leonardo que se conservaban estaban escondidos en colecciones privadas y La última cena estaba en tan mal estado que los monjes de Santa Maria delle Grazie pusieron una puerta en medio.
Es muy posible que nuestro pintor florentino anónimo nunca hubiera oído hablar de Leonardo da Vinci, y mucho menos visto su obra.
—Pero no hay nada en los archivos que sugiera que Leonardo pintó un retrato de esta mujer, sea quien sea.
—Tampoco le encargaron el Retrato de un músico y aun así Leonardo lo pintó porque le gustaba su aspecto.
—Pero no pintó este.
—¿Quién lo dice?
—Yo.
—¿Basándote en qué?
—En la preponderancia de las pruebas disponibles.
—Habría muchísimas más pruebas —repuso Gabriel— si hubieras quitado la pintura de la superficie y sacado el retrato a la luz.
—Eso mismo propuso Penny.
—¿Y?
—Rechacé la sugerencia.
—¿Pediste al menos una segunda opinión?
—Al mismísimo Dios.
—¿A Montefiore?
—Pues claro.
Giorgio Montefiore era considerado universalmente como el mayor experto mundial en la vida y la obra de Leonardo da Vinci.
Tenía un cargo rimbombante y un lujoso despacho en la Galería de los Uffizi, pero pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo, dando conferencias y codeándose con lo más granado del mundillo del arte.
Se le consideraba la máxima autoridad en lo que se refería a Leonardo y a los demás maestros florentinos.
Su dictamen sobre el Salvator Mundi había contribuido muchísimo a su aceptación generalizada, aunque controvertida, como obra original de Leonardo.
—¿Y qué dijo Dios del cuadro?
—No le impresionó.
—Quizá le habría impresionado si no hubiera estado tapado por otro cuadro.
—Giorgio se opuso de forma tajante a que destruyéramos la Virgen con el Niño si no era necesario.
—No sabía que os tuteabais. —Al no recibir respuesta, Gabriel preguntó—: ¿Qué pasó después?
—Que Penny acabó de restaurar el cuadro y yo le escribí una carta de recomendación muy elogiosa y dejé que se marchara. Fin de la historia —concluyó Calvesi.
—¿Dónde está el cuadro ahora?
—De vuelta en el almacén.
—Me gustaría verlo.
—¿Por qué?
—Porque me temo que ese no es el fin de la historia, Antonio. Ni mucho menos.