Capítulo 11 Pinacoteca
Permaneció en Vinci, viviendo sobre todo en la finca de sus abuelos paternos, hasta los doce años, cuando se trasladó a la casa que su padre tenía en Florencia.
Sin más formación que unos pocos rudimentos matemáticos aprendidos en una escuela de ábaco, necesitaba un oficio con el que ganarse la vida.
Como era zurdo, aprendió por sí solo a escribir en espejo, de derecha a izquierda.
Hizo sus primeros dibujos de la misma manera, con un característico plumeado cruzado de derecha a izquierda y hacia arriba.
Su padre le enseñó unos dibujos suyos a Andrea del Verrocchio, amigo y cliente suyo que regentaba uno de los talleres más prestigiosos de Florencia, y Verrocchio accedió a tomar al chico como aprendiz.
La República de Florencia era entonces el epicentro de un gran despertar artístico e intelectual —un movimiento que más tarde recibiría el nombre de Renacimiento— y el bullicioso taller de Verrocchio producía en serie pinturas y otras obras de arte para la élite cada vez más acaudalada de la ciudad-Estado.
Sus aprendices, entre ellos el joven Leonardo da Vinci, vivían en habitaciones en el piso de arriba y recibían una rigurosa formación artística a cambio de sus servicios.
Los ejercicios consistían, entre otras cosas, en pasar innumerables horas haciendo bocetos de drapeados sobre lienzo, usando solo pintura blanca y negra.
Leonardo, mediante su uso del claroscuro, perfeccionó la habilidad de crear una ilusión de tridimensionalidad.
Su invento más revolucionario fue, sin embargo, el sfumato, el difuminado de los bordes y las transiciones de color, que acabaría siendo el rasgo definitorio de su arte.
«Las sombras y la luz han de mezclarse —escribiría más adelante—, como humo que se disipa en el aire».
Prefería infinitamente su pluma de ave y sus cuadernos.
Llevaba siempre un cuadernito consigo cuando paseaba por las calles de Florencia.
Apuesto y de complexión musculosa, era un conversador ingenioso y encantador y, según todos los testimonios, generoso hasta la exageración.
Llevaba ropa colorida; por lo general, una mezcla de rosa palo y morado oscuro, y, a diferencia de la mayoría de los hombres florentinos de su época, el bajo de la túnica solo le llegaba hasta la rodilla.
No era ningún secreto en Florencia que, lo mismo que a su rival, Botticelli, le atraían sexualmente los hombres.
En una ocasión se le acusó de practicar la sodomía con un prostituto —una acusación que podía haberle llevado a la cárcel si no se hubiera desestimado el caso—, y varios muchachos de inquietante belleza trabajaban como aprendices en su taller.
Ocho días antes de su muerte, con ayuda de un notario local, redactó sus últimas voluntades y su testamento.
A Francesco Melzi, al que consideraba su hijo adoptivo y heredero legítimo, le dejó la mayor parte de sus bienes, incluyendo su dinero, sus cuadernos y «todos los instrumentos y retratos pertenecientes a su arte y a su vocación de pintor».
Salaì, su amante y asistente durante tantos años, solo recibió parte de un viñedo en las inmediaciones de Milán que Ludovico Sforza había entregado a Leonardo como pago por el fresco que por entonces se caía ya a pedazos.
Salaì, sin duda celoso del afecto que su maestro profesaba a su rival, Melzi, se apropió de varias pinturas de Leonardo.
Murió apenas cinco años después, víctima del disparo de una ballesta durante un nuevo asedio francés a Milán.
En el inventario de sus bienes figuraban doce pinturas, entre ellas el retrato de la noble florentina Lisa del Giocondo.
Un inventario de la colección real francesa hecho en el siglo XVII reveló que el rey Francisco I había pagado cuatro mil coronas de oro por el retrato, aunque no se registraron ni la fecha de la transacción ni el nombre del vendedor.
Su majestad quedó tan cautivado con su nueva adquisición que colgó el cuadro en su suntuoso cuarto de baño del palacio de Fontainebleau, donde sufrió los estragos del vapor y el calor.
En un intento desacertado por reparar los daños, un restaurador real —puede que el pintor holandés Jean de Hoey, o puede que su hijo Claude— cubrió el cuadro con una gruesa capa de laca que destruyó los colores originales de Leonardo y produjo la característica telaraña de grietas de su superficie.
Expuesto al público en el Louvre en 1797, el cuadro despertó sobre todo la admiración de los miembros de la clase intelectual.
No fue hasta su espectacular robo en agosto de 1911 cuando la Mona Lisa, la obra cumbre de Leonardo, alcanzó fama mundial.
Pero ¿qué fue de los demás cuadros que el astuto Salaì se llevó del château de Amboise cuando la vida de Leonardo tocaba a su fin?
¿O de las obras que heredó Francesco Melzi?
¿Y de las que sin duda desaparecieron misteriosamente de los talleres de Leonardo en Florencia y Milán?
¿Estaban todas ellas localizadas o quizás un puñado de pinturas —puede que hasta cinco— se había perdido en la neblina del tiempo?
Una legión de presuntos leonardistas creían que así era y rastreaban el mundo buscando los cuadros desaparecidos.
Gabriel, por su parte, nunca se había topado con un cuadro que pudiera ser un Leonardo perdido.
Debía reconocer que tampoco se había parado a pensar en el asunto hasta las dos y media de esa misma tarde, cuando Antonio Calvesi, jefe de conservación de pintura de los Museos Vaticanos, le enseñó una fotografía de la Virgen con el Niño y san Juan Bautista, óleo sobre tabla de nogal de 78 centímetros por 56, quizá del siglo XVIII , quizá de un imitador de Rafael.